¿Quién decide cómo enseñar cuando la inteligencia artificial entra en el aula?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mari Mar Boillos Pereira, Profesora contratada doctora de la Facultad de Educación de Bilbao, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

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Imaginemos a una profesora de periodismo. Lleva años enseñando a sus estudiantes a escribir reportajes: a buscar la fuente, a estructurar el relato, a encontrar el tono. Ahora, en su facultad, le recomiendan que incorpore chatbots a sus clases. Le ofrecen un taller de dos horas sobre cómo construir prompts eficaces. Sale del taller con una lista de instrucciones. ¿Eso le ha ayudado a ser mejor docente? ¿O simplemente le han enseñado a manejar una herramienta sin preguntarle si esa herramienta tiene sentido en su asignatura?

Esta escena, que se repite con variaciones en universidades de todo el mundo, resume el problema que más preocupa a quienes investigamos la docencia universitaria en la era de la inteligencia artificial generativa: la tentación de reducir una cuestión pedagógica a una cuestión técnica.

Una tecnología cualitativamente distinta a las anteriores

Durante décadas, la tecnología educativa llegó a las aulas en forma de recursos inertes: un proyector, un ordenador, una plataforma de gestión de contenidos. El profesorado los usaba o no los usaba. Los adaptaba a su estilo. Mantenía el control de lo que ocurría en el aula.

La IA es diferente. Un modelo generativo no espera instrucciones pasivamente: identifica patrones, elabora argumentos, sintetiza información, evalúa respuestas, simula conversaciones. No son intermediarios pasivos entre docentes y estudiantes, sino que pueden desempeñar un papel activo en la configuración de los procesos educativos. En cierto sentido, actúan como interlocutores dentro del aula, lo que cambia radicalmente la naturaleza de su integración en la enseñanza.

El agente de IA interviene en procesos que hasta ahora pertenecían exclusivamente al juicio del profesorado: diseñar actividades, interpretar el progreso del alumnado, generar explicaciones, evaluar trabajos. Esto supone que puede ampliar las capacidades del docente o puede erosionar su papel.

La agencia docente: algo que se logra

En la investigación educativa, la agencia docente es la facultad de actuar de manera reflexiva e intencional dentro de las condiciones que ofrece el entorno. No es una habilidad que se pueda adquirir en un curso, sino que se desarrolla en determinadas condiciones.

Estas condiciones tienen que ver con tres aspectos:

  1. La mochila que cada docente trae consigo: su trayectoria formativa, sus experiencias como estudiante y como profesora, sus creencias sobre qué significa aprender. Nuestra profesora de periodismo, por ejemplo, ¿cómo aprendió ella a escribir un reportaje? ¿Considera la escritura como un proceso de pensamiento o como una técnica que se ejecuta? Esas respuestas condicionarán profundamente cómo interpreta la llegada de un chatbot a su asignatura.

  2. El contexto y las decisiones que le permite tomar. ¿Tiene acceso a las versiones completas de las herramientas o solo a las gratuitas con sus limitaciones? ¿Dispone de tiempo real para revisar críticamente lo que genera la inteligencia artificial o la carga docente hace esa revisión imposible? ¿Las normativas de su universidad le dan margen para experimentar con los sistemas de evaluación?

  3. El objetivo docente: si su objetivo es que el alumnado desarrolle la capacidad de escribir un reportaje –con todo lo que eso implica: investigar, estructurar, empatizar, revisar– quizás vea en el chatbot un atajo peligroso. Si, en cambio, interpreta la herramienta como un primer lector que ayuda al estudiante a identificar debilidades en un borrador antes de la revisión del profesor, puede ser un recurso que enriquezca el proceso sin sustituirlo.




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Cuatro condiciones que marcan la diferencia

La experiencia acumulada es un factor determinante a la hora de alcanzar la agencia docente. Disponer de referentes pedagógicos consolidados facilita que las tecnologías se integren de forma más reflexiva.

Además, es imprescindible una alfabetización crítica en inteligencia artificial. Entender cómo funcionan estos sistemas –cómo producen sus respuestas, qué sesgos pueden introducir, cuáles son sus límites– permite tomar decisiones pedagógicas informadas sobre su uso. La profesora de periodismo que sabe que el chatbot no “entiende” lo que escribe, sino que predice combinaciones probables de palabras, tiene una perspectiva muy diferente sobre qué puede y qué no puede pedirle a esa herramienta.




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No debe olvidarse tampoco el apoyo institucional. Cuando las instituciones ofrecen orientaciones claras, tiempo para la reflexión pedagógica y formación centrada en preguntas didácticas –y no solo en funcionalidades–, el profesorado dispone de más oportunidades para experimentar e integrar críticamente la tecnología.

Por último, las comunidades de práctica son fundamentales cuando los docentes se enfrentan a innovación pedagógica. Estos espacios de aprendizaje compartido permiten intercambiar experiencias, analizar dificultades y construir interpretaciones comunes sobre los cambios educativos. Los departamentos funcionan como comunidades profesionales donde se definen –muchas veces de forma implícita– qué formas de enseñanza se consideran legítimas y qué lugar ocupa la innovación docente. Cuando esa cultura penaliza la experimentación, el espacio para ejercer la agencia se estrecha considerablemente.

Quitarle el protagonismo a la IA

El debate sobre la inteligencia artificial en la universidad suele oscilar entre quienes ven una oportunidad transformadora y quienes ven una amenaza a la integridad académica. Pero ambas posturas comparten un punto ciego: asumen que la tecnología es el protagonista de la historia. El tecnodeterminismo, en sus distintas versiones, lleva décadas operando con esa lógica.

El enfoque ecológico propone otro protagonista: el profesorado. No como víctima pasiva de una irrupción tecnológica inevitable, ni como héroe solitario que resiste o abraza la novedad, sino como profesional situado en un contexto concreto, con una historia, con condiciones institucionales reales y con objetivos educativos que le dan sentido a su trabajo.

Por eso la amenaza mayor es acabar delegando de forma acrítica en estos sistemas procesos que son el núcleo de la función de quien enseña: interpretar el contexto del aula, tomar decisiones pedagógicas informadas, orientar el aprendizaje con criterio. Los sistemas basados en esta tecnología no deben entenderse como soluciones automáticas a los problemas educativos: siempre requieren el juicio pedagógico del profesorado, la reflexión ética y la supervisión humana.

The Conversation

Mari Mar Boillos Pereira recibe fondos de REDU.

María Ripollés Meliá, profesora titular de la Universitat Jaume I, recibe financiación de la Red de Docencia Universitaria (REDU) para la creación de la Red de Inteligencia Artificial y Educación Superior, en el marco de un proyecto de transferencia del cual es Investigadora Principal (IP).

ref. ¿Quién decide cómo enseñar cuando la inteligencia artificial entra en el aula? – https://theconversation.com/quien-decide-como-ensenar-cuando-la-inteligencia-artificial-entra-en-el-aula-282987

David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Simon Mckeown, Professor of Art, School of Arts & Creative Industries, Teesside University, Teesside University

Nacido en Bradford y moldeado por la disciplina de las escuelas de arte del norte, David Hockney aportó al arte británico una actitud de clase trabajadora, casi punk: “haz el trabajo, confía en tu ojo, no busques la aprobación de nadie”. Hockney conseguía que el éxito pareciera algo natural: todo color, buen humor, gafas geniales, cigarrillos y un encanto un tanto bohemio. Pero para un joven artista gay procedente de una ciudad industrial del norte, el camino no había sido fácil.

Hockney sabía lo que era ser juzgado antes de que se le viera como se merecía. En Gran Bretaña, los prejuicios de clase se detectan a través del acento. Su acento de Bradford transmitía historia, poesía y garra, pero en el Royal College of Art de Londres se burlaban de él. Al ver los dibujos de aquellos compañeros que se reían, decidió superarlos con sus trazos.

Bradford había educado a Hockney. El norte no era un desierto cultural a la espera de ser rescatado por Londres, sino un lugar de escuelas de arte serias, profesores, creadores y tradiciones visuales. Lo que le faltaba no era talento ni disciplina, sino la autoridad automática concedida a quienes se formaban gracias al privilegio.

Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Collage sobre David Hockney hecho por Marcus Levine en Bradford.
Stephen Armstrong / David Hockney Collage, CC BY-SA

Hockney rechazó el destino que le habían asignado. Abrió las puertas para quienes le siguieron, demostrando que la escuela de arte, el éxito y la autoridad cultural no estaban reservados a quienes nacían dentro de las viejas redes que querían definir el gusto y la confianza. Su respuesta al prejuicio de clase, al esnobismo regional, a la homofobia y al control estético no fue adaptarse al punto de vista dominante. Se embarcó en una carrera artística de por vida, trabajando más duro, observando con mayor atención y creando más, hasta que los guardianes de la cultura no tuvieron más remedio que reorganizarse a su alrededor.

Creó innovadoras obras sobre el placer, el color y la amistad. Retrató la vida gay, no a través de la lucha, sino a través de la domesticidad, la ternura y el deseo, un enfoque valiente y agudamente inteligente antes de la despenalización parcial de las relaciones sexuales entre hombres en Inglaterra y Gales en 1967.

Como Boy George en el pop, Hockney hizo visible la diferencia a través del color, el humor y el estilo, de una forma que el gran público pudiera disfrutar antes de comprender necesariamente su trasfondo político. Frente al peso gris de los prejuicios heredados, ofreció algo brillante, accesible y discretamente radical. Mostró la felicidad cotidiana y así contribuyó a que los prejuicios contra ella resultasen ridículos, haciendo que la aceptación pareciera algo que ya se debería haber producido hace tiempo.

La última etapa de la carrera de Hockney también desafió la discriminación por edad y por discapacidad. Al usar una silla de ruedas, rechazó la suposición de que los cuerpos mayores o discapacitados implican una aptitud cultural mermada. Igual que un enfermo Henri Matisse haciendo recortes en su última década, Hockney hizo de la vejez algo activo, inventivo y de relevancia pública.

El arte de ver

Más allá de las piscinas y la luz de California, Hockney insistía en que el arte es un experimento sobre el acto de ver. Nunca consideró la mirada como algo pasivo. Adoptó la Polaroid, el fotocollage, el iPad, la proyección y la exposición inmersiva. Vivió el presente asimilando continuamente todo aquello que le ayudara a ver.

Su trabajo con el físico Charles Falco sobre el uso histórico de lentes, espejos y dispositivos ópticos en la pintura no fue una actividad secundaria, sino parte de una investigación de toda una vida sobre las tecnologías de la visión.

En Pearblossom Hwy (1986), Hockney utilizó cientos de copias fotográficas para fracturar el espacio y poner a prueba la percepción, al tiempo que se negaba a aceptar la cámara como autoridad definitiva. Se podría construir una montaña con todas las fotografías que no han logrado capturar la majestuosidad de un arbusto, un roble, una colina ondulada o, precisamente, una montaña. Para Hockney, ver no era lo mismo que registrar: la cámara podía atrapar un instante, pero el paisaje requería tiempo, atención, el clima y la experiencia corporal de estar allí.

Su obra posterior hizo explícita esa lucha por capturar el tiempo. Una y otra vez, Hockney se preguntaba cómo una imagen plana podía contener el color, la luz y el paso de las estaciones. Esto alcanzó una forma monumental en A Year in Normandie (2020), un friso hecho en iPad de más de 90 metros de largo.

Aquí, el tiempo se hace espacio. Recorremos su longitud, pasando por el invierno, la primavera, el verano y el otoño como si atravesáramos la vida misma. La obra captura el tiempo, pero también lo deja escapar, enseñándonos la fragilidad y la humildad humanas a través de las cosas más sencillas: un camino, un árbol, un campo, una explosión de flores de espino.

Vistos junto a los de otro artista del norte de Inglaterra, LS Lowry, los paisajes de Hockney cobran aún más fuerza. Los mundos industriales de Lowry, sociales, corporales, humeantes y abarrotados, son ahora –en gran parte del Reino Unido– un recuerdo pictórico. Las carreteras, los árboles, los campos y las flores de Hockney pueden llegar a tener algún día una carga similar. No solo registran un lugar, sino una frágil idea de la tierra, la estación y el sentido de pertenencia.

En una era medioambiental, detenerse a ver con atención las flores al borde de la carretera, los árboles, las estaciones y la luz cambiante no es una huida de la política. Es un acto radical y una forma de cuidado. La insistencia de Hockney en la observación pausada parece más una advertencia que una nostalgia.

Hockney no intentó escapar del norte ni de sus orígenes; al contrario, hizo que el norte fuera imposible de ignorar. Utilizando las herramientas digitales actuales, nos pidió que estudiásemos lentamente los espacios locales en su totalidad. Su legado no es solo que entrara en el canon artístico. Es que hizo que el canon fuera más cálido: más nórdico, más queer, más popular, más colorido, más curioso desde el punto de vista tecnológico y más abierto a la alegría y el placer.

Hockney convirtió el humor, la amistad y el goce en formas serias de intercambio. En un momento en el que algunas voces se benefician de la división, y en el que la crisis medioambiental y la guerra pesan de lleno sobre la vida cotidiana, el mensaje de despedida de Hockney, “ama la vida”, resulta más impactante que nunca.

The Conversation

Simon Mckeown recibe una subvención del Consejo de Investigación en Artes y Humanidades.

ref. David Hockney, el artista que obligó a Gran Bretaña a hacer sitio al color, la alegría y la identidad ‘queer’ – https://theconversation.com/david-hockney-el-artista-que-obligo-a-gran-bretana-a-hacer-sitio-al-color-la-alegria-y-la-identidad-queer-285405

Más grande, más caro y más excluyente: las contradicciones sociales del Mundial 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

El pasado 11 de junio, el silbato inicial en el Estadio Azteca de Ciudad de México inauguró el mayor torneo de la historia. La competición albergará a 48 selecciones nacionales de fútbol. Sin embargo, el evento también arranca como un complejo laboratorio social.

Bajo la promesa de una “fiesta continental” de unidad, la coorganización entre México, Estados Unidos y Canadá prometía diluir fronteras mediante el fútbol. Pero los hechos recientes muestran una realidad muy diferente. El torneo exhibe profundas asimetrías y políticas de exclusión hacia las masas populares.

Un arranque sin presidentes ni pueblo

El inicio del torneo pasó a la historia por sus grandes ausencias políticas. Las máximas autoridades de los tres países evitaron la fotografía oficial de inauguración. Este vacío gubernamental delataba la incomodidad ante las tensiones migratorias bilaterales.

La Copa Mundial de la FIFA 2026 introdujo un formato de tres ceremonias de apertura distintas en lugar de una sola, lo que generó un aluvión de críticas divididas en los países anfitriones. Los fanáticos cuestionaron el uso de playback, el desinflado de una réplica inflable de la copa en Canadá y la división del show, que fue considerado de baja intensidad en comparación con torneos anteriores.

Las ceremonias aparecieron entre claroscuros y contradicciones, ya que su formato fue más de un evento de inauguración cualquiera que de mostrar el musculo cultural de los anfitriones al mundo.

Los mandatarios optaron por el mutismo absoluto durante los actos de apertura. Ninguno quiso asumir los costes políticos de un evento cruzado por la discordia fronteriza.

La verdadera fractura social se vivió en las calles adyacentes al Estadio Azteca. Un estricto blindaje de seguridad asfixió el histórico fervor de la afición local; la fiesta popular quedó desplazada hacia las periferias urbanas.

El dinero desplazó el alma del torneo. La afición mexicana siempre puso el canto, el color y la pasión colectiva. Hoy, ese fervor popular fue sustituido por un frío silencio de corporaciones.

Dentro del estadio, el ambiente vibró bajo la lógica del negocio digital. Las tribunas preferentes recibieron a creadores de contenido y élites corporativas, pero el público tradicional quedó fuera del gran espectáculo .

Este bautismo de la era hiperdigital consagra una paradoja inquietante que abre el debate desde el primer minuto: ¿fue ese el inicio de la Copa del Mundo o el funeral de su dimensión social)?

El espejo de las disparidades económicas

El diseño original de la candidatura United 2017 proyectaba una Norteamérica integrada. Pero la distribución de los partidos delata una enorme desigualdad territorial. La gran mayoría de los juegos ocurrirá en suelo estadounidense, mientras que México y Canadá ocupan un rol de socios secundarios en la logística.

Esta disparidad se traduce en beneficios económicos muy desiguales. Las ciudades de Estados Unidos esperan derramas financieras multimillonarias. En contraste, las sedes mexicanas sufren el encarecimiento de la vivienda: los recursos públicos locales terminaron invertidos en los estadios, y esto profundiza las desigualdades sociales de la región.

Fronteras duras y control migratorio

El ideal de unión choca contra los controles fronterizos actuales, ya que el torneo coincide con un endurecimiento migratorio en Estados Unidos. Las restricciones de viaje afectan a los aficionados de diversas naciones clasificadas.

Los futbolistas profesionales viajan protegidos por visados especiales. En cambio, los hinchas comunes sufren exclusión y trabas burocráticas. Incluso algunas delegaciones oficiales han enfrentado duros interrogatorios en las aduanas.

Varios periodistas y árbitros africanos sufrieron retenciones aeroportuarias molestas. Por este motivo, muchos fanáticos prefirieron viajar solo a México o Canadá. El deporte opera hoy bajo lógicas de seguridad nacional.

Mientras los organizadores celebran ingresos comerciales históricos, las comunidades vecinas sufren persecución. Ciudades como Dallas y Miami colaboran activamente con el servicio de inmigración.

Un negocio exclusivo para élites

El modelo de negocio consolida un proceso de elitización inédito. A diferencia de torneos pasados, Norteamérica carece de una ventanilla única de visado. Los seguidores internacionales enfrentan un laberinto de tasas costosas y retrasos consulares.

Viajar requiere un gasto promedio de 4 000 dólares por visitante, y los precios elevados convierten las entradas en artículos de lujo prohibitivos. El ciudadano común queda confinado a mirar pantallas gigantes en el exterior, en las llamadas Fan Zones –zonas de fans–, estrategia que la FIFA presenta como el premio de consolación para las masas.

Por otro laso, los palcos VIP de los estadios multimillonarios albergan a las élites corporativas mundiales.

De la fiesta comunitaria al cliente deportivo

Las ediciones de México 1970 y 1986 fueron auténticas celebraciones populares en las que la sociedad civil desbordó las previsiones oficiales y construyó lazos solidarios. El juego funcionaba como un espacio de hospitalidad barrial.

El torneo de Estados Unidos 1994 sepultó esa mística comunitaria, instaurando un modelo puramente comercial y de mercadotecnia. Se inventó un cliente deportivo de clase alta para consumir el espectáculo.

La edición actual representa el triunfo definitivo de este esquema corporativo. El fútbol deja de ser un patrimonio cultural de la gente. Ahora es una mercancía reservada para las minorías ricas del mundo.

El Mundial de 2026 representa, pues, un punto de inflexión en la sociología del deporte. Cumple las expectativas de expansión de mercado y maximización de audiencias televisivas deseadas por las multinacionales, pero incumple flagrantemente la promesa de inclusión e integración humana que justifica la concesión de estos torneos a las sociedades civiles.

El torneo expone un diagnóstico incómodo para las ciencias sociales: el deporte rey ya no genera diplomacia cultural ni integración humana, sino que funciona como un catalizador que potencia las desigualdades globales.

Ante este escenario, surge una pregunta inevitable para cada aficionado: ¿debemos aceptar la muerte definitiva de la fiesta popular comunitaria? ¿Es posible rescatar el fútbol de las manos del corporativismo transnacional?

La pelota rueda en la cancha, pero el verdadero partido se juega afuera; la respuesta final queda en manos de una sociedad civil que hoy mira desde las periferias. El debate está abierto.

Este artículo ha sido elaborado con la colaboración de Iván Esaú Flores Romo, estudiante de la licenciatura en Negocios Internacionales de la Universidad de Guadalajara (México).

The Conversation

Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Más grande, más caro y más excluyente: las contradicciones sociales del Mundial 2026 – https://theconversation.com/mas-grande-mas-caro-y-mas-excluyente-las-contradicciones-sociales-del-mundial-2026-285118

Del Doctor Octopus a la rehabilitación: cómo funcionan las interfaces cerebro-máquina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucas Sebastián Peris, Investigador en Neurotecnologías, Universidad Miguel Hernández

Gorodenkoff/Shutterstock

Cuatro brazos mecánicos salen de la espalda de un científico mientras manipula material radioactivo con una precisión imposible. No utiliza mandos, joysticks ni botones. Controla su tecnología con la mente.

Cuando apareció por primera vez el Doctor Octopus en los cómics de Spider-Man y, más tarde, en el cine, aquello parecía pura fantasía tecnológica. La idea de fusionar mente y máquina se convirtió en un personaje de Marvel, capaz de transformar pensamientos en movimiento.

Lo más sorprendente es que esta tecnología existe hoy en día, pero tiene un uso muy diferente. En la actualidad, se desarrollan exoesqueletos que, como los brazos del doctor Otto Octavius, usan señales neurales para transformar la intención de movimiento del usuario en instrucciones para la máquina. Gracias a los interfaces mente-máquina (o BMI, siglas de Brain-Machine Interfaces).

Interfaces cerebro-máquina: invasivos o no invasivos

Las BMI utilizadas en muchos laboratorios son completamente no invasivas. La actividad cerebral se registra colocando electrodos sobre el cuero cabelludo mediante una gorra de electroencefalograma (EEG), sin necesidad de cirugía. Otro caso muy distinto son los interfaces invasivos, como el neurochip NEO recientemente aprobado en China o el implante Neuralink en cuyo desarrollo lleva décadas invirtiendo Elon Musk.

Los sistemas invasivos permiten registrar señales mucho más precisas directamente desde el cerebro. Gracias a ello, algunos pacientes con parálisis ya han logrado controlar cursores, escribir texto o manejar dispositivos digitales únicamente mediante la actividad neuronal. Sin embargo, requieren intervención quirúrgica y presentan retos clínicos y éticos adicionales.

Pero no son solo los productos que quedan implantados bajo la piel los que están ampliando los horizontes de la neurotecnología: muchos investigadores siguen apostando por métodos no invasivos.

Objetivo: devolver funciones perdidas

Aunque la idea de controlar máquinas con el pensamiento suene futurista, estas tecnologías no buscan crear superhumanos ni fusionarnos con la máquina al estilo Marvel. El objetivo es mucho más humano: devolver funciones perdidas.

Primero, el EEG mide la actividad eléctrica del cerebro. Luego, esta información se procesa mediante algoritmos de inteligencia artificial. Finalmente, la robótica transforma la señal en acciones mecánicas para interactuar con el entorno.

Entre sus usuarios, están pacientes con lesiones medulares, enfermedades neurodegenerativas o amputaciones que conservan la capacidad de generar intención de movimiento, pero la señal no llega a los músculos.

Y no solo sirven para sustituir funciones, sino también para ayudar a reparar funciones dañadas.

Cuando pensar vuelve a ser actuar

En los últimos años, distintos grupos de investigación han desarrollado BMI basadas en la “imaginación motora”. Este paradigma consiste en imaginar movimientos musculares de forma visual y kinestésica. La neurociencia ha demostrado que imaginar un movimiento activa parte de los mismos circuitos cerebrales implicados en ejecutarlo. El cerebro ensaya la acción incluso sin movimiento real.

Durante ese proceso, regiones cerebrales implicadas en la planificación y control del movimiento, como la corteza premotora, el área motora suplementaria y parte de la corteza motora primaria, muestran patrones de actividad similares a los que aparecen durante la ejecución real del movimiento. En concreto, aparecen modulaciones en determinados ritmos cerebrales, especialmente en las bandas de frecuencias alpha y beta, que también se observan durante la preparación y ejecución del movimiento.

En el deporte, es habitual. Algunos jugadores de baloncesto practican mentalmente tiros libres antes de dormir. Imaginan la posición de las manos, la trayectoria del balón o el sonido de la red.

Y, si funciona para mejorar el rendimiento en personas sanas, ¿por qué no en pacientes? Esta intención de movimiento activa mecanismos de neuroplasticidad que pueden ralentizar la degeneración neuromuscular y favorecer la rehabilitación. Pensar en moverse también deja huella en nuestras neuronas.

Del laboratorio a la rehabilitación

En el Brain-Machine Interface Lab de la Universidad Miguel Hernández, una de las líneas de investigación más activas se centra en la conexión entre imaginación motora y movimiento asistido. Algunos sistemas combinan señales EEG con exoesqueletos robóticos de miembro inferior capaces de asistir la marcha.

Los investigadores entrenan modelos de inteligencia artificial capaces de identificar patrones cerebrales asociados a la intención de movimiento, lo que permite a la máquina anticiparse al movimiento.

Así, nuestros trabajos demuestran que es posible detectar la imaginación motora durante el uso de estos dispositivos. Estos sistemas no buscan únicamente mover un robot: también pretenden reforzar la conexión entre intención cerebral y movimiento real, algo fundamental en rehabilitación.

Mucho menos Marvel de lo que parece

A pesar de cómo se representan en películas y cómics, las interfaces cerebro-máquina actuales todavía están lejos de permitir un control perfecto e instantáneo. Analizar señales cerebrales mientras una persona camina dentro de un exoesqueleto supone un gran desafío técnico.

Las señales EEG son débiles y ruidosas. Parpadear, mover la mandíbula o caminar pueden dificultar el análisis cerebral. Además, no existen dos cerebros iguales: incluso una misma persona puede mostrar grandes diferencias a lo largo del tiempo.

Por ejemplo, un mismo usuario puede producir patrones claramente distinguibles cuando está descansado, pero generar señales mucho más inestables si está fatigado, distraído o, incluso, ¡si ha tomado café!

Debido a estas diferencias, nace la principal dificultad de las BMI: la capacidad de generalizar. El cerebro es un órgano variable y cambiante, aunque muchos estudios centran sus esfuerzos en encontrar patrones comunes y adaptables que puedan hacer funcionar a las BMI independientemente de quién las opere.

En este sentido, no hay duda de que las tecnologías basadas en inteligencia artificial y deep learning son y serán de gran ayuda para desarrollar estos sistemas.

Durante décadas, las interfaces neuronales fueron territorio exclusivo de la ciencia ficción, como los tentáculos controlados con la mente del Doctor Octopus. Su futuro quizá no tenga tanto que ver con dejar de ser humanos, sino precisamente con poder seguir siéndolo.

The Conversation

Lucas Sebastián Peris ha participado / participa en proyectos de investigación competitivos de I+D financiados por el Ministerio de ciencia, Innovación y Universidades y la Unión Europea

Mario Ortiz García ha participado/participa en proyectos de investigación competitivos de I+D financiados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Generalitat Valenciana y la Unión Europea.

ref. Del Doctor Octopus a la rehabilitación: cómo funcionan las interfaces cerebro-máquina – https://theconversation.com/del-doctor-octopus-a-la-rehabilitacion-como-funcionan-las-interfaces-cerebro-maquina-284107

¿Nos definen los libros que leemos?: la identidad lectora y la identidad personal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Escalante Varona, Profesor Permanente Laboral. Departamento de Filologías Hispánica y Clásicas. Área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidad de La Rioja

Leer al sol en París, uno de tantos placeres. Oliverouge 3/Shutterstock

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?

Dos identidades

Entonces, ¿”somos lo que leemos”? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Un hombre en el metro de Londres lee Chavs, la demonización de la clase obrera.
¿Leer Chavs: la demonización de la clase obrera significa algo más que el hecho de que el lector tiene curiosidad por leerlo?
starlings_images/Shutterstock

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?

El autor no es nadie sin el receptor

A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Un hombre con americana firma un libro sentado frente a una mesa.
Umberto Eco firma un ejemplar de El cementerio de Praga… ¿tal vez a su lector ideal?
Tatjana Todorovic/Wikimedia Commons, CC BY

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora

Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto.
Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.


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The Conversation

Alberto Escalante Varona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Nos definen los libros que leemos?: la identidad lectora y la identidad personal – https://theconversation.com/nos-definen-los-libros-que-leemos-la-identidad-lectora-y-la-identidad-personal-278171

Mareas de macroalgas, una amenaza creciente con graves consecuencias para el medio ambiente y la economía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By César Peteiro, Científico titular especializado en macroalgas en el Centro Oceanográfico de Santander (COST-IEO), Instituto Español de Oceanografía (IEO – CSIC)

Probablemente haya visto alguna vez macroalgas o plantas marinas acumuladas en las orillas del litoral español. Esto ocurre sobre todo en otoño, cuando individuos o fragmentos de estos vegetales se desprenden de los fondos marinos. Estos restos acaban llegando a la costa, donde se acumulan y forman los llamados arribazones.

Sin embargo, este proceso natural no tiene nada que ver con las llegadas masivas de ciertas macroalgas que afectan cada vez más a algunas regiones costeras, sobre todo en verano. Este fenómeno, causado por alteraciones de origen humano, se conoce como marea de macroalgas y produce graves impactos ecológicos y socioeconómicos.

Impacto en el medioambiente, la pesca y el turismo

La marea de macroalgas consiste en una proliferación masiva no natural de ciertas especies, favorecida por cambios en el medio causados principalmente por la actividad humana. Esto produce enormes cantidades de biomasa macroalgal. Parte acaba llegando a las costas, donde forman acumulaciones anómalas por su extraordinaria abundancia y extensión. Lo que ocasiona graves daños ambientales y socioeconómicos.

Entre sus impactos ecológicos figuran la pérdida de biodiversidad y la alteración del funcionamiento de los ecosistemas costeros. A esto se suman enormes pérdidas económicas en el turismo y la pesca. Las acumulaciones en las playas generan molestias y malos olores, lo que limita su atractivo turístico. En la pesca, dañan los aparejos y reducen considerablemente las capturas. También pueden provocar la mortalidad de moluscos por asfixia al cubrir sus bancos.

Los primeros episodios de mareas de macroalgas se registraron a principios del siglo XX y, desde entonces, su frecuencia ha aumentado de forma cada vez más acusada. Este incremento se relaciona con el impacto de diversos factores ambientales de origen humano. El principal es la eutrofización, un proceso que ocurre por la acumulación excesiva de nutrientes inorgánicos en el mar. Estos nutrientes son principalmente nitratos y fosfatos procedentes de la agricultura, la ganadería o la acuicultura marina de peces.




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Otro factor muy relevante es el calentamiento del mar, junto con otros efectos asociados al cambio climático.

Las macroalgas que forman mareas se caracterizan por su extraordinaria capacidad para crecer rápidamente y multiplicarse sin necesidad de reproducción sexual, ya sea a partir de fragmentos o mediante esporas.

Los episodios más impactantes

La primera marea de macroalgas documentada ocurrió en Irlanda en 1905 debido a la eutrofización de las aguas costeras por vertidos urbanos. Fue causada por especies del género Ulva (conocida comúnmente como “lechuga de mar”), que cuando se desprenden y proliferan masivamente forman las llamadas mareas verdes por su color. Desde entonces, estos episodios se han vuelto cada vez más frecuentes, extensos e impactantes. Hoy afectan a zonas costeras de los seis continentes y se han descrito en más de 30 países.

Entre estos episodios destaca la primera gran marea verde de Ulva que tuvo lugar en 2008 en las aguas costeras de Qingdao, China. Este episodio tuvo una gran repercusión mundial porque cubrió el campo de regatas de vela durante la celebración de los Juegos Olímpicos. Su extraordinaria magnitud se refleja en que se retiraron de las costas más de un millón de toneladas de esta macroalga.

Esta marea verde, como otras sucesivas en la región, se produjeron por una combinación de la eutrofización, el cambio climático y un intenso desarrollo de la acuicultura.

Mareas verdes formadas por la macroalga Ulva: (A) Distribución global de zonas donde se han documentado episodios de estas mareas, marcadas en el mapa con cuadrados verdes. César Peteiro. (B) Vista de una marea verde cubriendo la sede olímpica de vela durante los Juegos Olímpicos de 2008 en China. Corey Sheridan/Flickr a través de SEOS project, CC BY-NC-SA 2.0. (C) Detalle de la especie Ulva prolifera, identificada como causante de estas mareas verdes. Tong et al. (2025) en Coasts, CC BY 4.0. (D) Militares y ciudadanos retirando la acumulación masiva de esta macroalga en la costa. A. Haswell/Flickr a través de SEOS project, CC BY-NC-SA 2.0.

Casos preocupantes en España

En España también se producen mareas de macroalgas, aunque todavía no alcanzan las dimensiones observadas en otras regiones del mundo. Pero algunos casos empiezan a ser muy preocupantes, ya que se espera que vayan a más.

Las mareas verdes por especies del género Ulva son las más conocidas. Generalmente, estos episodios ocurren de manera ocasional, asociados a procesos de eutrofización. Se producen sobre todo durante el verano, cuando la mayor temperatura y disponibilidad de luz favorecen su crecimiento. En zonas con aportes persistentes de nutrientes, estas proliferaciones pueden hacerse recurrentes o continuas, como ocurre en algunos estuarios o en lagunas costeras muy degradadas como el Mar Menor.

En las costas gallegas, estas se han convertido en una problemática creciente, con impactos sobre los ecosistemas costeros y sobre actividades pesqueras, especialmente el marisqueo. Este proceso también puede verse favorecido por alteraciones en el medio, muchas de ellas vinculadas al cambio climático. Un ejemplo son las lluvias intensas y persistentes registradas en Galicia a comienzos de este año. Estas aumentan los aportes de agua dulce rica en nutrientes y reducen la salinidad costera, favoreciendo el crecimiento de macroalgas oportunistas como la Ulva.

Mareas verdes en las costas de Galicia por la proliferación de Ulva (lechuga de mar):
(A) Intermareal rocoso completamente cubierto por esta macroalga oportunista debido a una alteración de las comunidades, cuyo desprendimiento puede originar proliferaciones masivas en verano. César Peteiro.
(B) Las dos principales morfologías de sus especies: B1, formas laminares y B2, formas tubulares (tubo hueco). César Peteiro.
(C) Restos de macroalgas secas en la orilla de una playa por un episodio de marea verde. César Peteiro.
(D) Retirada de grandes biomasas de esta macroalga en un banco marisquero para evitar daños en la actividad productiva. Esta biomasa es utilizada por la empresa Orixe Salgada para producir bioestimulantes agrícolas. Orixe Salgada, con permiso.

Pero el caso más preocupante en España es la proliferación de la macroalga invasora Rugulopteryx okamurae. Responsable de mareas pardas de dimensiones nunca antes vistas en nuestras costas. También conocida como macroalga asiática de Okamura, representa el mayor problema de invasión biológica por una macroalga conocido en España y en Europa. Sus graves impactos ecológicos y económicos han llevado a incluirla en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Además, es la primera macroalga que figura en la lista de especies exóticas invasoras preocupantes para la Unión Europea.




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Esta especie es nativa del este de Asia y fue encontrada por primera vez en Europa en las costas mediterráneas francesas en 2002, sin mostrar entonces un comportamiento invasor. Su siguiente aparición se produjo a partir de 2015 en aguas españolas de la zona del estrecho de Gibraltar, concretamente en Ceuta y Tarifa (Cádiz). Esta introducción fue confirmada mediante análisis genéticos.

Morfología y distribución en aguas españolas de Rugulopteryx okamurae:
(A) Aspecto del cuerpo vegetativo, denominado talo en las macroalgas, con sus dos morfologías típicas según las condiciones de crecimiento. César Peteiro.
(B) Propágulos vegetativos sobre el talo y detalle microscópico de su fase inicial. Estas estructuras permiten la producción de enormes cantidades de nuevos individuos, que son clones. César Peteiro.
(C) Expansión en las costas españolas desde su primera aparición europea en la costa mediterránea francesa, indicada con un círculo rojo y el año de introducción. El círculo azul oscuro señala el primer registro en cada región, con su año, y el azul claro, registros posteriores. César Peteiro.

En esta zona, R. okamurae se ha caracterizado desde el principio por un desarrollo explosivo que genera grandes biomasas. Una parte se desprende y acaba acumulándose en miles de toneladas en las costas. Lejos de estabilizarse, estas acumulaciones siguen aumentando más de diez años después de su introducción, lo que indica que su proliferación y expansión continúan.

Todo ello tiene un enorme impacto sobre las comunidades nativas de macroalgas, reduciendo su biodiversidad y alterando las comunidades de fauna asociadas. Además, afecta gravemente a actividades como la pesca y el turismo de playa, al tiempo que genera importantes costes para los ayuntamientos, que deben retirar sus enormes acumulaciones costeras.

El éxito de su introducción y expansión masiva en estas aguas se ha relacionado con factores ambientales como el exceso de nutrientes. También influye su amplia tolerancia térmica, entre 10 °C y 30 °C, lo que favorece la colonización de extensas regiones.

A ello se suma su extraordinaria capacidad para multiplicarse. Puede formar nuevos individuos a partir de propágulos vegetativos y de esporas asexuales, lo que le permite producir enormes cantidades de clones. Además, sus acumulaciones pueden permanecer viables y reproductivas durante largos periodos en profundidad y oscuridad, favoreciendo así su dispersión por las corrientes marinas.

Desde su zona de introducción, R. okamurae se ha extendido por todo el litoral andaluz, tanto mediterráneo como atlántico, así como por Melilla, y algunas localidades de Murcia, Comunidad Valenciana y Cataluña.

Aparición y proliferación de la macroalga asiática de Okamura en la costa gallega y cantábrica. (A) Localidades de Panxón, Nigrán (Galicia): (A1) Población observada el 24 de marzo de 2024, primer registro para Galicia. César Peteiro. (A2) Acumulaciones en playas por la proliferación de esta macroalga que desprenden parte de su biomasa entre primavera y verano. César Peteiro. (B) Localidades de la bahía de Santander (Cantabria): (B1) Población con coberturas del 80-100 % durante la primavera en comunidades rocosas de la playa de Los Tranquilos, Ribamontán. En esta localidad se recolectó, el 12 de mayo de 2024, el primer registro para Cantabria. César Peteiro. (B2) La macroalga Gelidium corneum (caloca u ocle), que forma praderas densas en el Cantábrico que son explotadas por su alto valor comercial. La especie invasora (marcada con flechas) es capaz de aprovechar pequeñas calvas (sobre un 5 %) en estas praderas para colonizarlas. César Peteiro. (B3) Grandes acumulaciones en playas de Noja durante el verano de 2025, cuando se retiraron unas 9 000 toneladas de biomasa. En Cantabria, esta macroalga forma acumulaciones en playas de Santander, Noja, Santoña y Castro Urdiales. Gobierno de Cantabria, CC BY 3.0.

La macroalga asiática de Okamura también ha alcanzado las costas atlánticas de Canarias desde 2022 y del norte peninsular desde 2023, donde preocupa especialmente por la rapidez de su expansión y por su abundancia. En apenas dos años ha aparecido en Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco.

A ello se suma el riesgo de que la especie se disperse hacia el norte de Europa, favorecida por el intenso tráfico marítimo internacional en puertos del norte peninsular, como el de la bahía de Santander, donde ya forma poblaciones abundantes.

No basta con retirar las acumulaciones de la costa

Estos episodios son síntoma de un problema de fondo, como es la eutrofización y a otras alteraciones de origen humano. Si no se actúa sobre estas causas, las mareas continuarán.

Sin embargo, las estrategias actuales se basan principalmente controlar su expansión con la retirada de las grandes acumulaciones de la costa.

En el caso de la macroalga asiática de Okamura, al tratarse de una especie invasora, existe una estrategia nacional para su gestión, control y posible erradicación, que incluye amplias actuaciones. Aunque en la práctica hasta ahora se ha centran en retirar sus acumulaciones de la costa, una respuesta que ha sido insuficiente.

Por ello, deberían impulsarse nuevas medidas, como la retirada de la abundante biomasa que permanece en los fondos y acciones directas sobre sus poblaciones. La retirada de biomasa en poblaciones ya ha mostrado resultados prometedores en pruebas recientes del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) en Ceuta. Por tanto, podría evaluarse su aplicación a mayor escala mediante sistemas de succión, un método que ha resultado efectivo frente a otras macroalgas invasoras con gran capacidad de dispersión vegetativa.

Asimismo, sería clave proteger los bosques y praderas de macroalgas nativas con medidas como la restricción de su explotación en zonas próximas a áreas invadidas.

En el caso de Ulva, habría que evitar el desarrollo de su cultivo, especialmente si se trata de especies exóticas como Ulva ohnoi. Una especie introducida en España y descrita en Japón como causante de mareas verdes.

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César Peteiro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Mareas de macroalgas, una amenaza creciente con graves consecuencias para el medio ambiente y la economía – https://theconversation.com/mareas-de-macroalgas-una-amenaza-creciente-con-graves-consecuencias-para-el-medio-ambiente-y-la-economia-280616

¿Había grafiteros en la Edad Media?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vanessa Jimeno Guerra, Profesora del área de Historia del Arte, Universidad de León

El término italiano graffiti pulula en el imaginario colectivo asociado a la Historia del Arte contemporáneo. Artistas como Jean-Michel Basquiat (1960-1988), Keath Haring (1958-1990), Shepard Fairy (OBEY) y, más recientemente, el ya no tan anónimo Banksy han contribuido ampliamente a la popularidad de esta forma de expresión artística. Sin embargo, el grafiti no se trata de un fenómeno reciente en el tiempo ni sus técnicas se limitan al uso de un spray.

Antes del aerosol

El origen del grafiti se remonta a los periodos más remotos de la humanidad y los soportes y métodos empleados desde entonces han sido de lo más variado. Los pigmentos naturales, las tintas, los carboncillos y los instrumentos metálicos fueron las herramientas más utilizadas.

Los hombres del Paleolítico grababan en los muros de las cuevas figuras humanas y animales. Incluso usaban como stencil (parecido a una plantilla) sus propias manos aplicando los pigmentos alrededor de ellas. Los antiguos egipcios dejaron muestra de su sentido del humor sobre templos y tumbas de época faraónica también en forma de grabado. Las paredes de la ciudad romana de Pompeya fueron el soporte de pintadas de carácter político y de mensajes sexuales demasiado explícitos. Y, aunque podríamos seguir enumerando casos a lo largo de la historia, nos detendremos en la Edad Media.

Los casi mil años que duró este periodo nos han dado ejemplos de todo tipo que demuestran que el grafiti formaba parte de la cotidianidad de la población. Castillos, monasterios, cuevas o necrópolis conservan numerosos testimonios de ello.

Será por cruces

La cruz fue uno de los motivos más grafiteados durante la Edad Media. Como emblema de la fe cristiana, es lógico que abunde en los espacios religiosos. Sin embargo, dependiendo de donde fuese colocada, tenía un propósito u otro. Por ejemplo, en los muros exteriores de la iglesia de Santa María en Quitanilla de las Viñas (Burgos) se trazaron más de una veintena de cruces para santificar y señalar los enterramientos que se realizaron a su alrededor.

También se grabaron en muchas piezas litúrgicas, sobre todo en los altares. En la religión cristiana el altar y la cruz son dos elementos relacionados con el sacrificio de Jesús. Pero, además, en el caso de los pequeños altares portátiles cumplía una función práctica. Para que fuera más sencillo oficiar la misa en cualquier parte, la cruz grabada sustituía a la cruz física que siempre debía colocarse cuando este sacramento era celebrado. De esta manera solo era necesario trasladar el altar. Esta es la solución que utilizaron en el ara de la ermita de las santas Centola y Elena de Siero (Valdelateja) que se conserva en el Museo de Burgos.

Monjes atrevidos

Casi nunca sabemos quieres fueron los autores de los grafiti pero, a veces, hay indicios que nos permiten intuirlo. De hecho, en algunas iglesias eran los propios monjes los que los realizaban, ya que se encuentran en lugares a los que solo ellos podían acceder.

Esto es lo que ocurrió en las paredes del coro de la iglesia de Santiago de Peñalba (Peñalba de Santiago, León), que fueron cubiertas con una gran variedad de grafiti incisos. Entre ellos, llaman la atención dos leones con las cabezas vueltas hacia su lomo y la lengua fuera, una escena de caza y varias figuras humanas vestidas como los obispos de las miniaturas de la época.

En otras ocasiones, grafiteaban sobre superficies mucho más difíciles de alcanzar. Por ejemplo, sobre uno de los arcos del interior de la iglesia del monasterio de San Miguel de Escalada (León) se escribieron los nombres de dos monjes: Monioni y Fructuoso. Es muy posible que lo hicieran cuando la iglesia estaba en construcción, antes de que las piedras fueran colocadas en su lugar, aunque también pudieron subirse a uno de los andamios de la obra y hacerlo desde allí arriba.

Más vale prevenir

Los peligros y los miedos eran frecuentes entre el mundo medieval. Algunos objetos eran utilizados como amuletos y talismanes; incluso solía enterrarse a los difuntos con ellos.

Esta necesidad de protección llevó también a grafitear símbolos mágicos sobre las arquitecturas, utilizando formas universales como las estrellas de cinco puntas o los nudos de Salomón.

Las entradas eran un lugar idóneo para colocarlos, ya que protegían a quienes las atravesaban. Una prueba de ello se encuentra en las dovelas de una de las puertas de la iglesia de San Pedro de Tejada (Burgos), sobre las que se grabaron dos grandes nudos de Salomón. En este caso funcionarían como elementos protectores exclusivamente para los monjes, ya que ese era un acceso reservado para la comunidad religiosa.

A diferencia de la estigmatización actual, el grafiti medieval nunca fue entendido como un acto vandálico o marginal, sino una conducta habitual de la población. Se practicaba con total libertad sobre construcciones civiles, religiosas y objetos sagrados. Muchos años antes de que TAKI 183 escribiera su nombre en las calles de Nueva York, algunos monjes ya taggeaban los suyos en las piedras buscando permanecer en el tiempo.

Al final, nada nuevo bajo el sol.


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Vanessa Jimeno Guerra no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Qué pescados son más sanos para comer?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

Michaelnero/Shutterstock

Hace unos años escribí sobre el salmón y sus problemas y la respuesta de la Embajada de Noruega fue tan expedita que mereció un segundo post. No estoy acostumbrado a tanto interés diplomático. Aun así, el tema del pescado –qué comer, cuánto, de dónde viene y si es seguro– sigue siendo uno de los más confusos para el consumidor medio. Y la confusión no es accidental: conviven intereses industriales, alarmas mediáticas mal calibradas y mensajes de salud pública que se quedan en el titular sin matizar lo que realmente dice la ciencia.

La mayor transformación en la historia de la pesca

Estamos asistiendo a un cambio sin precedentes en la forma en que obtenemos proteína marina. La producción mundial de pescado alcanzó en 2022 los 223,2 millones de toneladas y, por primera vez en la historia la acuicultura, superó a la pesca extractiva como fuente principal de animales acuáticos.

Que la mitad del pescado que se consume en el mundo haya sido cultivado –y no capturado– es un dato que merece reflexión. La pesca de captura se ha estabilizado desde finales de los años 1980 en torno a 90 millones de toneladas anuales, mientras que la acuicultura no ha dejado de crecer: un 527 % entre 1990 y 2018.

Paralelamente, el porcentaje de poblaciones marinas explotadas dentro de niveles biológicamente sostenibles ha bajado al 62,3 % en 2021, lo que significa que más de un tercio de las pesquerías monitorizadas se explotan por encima de su capacidad de recuperación.

En este contexto, comer pescado es una actividad sustancialmente distinta a la de hace treinta años. Hoy la pregunta sobre la seguridad no puede responderse sin distinguir entre la especie, el origen y el método de producción.

El problema de la bioacumulación: no todos los peces son iguales

El principal contaminante de interés sanitario en el pescado es el metilmercurio. No porque sea el único –los PCBs, las dioxinas y los plaguicidas organoclorados también cuentan–, sino porque su comportamiento en la cadena trófica es sistemático y bien documentado. El metilmercurio se acumula en los tejidos grasos y se biomagnifica a medida que se asciende en la red alimentaria.

Así, un atún o un pez espada puede acumular concentraciones de mercurio cien veces superiores a las del agua que habita. La física del problema es implacable: cuanto más larga sea la vida del animal y más alto sea su puesto en la cadena, mayor será la carga.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha identificado al atún, el pez espada, el bacalao, el abadejo y el lucio como los principales contribuyentes a la exposición al metilmercurio en Europa en todos los grupos de edad, con la adición de la merluza en el caso de los niños.

La exposición media de la población no suele superar la ingesta semanal tolerable, pero los consumidores habituales de grandes depredadores sí pueden rebasarla.

Peligros para la salud en niños y embarazadas

Aquí viene el matiz que casi nunca se explica bien: el riesgo no es el mismo para un adulto sano que para una mujer embarazada o para un niño. En estos grupos, la neurotoxicidad del metilmercurio tiene efectos documentados sobre el desarrollo del sistema nervioso. Por eso, las restricciones de consumo no son prudencia burocrática, son medicina preventiva con base sólida.

Un informe reciente de la EFSA, basado en encuestas de 2023 y 2024 en los 27 Estados miembros, reveló que aproximadamente uno de cada tres europeos –incluidas mujeres embarazadas– consume cantidades potencialmente inseguras de especies con alto contenido de mercurio. Hasta el 60 % de los encuestados conocía los beneficios del pescado, pero solo entre el 10 y el 14 % era consciente de los riesgos asociados a los contaminantes.

El desequilibrio informativo es evidente y no es inocente: los beneficios se han comunicado con entusiasmo; los matices, con desgana.

¿Es seguro el salmón de acuicultura?

Comer salmón es seguro, con matices que no justifican el pánico mediático. El salmón de piscifactoría noruego –que es el que encontramos en los supermercados españoles– tiene niveles de contaminantes orgánicos persistentes (dioxinas, PCBs) que los análisis sistemáticos del Instituto de Investigación Marina noruego sitúan aproximadamente seis veces por debajo de los límites máximos europeos.

Esos niveles han descendido de forma constante desde 2004 gracias al cambio en la composición de los piensos. Por otro lado, el mercurio no es el problema del salmón: es un pez de posición trófica media y con un ciclo de vida relativamente corto en acuicultura.

Eso sí, la etoxiquina –antioxidante añadido a los piensos para evitar su oxidación durante el transporte– generó alarma hace años porque no es un aditivo deseable. Pero tampoco es la bomba química que ciertos documentales televisivos pretendieron hacer creer. La EFSA la revisó y no encontró riesgo para el consumidor a los niveles detectados en músculo de salmón.

Por otro lado, el salmón de piscifactoría tiene una fracción grasa notablemente mayor que el salvaje, porque el pienso y la ausencia de depredadores así lo permiten. Esa grasa extra es precisamente donde se acumulan los contaminantes lipófilos, pero también es la fuente de los ácidos grasos omega-3 a los que se atribuyen beneficios cardiovasculares.

La trazabilidad: el eslabón más débil

Según la FAO, uno de cada cinco productos pesqueros en el mundo está mal etiquetado. El fraude abarca la sustitución de especies por otras más baratas, la falsificación del método de captura –salvaje frente a acuicultura–, el origen geográfico incorrecto y la adulteración con colorantes para simular frescura. En España, el impacto económico de este fraude se estima en más de 600 millones de euros al año.

En este contexto, un estudio de la Universidad de Oviedo que analizó mediante secuenciación de ADN 401 muestras de pescado congelado encontró que, en el 1,9 % de los casos, la especie declarada en la etiqueta no correspondía al contenido real. Puede parecer un porcentaje pequeño, pero, aplicado al volumen total del mercado, es una cifra que no debería ser tolerable en ningún sistema de control alimentario serio.

La normativa de la UE exige, desde finales de 2014, que el etiquetado de productos pesqueros indique la especie, la zona de captura o el país de producción acuícola, el método de captura y si el producto ha sido descongelado. El problema es la brecha entre lo que establece el reglamento y lo que llega al consumidor, especialmente en la restauración, donde las exigencias son menores y la cadena de intermediación es más opaca.

Soluciones para frenar el fraude

Las soluciones técnicas existen, como demuestra SEATRACES, un proyecto liderado por el Instituto de Investigaciones Marinas-CSIC de Vigo, con 19 socios europeos, cuyo objetivo es demostrar que el etiquetado y la trazabilidad son esenciales para proteger y revalorizar la producción pesquera y acuícola atlántica. Para ello, diseñan herramientas de autenticación basadas en la secuenciación genética y aplicaciones para teléfonos móviles. Además, se ha creado la plataforma europea FISH-FIT, abierta a laboratorios de control oficial e institutos de investigación.

Entre sus desarrollos, figura un chip genético para garantizar la autenticidad del mejillón gallego, diseñado en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela y el Centro de Investigación Marina y Alimentaria AZTI.

La técnica genética de secuenciación de nanoporos permite hoy identificar la especie y la procedencia geográfica de cualquier producto marino en cuestión de horas, sin necesidad de un laboratorio especializado. En este sentido, el salto al control rutinario del mercado depende de la voluntad regulatoria, no de limitaciones técnicas.

Los beneficios reales del consumo de pescado

Conviene no perder de vista que la evidencia sobre los beneficios del consumo de pescado es sólida. La Asociación Americana del Corazón recomienda al menos una o dos raciones semanales de pescado graso –como salmón, caballa, sardinas o trucha– para reducir el riesgo cardiovascular.

Los ácidos grasos omega-3 de cadena larga (EPA y DHA) tienen efectos bien documentados en la reducción de los triglicéridos –grasa que aumenta el riesgo cardiovascular–, la presión arterial y la inflamación sistémica. Para quienes no consumen pescado, los suplementos de omega-3 son una alternativa razonable, aunque el pescado sigue siendo la fuente preferida porque aporta, además, otros nutrientes esenciales, frecuentemente deficitarios en la dieta occidental.

Lo recomendable es comer con frecuencia especies pequeñas y de ciclo corto –sardinas, anchoas, jurel, caballa, mejillón–, que aseguran menor bioacumulación de mercurio, mayor sostenibilidad, omega-3 y, en general, son más baratas.

Asimismo, es aconsejable limitar el consumo de pez espada, tiburón y atún rojo, especialmente en mujeres embarazadas y niños. Y exigir trazabilidad: preguntar de dónde viene el pescado no es excentricidad, sino un derecho reconocido por la normativa europea. Si la etiqueta no indica la especie, la zona de captura y el método de producción, no cumple con la ley.

El pescado es un alimento excepcional. Aprovecharlo bien requiere un poco más de información de la que suele estar disponible en los expositores del supermercado.

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Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué pescados son más sanos para comer? – https://theconversation.com/que-pescados-son-mas-sanos-para-comer-284111

¿Se puede hacer ejercicio con calor en verano? Sí, pero no de cualquier manera

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandro J. Almenar Arasanz, Profesor área de Fisioterapia, Universidad San Jorge

SOMKID THONGDEE/Shutterstock

Cuando llega el verano, las recomendaciones se repiten: evitar las horas centrales del día, buscar la sombra y beber agua. Son consejos sensatos, especialmente durante una ola de calor, pero no siempre encajan con la realidad. Hay personas a las que les gusta entrenar, sudar, correr o pedalear al aire libre.

¿Se puede? Sí, pero el calor añade una carga extra y obliga a ajustar el esfuerzo. No es lo mismo salir a caminar media hora que hacer series de carrera, una ruta larga en bicicleta o una sesión intensa de fuerza. El riesgo y las adaptaciones necesarias dependen de la persona, del tipo de ejercicio y de cuánto tiempo vaya a exponerse al calor.

El mismo entrenamiento deja de ser el mismo

Durante el ejercicio, los músculos generan calor. Para disiparlo, el organismo envía más sangre hacia la piel y activa la sudoración, mientras sigue abasteciendo a los músculos. Por eso, un ritmo habitual puede resultar más exigente en verano: aumenta la percepción de esfuerzo, aparece antes la fatiga y puede disminuir el rendimiento.

Adaptar el entrenamiento no significa estar menos en forma. Correr más despacio, reducir alguna serie o alargar los descansos puede requerir un esfuerzo similar al de una sesión más intensa en un ambiente fresco. En días de mucho calor, el reloj o la carga externa no siempre cuentan toda la historia: conviene atender también a las sensaciones, la respiración, la frecuencia cardiaca y la capacidad para recuperarse entre esfuerzos.

Sudar ayuda, pero no es una medalla

Sudar es uno de los principales mecanismos del cuerpo para perder calor, pero lo que realmente nos enfría es la evaporación del sudor sobre la piel. Cuando hay mucha humedad, podemos acabar empapados y, aun así, refrigerarnos peor.

Además, transpirar más no significa entrenar mejor, quemar más grasa ni eliminar más “toxinas”. Depende de la temperatura, la humedad, la ropa, la intensidad y la adaptación individual. Por eso no tiene mucho sentido valorar una sesión por lo mojada que acaba la camiseta: puede indicar esfuerzo, pero también simplemente calor, humedad o una mala elección de ropa.

Otro aspecto a tener en cuenta es que la tolerancia al calor se entrena: la exposición progresiva mejora la capacidad para sudar y controlar la temperatura corporal. Quien comienza debería elegir, pues, sesiones más cortas, intensidades moderadas y momentos menos calurosos. Una persona entrenada y aclimatada dispone de más margen, pero tampoco es invulnerable: puede reducir el ritmo en trabajos aeróbicos y bajar el volumen o ampliar los descansos en sesiones de fuerza.

Comer y beber con sentido

Hacer ejercicio intenso inmediatamente después de una comida copiosa puede favorecer que suframos pesadez, náuseas o molestias digestivas. Conviene dejar un margen suficiente o, si queda poco tiempo, optar por alimentos ligeros y fáciles de digerir, como una pieza de fruta, una tostada con miel o mermelada, un yogur o un pequeño bocadillo sencillo. La cantidad y el momento deben ajustarse al tipo de entrenamiento y a la tolerancia individual.

También ayuda empezar bien hidratado. Para una sesión corta, suele bastar el agua, pero si el ejercicio se prolonga o la sudoración es abundante, puede resultar útil reponer también sales y carbohidratos.

De cualquier modo, beber en exceso (“por si acaso”) no es buena idea: la hidratación debe adaptarse a la duración y la intensidad del ejercicio y las pérdidas individuales. Una buena referencia práctica es llegar al entrenamiento sin sed intensa y observar cómo responde el cuerpo después: un cansancio excesivo, dolor de cabeza o una recuperación anormalmente lenta pueden ser señales de que la sesión, el calor o la hidratación no se han gestionado bien.

Entrenar al sol añade otra carga

A algunas personas les gusta sentir el sol mientras entrenan. No hay que demonizar esa preferencia, pero sí entender que la radiación solar aumenta la carga térmica y añade exposición ultravioleta.

Si se elige entrenar sintiendo los rayos del astro rey, conviene proteger la piel, utilizar ropa ligera, disponer de agua y asumir que algunos días habrá que reducir la duración o la intensidad del ejercicio. La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar la exposición durante las horas de mayor radiación y utilizar sombra, ropa protectora y fotoprotección.

Hay señales que no se negocian: ante un mareo, dolor de cabeza intenso, náuseas, debilidad inusual, pérdida de coordinación, confusión o sensación de desmayo. deebemos parar, buscar un lugar fresco y enfriar el cuerpo.

Así que entrenar con calor es posible. La clave no está en demostrar cuánto podemos aguantar, sino en progresar, escuchar al cuerpo y adaptar el plan. Primero la colina; después, si todo va bien, ya llegará el Everest.

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ref. ¿Se puede hacer ejercicio con calor en verano? Sí, pero no de cualquier manera – https://theconversation.com/se-puede-hacer-ejercicio-con-calor-en-verano-si-pero-no-de-cualquier-manera-280933

Luces y sombras de la vida digital: el impacto de la violencia ‘online’ en la infancia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura Barroso Gonzalo, Investigadora de la Cátedra de los derechos del niño, Universidad Pontificia Comillas

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El entorno digital ya forma parte de nuestras vidas: de nuestras rutinas, de nuestros hábitos, de nuestra forma de relacionarnos… Y eso incluye a los niños, niñas y adolescentes. Pero aunque ofrece muchas oportunidades para el desarrollo de las personas menores de edad, no está exento de riesgos.

El informe sobre la cibercriminalidad en España, del Ministerio del Interior, arroja datos inquietantes. Las amenazas y coacciones son los delitos online que más afectaron en 2024 a las personas menores de edad (1 606 victimizaciones). Además, los datos de violencia sexual online también son elevados (1 078 victimizaciones). Solo durante ese año, el 84,2 % del total de los delitos de índole sexual online fueron cometidos contra niñas, niños y adolescentes. Esto convierte a la infancia y la adolescencia –sobre todo a las niñas– en el grupo más afectado por este tipo de delitos.

Sin embargo, estas cifras solo reflejan una parte del problema, ya que se estima que muchos de los casos no salen a la luz. Otros estudios han intentado estimar la prevalencia de las violencias online que sufre la infancia en España y las cifras son alarmantes.

En el reciente estudio sobre prevalencia del Ministerio de Juventud e Infancia, el 25 % de las personas encuestadas indicaron haber sufrido algún tipo de violencia online durante su infancia. Los principales responsables señalados fueron la pareja (27,9 %) y personas desconocidas, tanto adultas (26,3 %) como menores de edad (23,9 %).

La mayoría de casos no se denuncian

La mitad de las personas consultadas afirmó no haber hecho nada tras ser víctima de la violencia digital. Tan solo un 31,3 % se lo contó a alguien y un 9,7 % denunció la situación. En este sentido también hay diferencias según el sexo, ya que los hombres denunciaron en mayor medida que las mujeres.

En relación con la violencia sexual durante la adolescencia, un estudio publicado en 2024 por la Universidad de Barcelona identificó la victimización electrónica como la forma más frecuente. Afectaba al 12 % de la muestra, y de nuevo, incidía especialmente en las chicas. Este mismo equipo de investigación, en colaboración con la Fundación Save the Children, realizó un estudio posterior sobre victimización sexual online que incluía más formas de violencia. En él, el 98 % de las chicas y chicos encuestados indicó haber sufrido alguna durante la infancia o adolescencia.

Proteger sin expulsarles

En definitiva, los datos de los que disponemos dejan claro que el entorno digital constituye un nuevo espacio en el que se ejercen diferentes tipos de violencia contra la infancia. Sin embargo, la falta de consenso al definir lo que se considera violencia digital y las diferencias metodológicas entre estudios dificultan conocer la verdadera dimensión del problema.

En cualquier caso, reducir el debate a los riesgos sería un error. El ecosistema digital también favorece el derecho a la educación, a la identidad, a la cultura, al ocio, al juego, a mantener relaciones familiares, a la libertad de expresión, al acceso a la información, a ser escuchados y a la participación social y política, entre otras cuestiones. Todo ello es esencial para el bienestar y el desarrollo integral de la infancia.

El Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas abordó esta cuestión a través de la Observación General Nº 25 relativa a los derechos de los niños en relación con el entorno digital, documento de referencia para el desarrollo de políticas públicas en esta materia.

El desafío, por tanto, es encontrar el equilibrio entre proteger a la infancia frente a las violencias digitales sin vulnerar sus derechos. Porque expulsarles del mundo digital no es una solución proporcionada ni eficaz.

¿Qué hace la ley para protegerlos?

El ordenamiento jurídico español está intentando adaptarse a esta realidad cambiante para proteger a la infancia frente a la violencia digital. Sin embargo, la regulación está llegando tarde.

En 2021 se aprobó una Ley Orgánica de protección integral a la infancia frente a la violencia, con una potente finalidad preventiva, que especifica que el entorno digital debe ser seguro para la infancia. Pone el foco en sensibilizar y capacitar a la infancia, a las familias y a profesionales.

Además, se ha aprobado un Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales que podría constituir un paso importante para impulsar medidas efectivas que protejan los derechos de la infancia. Este texto refuerza la necesidad de formación, modifica algunos delitos del Código Penal y establece obligaciones para que las empresas tecnológicas diseñen sus productos de manera más segura.

Sin embargo, también propone aumentar de los 14 a los 16 años la edad para prestar consentimiento para el tratamiento de datos personales. Esto implicaría aumentar la edad de acceso a redes sociales. En este sentido, sabemos que, aunque actualmente la edad mínima de acceso sea de 14 años, muchos niños y niñas de menor edad están accediendo a contenidos y espacios online que no son adecuados porque no hay mecanismos de verificación de la edad eficaces. ¿Subir la edad de acceso a redes sociales terminará con el problema?

Cuándo acceder y cómo acompañar

Probablemente la cuestión no sea únicamente a qué edad pueden acceder los niños y las niñas a determinados espacios digitales, sino cómo son esos entornos a los que acceden y cómo acompañar ese acceso. Las oportunidades y los riesgos del ecosistema digital varían según la edad y el grado de madurez, por lo que la adquisición de competencias y autonomía debería producirse de forma gradual.

Desde una perspectiva de derechos de la infancia, las medidas que se establezcan deben ser eficaces, necesarias y proporcionadas. Las prohibiciones, por sí solas, no siempre garantizan una mayor seguridad y pueden limitar el ejercicio de derechos humanos.

Por ello, antes de imponer nuevas restricciones conviene evaluar el interés superior de los niños y niñas, así como el impacto y la eficacia real de las medidas que se ponen en marcha. El reto consiste en construir entornos digitales más seguros para la infancia en los que puedan aprender, participar y desarrollarse.

The Conversation

Laura Barroso Gonzalo trabaja en la Cátedra de los Derechos del Niño de la Universidad Pontificia Comillas y es miembro de la Asociación ATZ. Anteriormente, trabajó en Save the Children.

ref. Luces y sombras de la vida digital: el impacto de la violencia ‘online’ en la infancia – https://theconversation.com/luces-y-sombras-de-la-vida-digital-el-impacto-de-la-violencia-online-en-la-infancia-283842