Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Álvarez Gálvez, Profesor Titular de Universidad, Salud Poblacional y Ciencia de Datos Sociales/Sanitarios, Universidad de Cádiz
Imagine dos personas de la misma edad. Ambas acaban de cumplir sesenta años y, sobre el papel, comparten un mismo diagnóstico de hipertensión. Sin embargo, una década después sus vidas son muy distintas: una convive con esa una única dolencia, bien controlada. La otra ha sumado a la lista diabetes, una enfermedad cardiovascular, lumbalgia crónica y depresión. ¿Por qué dos caminos tan diferentes desde un inicio tan parecido? Muchas veces atribuimos a la genética estas diferencias, pero buena parte de la respuesta está en algo que solemos pasar por alto: el lugar donde vivimos.
Las enfermedades no vienen solas
Estamos acostumbrados a pensar en la hipertensión, la diabetes y la depresión como si fueran condiciones separadas, cada una con su especialista y su tratamiento. Sin embargo, a medida que envejecemos, rara vez aparecen de una en una. Lo habitual es que, desde una condición inicial, se acumulen y evolucionen de forma conjunta.
A esa coexistencia de dos o más enfermedades crónicas en una persona la llamamos “multimorbilidad”. Detrás de este concepto se encuentra uno de los grandes retos de los sistemas sanitarios, diseñados para tratar dolencias aisladas –brotes agudos– más que a pacientes con varias enfermedades a la vez.
Lo interesante es que esa acumulación no es caótica. En un estudio con más de un millón de historiales clínicos de la provincia de Cádiz identificamos 25 patrones distintos de multimorbilidad. Se trata de combinaciones que se repiten, como el grupo cardiometabólico (hipertensión, diabetes, colesterol), el musculoesquelético y el de salud mental.
Las enfermedades, en definitiva, tienden a viajar juntas y a hacerlo siguiendo rutas reconocibles.
De fotografías a películas
Durante mucho tiempo la investigación se limitó a hacer una fotografía –qué enfermedades tenía una persona en un momento dado–, pero nuestra salud se parece más a una película. Con grandes bases de datos y técnicas capaces de seguir a las personas en el tiempo hemos empezado a reconstruir esos caminos de la enfermedad. Hoy buscamos entender cómo se transita de un estado de salud a otro y por qué algunas personas acaban con perfiles complejos en los que se combinan varios sistemas del cuerpo.
En ese recorrido hay dolencias que actúan como puentes: patologías que conectan los patrones más sencillos con otros mucho más graves. Según nuestros datos, la disfunción hepática en los hombres y la depresión en las mujeres actúan como puntos de inflexión que aceleran la caída hacia una multimorbilidad más compleja y con mayor riesgo de mortalidad y de uso de servicios sanitarios.
El código postal, bajo la piel
Aquí es donde el entorno entra en juego. Cuando cruzamos esas trayectorias con las condiciones socioeconómicas del área de residencia, el patrón es nítido: en los barrios con menos recursos las combinaciones de enfermedades son más complejas, más graves y aparecen antes.
Nuestra revisión de la literatura científica internacional apunta en la misma dirección. La multimorbilidad puede adelantarse entre 10 y 15 años en las poblaciones con menos recursos. Dicho de otro modo: no solo enfermamos de forma distinta según dónde vivamos, sino que también lo hacemos antes.
No se trata únicamente del dinero. El entorno social moldea la alimentación, la vivienda, el empleo, las relaciones sociales y el acceso tanto a productos nocivos como a la propia atención sanitaria. Todos esos factores se embeben bajo la piel y van trazando el camino que seguirá nuestra salud.
Más que un problema clínico
Detrás de cada trayectoria hay una persona. En un estudio con pacientes y profesionales sanitarios la multimorbilidad se describía como un ciclo de deterioro físico, vulnerabilidad emocional y, con demasiada frecuencia, desatención de un sistema fragmentado. Estos pacientes experimentan largas esperas y tratamientos difíciles de coordinar. Los cuidados recaen, sobre todo, en las mujeres de la familia. Las enfermedades no solo se suman, sino que interactúan y se refuerzan con las condiciones sociales que las rodean.
Esto se aprecia con especial claridad en la salud mental. Cuando una enfermedad mental se combina con dolencias físicas los caminos se vuelven más enrevesados y el uso de los servicios sanitarios, más intenso. Esto revela hasta qué punto cuerpo y mente recorren juntos el mismo trayecto.
Mirar el mapa, no solo el diagnóstico
¿Por qué importa todo esto? Porque si las enfermedades siguen caminos, y esos caminos dependen en parte de dónde vivimos, también podemos intentar cambiarlos.
Comprender las trayectorias de multimorbilidad permite anticiparse. Por ejemplo, identificar antes a quién está en riesgo de dar un salto hacia perfiles más graves, actuar sobre esas enfermedades puente y adaptar la prevención a cada territorio en lugar de aplicar la misma receta para todos.
La idea de fondo es sencilla, pero cambiar la forma de mirar no lo es tanto. Para entender cómo envejecemos y enfermamos no basta con leer nuestra lista de diagnósticos. También hay que mirar el mapa. Porque la salud, más que un destino escrito en los genes, es un camino que recorremos, y ese camino empieza, en buena medida, por el lugar donde vivimos.
Javier Álvarez Gálvez ha recibido fondos públicos de la convocatoria ITI (Inversión Territorial Integrada), desarrollada por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. El proyecto de investigación DEMMOCAD (ITI-0028-2019) ha sido cofinanciado en un 80% con fondos del Programa Operativo FEDER de Andalucía 2014–2020.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Vanessa Chávez Peña, Profesora y Coordinadora de prácticas del Máster Universitario en Psicología General Sanitaria, Universidad Europea
Durante años, encontrar empleo dependía casi exclusivamente de contar con un buen currículum, títulos académicos y experiencia laboral. Sin embargo, la automatización, el análisis de datos y la irrupción de la inteligencia artificial han transformado no solo la forma de trabajar, sino también la manera en que las empresas identifican el talento.
En este nuevo escenario, se comienza a cuestionar si un título universitario puede predecir realmente el éxito profesional. Es el concepto de degree inflation (inflación de titulaciones) y, como respuesta, surge la selección basada en habilidades (Skills-Based Hiring).
Este modelo de contratación evalúa a las personas, más que por sus credenciales tradicionales, por sus competencias reales, su capacidad de adaptación y su potencial de aprendizaje. Además, permite ampliar oportunidades laborales a personas con trayectorias no convencionales.
Con este cambio, el papel del psicólogo organizacional se vuelve más importante: además de realizar entrevistas o aplicar pruebas psicométricas, debe interpretar datos, supervisar herramientas algorítmicas y velar que la tecnología se utilice de manera ética y centrada en las personas.
La selección basada en habilidades
Tradicionalmente, las empresas priorizaban candidatos con títulos prestigiosos y amplios años de experiencia. Sin embargo, con los cambios tecnológicos, muchas habilidades necesarias en el mercado laboral actual no siempre se aprenden en la universidad.
Diversos estudios sobre el futuro del trabajo indican que las organizaciones están dando cada vez más importancia a competencias como el pensamiento crítico, la creatividad, la resolución de problemas, la inteligencia emocional, el aprendizaje continuo y la adaptabilidad.
IA para el análisis de candidatos
Con la incorporación de la IA al área de recursos humanos, se han desarrollado herramientas de análisis (People Analytics) capaces de procesar grandes volúmenes de información sobre los candidatos para optimizar la toma de decisiones en la gestión del talento. Actualmente, algunos sistemas pueden, entre otras funciones: filtrar currículums, evaluar competencias, analizar el lenguaje verbal y escrito, detectar patrones de comportamiento, y estimar la probabilidad de adaptación cultural y rendimiento laboral de las personas.
Además, algunas organizaciones están incorporando modelos de selección predictiva basados en algoritmos y análisis de datos para estimar resultados laborales futuros de los candidatos.
Sin embargo, dado que los algoritmos aprenden a partir de datos históricos que pueden reproducir o amplificar desigualdades relacionadas con el género, la edad o la etnia, el psicólogo organizacional resulta fundamental para supervisar los procesos de selección automatizados, evaluar la validez y equidad de las herramientas utilizadas y garantizar decisiones más justas y éticamente responsables.
El nuevo rol del psicólogo organizacional
La transformación digital está redefiniendo el perfil del profesional de selección de personal. Además de las funciones tradicionales, el psicólogo organizacional debe desarrollar competencias relacionadas con: el análisis de datos, la interpretación de algoritmos, la evaluación ética de la IA y la detección de sesgos.
Así, el psicólogo organizacional deja de evaluar e identificar capacidades y competencias para asumir funciones de mediación entre la tecnología y las personas.
Riesgos éticos y futuro de la selección
Aunque la IA promete procesos de selección más rápidos y eficientes, también plantea desafíos éticos. Entre los principales, los sesgos algorítmicos, los riesgos para la privacidad de los datos, la posible deshumanización de las entrevistas y la falta de transparencia en las decisiones automatizadas, especialmente cuando los modelos utilizados no permiten explicar con claridad los criterios que conducen a una determinada evaluación.
Todo indica que el futuro de la selección será híbrido: una combinación entre inteligencia artificial y evaluación psicológica. Paradójicamente, cuanto más automatizado sea el mercado laboral, más importantes serán las habilidades genuinamente humanas, como la empatía, la comunicación y la creatividad.
Para terminar
La selección de personal está viviendo una transformación histórica. El antiguo modelo, centrado exclusivamente en títulos y experiencia, está dando paso a una visión basada en habilidades, potencial y adaptabilidad.
En el área de recursos humanos, la inteligencia artificial no reemplaza al psicólogo organizacional sino que transforma y amplía su función. En la nueva era del trabajo, el desafío no será elegir entre humanos o máquinas, sino aprender a combinar inteligencia tecnológica con comprensión humana.
Y quizá la lección más importante de esta transformación sea que, cuanto más inteligente se vuelva la tecnología, más imprescindible será la inteligencia humana para usarla con responsabilidad, sensibilidad y propósito.
María Vanessa Chávez Peña no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En 2021 la industria de la bicicleta en España alcanzó su mayor nivel de facturación en lo que va de siglo. Aunque desde entonces la cifra ha ido decreciendo, la fabricación de estos vehículos es elevada en comparación con otros países del entorno, lo que nos puede llevar a pensar que se siguen demandando. Sin embargo, poseer una bicicleta no es sinónimo de utilizarla para el desplazamiento cotidiano.
Además de existir más bicicletas en circulación, en los últimos años ha habido una apuesta importante por la ampliación de la infraestructura ciclista en España. Se ha dado un paso fundamental en el diseño de entornos urbanos más sostenibles y amigables para este tipo de transporte. Por ejemplo, mediante la construcción de más de mil kilómetros de carril bici, aparcamientos y sistemas municipales de alquiler, así como el incremento de calles con tráfico calmado.
El urbanismo táctico y las políticas de movilidad han creado el escenario físico necesario para su uso masivo. Sin embargo, la evidencia científica nos advierte de que el entorno construido, por sí solo, no garantiza un cambio de comportamiento social.
Aunque se están produciendo avances en este sentido, menos de la mitad de la población utiliza la bicicleta semanalmente. Además, existen cuatro barreras para convertir la bicicleta en una aliada cotidiana en los pueblos y ciudades españoles:
Dificultades para trasladar bicicletas en otros medios de transporte.
El uso de vehículos a motor para trayectos cortos.
El incremento en el uso de vehículos autopropulsados (patinetes eléctricos).
Falta de empatía con los usuarios de bicicletas.
El uso real comienza en la juventud
Esta desconexión entre disponer de bicicletas e infraestructura y el uso real es crítica en la infancia y la adolescencia. Se trata de periodos clave para el aprendizaje y la consolidación de hábitos de vida activos.
Es decir, cuando los jóvenes realmente se exponen al tráfico urbano, su conciencia sobre los peligros reales (tales como la velocidad de los coches y el hecho de compartir calzada con vehículos motorizados, incluyendo autobuses y camiones, o de afrontar cruces con tráfico) aumenta.
Esto subraya que no basta con animar a pedalear: debemos garantizar entornos donde la seguridad percibida y objetiva confluyan.
Por otra parte, la percepción de esas barreras es mayor en los progenitores de familias usuarias de transporte motorizado en comparación con las que emplean la bicicleta. Este hallazgo plantea una pregunta relevante: ¿perciben más barreras porque sus hijos no utilizan la bicicleta, o precisamente esas percepciones están contribuyendo a que no la utilicen?
Necesitamos un cambio de mentalidad colectiva
Para extender el uso de la bicicleta es necesario un cambio de paradigma. Debemos ir más allá de un gran parque de bicis y una infraestructura ciclista infrautilizada: es necesario un cambio en la mentalidad colectiva hacia el uso de este medio de transporte en las ciudades y los pueblos.
Todos conocemos trayectos de cinco o diez minutos a pie que, por costumbre, terminamos haciendo en coche. Hemos normalizado el uso del vehículo motorizado incluso para desplazamientos que podrían realizarse caminando o en bicicleta, y que justificamos bajo la premisa de la falta de tiempo o la comodidad. Campañas de concienciación como los “Metrominutos escolares” ayudan a entender distancias y tiempos, además de ser estrategias motivadoras.
También son necesarias una serie de medidas educativas que suelen olvidarse en las agendas políticas, como la promoción de cursos para ir en bicicleta en ciudades dirigidos a la infancia y adolescencia. Sin olvidar el desarrollo del currículo educativo relacionado con la movilidad activa, que puede seguir favoreciendo un cambio de mentalidad en el uso para los más jóvenes. Estos procesos formativos sirven para perder miedo y ganar confianza y, por tanto, para cambiar de mentalidad.
La paradoja del estatus
A veces pensamos que prosperar es ir en un vehículo más caro o con un mayor confort, lo que reduce nuestras oportunidades de tener mejor salud. Este concepto de “estatus” ligado al vehículo privado choca frontalmente con las necesidades fisiológicas de movimiento de nuestro cuerpo. La evidencia nos indica que el desplazamiento al centro educativo es una de las oportunidades más claras para acumular minutos de actividad física de moderada a vigorosa.
Sin embargo, un reciente estudio muestra cómo el nivel socioeconómico podría explicar el uso del transporte activo hacia y desde la escuela. El trabajo mostró que un mayor nivel estaría asociado con un menor uso de transporte activo.
Esta paradoja revela que, en muchas ocasiones, disponer de mayores recursos económicos se traduce en una sobreprotección que fomenta el transporte motorizado. Esto priva a niños y adolescentes de la autonomía, el desarrollo motor y los beneficios cardiovasculares asociados al desplazamiento activo.
¿Y qué pasa en España?
En España, la Dirección General de Tráfico ha informado recientemente sobre las nuevas normas del Reglamento General de Circulación. Pueden servir de protección para usuarios de la bicicleta y entran en vigor a partir del 1 de octubre de 2026.
Si queremos que la utilización de la bicicleta se extienda más allá de la práctica deportiva y se convierta en medio de transporte es necesario que nuestra sociedad lo entienda así. Es insuficiente que unos pocos usuarios de bici conozcan sus beneficios, normas y manejo; será imprescindible que la sociedad entera tenga esos conocimientos y después pueda decidir libremente si encaja en su vida cotidiana.
El verdadero avance no se medirá solo en los kilómetros de carril bici construidos o en la facturación anual de la industria ciclista, sino en nuestra capacidad para reeducar la mirada social. Necesitamos integrar el transporte activo en las políticas de salud pública, mejorar la educación vial desde el respeto mutuo y desvincular el concepto de éxito personal del uso del coche privado. Solo así conseguiremos que la bicicleta deje de ser un artículo de ocio de fin de semana para convertirse en un verdadero motor de salud pública.
Javier Brazo-Sayavera recibe fondos del Consejo Superior de Deportes para el desarrollo de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable. Es miembro de la Alianza Global por una Infancia Activa y Saludable. Además, coordina la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Daniel Camiletti Moirón es miembro fundador de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad, y además, miembro colaborador de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Manuel Herrador Colmenero es miembro de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Pablo Campos Garzón recibe financiación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del Programa Beatriz Galindo. Es miembro de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable y de la Red Iberoamericana de Investigadores en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad.
Palma Chillón Garzón es miembro fundador de la Red Iberoamericana de Investigación en Desplazamiento Activo, Salud y Sostenibilidad, y además, miembro colaborador de la Red Española por una Infancia Activa y Saludable.
Susana Aznar es la directora grupo investigación PAFS-UCLM. Coordinadora en España de la Alianza Global por una Infancia Activa y Saludable. Representante del grupo Focal de España en la HEPA (Health Enhancing Physical Activity). Miembro de la Red Española por una infancia Activa y Saludable.
Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de “la trampa de Tucídides” –el patrón histórico según el cual cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante establecida, el riesgo de guerra entre ambas aumenta considerablemente– y de la inevitabilidad de un conflicto armado entre la República Popular China y Estados Unidos.
Sin embargo, los líderes de las dos grandes potencias parecen más convencidos que el politólogo estadounidense Graham Allison de la posibilidad de gestionar su rivalidad y evitar tal escenario que sería, sin duda alguna, el más perjudicial para ambas y también para el resto del mundo.
En efecto, Donald Trump y Xi Jinping, adalides de sendas estrategias de recuperación del esplendor perdido en sus respectivos estados –hacer América grande de nuevo el primero y revitalización nacional el segundo–, parecen decididos a asegurar el mantenimiento de una relación de estabilidad estratégica constructiva que permita que la relación bilateral no sea un obstáculo, sino incluso un activo en las respectivas estrategias de fortalecimiento.
Ese objetivo explicaría que el presidente estadounidense, Donald Trump, al que siempre sus seguidores han atribuido una gran habilidad negociadora, y el chino, del que cabe esperar el pragmatismo del que siempre han hecho gala en el Imperio del Centro, vayan a celebrar a partir del próximo jueves 24 su segunda reunión en apenas cinco meses. La anterior tuvo lugar en Pekín el pasado mes de mayo. En esta ocasión Xi Jinping visitará la Casa Blanca.
Los dos temas de la reunión
En consonancia con la dinámica observable a lo largo de los últimos meses, dos serán las cuestiones que centrarán la cumbre y sobre las que necesitarían lograr un acuerdo: la relación comercial y el desarrollo de la inteligencia artificial.
En el plano comercial, ambos presidentes buscarán dar continuidad a la tregua comercial acordada en Busan el 30 de octubre de 2025, en virtud de la cual fue posible una reducción de los aranceles mutuos y la reanudación del comercio de determinados productos, entre los que hay que destacar las tierras raras y los minerales críticos, de importancia vital para Estados Unidos.
Con todo, las expectativas en relación con la prórroga del acuerdo son diferentes ya que, mientras que China ve con buenos ojos el mantenimiento de las previsiones del mismo, Estados Unidos desearía extender el compromiso de compra por parte de la República Popular China a nuevos productos.
En el ámbito tecnológico, las conversaciones de los dos líderes girarán previsiblemente en torno a la inteligencia artificial. Más allá de la competencia en este ámbito y las diferencias existentes entre ellos en torno a la conveniencia de ralentizar o dosificar el desarrollo de la misma, sí parece plausible que ambos acuerden el establecimiento de un sistema de alerta temprana de incidencias relacionadas con la IA.
El sistema, llamado a permitir una comunicación rápida y transparente entre las dos potencias en un ámbito tan sensible, buscaría contribuir a evitar crisis de seguridad y escaladas que pudieran derivarse de tales incidentes. Sería, en último término, una medida de confianza de comunicación comparable al “teléfono rojo” de la Guerra Fría creado, no lo olvidemos, tras la Crisis de los Misiles de 1963. Aquel momento es el que se considera que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron más cerca de un conflicto directo.
Más allá de esas dos cuestiones, al valorar lo que puede suponer esta cumbre no sería sensato prescindir del turbulento contexto internacional en que se desarrolla. En este sentido, cabe señalar, en primer lugar, que será difícil que no sobrevuelen la reunión las diferencias y tensiones entre las dos potencias en asuntos como las guerras en Irán y Ucrania o el conflicto de Taiwán. Aunque no sería extraño que, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, las conversaciones sobre esas cuestiones no trasciendan a la opinión pública.
Xi Jinping no asistirá a la cumbre de la ONU
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar la paradoja de que vamos a ser testigos: Xi Jinping, líder de una de las dos principales potencias del momento y supuesto máximo defensor de la multipolaridad, va a pasar buena parte de esta semana en suelo americano, pero no va a acudir a la Reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas que se celebra en Nueva York en el mismo periodo. Enviará en su lugar al vicepresidente chino, Han Zheng.
El movimiento bien puede reflejar a partes iguales el desdén del líder chino por la organización sobre la que se ha erigido desde la Segunda Guerra Mundial el sistema internacional y también la pérdida de relevancia que en el momento actual parece experimentar dicha organización.
En definitiva, las dos potencias mundiales principales, más allá de la retórica de alguna de ellas, parecen confiar mucho más en la diplomacia bilateral y en los acuerdos entre ellas que en procesos más amplios en los que tengan cabida otros actores.
Solo cabe desearles suerte y aciertos porque los resultados de sus conversaciones les afectaran no solo a ellos, sino a otros muchos actores. Empezando, claro está, por la Unión Europea.
Gracia Abad Quintanal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En los últimos meses, ha circulado ampliamente en redes sociales, en un documental y hasta en las audiencias del Senado de Estados Unidos un análisis que asegura que los niños vacunados se enferman más que los no vacunados. La cifra que se repite es llamativa: un riesgo dos veces y medio mayor de desarrollar enfermedades crónicas.
El problema es que ese estudio nunca pasó por revisión por pares, el proceso mediante el cual otros científicos examinan un trabajo antes de considerarlo fiable. Se trataba de un borrador interno de la institución Henry Ford Health que fue rechazado por el propio centro de investigación debido a sus deficiencias metodológicas. Sin embargo, sus conclusiones se difundieron como si fuera evidencia establecida.
Junto a un grupo internacional de investigadores en vacunología, pediatría, epidemiología y salud pública, examinamos ese análisis con detalle y publicamos nuestra evaluación en la revista científica Clinical Infectious Diseases. Lo que encontramos no revela una conspiración ni un fraude, sino algo más instructivo: un claro ejemplo de cómo un estudio con fallos metodológicos serios puede parecer, a primera vista, bastante convincente.
Una historia que ya conocemos
No es la primera vez que ocurre algo así. En 1998, un estudio publicado en The Lancet vinculó falsamente la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola) con el autismo. Fue retractado por la propia revista médica años después, pero el daño ya estaba hecho. La cobertura vacunal cayó en varios países y el sarampión, una enfermedad casi por completo prevenible, volvió a circular.
Un cuarto de siglo más tarde, el patrón se repite con otro nombre y otra plataforma, pero con la misma lógica. Una afirmación alarmante, difundida antes de que la comunidad científica pueda examinarla, gana terreno más rápido de lo que cualquier corrección puede alcanzarla.
El estudio en cuestión analizó a cerca de 18 000 niños atendidos en un sistema de salud de Estados Unidos entre 2000 y 2016, comparando a quienes habían recibido alguna vacuna con quienes no habían recibido ninguna. La cifra de afectados por autismo resulta alarmante. El problema es cómo se llegó a ella.
Por qué los números pueden engañar sin que nadie mienta
Una asociación estadística no es automáticamente una relación de causa y efecto. Para que lo sea, hay que descartar otras explicaciones posibles, algo que no se hizo en el caso de los niños vacunados con enfermedades crónicas.
La primera explicación es simple: los niños vacunados acudían al médico, en promedio, siete veces al año, frente a solo dos entre los no vacunados. Cuantas más veces ve un niño a un médico, más oportunidades hay de que se le diagnostique algo, desde una otitis hasta un retraso del habla. No es que las vacunas causen esas condiciones; es que quienes acuden más a consulta tienen más probabilidades de que se les detecte y registre cualquier problema. En epidemiología, esto se conoce como sesgo de detección y es una de las trampas más frecuentes al comparar grupos con distinto nivel de contacto con el sistema de salud.
La segunda tiene que ver con el tiempo. Los niños vacunados fueron seguidos, en promedio, el doble de tiempo que los no vacunados. Como muchas enfermedades crónicas (entre ellas, los trastornos del desarrollo o el asma) se manifiestan años después del nacimiento, un seguimiento más largo aumenta simplemente la probabilidad de detectarlas, independientemente de la vacunación.
A esto se suma que el estudio trató la vacunación como una condición fija desde el nacimiento, cuando en realidad los niños pasan de “no vacunados” a “vacunados” en distintos momentos de su vida. Ignorar ese detalle introduce un error conocido como sesgo de tiempo inmortal. Así, si tenemos 100 niños en total, de los cuales 50 están vacunados en un momento especifico de la vida (en este caso, al nacer), ese numero cambia con el tiempo, porque cuando lleguen a tener 10 años habrá muchos más vacunados. Por tanto, es inapropiado asumir que las vacunas causan autismo o cualquier enfermedad: con el pasar de los años, la mayoría de los niños van a estar vacunados y no se puede asumir que lo que les pasa se explica por la vacuna.
Finalmente, los investigadores examinaron decenas de posibles enfermedades sin ajustar sus cálculos por el número de comparaciones realizadas, algo parecido a lanzar una moneda cien veces y sorprenderse de que, en algunas tandas, salga cara ocho veces seguidas.
Ninguno de estos elementos, por separado, bastaría para invalidar un estudio. Juntos, sin embargo, apuntan en la misma dirección: hacia una sobrestimación sistemática del riesgo en el grupo vacunado, no por la vacuna en sí, sino por cómo se diseñó y analizó la comparación.
Lo que sí muestra la evidencia acumulada durante décadas, con estudios de cientos de miles de participantes en países con registros sanitarios muy completos, es que no existe una relación causal entre la vacunación infantil rutinaria y un mayor riesgo de enfermedades crónicas como el autismo, el asma o las dolencias autoinmunes.
Un problema que nos incumbe a todos
Lo preocupante, más allá de este caso puntual, es la velocidad con la que un análisis sin revisar puede convertirse en verdad pública antes de que la ciencia tenga tiempo de examinarlo, un proceso que ahora se acelera con sistemas de inteligencia artificial , capaces de repetir y amplificar conclusiones erróneas como si fueran hechos establecidos.
Adicionalmente, es importante recordar que esto no es solo un problema en la medicina, sino en todas las ramas del conocimiento y que se suma a la imposibilidad de reproducir los resultados de los experimentos, que se ha venido documentando recientemente y se conoce como “crisis de replicación” de la ciencia.
No se trata de censurar la ciencia abierta, sino de algo más simple: que los estudios sin revisar se etiqueten como tales, que los medios y los políticos eviten presentarlos como evidencia definitiva y que, como sociedad, recuperemos la costumbre de preguntar cómo se hizo un estudio antes de aceptar lo que dice haber encontrado.
Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Marcos, Investigadora en IMEDEA (CSIC – UIB) y Profesora Titular de Universidad de Física de la Tierra, Universitat de les Illes Balears
Este año se cumple la décima edición de la publicación anual del Informe del Estado de los Océanos del Servicio de Vigilancia Marina Copernicus de la Unión Europea. Basado en trabajos científicos de investigadores de todo el mundo, cada informe proporciona una visión actualizada del entorno marino, de su variabilidad y de sus efectos sobre el clima, la biodiversidad y la sociedad. Incluye observaciones remotas (mediante datos de teledetección), además de datos de la superficie y el interior (mediciones in situ) del océano global azul (hidrografía, corrientes), blanco (hielo marino) y verde (procesos biogeoquímicos, desde la acidificación al transporte de clorofila).
Tanto los datos en los que se apoyan los informes como sus resultados son completamente abiertos y accesibles, lo que favorece su comunicación y proporciona, mediante la solidez que aporta la evidencia científica, herramientas para la protección y sostenibilidad de los océanos.
¿Cómo medimos el océano blanco? Vídeo del Servicio Marítimo Copernicus.
Pasar de investigar a actuar
Desde su inicio en el año 2016, los informes anuales han descrito, investigado y cuantificado los cambios observados durante las últimas décadas, prestando especial atención a los eventos más recientes. Su décima edición, que se hará pública el 30 de este mes, corrobora las tendencias de calentamiento y acidificación y el aumento paulatino del nivel del mar.
Las observaciones indican que la temperatura superficial ha aumentado a un ritmo de 0.12 ºC por década entre 1982 y 2025, mientras que el calor del océano ha alcanzado su máximo en 2025.
En este contexto, el nivel del mar suma ya más de 4 milímetros al año de subida global desde 2012, a un ritmo que se ha ido acelerando en las últimas décadas. Por otro lado, en promedio, los océanos son un 17 % más ácidos que en el periodo 1985-2025.
El documento recoge también cambios significativos en las regiones polares, reflejados en la pérdida acelerada de hielo marino y en un incremento de la salinidad en aguas del Ártico en la última década.
Asimismo, como es habitual, incide en algunos de los eventos extremos recientes más dañinos para los ecosistemas y las regiones costeras, como las olas de calor marinas y los efectos de los temporales. Todo ello, con el propósito de transformar el conocimiento en acción, de desarrollar infraestructuras resilientes y estrategias adecuadas de conservación.
Un mar más caliente y tormentoso
Después de varios veranos en los que se han superado récords históricos de temperatura en Europa, las olas de calor marinas cobran especial relevancia. En las regiones costeras, influyen en la sensación térmica, principalmente, a través de la humedad. Un mar con una temperatura anormalmente cálida evapora más agua e incrementa la humedad de la atmósfera, que es transportada hacia tierra por las brisas. El resultado es un calor más húmedo, una sensación térmica más alta y un impacto mayor sobre la salud.
Un mar más caliente también favorece la intensificación de los episodios de tormenta. En el año 2023, el temporal Minerva causó inundaciones importantes en el Adriático, igual que la tormenta Boris, en 2024. También en el año 2024, la tormenta Louis cruzó la península ibérica, afectando a dos puertos en localizaciones tan diferentes como el de Langosteira, en Galicia, y el de Tarragona, en Cataluña. Los intensos vientos generaron olas de hasta 8 metros de altura; provocó interrupciones en el transporte, apagones e, incluso, un fallecido.
Pequeños Estados insulares
Como novedad, el informe de este año analiza los efectos de los cambios oceánicos en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (abreviado como PEIDs), reconocidos por Naciones Unidas como un grupo de estados que afrontan vulnerabilidades sociales, económicas y ambientales específicas. Estos territorios dependen, en gran medida, de los recursos oceánicos y, por tanto, experimentan de forma desproporcionada y más aguda los impactos de los cambios en el entorno marino.
A pesar de su pequeño tamaño, sus zonas económicas exclusivas (ZEE) gobiernan el 8 % de la superficie global de los océanos y el 15 % de los océanos tropicales. Estos territorios son, al mismo tiempo, guardianes de valiosos ecosistemas marinos y centinelas de los impactos del cambio climático oceánico.
Así, el 65 % de sus ZEE están directamente expuestas al aumento acelerado del nivel del mar (muchos de estos territorios están formados por islas de elevaciones muy bajas) y a un calentamiento por encima de la media global. Al mismo tiempo, en el 56 % de ellos, se ha observado que el potencial de intensificación de ciclones tropicales ha aumentado desde 1960.
Un futuro oceánico resiliente
El informe sobre el estado de los océanos, un año más, demuestra que el conocimiento de los océanos no es solo importante desde una perspectiva científica. Una mejor compresión y observación son las herramientas imprescindibles para asegurar un entorno marino resiliente y proteger ecosistemas, poblaciones y economías frente al reto del cambio climático.
Marta Marcos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Leticia Rodríguez Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Marketing y Comunicación. Directora General de Comunicación Estratégica., Universidad de Cádiz
Recibe un mensaje que le informa de que debe recoger un paquete de una compra que nunca ha realizado. Un contacto le reenvía por WhatsApp una supuesta promoción de una marca muy conocida que le pide sus datos personales como base para participar. Mientras navega por internet, aparece un vídeo, de mala calidad, donde el presidente de una gran compañía recomienda una inversión que le proporcionará beneficios extraordinarios. Estas situaciones, tan distintas, forman parte de nuestro día a día y tienen un elemento base en común: utilizan la confianza que depositamos en empresas e instituciones para intentar engañarnos.
La desinformación y el fraude digital forman hoy parte de una misma cadena de ataque. La primera construye un relato creíble aprovechando la reputación de empresas e instituciones, mientras que el segundo materializa el engaño mediante el robo de datos, la suplantación de identidad o las estafas económicas.
En España, las empresas, especialmente las que pertenecen a los sectores del comercio minorista y la banca, son las principales víctimas de este tipo de desinformación. Por su parte, las instituciones públicas son las que sufren una mayor reiteración de ataques, convirtiéndose en objetivos recurrentes de esas campañas. Así lo recoge el estudio Desinformación sobre empresas e instituciones y sus estrategias de respuesta: análisis longitudinal de verificaciones en España (2023-2025), que analizó 630 verificaciones publicadas durante 2023 y el segundo trimestre de 2024 y 2025.
Cuando las respuestas llegan tarde
Pese a la creciente sofisticación de estas campañas, la respuesta de las organizaciones sigue siendo limitada. Solo en el 52,6 % de las verificaciones analizadas se documentó alguna actuación por parte de la entidad afectada. Además, las respuestas suelen ser reactivas: llegan cuando el engaño ya circula como una acción necesaria para paliar sus posibles consecuencias.
La estrategia más habitual consiste en desmentir la información a través de redes sociales, seguida de la publicación de posicionamientos en las páginas web corporativas o de declaraciones facilitadas a los verificadores. Frente a ello, los comunicados de prensa, el contacto directo con las personas afectadas o las acciones preventivas continúan siendo medidas de aplicación excepcional.
Las estafas económicas constituyen hoy la forma más frecuente de desinformación dirigida contra las organizaciones. La técnica más utilizada es el phishing, que consiste en engañar al usuario para que entregue datos personales o credenciales bancarias haciéndose pasar por una entidad de su confianza.
Estos fraudes pueden simular avisos de la Agencia Tributaria, multas de tráfico o comunicaciones oficiales, pero también recurren a mensajes SMS (smishing) o llamadas telefónicas (vishing), en las que los delincuentes se hacen pasar por empleados de un banco para obtener las claves de acceso de la víctima.
También son habituales los casos de suplantación de identidad corporativa e institucional mediante páginas web falsas y logotipos copiados, así como comunicados falsos o declaraciones irreales atribuidas a portavoces y directivos de empresas e instituciones. Destaca también el uso de deepfakes (vídeos manipulados) en los que una referencia conocida ofrece sus recomendaciones de inversión o recomienda algún producto.
La IA multiplica el problema
A esta coyuntura se añade el uso de la inteligencia artificial, que permite profesionalizar este tipo de campañas. En cuestión de minutos un ciberdelincuente puede clonar voces o crear páginas web prácticamente idénticas a las originales. Como si de una empresa se tratara, los recursos se explotan con distintos fines.
Así, los ciberdelincuentes reutilizan una misma plantilla para atacar a múltiples marcas, cambiando el nombre, el logotipo y los colores de la página para convertir una estafa dirigida a una cadena comercial en otra aparentemente vinculada a un banco o a una empresa de mensajería. La IA no solo hace más creíbles los engaños, también permite producirlos y adaptarlos a gran escala.
La desinformación es, por tanto, mucho más que un problema político o social: se ha convertido en una herramienta de ciberdelincuencia que explota la confianza que depositamos en las marcas y en las instituciones.
Por eso, además de verificar si una información es verdadera o falsa, resulta imprescindible aprender a reconocer los patrones con los que operan hoy las estafas digitales.
Independientemente de cual sea su objetivo, la desinformación busca aprovecharse de la confianza con la que actuamos. Una confianza que cada vez cuesta más construir y mantener desde la comunicación de las organizaciones.
Leticia Rodríguez Fernández recibe fondos de Proyecto de Investigación “Comunicación estratégica ante el reto de la desinformación, desafíos, innovación y respuestas (COMDESIR)” FEDER-UCA-2024-B1-01 cofinanciado por el Programa Operativo FEDER Andalucía 2021-2027 y por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía.
Alfonso Maximiliano Rodríguez de Austria Giménez de Aragón recibe fondos del Proyecto de Investigación “Comunicación estratégica ante el reto de la desinformación, desafíos, innovación y respuestas (COMDESIR)” FEDER-UCA-2024-B1-01 cofinanciado por el Programa Operativo FEDER Andalucía 2021-2027 y por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía.
Isabel Robles Márquez desarrolló la investigación de la que se deriva este artículo en el marco de la Beca Colaboración UCA (curso 2023/2024) del Departamento de Marketing y Comunicación de la Universidad de Cádiz, vinculada al proyecto ‘La comunicación de las organizaciones españolas frente a la desinformación’.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Belén López Tárraga, Profesora sustituta en el Departamento de Geografía, Universidad Complutense de Madrid
El renovado interés de Estados Unidos por Groenlandia ha vuelto a ocupar las portadas de todos los medios internacionales. El anuncio de un nuevo acuerdo de seguridad trilateral entre Washington, Copenhague y el gobierno autónomo de Nuuk ha sorprendido al mundo. Las pretensiones de adquisición o control unilateral sobre la isla tropezaban con infranqueables barreras constitucionales, el estatuto de autonomía groenlandés y los compromisos en el seno de la OTAN.
Lejos de una anexión o compra directa, la Casa Blanca ha tenido que dirigir sus exigencias de seguridad a través de la vía diplomática multilateral, respetando la integridad territorial del Reino de Dinamarca y el derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés.
Sin embargo, tras los titulares triunfalistas se esconde un complejo tablero de narrativas políticas, cautelas jurídicas y pugnas geoeconómicas por el control del Ártico.
Triunfo retórico vs. pragmatismo
A un lado del Atlántico, Donald Trump presentó el preacuerdo en sus canales oficiales con un marcado tono eufórico, celebrando haber asegurado un “control permanente sobre la seguridad” de la isla, además de un marco de cooperación indefinido útil para la agenda política interna de cara a las elecciones de medio mandato.
Por su parte, la reacción en la capital groenlandesa ha sido de prudente tranquilidad. Como ha señalado el líder político groenlandés Erik Jensen en declaraciones al medio local Sermitsiaq, existe confianza en que el contenido del pacto salvaguarda los intereses de la isla. Dinamarca y Groenlandia parecen haber adoptado la estrategia de permitir que Washington disfrute del titular político a cambio de preservar intactas las líneas rojas fundamentales: la soberanía del Reino y la autonomía de Nuuk.
La prudencia jurídica
A pesar del impacto mediático del anuncio, la cautela analítica resulta indispensable. A día de hoy, el texto definitivo del acuerdo no es público. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, y el presidente de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, han viajado a Nueva York para rubricar en los márgenes de la Asamblea General de la ONU el nuevo pacto de seguridad junto a Estados Unidos. Sin embargo, esta escenografía política no equivale a un hecho consumado ni concede fuerza legal inmediata al documento.
Para que medidas tan relevantes como el derecho de veto estadounidense sobre inversiones extranjeras o el despliegue de nuevas instalaciones militares entren en vigor de forma efectiva e indefinida, el tratado debe superar un itinerario obligatorio de varios pasos.
El proceso arranca con la firma del texto oficial por EE. UU., Dinamarca y Groenlandia en la sede de la ONU, aunque esta no concede validez jurídica inmediata. Para entrar en vigor, el acuerdo debe ser ratificado por los parlamentos danés y groenlandés y el Senado estadounidense, culminando con la notificación diplomática cruzada de su aprobación.
Será en las votaciones de los parlamentos donde surjan las verdaderas discusiones sobre la letra pequeña. Los políticos daneses y groenlandeses revisarán con mucho detalle si los permisos militares o el control de obras que pide EE. UU. le quitan poder de decisión a Groenlandia o si solo sirven para reforzar la seguridad en la zona. Hasta que los tres parlamentos no aprueben el texto, las nuevas normas no se podrán aplicar.
Tierras raras y veto en las rutas árticas
Más allá de la narrativa militar, la verdadera clave del acuerdo es geoeconómica. Groenlandia alberga una de las mayores reservas no explotadas de tierras raras del planeta, minerales indispensables para la transición energética, la industria de la aviación y la tecnología de defensa.
A esto hay que añadir el papel de las nuevas rutas por el mar. Como el hielo del Ártico se está derritiendo, países como China o Corea del Sur ya utilizan estas vías marítimas para transportar mercancías durante varios meses al año. Al evitar que países como China o Rusia inviertan o pongan bases militares en Groenlandia, Estados Unidos y sus aliados se aseguran de controlar el paso entre el Ártico y el Atlántico, impidiendo que el comercio de sus rivales se convierta en un dominio militar permanente.
El acuerdo sobre Groenlandia ayuda a que la Unión Europea y Estados Unidos dejen de discutir por el control del Ártico y trabajen juntos en el norte. Para Europa, que necesita comprar fuera casi toda la energía y los minerales que consume, este pacto trae dos grandes ventajas: refuerza la seguridad militar frente a las amenazas de Rusia y garantiza que los minerales clave para el futuro se queden en manos de países aliados.
El tiempo y el debate en los parlamentos dirán si el pacto es una solución equilibrada para la seguridad global o si la letra pequeña esconde fricciones de soberanía. Por el momento, el episodio demuestra que en el tablero ártico del siglo XXI la diplomacia de las alianzas y el control de los recursos valen mucho más que la retórica de la anexión.
Ana Belén López Tárraga no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Si miramos el mapa de la economía europea, el paisaje no está dominado por rascacielos de cristal y grandes corporaciones multinacionales. La realidad es mucho más cercana: el 99 % del tejido empresarial en Europa corresponde a pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas empresas familiares.
No todo es tradición
Sobre la empresa familiar pesa el estereotipo de ser una entidad tradicional, apegada a las costumbres y resistente al cambio. Existe la creencia de que, en estas empresas, el peso del apellido y el respeto hacia cómo “se hacían antes las cosas” son un lastre que impide navegar hacia la innovación.
Pero ¿y si esta supuesta rigidez fuera en realidad una forma distinta de tomar impulso? Una investigación reciente a 417 pymes europeas nos ha permitido mirar bajo el capó, y los resultados muestran que las empresas familiares no solo innovan sino que, cuando lo hacen, su impacto suele ser profundo.
Innovar para transformar el negocio
¿Qué hace que una empresa decida cambiar? A menudo se piensa que la innovación surge de un chispazo de genialidad o de comprar la última maquinaria del mercado. Sin embargo, nuestro trabajo apunta a un factor mucho más profundo y previo: la preparación estratégica, que podríamos definir como un estado de alerta y disposición para innovar.
La mezcla de mentalidad abierta, análisis del entorno y voluntad de mejora permite a una empresa estar lista para la siguiente etapa del viaje. Ese es el combustible para el cambio que, aunque por sí solo no mueva el coche (pues se necesita un motor, la visión estratégica), lo transforma en movimiento.
La innovación no trata solo de inventar un nuevo producto o diseñar un nuevo proceso, sino de transformar la lógica con la que funciona la empresa: cómo crea valor, cómo llega a sus clientes y, en última instancia, cómo genera ingresos.
Tras analizar 417 pymes europeas, descubrimos que el ritmo de la innovación en la empresa familiar no depende tanto de quiénes son sus dueños sino de cómo se autopercibe.
Innovación, ¿por inercia?
Las empresas familiares que se gestionan sin una autopercepción familiar se centran más en el reporte de resultados a corto plazo y la innovación sigue un patrón de goteo constante. Estas organizaciones suelen trabajar su preparación estratégica para innovar de forma procedimental.
Innovan con frecuencia, pero tienden a realizar cambios incrementales de baja intensidad. Se trata de una innovación de mantenimiento. Al ser cambios poco profundos, el mercado apenas los nota y su impacto en el rendimiento financiero se diluye. Es un movimiento constante, pero que no siempre logra transformar la cuenta de resultados.
En cambio, en las empresas familiares con un fuerte vínculo emocional con el proyecto, hay más agilidad en la toma de decisiones y una visión de legado a largo plazo.
Para ponerle cifras a esta agilidad, nuestro estudio, basado en la observación de 417 pymes europeas, revela una diferencia notable en la capacidad de ejecución. Mientras que las empresas con baja identidad familiar muestran una eficiencia promedio del 25 % en la conversión de sus esfuerzos innovadores en resultados financieros, en las empresas familiares con un fuerte vínculo emocional esa eficiencia es cercana al 40 %.
Este plus se explica por el efecto legado: el vínculo emocional reduce el miedo al riesgo cuando la supervivencia está en juego. En momentos críticos, la familia no ve el cambio como una amenaza a su patrimonio sino como la única vía para proteger el futuro de las próximas generaciones.
Esta diferencia estadística confirma que, para la empresa familiar, la agilidad no es una elección, sino una capacidad intrínseca que surge cuando el apellido y el negocio se convierten en una misma realidad.
Más allá de la familia: lecciones para el futuro
El principal hallazgo es que el éxito de la innovación no depende de la frecuencia con la que se anuncian cambios, sino de su profundidad estratégica. Por tanto:
La preparación no es opcional: independientemente de si la empresa es familiar o no, la preparación estratégica para innovar es un requisito indispensable. Sin él, cualquier intento de cambio será errático y costoso.
El modelo de negocio es el verdadero tablero de juego: no basta con innovar en productos. El impacto real de la innovación transforma la lógica del negocio.
Hay que reivindicar la gestión emocional: la agilidad y la visión a largo plazo, rasgos propios de la empresa familiar, son virtudes competitivas que las compañías no familiares deberían intentar replicar para ganar eficiencia.
La innovación no debe ser entendida como una carrera de velocidad, donde gana quien más cambios acumula. Es más bien un ejercicio de precisión. Nuestro estudio muestra que, cuando una organización logra alinear su mente (preparación) con su estructura (modelo de negocio), compite con más eficacia.
Quizás sea hora de dejar de pedir a las pymes que innoven más y empezar a ayudarlas a que innoven de verdad.
María de las Mercedes Gracia Laborda recibe fondos de contrato FPU-Universidad de Murcia.
Carolina López Nicolás ha recibido fondos de la Comisión Europea para esta investigación dentro del programa H2020 (grant agreement 645791).
Ángel Meroño Cerdán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Durante las últimas décadas se habló de China como una “potencia emergente”, pero la expresión resulta cada vez menos adecuada. Es ya la segunda economía del mundo, genera alrededor de un tercio de las manufacturas globales y compite en sectores como los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones.
Desde Pekín, además, este proceso se interpreta con una perspectiva histórica distinta. El gran país asiático no se considera una potencia nueva. Su ascenso representa la recuperación de la posición central que ocupó durante siglos, y perdió a partir del siglo XIX.
Entender esta trayectoria ayuda también a explicar la creciente rivalidad con Estados Unidos. En El regreso de China analizo cómo ambos países compiten hoy por tecnología, cadenas de suministro, mercados, finanzas e influencia política. Detrás de cada uno de estos conflictos aparece una cuestión más amplia: cómo se repartirá el poder en la economía mundial durante las próximas décadas.
Cuando China ocupaba el centro
Antes de la Revolución Industrial, China se encontraba entre las economías más desarrolladas del mundo. Algunas regiones, como el delta del Yangtsé, presentaban hacia mediados del siglo XVIII niveles de vida y estructuras productivas comparables a los de las zonas más avanzadas de Europa. Sus grandes ciudades articulaban extensas redes comerciales y el país destacaba en sectores como la porcelana, la seda, el hierro o el té.
Ese equilibrio cambió con la Revolución Industrial. Gran Bretaña incorporó el carbón y la máquina de vapor a la producción, aumentó enormemente su productividad y combinó esa transformación económica con una creciente capacidad comercial y militar.
Así, China quedó rezagada. Las guerras del opio mostraron con crudeza la nueva correlación de fuerzas. A mediados del siglo XIX, el antiguo centro político y económico de Asia comenzó a sufrir derrotas militares, tratados desiguales y una creciente pérdida de soberanía frente a las potencias occidentales.
Ese periodo, llamado en China “Siglo de la Humillación”, ocupa un lugar clave en la visión china de su propia historia. La modernización del país durante el siglo XX puede leerse también como un intento de cerrar aquella ruptura.
De la reforma económica a la fábrica del mundo
La victoria del Partido Comunista en 1949 fue el primer paso de esa recuperación. Su líder, Mao Zedong, reconstruyó la unidad del país, reforzó la capacidad del Estado e impulsó su industrialización, aunque algunas de sus grandes campañas, como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, tuvieron enormes costes económicos y humanos. China recuperó soberanía y peso político, pero seguía lejos de ocupar la posición económica que había tenido siglos atrás.
El auténtico gran salto llegó después de 1978. Las reformas impulsadas por Deng Xiaoping abrieron progresivamente la economía al comercio y la inversión extranjera. China ofrecía mano de obra abundante, costes relativamente bajos, infraestructuras cada vez mejores y un Estado dispuesto a favorecer la industrialización.
El momento internacional también ayudó. Desde los años ochenta, las grandes empresas comenzaron a fragmentar sus procesos productivos entre distintos países. Las actividades intensivas en trabajo se desplazaron hacia economías con menores costes, mientras las empresas occidentales conservaban buena parte del diseño, las patentes, las marcas, el software y la financiación.
La rivalidad entre China y Estados Unidos por la hegemonía mundial es cada vez más abierta.
China encontró su lugar dentro de ese modelo y terminó convirtiéndose en la principal plataforma manufacturera global. Su entrada en la Organización Mundial del Comercio, en 2001, aceleró todavía más el proceso.
Durante años, Estados Unidos y las potencias occidentales veían con buenos ojos esa integración. Las empresas occidentales reducían costes y accedían al enorme mercado chino. China recibía inversión, tecnología y conocimientos mientras industrializaba su economía a una velocidad extraordinaria.
Pero Pekín fue modificando gradualmente su posición dentro de esas cadenas de valor.
De fabricar productos a controlar tecnología
Durante la última década, la estrategia china se ha centrado en progresar hacia las actividades de mayor valor añadido. El objetivo aparece en sucesivos programas industriales, tecnológicos y científicos: aumentar la capacidad nacional en semiconductores, telecomunicaciones, inteligencia artificial, robótica, baterías, energías renovables, biotecnología o computación cuántica.
El resultado ya es visible. Empresas como Huawei o BYD compiten internacionalmente con compañías estadounidenses, europeas, japonesas y surcoreanas. China conserva una enorme base manufacturera y al mismo tiempo ha desarrollado capacidades tecnológicas propias.
Esta transformación cambia también la naturaleza del poder económico. Fabricar un producto constituye solo una parte de la cadena. Las patentes, los estándares técnicos, los proveedores, las plataformas digitales, la financiación y las infraestructuras determinan quién captura el valor y quién ocupa las posiciones centrales de una industria.
Durante décadas, Washington favoreció la integración de China en la economía mundial. Existía también una expectativa política: la apertura económica debía favorecer una progresiva liberalización interna y acercar al país al modelo occidental.
La primera parte funcionó mucho mejor que la segunda. China quedó profundamente integrada en el comercio y las cadenas globales, mientras el Partido Comunista mantuvo el control político. Al mismo tiempo, esa integración permitió al país acumular capacidades industriales y tecnológicas hasta convertirse en un competidor de Estados Unidos desde dentro del propio sistema económico internacional.
La política estadounidense fue cambiando a medida que esta transformación se hacía evidente. Barack Obama intentó reforzar las alianzas económicas en Asia y diseñar nuevas reglas comerciales alrededor de Estados Unidos. En su primer mandato, Donald Trump apostó por los aranceles y una política abiertamente proteccionista. Joe Biden mantuvo buena parte de ese giro mediante controles tecnológicos, subsidios y programas de política industrial. De este modo, EE. UU. aceptaba el rol periférico de China, pero buscaba frenar la escalada de Pekín como potencia.
Por tanto, la rivalidad con China ha terminado generando un consenso poco habitual en Washington: la seguridad nacional depende también de la capacidad productiva, el acceso a tecnologías estratégicas y el control de determinadas cadenas de suministro.
Gobiernos y empresas siguen dependiendo de redes productivas, financieras y tecnológicas internacionales. Pero ahora observan esas dependencias con una preocupación mucho mayor. Un proveedor de semiconductores, un sistema de pagos, una refinería de minerales críticos o una infraestructura digital pueden convertirse en instrumentos de presión.
Estados Unidos parte con ventajas importantes porque ocupa posiciones centrales en las finanzas internacionales, el dólar y determinadas tecnologías avanzadas. China intenta reducir esas vulnerabilidades y construir redes propias en ámbitos como las infraestructuras, las energías limpias, los sistemas de pagos o los estándares tecnológicos.
El resultado es una globalización donde la eficiencia comparte espacio con la seguridad económica. Vuelven la política industrial, los subsidios, los aranceles, los controles de exportación y la preocupación por el origen de las cadenas de suministro.
Las grandes revoluciones tecnológicas abren oportunidades para alterar las posiciones de poder. China conoce bien esa historia: quedó rezagada durante la I Revolución Industrial y ahora quiere evitar que ocurra lo mismo. En este contexto, la carrera por la IA es clave: Estados Unidos parte con ventaja en los chips más avanzados, la capacidad de computación y los principales modelos, mientras China trata de reducir esas dependencias y proponer una alternativa global.
Washington busca mantener el liderazgo y extender al resto del mundo un ecosistema estadounidense de chips, centros de datos, servicios en la nube, modelos, aplicaciones y estándares. Pekín combina el desarrollo de modelos avanzados con una apuesta por sistemas de pesos abiertos (open-weights, disponibles públicamente bajo la licencia), más baratos y fáciles de adaptar para su aplicación masiva en la industria. Su plan global de gobernanza de la IA insiste además en las comunidades de código abierto, la interoperabilidad y la reducción de las barreras de acceso a esta tecnología.
Pekín también aprovecha los costes como ventaja. Modelos chinos como DeepSeek son mucho más baratos de utilizar que los modelos de frontera estadounidenses, lo que facilita su adopción por empresas y desarrolladores de todo el mundo, especialmente en el Sur Global. La combinación de precios más bajos, modelos abiertos y mayor facilidad para adaptarlos a necesidades locales puede convertirse así en una importante vía de expansión internacional.
Las reglas y los estándares también son clave. Dario Amodei, CEO de Anthropic, defiende frenar el desarrollo de los modelos más avanzados por razones de seguridad, siempre preservando la ventaja estadounidense frente a China. Esa posición tiene dos dimensiones. Quien alcanza primero la frontera tecnológica parte con ventaja para definir las reglas de seguridad, las auditorías o los requisitos que después deberán cumplir los demás. Algo parecido ocurre con los estándares técnicos: desde cómo se conectan los agentes de IA entre sí hasta la forma en que acceden a datos, aplicaciones y otras herramientas.
Cuando empresas y desarrolladores empiezan a construir sus sistemas sobre determinados protocolos, estos ganan escala y resulta más fácil que terminen extendiéndose al resto del mercado. La competición, por tanto, va más allá de quién desarrolla primero la IA más potente: también abarca qué modelos se utilizan, bajo qué reglas funcionan y sobre qué estándares y plataformas acaba construyéndose el ecosistema global.
La disputa entre Estados Unidos y China será dentro de todos estos escenarios. Parece difícil imaginar un simple relevo en el que China ocupe exactamente el lugar que Estados Unidos ha desempeñado desde mediados del siglo XX, pues Washington conserva enormes ventajas económicas, financieras, tecnológicas y militares.
Además, China tampoco necesita reproducir ese modelo para alterar el equilibrio internacional. Su peso industrial, comercial y tecnológico ya le permite ocupar posiciones de las que resulta cada vez más difícil prescindir.
La cuestión que marcará las próximas décadas será, por tanto, cómo se distribuyen esas posiciones de poder, quién consigue controlar las redes sobre las que funciona la economía mundial y qué país logra gestionar mejor sus desequilibrios internos para preservar la estabilidad necesaria para sostener esa competencia en el tiempo.
Juan Vázquez Rojo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.