Violencia vicaria: ¿acaso son los niños “menos” víctimas que sus propias madres?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lourdes Gaitán Muñoz, Co-directora revista científica complutense Sociedad e Infancias, Universidad Complutense de Madrid

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La figura de Janusz Korckzak es reconocida como una de las más influyentes en lo que se refiere a la consideración de niños y niñas como seres humanos, merecedores de amor, atención, respeto y derechos.

Resulta difícil definir a Korczak en una sola dimensión: médico pediatra, pedagogo, activista, locutor de radio, escritor… Escribir para él era una costumbre en la que se inició desde la escuela y siguió practicando hasta la víspera de su muerte.

Sin embargo, muy poco de su extensa obra está traducido al español, lo que dificulta, pero no impide, que sus ecos lleguen a los ámbitos de la pedagogía y la educación de tiempo en tiempo.

Existe en especial un pequeño texto titulado El derecho del niño al respeto (1928) en el que el autor vuelca las ideas fundamentales que surgen de sus largos años dedicados a observar, cuidar y tratar de comprender a los niños. En este texto podemos encontrar reflexiones como la siguiente, referida a la manera en que las personas adultas perciben a las niñas y niños:

Es como si hubiera dos tipos de vida: una seria y respetada, otra tolerada y menos valorada. Decimos que son personas del futuro, futuros trabajadores, futuros ciudadanos. Que lo serán, que su vida empezará de verdad más tarde, que no es seria hasta el futuro. Permitimos con indulgencia que se entretengan, pero estamos más cómodos sin ellos.

Nos vienen estas frases a la memoria a propósito del anteproyecto de Ley Orgánica de medidas en materia de violencia vicaria. Presentado el pasado septiembre por el Ministerio de Igualdad de España, tipifica la violencia vicaria como delito en el marco de la protección contra la violencia de género. La creadora del término, Sonia Vaccaro, define esta violencia “como su nombre indica: una violencia secundaria a la víctima principal, que es la mujer”.

Víctimas principales y secundarias

Más allá de la dudosa división entre víctimas principales (las mujeres) y víctimas secundarias (las personas sobre quienes ejerce violencia el maltratador), este término ha encontrado fácil acomodo en la costumbre de encerrar fenómenos complejos en etiquetas de fácil repetición y recuerdo –tan apreciadas por la cultura mediática– y que rápidamente se instalan en el pensamiento colectivo, llegando a convertirse en fenómenos en sí mismos.

Siendo tan grave por sí toda forma de violencia infligida a las mujeres, no necesitaría desviar el foco de la gravedad de las personas que sufren en su propio ser y en su propia carne esa violencia, es decir, las hijas e hijos de la mujer a quien se desea causar el mayor daño posible.

La doctrina jurídica y el propio diccionario de la RAE ya contienen la definición de figuras que ponen nombre a los delitos cometidos contra los propios hijos, o contra otros niños, con resultado de muerte. Son conceptos como “filicidio”, “neonaticidio” o “infanticidio”, que cuentan con décadas de investigación empírica y perfiles criminológicos bien estudiados. Del mismo modo lo están los conceptos de abuso o maltrato psicológico o físico ejercidos sobre niños y niñas.

El pensamiento, las prácticas y las enseñanzas de Janusz Korczak fueron una de las fuentes de inspiración de la primera Declaración Universal de los Derechos del Niño –la conocida como Declaración de Ginebra, de 1924–, si bien él mismo la criticaba por su indefinición y falta de compromiso. Mas esta indefinición quedó superada por la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, de 1989, que establece sin dudas el “principio del superior interés”. Esta expresión debe interpretarse como que, ante cualquier situación, es prioritario velar por el bienestar y la protección del niño, niña o adolescente, por encima de cualquier otro interés.

Los derechos de los niños deben funcionar de manera independiente

Esto significa que los derechos de los niños deben tomarse en consideración de forma independiente, sin quedar subordinados a los derechos, necesidades o intereses de las personas adultas, sean estas madres, padres, autoridades o instituciones.

El derecho al propio nombre, a ser nombrado como protagonista de la muerte propia, es un derecho que no puede ser negado a los niños cuando son víctimas de asesinato o maltrato. Son víctimas directas de esa agresión mortal, como lo son de otras formas de abuso y maltrato que hace tiempo fueron reconocidas por las leyes como tales.

Empatizar con el terrible dolor que sufre una madre a la que le arrebatan a sus hijos de manera trágica, no justifica que se desvíe la atención sobre la gravedad de un hecho, el infanticidio, que nunca es menos terrible que el feminicidio. Tristemente, la utilización del término “violencia vicaria” parece hacerle el juego al victimario, en cuanto que se reafirma la subordinación de la infancia, a la que se considera como un medio y no como un fin en sí misma, en el estricto sentido de la ética kantiana.

La asimilación de un término como “violencia vicaria” por parte de una sociedad bien intencionada y sensible frente a la violencia contra las mujeres no deja de representar la manifestación de un adultismo rampante; ese que considera a la persona adulta como superior, como medida de todas las cosas, mientras los niños y niñas son vistos como cargas que se acarrean, propiedades que se reclaman o daños colaterales que conlleva la violencia en las relaciones entre personas adultas.

Es consecuencia de admitir que, como decía Korczak, habría dos formas de vida: una seria y respetada (la de las mujeres adultas) y otra tolerada y menos valorada (la de los niños y niñas).

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Violencia vicaria: ¿acaso son los niños “menos” víctimas que sus propias madres? – https://theconversation.com/violencia-vicaria-acaso-son-los-ninos-menos-victimas-que-sus-propias-madres-270546

Doscientos días de verano

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Armand Hernández, Investigador Ramón y Cajal en Ciencias de la Tierra y del Agua, Centro Interdiscilplinar de Química e Bioloxía (CICA), Universidade da Coruña

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Seguramente todos hemos comentado lo caluroso y largo que fue el pasado verano. En el ascensor, en la cola del supermercado, en una sala de espera o mientras aguardamos a que nuestros hijos salgan del colegio; el “verano eterno” ha sido el tema estrella de muchas conversaciones cotidianas.

En Europa se empieza a sentir que el verano no termina. Las primaveras se acortan, los otoños llegan tarde y el frío del invierno, aunque puede ser extremo, dura poco. No es una impresión pasajera: la comunidad científica lleva tiempo observándolo, y ahora sabemos que el Viejo Continente se encamina hacia un cambio estacional sin precedentes en la historia humana.

En un estudio reciente, analizamos la evolución del verano durante los últimos 10 000 años y mostramos que, hace unos 6 000 años, esta estación llegó a extenderse durante casi 200 días. Entonces, las causas fueron naturales. Hoy el escenario es parecido, pero con una diferencia fundamental: el calentamiento actual tiene origen antropogénico y avanza a un ritmo muy superior al de aquel periodo.

Un archivo climático en el fondo de los lagos

Para reconstruir esta evolución, estudiamos las llamadas varvas, láminas de sedimento depositadas estacionalmente en algunos lagos. Cada varva suele incluir dos capas, una asociada al verano y otra al invierno. Midiendo su grosor es posible reconstruir, año a año, la duración e intensidad de cada estación.

El estudio de estas laminaciones en lagos europeos revela un patrón claro: los veranos del Holoceno medio (hace entre 8 000 y 4 000 años aproximadamente) duraban de media 200 días, casi un mes más que a principios del siglo XX.

¿Qué provocó esos veranos tan largos? La explicación principal está en el gradiente latitudinal de temperatura, la diferencia térmica entre el ecuador y el Ártico.

Cuando el Ártico se calienta más rápido que las zonas tropicales, ese gradiente se debilita y la circulación atmosférica se ralentiza. El chorro polar, la corriente de vientos rápidos que rodea el hemisferio norte, pierde intensidad y comienza a ondularse. Esta configuración favorece los llamados bloqueos atmosféricos: situaciones en las que un anticiclón estacionario permanece sobre Europa durante semanas, desviando las borrascas atlánticas y exponiendo al continente a aire cálido sostenido.




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Las consecuencias son veranos más largos y episodios más frecuentes de olas de calor, sequías y lluvias torrenciales al inicio del otoño. Según nuestra investigación, existe una relación estadística sólida entre la duración del verano y la intensidad del gradiente térmico: cerca de dos tercios de la variabilidad estacional del Holoceno se explica por cambios en este gradiente. Por cada grado de debilitamiento, Europa suma unos seis días adicionales de verano.

Lecciones del pasado

Lo preocupante es que este mecanismo está reactivándose hoy en día. La comparación con el pasado aporta perspectiva, pero también urgencia. Durante el Holoceno, las modificaciones del gradiente se debieron a variaciones orbitales o al retroceso de grandes masas de hielo, procesos lentos y graduales. Hoy, el motor del cambio es el calentamiento global inducido por la actividad humana, y la atmósfera responde con rapidez.

El Ártico se calienta unas cuatro veces más rápido que el resto del planeta, un fenómeno conocido como “amplificación ártica”, lo que reduce el gradiente térmico a una velocidad sin precedentes en los últimos diez milenios.




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Desde los años ochenta, los veranos europeos muestran una clara tendencia a alargarse, confirmada por los registros meteorológicos. También lo reflejan los sistemas naturales: plantas que florecen antes, insectos que aparecen antes de lo habitual y aves migratorias que adelantan sus desplazamientos. El reloj climático de Europa está cambiando, y la diferencia principal respecto al pasado es la velocidad a la que ocurre.

Si las emisiones continúan al ritmo actual, Europa podría sumar hasta 42 días más de verano para el año 2100. Esto supondría veranos fuera de los umbrales naturales bajo los que se ha desarrollado la humanidad. En escenarios más optimistas, el aumento sería menor, pero aun así relevante: unos 13 días adicionales.

Aunque estas cifras puedan parecer pequeñas, dos semanas extra de verano extremo tienen consecuencias directas: mayor mortalidad por calor, estrés hídrico en cultivos, incendios más frecuentes, alteraciones en ecosistemas sensibles y presión añadida sobre las infraestructuras energéticas. A ello se suma el impacto en los inviernos que, aunque cada vez con más eventos extremos, duran poco, lo que afecta a la acumulación de nieve y la recarga de acuíferos, generando procesos de retroalimentación.

Una ventana al mañana

Aunque no existan predicciones exactas del futuro, aún es posible influir en su trayectoria. Cada decisión para reducir nuestras emisiones, cada avance tecnológico, cada política climática orientada a la neutralidad en carbono contribuye a frenar esta tendencia.

Contamos con herramientas científicas sólidas, sociedades más conscientes y una innovación climática en pleno desarrollo. El mismo conocimiento que permite reconstruir los veranos del Holoceno ayuda hoy a anticipar riesgos, transformar sistemas energéticos, restaurar ecosistemas y diseñar soluciones que hace poco parecían inalcanzables. La historia climática nos advierte. Queda por ver si sabremos escucharla.

The Conversation

Armand Hernández recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación (España).

Celia Martin Puertas recibe fondos de UK Research and Innovation

ref. Doscientos días de verano – https://theconversation.com/doscientos-dias-de-verano-270363

La paradoja venezolana: el ataque estadounidense es una violación del derecho internacional que llena de esperanza a muchos venezolanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nieves Fernández Rodríguez, Profesora y coordinadora de la Cátedra de Migraciones y Derechos Humanos, Universidad Nebrija

Durante el último cuarto de siglo, Venezuela ha sido un país difícil de mirar sin filtros. Desde el contexto político español, ha sido leída más como símbolo que como sociedad. Desde la derecha, como un argumento recurrente para desacreditar proyectos de izquierdas. Desde la izquierda, como un tema incómodo que a menudo se evita.

En ambos casos, el foco se ha apartado de la deriva autoritaria del país y de sus consecuencias humanas. De ahí la dificultad de entender por qué las reacciones de alivio, e incluso de felicidad, de gran parte de la diáspora venezolana ante la intervención estadounidense.

Precedentes geopolíticos

Desde una perspectiva internacional, los riesgos son evidentes y graves, como muestran los casos de Irak o Libia, donde el derrocamiento de regímenes autoritarios dieron paso a un largo periodo de inestabilidad, violencia y colapso institucional, con su correlato de víctimas y sufrimiento.

Además, en el caso venezolano el presidente estadounidense no ha presentado la invasión como una acción en nombre de la población venezolana, sino que ha sido explícito sobre sus intereses estratégicos. Su actuación erosiona así los principios básicos del derecho internacional y sienta un precedente peligroso, que hace más inquietantes sus advertencias a Colombia o las declaraciones sobre Groenlandia. Por todo ello, la condena debe ser clara y sin fisuras.

Sin embargo, esa condena convive con la realidad de la población venezolana. Durante años, la vida en Venezuela ha sido para la mayoría una experiencia de sufrimiento cotidiano.

Venezolanos de la diáspora

Esa realidad ha guiado mi aproximación a Venezuela, construida desde una vertiente a la vez personal y académica. A través de vínculos personales traté de entender el país durante el chavismo y, posteriormente, analicé las trayectorias migratorias de los desplazados y las políticas de acogida en Colombia y Perú, los principales países receptores de un éxodo de cerca de ocho millones de personas. Esa investigación reforzó una mirada menos ideologizada y más atenta a las consecuencias humanas y me mostró cómo detrás de los debates políticos se acumulan historias de pérdidas y proyectos vitales interrumpidos.

A partir de 2017, el colapso económico y la creciente autocratización bajo el régimen de Nicolás Maduro –visible en la intensificación de la crisis humanitaria y el éxodo, y en la represión de las protestas y el reemplazo de la Asamblea Nacional mediante una Asamblea Constituyente– fueron consolidando, dentro y fuera del país, un consenso amplio sobre la necesidad de un cambio político. No se trataba de un consenso ideológico cerrado, sino de la convicción de que el sistema había dejado de garantizar derechos fundamentales y condiciones mínimas de vida.

Oposición y elecciones 2024

Ese consenso tardó en cristalizar debido a las fracturas de la oposición y solo lo hizo tras las elecciones presidenciales de 2024, celebradas en condiciones profundamente desiguales. A la inhabilitación de la candidata opositora María Corina Machado, elegida en un proceso de primarias en octubre de 2023, se sumó la de su sucesora, Corina Yoris, mientras se intensificaba la represión. Además, cerca del 30 % de la población venezolana, que se había visto empujada a abandonar el país, no pudo votar.

Tras la jornada electoral del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral proclamó a Maduro como presidente. Pese a ello, la oposición, mediante un trabajo minucioso de recopilación y verificación sostenido por una ciudadanía organizada, logró mostrar de forma convincente actas que otorgaban la victoria, con el 67 % de los votos, al candidato opositor Edmundo González. Ganar en esas condiciones tuvo un enorme significado simbólico, pero no se tradujo en un cambio de régimen y las vulneraciones de derechos continuaron sin consecuencias inmediatas.

Frente a ese deterioro sostenido, la comunidad internacional tampoco logró articular una respuesta eficaz. No lo hizo el cerco diplomático de 2019 que siguió a la ruptura del orden constitucional, ni los acuerdos alcanzados en Barbados, que buscaban abrir el camino a unas elecciones con garantías en 2024.




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Expectativa por cansancio

En ese contexto de desgaste y estancamiento –y no como expresión de ingenuidad ni de adhesión ideológica– se explica el alivio o incluso la esperanza de gran parte de la diáspora venezolana ante la intervención estadounidense. Y así lo relatan algunas de las personas con las que he podido hablar.

Mis amigos Andrés, César y Génesis emigraron primero a Perú y después han logrado establecerse en España. Sus reacciones han sido de nostalgia y contenida alegría. A raíz de la intervención confían en que la situación mejore y un eventual cambio de régimen pueda favorecer una mejoría económica. Quizá así el padre de César pueda tratar su cáncer sin depender de las remesas.

Otra amiga, Alejandra, dejó Venezuela tras las protestas de 2017 y se estableció en Colombia. Desde la invasión, se mueve entre la preocupación por las políticas del presidente Trump hacia los países latinoamericanos y la esperanza de que esta vez sí haya una salida. Y se plantea la posibilidad de regresar.

Estos sentimientos que expresan muchos venezolanos no responden solo a una reacción emocional sino también a una valoración racional: el país llevaba años en una situación de colapso, con las vías internas de cambio cerradas. Aunque las declaraciones de Trump no sean alentadoras –ambiciones sobre el petróleo, postergación de la transición democrática, riesgo de un conflicto armado–, parece haber una esperanza, frágil, de cambio.

Trump da declaraciones sobre la situación venezolana desde el Air Force One, 5 de enero de 2026. Fuente: Times News, YouTube.

Andrés y Alejandra rechazan el carácter “inhumano” de las políticas de Trump y reconocen sus intereses en Venezuela, pero consideran que el petróleo ya estaba en manos de Rusia y China y coinciden en que ahora se ha abierto una posibilidad de que el país pueda, con el tiempo, volver a ser un lugar donde vivir.

¿A dónde vas, Venezuela?

La paradoja es evidente: aquello que para el mundo representa una ruptura grave del orden internacional puede ser percibido por muchas personas como el primer movimiento en una situación que llevaba años sin alternativas, incluso aunque finalmente no se traduzca en cambios reales.

Reconocer esta diferencia no supone legitimar la intervención ni ignorar sus peligros, sino admitir que el significado político de los hechos varía cuando se observan desde una sociedad sometida a un colapso prolongado. El simple quiebre de una parálisis que parecía absoluta basta para explicar por qué algunos leen este momento como una apertura, por frágil e incierta que sea.

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Nieves Fernández Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La paradoja venezolana: el ataque estadounidense es una violación del derecho internacional que llena de esperanza a muchos venezolanos – https://theconversation.com/la-paradoja-venezolana-el-ataque-estadounidense-es-una-violacion-del-derecho-internacional-que-llena-de-esperanza-a-muchos-venezolanos-272977

Taiwán no es Venezuela

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Félix Valdivieso, Chairman of IE China Observatory, IE University

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El mundo está en shock. El 3 de enero se desayunó con la noticia de que, aunque uno esté rodeado de infinitas medidas de seguridad, a lo mejor ya no es posible dormir plácidamente. Que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.




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Es así como Maduro y su mujer aterrizaron en Nueva York la tarde del sábado, acusados por el Gobierno de los Estados Unidos de ser, entre otras cosas, los cabecillas del Cártel de los Soles, aunque esta acusación ya parece retirada.

Es así también como todo el mundo empezó a preguntarse qué es lo que ocurrirá ahora con Taiwán.

Anarquía hegemónica

Bajo estas condiciones, parece lógico pensar que si una de las grandes potencias no es seguidora del derecho, las otras tampoco lo serán. Lo que, básicamente, viene a significar que cada uno puede hacer lo que le plazca, si tiene el poder para ello.




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De manera que si China quiere otro estatus para Taiwán, lo normal es que se lo cambie. No hace falta decir que cualquier politólogo recomendaría mantener el poder limitado legalmente, para que no haya abusos del mismo. Sin embargo, es esta perspectiva, precisamente, la que está en quiebra.

La ley de la jungla

Wang Qiang, académico chino especialista en seguridad nacional, comentaba el pasado 6 de enero en el periódico oficialista chino The Global Times que se ha puesto en boga el realismo legal de la jungla, en el que el poder hace el derecho (might makes right), y no a la inversa. Añadía, ademas, que puede que la Doctrina Donroecomo se conoce ahora a la Doctrina Monroe, la de “América para los americanos”– circule por un tiempo sin ser cuestionada en el patio trasero de los Estados Unidos, pero que no resistirá el imparable auge de un mundo multipolar. Este quizás sea el quid de la cuestión.




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La comunicación se encuentra completamente pervertida. Se alegan valores para disfrazar intereses. De manera que, simplificando, Venezuela es petróleo y Taiwan son chips. En esta línea, se podría decir que la diferencia entre chinos y americanos es la que va de hipócritas a cínicos. Esto es, el diferente manejo que unos y otros hacen de la virtud.

Hipócritas y cínicos

Para los hipócritas, la virtud es algo a imitar. Consideran la virtud tan loable, que, si no la pueden alcanzar, por lo menos han de imitarla. El fin del hipócrita es, como mínimo, parecer virtuoso. Por ejemplo, se condena el rapto de Maduro y el desmantelamiento por la fuerza de su gobierno, pero se hacen todo tipo de equilibrismos para no condenar la invasión de Ucrania.

Y en cuanto a relegar el tema de Taiwán a un asunto de política interna para justificar la no injerencia de terceros países, ello difícilmente justifica que sometan a la isla a unos ejercicios militares con fuego real, como hizo China el 30 de diciembre pasado, poco antes del mal despertar de Maduro del día 3 de enero.

Para los cínicos, la virtud es algo a usar, se pasa por encima de ella o se cambia a voluntad, sin distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Lo que el cínico busca es conseguir su fin. Y para ello se reviste de virtud e invoca lo que haya que invocar.

Es en esta última postura en la que tienen cabida las políticas más radicalmente realistas y acciones como las de Trump en Venezuela.

Los estadounidenses eran definidos antes como los perfectos hipócritas. Pero han dejado de serlo y han pasado a engrosar las filas de los cínicos.

El pronóstico

El orden mundial ha cambiado. Los cambios cuestan. Y, si son bruscos, cuestan más. Esto es una verdad de perogrullo, pero lo cierto es que la brusquedad produce cierta parálisis por incredulidad, la misma que sufre el mundo, que se frota los ojos porque no se cree lo que está pasando.

Las posturas parecen muy enconadas. Y las acciones de unos y otros muy drásticas. No obstante, ambas potencias se miran por el rabillo del ojo y dan pasos sumamente calculados pero muy arriesgados.

Veremos adonde lleva el país del Orinoco a la Administración Trump. Taiwán de momento no es Venezuela, pero todo apunta a que China seguirá con la política que viene manteniendo hasta ahora de intentar absorber a la isla.

Probablemente, se puede aplicar tanto al águila (EE. UU.) como al dragón (China) lo que se ha dicho de la reciente aprobación de la mayor venta de armas a Taiwán por parte de EE. UU. (más de 11 000 millones de dólares en un solo pedido): que América dice una cosa pero luego hace otra (“说一套,做一套”).

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Félix Valdivieso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Taiwán no es Venezuela – https://theconversation.com/taiwan-no-es-venezuela-273040

Cómo reducir la burocracia docente: digitalización, personal de apoyo y evaluación formativa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia Conde-Izquierdo, Investigadora. Especialización en Metodologías Activas, Universidad Camilo José Cela

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La sobrecarga administrativa constituye uno de los principales obstáculos para el trabajo docente. Los datos más recientes confirman que a un 64 % de los profesores españoles “tener demasiado trabajo administrativo” les genera estrés.

Las encuestas nacionales y autonómicas de 2025 confirman esta tendencia: el 85.8 % del profesorado está muy insatisfecho con la burocracia y que el 72.4 % reporta estrés laboral por estas tareas administrativas; el 96 % considera que las gestiones burocráticas interfieren en su trabajo docente y un 91 % señala que afectan significativamente a su satisfacción profesional.

La investigación académica también evidencia el impacto de la burocracia. Estudios internacionales muestran que la administración escolar reduce la planificación pedagógica. El efecto no es solo organizativo, sino también emocional: la burocracia desplaza la atención de los docentes hacia la gestión administrativa, haciéndoles percibir menos control sobre su tiempo, afectando negativamente a la calidad de la interacción educativa y a la autonomía profesional.

¿Es posible mejorar esta situación? A continuación, se presentan tres medidas como soluciones claras que han demostrado su impacto positivo en la reducción de tareas burocráticas docentes en España:

1. Una digitalización eficiente

La digitalización de procesos administrativos tiene un potencial considerable para liberar tiempo docente, siempre que las herramientas estén bien diseñadas. La automatización de tareas rutinarias, como registros de asistencia o informes básicos, permite dedicar más tiempo a la enseñanza.

Estudios españoles recientes muestran su eficacia y señalan que la digitalización bien implementada reduce la carga burocrática y mejora la calidad educativa al facilitar planificación, seguimiento y retroalimentación.

En cuanto a las tareas vinculadas al control y rendición de cuentas, que los docentes han visto incrementadas en los últimos años, existe margen de mejora. Pueden implementarse automatizaciones que ya han funcionado en algunos territorios, como la generación automática de actas en ITACA (Comunidad Valeciana), la integración de datos administrativos y pedagógicos en Séneca (Andalucía), o la centralización de evaluaciones y rúbricas en Ágora-Moodle (Cataluña). Todas ellas evitan el “doble registro” y permiten que un mismo dato se introduzca una sola vez.




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Pero la digitalización no solo debe centrarse en la automatización de tareas, sino también en ofrecer flexibilidad pedagógica y minimizar las demandas burocráticas innecesarias.
El uso de rúbricas electrónicas, portafolios digitales y anotaciones en vídeo permite ofrecer retroalimentación formativa continua.

Un ejemplo lo ilustra bien: cuando un docente evalúa a sus estudiantes suele tener una lista de objetivos, que llamamos “rúbricas”. Para hacerlo en papel, suele imprimirlas, rellenarlas durante la clase, trasladar manualmente las puntuaciones al cuaderno digital y archivarlas. Con una rúbrica digital –por ejemplo IDoceo, Additio o Moodle– el docente evalúa todos los niveles de desempeño una sola vez. La plataforma genera automáticamente la nota, produce un comentario coherente con los criterios y archiva la evidencia sin trabajo añadido. Lo que antes llevaba una tarde puede resolverse en minutos.

2. Refuerzo del personal de apoyo administrativo

Una demanda frecuente es la contratación de más personal administrativo. Por ejemplo, en determinados centros de Andalucía (el 10-15 % que tenía necesidades organizativas específicas) se incrementó el número de administrativos para ocuparse de tareas que normalmente recaen sobre el profesorado: gestión de expedientes, archivo documentar o soporte en programas educativos. Esto liberó tiempo a los docentes para labores estrictamente pedagógicas.

La necesidad de este personal se hace aún más evidente cuando los centros adoptan prácticas que mejoran el aprendizaje, como la evaluación continua o la retroalimentación frecuente. Estas metodologías requieren seguimiento, registro ágil de evidencias y coordinación entre docentes, tareas que pueden multiplicar la carga si no existe apoyo administrativo.

3. Evaluación formativa sin burocracia

La evaluación formativa es un enfoque clave para reducir la carga burocrática. Implica que el docente observe el aprendizaje mientras ocurre y se diferencia de la evaluación tradicional porque no depende de exámenes acumulativos ni informes extensos, sino de evidencias breves, comentarios orientados a metas y actividades en las que el propio alumnado participa evaluando su progreso.

Por ejemplo, en un proyecto de Ciencias, en lugar de corregir treinta informes finales, el docente puede trabajar con actividades de revisión entre iguales, minirúbricas digitales y comentarios rápidos que se registran automáticamente. Se obtiene más información relevante con menos carga administrativa y se fomenta la implicación activa del estudiante.

La evidencia concluye que los docentes valoran este modelo de retroalimentación, que reduce la documentación excesiva.

Pero aunque la evaluación formativa aporta claros beneficios pedagógicos, también implica demandas organizativas que los docentes no pueden asumir en solitario. Contar con personal administrativo libera este tiempo, permite que la documentación y la logística recaigan en perfiles especializados y garantiza que las mejoras pedagógicas no se traduzcan en más burocracia para el profesorado.

En conjunto, la evaluación formativa mejora el aprendizaje, optimiza la organización escolar y reduce la burocracia, sin comprometer la calidad del feedback. Las experiencias en centros españoles muestran que la combinación de digitalización eficiente, personal de apoyo administrativo y evaluación formativa no burocrática aumenta la eficiencia organizativa y la satisfacción docente. Aunque estas prácticas aún no están generalizadas, la evidencia sugiere que liberar a los docentes de la burocracia les permite centrarse en lo esencial: enseñar.

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Silvia Conde-Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo reducir la burocracia docente: digitalización, personal de apoyo y evaluación formativa – https://theconversation.com/como-reducir-la-burocracia-docente-digitalizacion-personal-de-apoyo-y-evaluacion-formativa-269873

¿A qué edad empezamos a ser personas maduras? Cómo la longevidad está cambiando el mapa vital

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Díez Ruiz, Associate professor, Universidad de Deusto

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La vida, entendida como reparto de tiempos, decisiones y expectativas, ya no se parece a lo que fue. Durante décadas dimos por sentado que la vida avanzaba siguiendo un mapa fijo: estudiar, formarse, trabajar, formar una familia, jubilarse. Una secuencia lineal, ordenada y relativamente predecible. Sin embargo, en los últimos años ese mapa ha empezado a desdibujarse. La longevidad crece, la natalidad cae, el trabajo se transforma, las familias se retrasan y la neurociencia revela que maduramos más tarde de lo que creíamos. Con ello, la etapas de la vida ya no duran lo mismo ni significan lo mismo.

Hoy vivimos más y también vivimos distinto. Durante toda nuestra vida el cerebro humano pasa por fases diferentes. Estos ciclos se dan gracias a los hitos conseguidos durante los años y que se acompañan de unas experiencias concretas. Cada hito y etapa se puede identificar por conocimientos específicos adquiridos a través de vivencias determinadas. Así, podemos ver que estos cambios no responden a patrones unifomes, se dan cuando la persona experimenta acontecimientos específicos que son significativos. Ejemplos de estos hitos pueden ser: terminar los estudios, independizarse, formar una familia, la compra de la casa o el coche, entre otros.

Hasta hace unas décadas se podía observar que el paso por estas etapas se daba de manera generalizada en rangos específicos de edad. Hoy en día, la situación socioecónomica y demográfica no es la misma y esto ha cambiado. Pero ¿cómo influye esta realidad en nuestra biología?

Más vida, menos prisa

Gracias a los avances médicos, nutricionales y tecnológicos, las personas no solo vivimos más, sino mejor. La esperanza de vida supera en muchos países los 85 años y la llamada “vida útil” se estira: seguimos física y cognitivamente activos mucho más tiempo que generaciones anteriores. Este fenómeno, que algunos expertos denominan paso de una sociedad envejecida a una sociedad de longevidad, implica que las fronteras entre juventud, madurez y vejez se vuelven más difusas.

La ciencia del cerebro refuerza este cambio. Investigaciones recientes muestran que la corteza prefrontal, responsable del juicio y de la planificación, termina de madurar entre los 25 y los 30 años, mucho después de lo que se pensaba. Por eso algunos estudios hablan ya de una “adolescencia extendida”, que no terminaría a los 18, sino más cerca de los 30. En otras palabras: no solo vivimos más años, sino más etapas dentro de esos años.

Menos nacimientos, más decisiones aplazadas

A este alargamiento vital se suma otra tendencia: la natalidad desciende en casi todos los países desarrollados. Las familias se forman más tarde, si es que se forman. La edad media del primer hijo no deja de aumentar. El resultado es una pirámide poblacional transformada: menos niños, más adultos mayores, y una población con más longevidad que juventud.

Este aplazamiento generalizado de decisiones (tener hijos, emanciparse, estabilizarse laboralmente), alarga la juventud, complica la entrada en la adultez y hace que las transiciones vitales ya no ocurran al mismo tiempo para todas las personas. La norma hoy es la diversidad de ritmos.

Trabajo, reinvención y trayectorias no lineales

La prolongación de la vida activa también está redibujando el mercado laboral. La fórmula clásica (estudiar 20 años, trabajar 40 y jubilarse a los 65) se ha roto. Ya no encaja en un mundo en el que la longevidad aumenta, la tecnología desplaza empleos y la reinvención profesional se vuelve imprescindeble.

Cada vez más personas cambian de ocupación a los 40 o 50 años, continúan formándose, emprenden, se reinventan. Para muchos, la llamada “segunda juventud profesional” es una realidad: un tramo vital de descubrimiento y oportunidad que antes no existía.

En paralelo, la jubilación deja de ser un punto final. Se convierte en una transición flexible: algunas personas trabajan más allá de los 67, otras emprenden proyectos, otras alternan descanso y actividad. Donde antes había un cierre definitivo, hoy hay múltiples caminos.

La unidad tradicional de etapas (infancia, juventud, adultez y vejez) ha dado paso a una constelación de microfases:

  • Infancia más estimulada, pero no necesariamente más larga.

  • Juventud extendida casi hasta los 30.

  • Adultez que empieza más tarde y se vuelve más diversa.

  • Envejecimiento dividido entre una vejez activa (65-80) y una vejez avanzada (80+).

Las decisiones vitales ya no están ordenadas cronológicamente. Algunas personas estudian con 50, otras emprenden con 60, otras se reinventan con 35 y otras deciden no seguir un camino convencional. La flexibilidad amplía las oportunidades, pero también multiplica las dudas.

El desafío social: adaptar las instituciones a vidas más largas

¿Cuando empieza la edad adulta? ¿En qué momento se espera estabilizarse? ¿Qué significa “envejecer” cuando a los 70 se sigue activo? Si la vida cambia, también deben cambiar nuestras instituciones. La escuela, la universidad, las empresas, el sistema de pensiones, la sanidad, la vivienda… todos fueron diseñados para una vida más corta y lineal. Hoy deben enfrentarse a nuevas preguntas:

  • ¿Cómo organizar el trabajo cuando tres generaciones conviven en el mismo equipo?

  • ¿Cómo sostener un sistema de pensiones en sociedades con menos nacimientos?

  • ¿Cómo adaptar la educación para que forme a personas que necesitan reciclarse cada 10 años?

  • ¿Cómo garantizar un envejecimiento activo y digno en poblaciones cada vez más longevas?

El futuro no será de quién viva más, sino de quienes sepan rediseñar la vida en función de estos cambios.

El alargamiento de la vida no es solo un dato demográfico: es un cambio en la civilización. Nos obliga a reconsiderar qué significa ser joven, adulto o mayor. A entender que la vida ya no es una línea recta, sino un viaje flexible, con etapas reversibles, decisiones aplazadas y oportunidades múltiples.

Vivir más debería ser sinónimo de vivir mejor: con más aprendizaje, más relaciones, más proyectos y más libertad para elegir. Y para que eso sea posible, nuestras instituciones, nuestra cultura y nuestras propias expectativas deben actualizarse.

Porque vivir más años no es el reto. El reto es reimaginar la vida que queremos vivir dentro de esos años.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿A qué edad empezamos a ser personas maduras? Cómo la longevidad está cambiando el mapa vital – https://theconversation.com/a-que-edad-empezamos-a-ser-personas-maduras-como-la-longevidad-esta-cambiando-el-mapa-vital-271169

Moverse sí ayuda a adelgazar: la ciencia reabre el debate sobre cómo usamos la energía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Pérez-López, Profesor Permanente Laboral. Ejercicio físico, Nutrición y Metabolismo., Universidad de Alcalá

Durante años se pensó que el cuerpo se adapta y compensa el esfuerzo físico reduciendo otros gastos. Como consecuencia, el ejercicio tendría un efecto limitado a la hora de adelgazar porque por eficiencia aumentaría el gasto energético menos de lo esperado. Sin embargo, nuevas evidencias sugieren lo contrario: movernos más sí aumenta el gasto total de energía.

¿Más ejercicio o más ahorro?

Hay una idea que siempre nos ha intrigado: si hacemos más ejercicio, ¿el cuerpo gasta más energía o solo se ajusta para mantener el mismo total diario, como un contable que equilibra las cuentas? ¿El gasto energético es una balanza que siempre busca el equilibrio?

Esta cuestión divide a los investigadores en dos grandes teorías enfrentadas.

Por un lado, está el modelo aditivo, el que aprendimos desde pequeños. Es decir: cuanto más nos movemos, más calorías gastamos.

Por otro lado, existe una hipótesis más reciente y provocadora. Se trata del modelo de gasto energético constreñido, que sugiere que el cuerpo humano tiene un presupuesto fijo de energía. Si gasta más moviéndose, recorta en otras funciones –como el metabolismo, las hormonas o el sistema inmune– para mantener el total estable.

Aquí es donde entra en juego un nuevo estudio publicado en la revista PNAS, que ha vuelto a agitar el debate. Los datos parecen inclinar la balanza en favor del modelo aditivo.

El estudio que desafía la teoría del tope energético

Los investigadores analizaron a personas con niveles de actividad muy distintos, desde quienes pasan la mayor parte del día sentados hasta corredores de ultramaratón.

Usando mediciones precisas del gasto energético total y la actividad física, observaron algo claro. A mayor movimiento, mayor gasto energético. Esto era así incluso al ajustar por masa corporal magra, es decir, la suma de músculos, huesos, órganos y agua corporal.

No solo eso: no encontraron señales de compensación.
Los biomarcadores de función inmunitaria, tiroidea y reproductiva se mantuvieron estables incluso en los participantes más activos.

Los resultados sugieren que el cuerpo no ahorra energía por otro lado. La actividad física se suma directamente al gasto total.

¿Cómo funciona el gasto energético diario?

Para entender por qué este hallazgo es importante vale la pena repasar cómo se distribuye nuestra energía a lo largo del día:

  1. Metabolismo basal (entre un 60 y un 70 %). Esto es lo que el cuerpo gasta solo por existir: respirar, bombear sangre, mantener la temperatura corporal y pensar.

  2. Efecto térmico de los alimentos (entre un 5 y un 10 %). La energía necesaria para digerir y procesar lo que comemos.

  3. Actividad física (alrededor de un 15 y un 25%). Todo movimiento cuenta, desde caminar y limpiar hasta entrenar y bailar.

El modelo aditivo propone que si aumentamos la actividad física, el gasto energético total también aumenta. Mientras que por contra, el modelo de gasto constreñido sostiene que el cuerpo lo compensa reduciendo los otros dos.

El nuevo estudio sugiere que esa compensación no ocurre, al menos en la mayoría de los niveles de actividad humana. Así, cuando personas activas o atletas incrementan su gasto asociado a la actividad física (que puede llegar a representar hasta el 50 % del gasto energético total), lo que disminuye es el peso porcentual del metabolismo basal. Esta reducción es solo relativa, el cuerpo no gasta menos energía en reposo, sino que el gasto energético total aumenta.

Otras evidencias

No se trata de un único estudio aislado. Cada vez más investigaciones apuntan en la misma dirección. Todo indica que cuando nos movemos más, realmente gastamos más energía. El cuerpo no roba de otro lado para compensar.

Por ejemplo, un estudio en adultos mayores mostró que cada minuto extra de actividad moderada o intensa, como caminar rápido, subir escaleras o pedalear, se traduce en unas 16 kilocalorías adicionales gastadas al día. Puede parecer poco, pero si se hace diariamente, en una semana equivale a casi una comida completa.

En otro estudio se siguió a cientos de personas durante años. Esto mostró que las diferencias en el gasto energético entre individuos se explican, sobre todo, por cuánto se mueven y no por su metabolismo natural, ni por la energía que gastan en reposo.

En otras palabras, el estilo de vida pesa más que la genética en esta ecuación. Esto elimina cualquier excusa: cualquier mínimo de actividad será mejor que el sedentarismo, con independencia de la capacidad de hacer ejercicio o la edad.

Puede haber cierta adaptación en atletas de élite o en condiciones extremas, como corredores de ultradistancia y expediciones prolongadas. Sin embargo, en la vida cotidiana la respuesta del cuerpo es aditiva: moverse más implica gastar más.

Dicho más simple: el “tope energético” podría existir, pero solo en situaciones muy concretas o extremas, no en la vida real. Para la mayoría de nosotros cada paseo, cada entrenamiento y cada pequeña decisión de movimiento cuenta. No hay un presupuesto fijo que se agote, sino un cuerpo que responde y suma.

¿Y qué significa esto para nosotros?

Si creía que su cuerpo se acostumbra y deja de gastar energía cuando hace ejercicio, puede relajarse. Su organismo no le está saboteando.

Cada paseo, cada escalera, cada entrenamiento cuenta. Por lo tanto, podemos dar unos pocos consejos basados en la evidencia:

  • Camine más. Esos diez minutos extra al día suman al gasto total.

  • Rompa el sedentarismo. Levantarse cada hora también gasta energía.

  • Muévase en sus desplazamientos. Use la bici, desplácese andando o baje una parada antes.

  • Lo cotidiano también cuenta. Limpiar, cocinar o cuidar a los hijos son así mismo formas de movimiento.

No hace falta correr una maratón. Incluso pequeñas dosis de actividad física aumentan de forma medible el gasto energético total.

¿Por qué esta discusión importa?

Porque cambia la forma en que entendemos nuestro cuerpo.

Si creemos en la teoría del tope energético, hacer más ejercicio resultaría inútil. El cuerpo, simplemente, se adaptaría.

Si la realidad es aditiva, entonces cada pequeño movimiento tiene un impacto real en nuestra energía, metabolismo y salud.

Más aún: esto refuerza políticas de salud pública basadas en el movimiento cotidiano, dirigidas a reducir el sedentarismo, como herramientas efectivas, no simbólicas.

Conclusión: el cuerpo no es una calculadora cerrada

La nueva evidencia vuelve a poner las cosas en su sitio. El cuerpo humano no es un sistema cerrado que compensa hasta el último movimiento. No somos máquinas que ahorran energía automáticamente, sino organismos adaptables que responden al entorno con más gasto cuando nos movemos más.

Así que la próxima vez que escuche que hacer más ejercicio no sirve, porque el cuerpo se acostumbra y gasta menos energía, recuerde: la ciencia actual demuestra que no hay trampa ni ahorro. Cada paso, cada gesto y cada minuto de movimiento suman energía gastada, salud y bienestar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Moverse sí ayuda a adelgazar: la ciencia reabre el debate sobre cómo usamos la energía – https://theconversation.com/moverse-si-ayuda-a-adelgazar-la-ciencia-reabre-el-debate-sobre-como-usamos-la-energia-271693

Engaños de la IA: cuando aporta fuentes reales pero inventa su contenido

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Luis González-Geraldo, Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades. Coordinador del Grupo de aprendizaje en Inteligencia Artificial (GaIA). Departamento de Pedagogía. Teoría e Historia de la Educación. UCLM., Universidad de Castilla-La Mancha

“Alucinar” no es un concepto muy exacto cuando se aplica a la inteligencia artificial; puede provocar controversias, tanto por su innecesaria antropomorfización como por su engañosa concreción. Por eso, quizá sería más correcto llamarlas “falsificaciones de información” o simples “confabulaciones”. Sin embargo, esta terminología ha calado para identificar aquellas generaciones de texto que, tras comprobarse, se demuestran erróneas.

Asumiendo una postura ecléctica en la que es más adecuado adoptar las tecnologías que adaptar(se) a ellas, desde el Grupo de aprendizaje en Inteligencia Artificial de la Universidad de Castilla-La Mancha (GaIA), hemos supervisado desde hace años lo que la inteligencia artificial generativa nos ofrece, sobre todo, dentro del ámbito educativo. Y, en especial, en el universitario.

Dentro de este terreno, nos encontramos con el problema de las citadas “alucinaciones” de la IA. Y un claro ejemplo que aterra al profesorado es la invención de fuentes bibliográficas, muy pertinentes y ciertamente bien referenciadas, pero completamente inexistentes.

¿Fraude involuntario?

Vaya por delante que el fraude por alucinación de IA no cae dentro de la categoría de plagio tradicional, sin entrar a debatir que, en efecto, el plagio engloba prácticas más complejas que el rudimentario corta-pega. El punto central de este asunto radica en admitir que la persona que usa la IA y comete fraude por alucinación no solo no es responsable de la autoría del texto generado, sino que ni siquiera ha supervisado y verificado su contenido.

Por desidia o inexperiencia, la IA ha pasado su filtro. Un filtro que, de haber sido constante y competente, no habría tenido problemas para detectar estas “alucinaciones”, pues son fácilmente identificables por un humano atento y experto.

Alucinaciones de segundo orden

Sin embargo, la cosa se complica cuando uno de esos chatbots no se inventa la fuente, sino que la usa de manera inadecuada. Es decir, cuando argumenta que en ella se afirma algo que no es cierto, el problema pasa a mayores. En este caso, las hemos bautizado como “alucinaciones de segundo orden”.

Así, nos encontramos con argumentos verosímiles que se encuentran respaldados por fuentes existentes –clásicas o recientes– perfectamente bien referenciadas. Nada, sobre todo desde el punto de vista estructural, nos hará dudar de ellas, a no ser que seamos verdaderos expertos en el tema en cuestión y, por supuesto, prestemos atención.

Este suceso no solo ha sido constatado en nuestros cursos de formación en IA, sino también experimentado en primera persona. No hace mucho recibí un artículo para revisar sobre IA en educación. Durante la revisión comprobé que la literatura utilizada era existente y relevante. Incluso me agradó encontrar un párrafo donde se citaba uno de nuestros trabajos.

Malos tiempos para revisores

Sin embargo, la alegría se tornó amarga sorpresa cuando señalaban aspectos específicos que no recordaba haber incluido. Confieso que, confuso, revisité nuestro propio artículo para confirmar lo que ya era más que una intuición: en efecto, estaba viviendo en primera persona las consecuencias de una de esas curiosas alucinaciones de segundo orden.

Llegados a ese punto, ¿quién me aseguraba que esto mismo no había pasado con otras referencias utilizadas? Huelga comentar el rechazo que emití en mi condición de revisor, evidentemente por fraude.

La conclusión es meridianamente clara, y también extrapolable: corren malos tiempos para los revisores –lo que incluye profesores, maestros y educadores de cualquier nivel y categoría– que no sean expertos en todas y cada una de las referencias de los artículos o de los trabajos que revisen y evalúen. Malos tiempos, en definitiva, para todas las personas, colectivos e instituciones que nos dedicamos a supervisar procesos académicos y de aprendizaje.

Nada nuevo bajo el sol, pues el fraude académico siempre ha existido, pero quizá nunca ha sido tan fácil y, hasta cierto, punto involuntario cometerlo. En manos de los autores queda hacer un uso responsable, humano y experto, siempre supervisado, de las herramientas que la tecnología –y la IA en especial– ponen a nuestro alcance. Nuestro progreso y nuestra credibilidad están en juego.

The Conversation

Coordinador principal del Grupo de Innovación Docente GaIA.

ref. Engaños de la IA: cuando aporta fuentes reales pero inventa su contenido – https://theconversation.com/enganos-de-la-ia-cuando-aporta-fuentes-reales-pero-inventa-su-contenido-268507

Cuando la inteligencia artificial se convierte en confidente: riesgos y oportunidades para la salud mental

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pere Castellvi Obiols, Profesor lector del Área de salud pública del Departamento de Medicina, Universitat Internacional de Catalunya

Visual Generation/Shutterstock

Un informe de la ONG Plan Internacional revela que una de cada cuatro jóvenes españolas entre 17 y 21 años utiliza un sistema de inteligencia artificial (IA) como confidente. Las razones son comprensibles: la IA siempre responde, no juzga y ofrece un tipo de atención que muchas personas no encuentran en su entorno inmediato.

Este fenómeno, que de entrada podría parecer inofensivo o incluso positivo, abre interrogantes profundos sobre el futuro de la salud mental y la ética tecnológica. Los sistemas conversacionales actuales, como ChatGPT o Replika, son capaces de reconocer patrones de lenguaje asociados a estados emocionales. Por ejemplo, si detectan tristeza, ansiedad o desesperanza, responden con mensajes de consuelo o apoyo.

En términos técnicos, estos modelos aprenden a predecir la siguiente palabra en función del contexto, pero su efecto psicológico es muy real. Nuestro cerebro responde a las interacciones con una IA de forma parecida a como lo haría ante otro ser humano: la voz digital o el texto empático activan los mismos circuitos neuronales de apego y recompensa.

Pero lo cierto es que estos sistemas no sienten: solo simulan sentir, y esa simulación puede provocar una ilusión de comprensión que confunde. En contextos de especial vulnerabilidad como la soledad no deseada o el sufrimiento emocional, esa ilusión puede aliviar… o crear dependencia.

Los nuevos riesgos de una mente digital

La IA aplicada a la salud mental encierra una paradoja: cuanto más humana parece, más fácil es que olvidemos que no lo es. De esa confusión derivan tres grandes riesgos.

El primero de ellos es la dependencia emocional. Algunos usuarios establecen vínculos afectivos con máquinas que de ningún modo pueden corresponder. La interacción habitual con una IA puede sustituir gradualmente el contacto humano y empobrecer la capacidad de empatía y autorregulación emocional.

Además, es posible desarrollar ansiedad tecnológica https://doi.org/10.2147/PRBM.S440889. Vivir bajo la influencia constante de sistemas que nos recomiendan cómo sentir o qué pensar puede generar una pérdida de autonomía y una sensación de control disminuido sobre la propia vida emocional.

Finalmente, corremos el riesgo de deuda cognitiva DOI:10.48550/arXiv.2506.08872. Al delegar el pensamiento o la introspección a la máquina, perdemos el hábito de reflexionar y elaborar nuestras emociones. Del mismo modo que el GPS debilita nuestra memoria espacial, la IA puede debilitar nuestra memoria emocional.

A todo ello se suman los sesgos algorítmicos. Las IA aprenden de datos reales, pero estas bases de datos reproducen a menudo las mismas desigualdades de género, raza y cultura. Sin un mecanismo correctivo, esto puede provocar que una respuesta aparentemente neutral refuerce estereotipos o trivialice experiencias de dolor psicológico.




Leer más:
La inteligencia artificial refleja los prejuicios y desigualdades sociales: así podemos mejorarla


El espejo emocional de la IA

Recientemente, el Instituto para la Ética en Inteligencia Artificial de la Universidad Técnica de Múnich publicó un artículo informando de que los chatbots de IA necesitan salvaguardas emocionales. En él, los autores advierten que las interacciones prolongadas con IA pueden alterar la regulación emocional de los usuarios, e incluso inducir estados de dependencia o idealización del sistema.

Proponen introducir “salvaguardas emocionales obligatorias”, como la identificación clara de la IA como no humana, la inclusión automática de recursos de ayuda psicológica en situaciones de riesgo o la auditoría ética de los datos emocionales que estos sistemas recopilan.

El mensaje es claro: la inteligencia artificial no es neutral. Refleja las intenciones, valores y sesgos de quienes la diseñan. En el ámbito de la salud mental, donde las emociones son frágiles y el sufrimiento real, esto adquiere una relevancia ética decisiva.

De la amenaza al potencial

Pese a estos riesgos, la IA puede ser una gran aliada si se usa bien. Puede detectar precozmente signos de depresión o ansiedad analizando el lenguaje natural gracias a análisis de datos de una magnitud que va mucho más allá del alcance de la mente humana. También puede facilitar el acceso a atención psicológica en zonas rurales o con pocos recursos; además de servir como herramienta educativa para mejorar la metacognición, es decir, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento y gestionar mejor las emociones.

Paralelamente puede liberar a los profesionales de tareas repetitivas, ayudándolos a concentrarse en la relación terapéutica. No se trata de sustituir la empatía humana, sino de potenciarla mediante datos y análisis. Cuando la IA está al servicio del juicio clínico y no al revés, puede contribuir a un modelo de atención más humano, no menos.

Pero para ello necesitamos un marco regulatorio ético y científico sólido. La nueva Ley de IA europea, que entrará en vigor en febrero de 2026, es un paso adelante: exige transparencia, trazabilidad y supervisión humana en los sistemas de alto impacto.

En el ámbito de la salud mental, considerado de alto riesgo, esto debe traducirse en protocolos de seguridad emocional para estos sistemas, auditorías de sesgos y formación ética para los desarrolladores y clínicos.

En conclusión, la inteligencia artificial se han convertido en un espejo emocional de nuestra sociedad. Refleja nuestras fortalezas, pero también nuestras soledades. Puede acompañarnos, pero nunca reemplazarnos.

El desafío no es hacer que las máquinas sean más humanas, sino asegurar que los humanos no perdamos nuestra humanidad al hablar con ellas.

The Conversation

Pere Castellvi Obiols recibe fondos de Fundació La Caixa.

ref. Cuando la inteligencia artificial se convierte en confidente: riesgos y oportunidades para la salud mental – https://theconversation.com/cuando-la-inteligencia-artificial-se-convierte-en-confidente-riesgos-y-oportunidades-para-la-salud-mental-268495

¿Por qué el universo no deja de crecer?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jon Urrestilla Urizabal, Catedrático de Universidad, Departamento de Física, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

3d_kot/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 2º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, en Gasteiz (Álava)


Esta pregunta ha fascinado a físicos y astrónomos durante décadas. Pero al intentar responderla, el universo nos tenía preparada una sorpresa inesperada: cuando estudiamos su crecimiento con más detalle, descubrimos un misterio aún más profundo. Uno que nos ha obligado a admitir que sabemos mucho menos sobre el cosmos de lo que creíamos.

El espacio se estira

Las galaxias se alejan de nosotros.
YouTube/Eleboración del autor

Desde hace más de un siglo, los astrónomos observan que casi todas las galaxias se alejan de nosotros. Además, cuanto más lejos está una galaxia, más rápido se aleja. Esta relación se conoce como ley de Hubble y nos dice que el propio espacio se está estirando.

Esta expansión se entiende bastante bien si miramos al pasado: el universo comenzó con el Big Bang, una enorme expansión inicial. Desde entonces, el espacio ha seguido creciendo, como un globo que empezó a inflarse hace miles de millones de años y nunca ha dejado de hacerlo.

El universo está lleno de materia: estrellas, planetas, gas, polvo… y la fuerza de la gravedad atrae entre sí a toda esa materia. Por eso, durante mucho tiempo, los cosmólogos pensaron que la expansión del universo debía ir frenándose poco a poco.

Dependiendo de cuánta materia hubiera, el cosmos podría acabar colapsando, expandiéndose para siempre pero cada vez más lentamente, o situarse justo en el límite entre ambos casos. Durante décadas, no sabíamos cuál de estas posibilidades era la correcta.

Una gran sorpresa

Ilustración de una supernova.
NASA / CXC / M. Weiss

Todo cambió a finales de los años noventa, cuando los astrónomos empezaron a estudiar con gran precisión ciertas explosiones estelares llamadas supernovas de tipo Ia. Estas supernovas son especialmente útiles porque todas brillan casi igual, lo que permite usarlas como “faros” para medir distancias en el cosmos.

Al observar supernovas muy lejanas, los científicos descubrieron algo totalmente inesperado: estaban más lejos de lo que deberían estar si la expansión se estuviera frenando. La única explicación posible era sorprendente: el universo no solo se expande, sino que lo hace cada vez más rápido. Fue un descubrimiento tan revolucionario que sus autores recibieron el Premio Nobel de Física en 2011.

El universo se expande cada vez más rápido, lo que contradice la ley de gravedad postulada por Newton.
Elaboración del autor

Este resultado tan extraño puede explicarse con una imagen casi absurda: es como si la gravedad, a escalas enormes, funcionara al revés. O sea, como si la manzana de Newton, en lugar de caer del árbol, saliera impulsada hacia arriba. Algo en el universo está empujando el espacio, no frenándolo.

No significa que la gravedad haya cambiado de signo, sino que existe un efecto que, a gran escala, vence a la atracción gravitatoria de toda la materia.

Pero ¿qué está pasando?

Para entender esta aceleración, la física se enfrenta a dos posibilidades profundas: o bien la teoría de la gravedad de Einstein –que ha funcionado de manera extraordinaria en todos los contextos en los que ha sido puesta a prueba– falla a distancias enormes (cosmológicas); o bien el universo contiene un tipo de energía o materia que no se parece a nada de lo que conocemos.

La opción más aceptada hoy es la segunda. Para explicar la aceleración, los científicos han introducido la idea de la energía oscura, una forma de energía misteriosa que llena todo el espacio y actúa como una especie de antigravedad cósmica.

Una de las posibles explicaciones es la llamada constante cosmológica, término que aparece de forma natural en las ecuaciones de Einstein y que estas permiten –e incluso predicen–. Pero, aunque encaje bien con las observaciones, tampoco sabemos realmente qué es ni por qué existe.

No tenemos ni idea

En resumidas cuentas, ignoramos qué es la energía oscura; tener un nombre no significa entenderla. Sabemos algunas de las propiedades que debería presentar, pero estamos muy lejos de saber de qué está hecha o cuál es su origen.

La pregunta realmente interesante ya no es “¿por qué el universo se expande?”, sino “¿por qué su expansión se acelera?”. Resolver este enigma podría obligarnos a cambiar nuestra comprensión de la gravedad, del espacio y del contenido del universo.

El cosmos sigue creciendo, cada vez más rápido, y no sabemos exactamente por qué. Pero esa ignorancia no es un fracaso: es una invitación a seguir investigando. Esperemos que en el futuro, quizá alguien que es un adolescente ahora mismo descubra la respuesta… o abra la puerta a otro enigma aún mayor.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


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Jon Urrestilla Urizabal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué el universo no deja de crecer? – https://theconversation.com/por-que-el-universo-no-deja-de-crecer-271648