¿Por qué el peso de los salarios en el PIB se estanca pese al crecimiento del empleo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carlos Victoria Lanzón, Associate professor, Universidad Pontificia Comillas

El porcentaje de la riqueza global correspondiente a los salarios de los trabajadores está en mínimos históricos. Este hecho, ampliamente documentado por organismos internacionales e investigaciones académicas, tiene consecuencias negativas en términos de bienestar: el aumento de la desigualdad, el estancamiento en el logro de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) o la falta de oportunidades de futuro para las personas jóvenes, entre otras.

Factores estructurales detrás de la caída

Desde hace varias décadas, ciertas macrotendencias han influido en la caída de la participación salarial en la renta. Entre ellas, están:

  • La revolución tecnológica, en particular la vinculada a los avances en automatización e inteligencia artificial, con la consiguiente sustitución de las tareas y ocupaciones más rutinarias.

  • El abaratamiento en el precio de los bienes de capital (por ejemplo, ordenadores, máquinas industriales, etc.) en comparación con el precio de contratar trabajadores.

  • La globalización y la deslocalización.

  • El aumento de la concentración y del poder de mercado de las empresas (la capacidad de influir en el precio y la cantidad de un producto o servicio ofertados).

  • La desregulación del mercado de trabajo, que ha provocado el debilitamiento del poder de negociación de los sindicatos.

  • Cambios normativos e institucionales que han reducido la protección de los derechos de los trabajadores.

El PIB según la renta

La contabilidad nacional mide la actividad económica de un país durante un periodo determinado. Uno de los indicadores más importantes dentro de este sistema contable es el producto interior bruto (PIB), que mide el valor total de los bienes y servicios producidos en una economía durante un período determinado (generalmente un mes, un trimestre o un año).

Hay tres enfoques posibles y equivalentes para calcularlo: el del gasto (“quiénes compran los bienes o servicios”), el del valor añadido (“qué bienes y servicios finales se producen en una economía y quién los produce”) y el método de las rentas. Este último responde a la cuestión de “quiénes reciben las rentas generadas por la producción nacional”.




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Si se calcula el PIB por el enfoque de la renta, se deben sumar los salarios (la “remuneración de los asalariados”, incluidas las cotizaciones sociales), la remuneración del factor capital (el “excedente de explotación bruto”, o sea, la rentabilidad generada tras cubrir los costes de producción: materias primas, personal, etc.) y la renta de los autónomos (“renta mixta bruta”, que combina la remuneración del trabajo y el rendimiento del capital, difíciles de separar en este caso), al margen de otros ajustes contables. De este modo, podemos calcular la proporción de los salarios sobre la renta como la remuneración de los asalariados respecto al PIB.

De dos tercios a la mitad del PIB

Esa proporción de los salarios en el PIB solía ser relativamente estable. De hecho, no hace tanto tiempo, en los cursos intermedios de Macroeconomía se explicaba, simplificando, que alcanzaba dos tercios, correspondiendo el tercio restante a las rentas del capital. Sin embargo, los últimos datos disponibles muestran que ahora esta cifra es mucho menor, situándose en torno al 50 %.

La tendencia a la caída de la participación salarial en la renta no es nueva, es generalizada y obedece a múltiples factores, algunos de los cuales se retroalimentan. Por ejemplo, la automatización, el mayor poder de mercado de las empresas, el abaratamiento de los bienes de producción y la pérdida de poder de negociación de los trabajadores.

Sin embargo, España parece ser una excepción a esta tendencia: según informaban los medios, y de acuerdo a la información proporcionada por el Instituto Nacional de Estadística, el peso de los salarios en el PIB ha alcanzado el máximo en 25 años.

Una métrica volátil según el ciclo económico

Si analizamos la evolución desde 2002 de la remuneración de los asalariados como porcentaje del PIB, lo primero que observamos es que esta métrica, aunque ha oscilado durante ese periodo en un intervalo de solo cinco puntos porcentuales (entre el 45 y el 50 %), es relativamente volátil: crece durante las recesiones y disminuye durante las expansiones. Así se ve, por ejemplo, en los años de la Gran Recesión y, más recientemente, durante la pandemia. Esto es debido a la incidencia de factores de corto plazo, como la reducción en el PIB durante las crisis, que hace aumentar el indicador.

Si descontamos los periodos de crisis observamos que, efectivamente, hemos recuperado los niveles de 2002, situándonos en torno al 48 %. Aunque esta cifra queda lejos del 54,3 % que se publicaba en medios (lo que puede deberse a discrepancias estadísticas o metodológicas sobre los precios e incluso sobre el tratamiento de las rentas del trabajo autónomo), se aprecia un cambio en la tendencia en el año 2024.

Entre los factores que impulsan este hecho, destaca el importante aumento del empleo (1,9 millones de personas ocupadas más desde antes de la pandemia), así como el papel de las subidas salariales pactadas en algunos convenios colectivos. Por otro lado, si bien se apunta a las recientes subidas del salario mínimo interprofesional como otro factor relevante, su efecto neto es más ambiguo: el aumento del salario se puede ver limitado por el menor crecimiento del empleo o por la reducción del número de horas trabajadas.

La gran paradoja: buenos datos macro, salarios reales estancados

Con todo, en este contexto de buenos datos macroeconómicos, la mayor paradoja sigue siendo por qué no hay un reflejo en la microeconomía: según datos de la OCDE, los salarios reales en España seguían, en el primer trimestre de 2025, un 4,2 % por debajo del nivel del primer trimestre de 2021, a diferencia de Francia o Alemania.

Los efectos de la inflación, pero, sobre todo, la tímida evolución del nivel general de los salarios (condicionada, en gran parte, por una productividad limitada), se siguen notando y suponen uno de los grandes retos de la economía española.

The Conversation

Carlos Victoria Lanzón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué el peso de los salarios en el PIB se estanca pese al crecimiento del empleo? – https://theconversation.com/por-que-el-peso-de-los-salarios-en-el-pib-se-estanca-pese-al-crecimiento-del-empleo-276938

‘Influencers’ de viajes: ¿qué publicaciones triunfan en TikTok e Instagram?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Lizzeth Hernández Zelaya, Profesor Contratado Doctor, Profesor Permanente Laboral, Universidad Pontificia de Salamanca

Una chica mira el móvil mientras tira de una maleta.

Cuando una recomendación de viaje aparece en su móvil suele presentarse como una experiencia personal (generalmente de un influencer): un paisaje, un hotel, una ruta o un restaurante en un vídeo breve o una foto. Es fácil que esa escena influya luego en decisiones reales de consumo de los usuarios de redes. Por eso importa entender qué formatos generan más respuesta del público y, al mismo tiempo, si se identifica con claridad cuáles publicaciones son promoción pagada por las marcas.

La investigación

Para entender cómo los creadores de contenidos de viaje comunican y promocionan los destinos turísticos, analizamos 1 143 publicaciones realizadas entre marzo y julio de 2025 (el periodo previo al verano) por con alta visibilidad en Instagram y TikTok. En nuestro estudio codificamos variables de formato y contenido, tipo de destino, presencia de marca e identificación explícita de colaboraciones, y relacionamos esos rasgos con métricas de interacción.

Como comparar cuentas muy grandes con otras más pequeñas requiere una medida proporcional, hemos cuantificado la eficacia mediante la tasa de interacción, un porcentaje que se calcula sumando likes, comentarios y compartidos que luego dividimos entre el número de seguidores. En el conjunto analizado, la tasa media de interacción alcanza el 5,72 %, lo que indica una capacidad elevada de movilización.

Este indicador no equivale a ventas ni a reservas. Mide las reacciones que se producen dentro de la plataforma. Aun así, es útil para identificar patrones de respuesta del público y para evitar un error frecuente: confundir tamaño de audiencia con eficacia comunicativa.

El vídeo domina y supera a la fotografía

En el material analizado, la presencia del influencer es casi universal: en el 99,6 % de las publicaciones aparece como eje narrativo y como fuente de autenticidad. Así se refuerza la idea de que la conexión emocional con sus seguidores se genera a través de la exposición personal. La presencia casi constante del creador de contenidos sugiere una estrategia de comunicación basada en la identificación “espectador-influencer” y en mostrar estilos de vida a los que aspirar.

El formato predominante es el vídeo: el 86 % de las publicaciones lo son, un 9,3 % son fotografías y un 4,7 % formatos mixtos, que combinan fotografía y vídeo. Los resultados acompañan esa estrategia. Los vídeos registran una tasa media de interacción del 5,93 %, claramente por encima de la fotografía (3,71 %). Los formatos mixtos alcanzan el valor más alto (6 %). En términos simples, el vídeo breve es más eficaz para activar reacciones rápidas que la imagen estática.

Lo que más se publica no siempre es lo que más genera reacciones

Los destinos urbanos son, claramente, los más frecuentes: un 62,5 % del contenido analizado. Muy por detrás, aparecen los entornos naturales (19,3 %) y el contenido asociado a eventos (15,9 %), mientras que los destinos culturales apenas tienen presencia (2,2 %). Sin embargo, cuando se observan las respuestas del público, los entornos naturales lideran la tasa de interacción (7,17 %), por encima de los urbanos (5,97 %) y de los culturales (4,45 %). Los eventos presentan el valor más bajo de interacción (3,15 %).

Este patrón sugiere que el público reacciona con especial intensidad a escenas vinculadas al bienestar, la desconexión y la belleza de los paisajes naturales aunque el volumen de publicaciones se concentre en entornos urbanos.

Un análisis cruzado entre el tipo de destino y la red social empleada muestra que Instagram maximiza la interacción en paisajes urbanos (0,97 %) y naturales (1,06 %), mientras que en TikTok predomina en los contenidos relacionados con eventos (1,21 %). Este patrón sugiere que Instagram potencia los destinos visualmente reconocibles, los paisajes y las experiencias instagrameables, mientras que TikTok favorece el contenido dinámico y orientado a la acción, típico de los eventos y las actividades sociales.

Más seguidores no equivale a más influencia

Otro resultado relevante es que el número de seguidores del influencer no sirve para predecir la eficacia del mensaje. Aquí la idea de que “más grande” implica, necesariamente, “más eficaz” no encaja.

La interacción en las redes sociales se rige principalmente por dinámicas rápidas y reactivas y dependen de factores como la coherencia narrativa, la estética y la credibilidad percibida.

Así, la eficacia comunicativa en redes depende de la capacidad de crear contenidos que provoquen respuestas inmediatas motivadas por las emociones. Muchas de las interacciones obtenidas por los influencers analizados son de bajo esfuerzo,sobre todo likes y, en menor medida, comentarios.

Transparencia: presencia de marca, colaboración poco identificada

Solo el 6,3 % de las publicaciones analizadas incluía una etiqueta avisando explícitamente la colaboración publicitaria. Un 36,3 % mostraba presencia o identificación de marca (por ejemplo, mediante elementos visuales o menciones de las marcas). Este comportamiento sugiere prácticas cercanas a la publicidad encubierta.

Aquí el problema no es la publicidad sino que el usuario pueda reconocer el carácter comercial del mensaje. De hecho, en España, el marco legal obliga a que los influencers identifiquen claramente sus publicaciones publicitarias, precisamente porque la frontera entre entretenimiento y promoción se difumina fácilmente.

Qué implican estos datos para usuarios, destinos y empresas

Para el usuario, el mensaje es meramente práctico: conviene reconocer qué publicaciones de los influencers son pagadas por las marcas antes de tomar decisiones de gasto.

Para destinos y empresas, los datos sugieren dos ajustes. El primero es seleccionar colaboradores por su capacidad de generar tasa de interacción y por su coherencia con el tipo de destino, no solo por seguidores. El segundo es diseñar la transparencia desde el inicio de la colaboración, integrándola en el contenido de forma clara. A medio plazo, la credibilidad es un activo: la transparencia ayuda a sostenerla.

Este análisis describe cinco meses, creadores españoles y perfiles de alta visibilidad. No mide conversiones en reservas ni pretende establecer reglas universales. Aun así, ofrece una fotografía útil de prácticas dominantes: el vídeo breve y la presencia del creador concentran la respuesta del público, los destinos naturales movilizan más interacción que los urbanos y la transparencia comercial sigue siendo el principal desafío para sostener la confianza.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Descubre “Voces del Sur”, podcast de The Conversation sobre ciencia y clima en Brasil y Australia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cesar Baima, The Conversation

Fue todo un esfuerzo: seis meses de trabajo, investigaciones en dos países, viajes al Amazonas y al interior del estado de Minas Gerais, y decenas de entrevistas con investigadores brasileños y australianos —tanto académicos como portadores de los conocimientos ancestrales de los pueblos indígenas—.

Este es un breve resumen de la aventura que nuestro equipo de periodistas, liderado por la editora de Medio Ambiente Luciana Julião, emprendió para producir «Voces del Sur», el primer podcast de The Conversation Brasil, realizado en colaboración con la Universidad Federal de Pará (UFPA), con financiación del Consejo de Relaciones entre Australia y América Latina (COALAR) y el asesoramiento estratégico de The Conversation Australia.

«Voces del Sur» surgió de la conexión natural entre The Conversation Brasil y Australia, el país donde nuestro proyecto de divulgación científica a través del periodismo colaborativo, llevado a cabo en asociación directa con científicos, comenzó hace 14 años. Esta conexión también es evidente en las características históricas de Brasil y Australia: naciones continentales relativamente jóvenes del hemisferio sur que comparten legados coloniales similares, poseen una inmensa diversidad de ecosistemas, cuentan con una gran riqueza de recursos naturales (especialmente en agricultura, ganadería y minería) y tienen un gran potencial para la producción de energía renovable.

«Con todas estas similitudes, ¿qué están haciendo ahora los científicos de Brasil y Australia para intentar mitigar los efectos del cambio climático, y qué puede enseñar un país al otro en este proceso? Fue en un intento por responder a esas preguntas que nos adentramos en el terreno para crear ‘Voces del Sur’, dice Luciana Julião.

Y menuda tarea: para llevar a cabo la investigación, Luciana Julião y los periodistas Luciana Colodete, en Brasil, y Fernando Vives, en Australia, se embarcaron en meses de entrevistas con académicos y pueblos indígenas para descubrir los proyectos medioambientales en curso en ambos países, en las áreas de gestión forestal, gestión de incendios, protección de los océanos, minería, agricultura y ganadería, y energías renovables.

«Hubo unas 40 horas de entrevistas con más de 20 científicos e investigadores en ambos países», afirma la coordinadora del proyecto, que pasó varias semanas en el interior de Pará y en las regiones mineras de Minas Gerais para visitar iniciativas medioambientales emblemáticas y entrevistar a sus responsables. Mientras tanto, el reportero Fernando Vives, un brasileño que lleva 20 años viviendo en Australia, recorrió universidades y centros de investigación medioambiental para recopilar ejemplos de allí.

La producción también se benefició de la coproducción logística y de contenidos de investigadores y personal técnico de la Universidad Federal de Pará (UFPA), liderada por la profesora Maria Ataide Malcher, del Centro de Innovación y Tecnologías Aplicadas a la Enseñanza y la Extensión.

Todos los episodios de «Voces del Sur» están disponibles en las principales plataformas de audio o directamente aquí, en los reproductores que aparecen a continuación, en español, inglés y en portugués.

En Español:

En inglés:

En portugués:

The Conversation

ref. Descubre “Voces del Sur”, podcast de The Conversation sobre ciencia y clima en Brasil y Australia – https://theconversation.com/descubre-voces-del-sur-podcast-de-the-conversation-sobre-ciencia-y-clima-en-brasil-y-australia-278953

El mercado eléctrico español doce meses después del apagón

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Peñarrubia, Profesor Titular, Universidad de Murcia

Calles desiertas de Málaga durante el apagón. Eduardo Frederiksen/Shutterstock

El 28 de abril de 2025, la España peninsular sufrió un apagón eléctrico total. Se inició a las 12:32 horas y también afectó a Portugal, Andorra y el sur de Francia. El restablecimiento del servicio tardó un número variable de horas, dependiendo de las zonas pero, en su conjunto, el suceso tuvo un fuerte impacto económico.

Sobre las causas, el reciente informe de la Red Europea de Gestores de Redes de Transporte de Electricidad (ENTSO-e) ha acotado mucho (que no cerrado) el debate. Pero sobre las consecuencias es incluso más difícil establecer un consenso: primero, porque se miden y mezclan conceptos distintos, y segundo, porque el año transcurrido ha estado tan repleto de otros eventos con fuerte impacto en el sector energético que resulta complejo separar causalidades.




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Los costes

En lo referente al coste del apagón, las primeras estimaciones, como las de la CEOE o Caixabank lo situaron en el entorno de los 1 600 millones de euros, un 0,1 % del PIB anual de España. Un año después, esa sigue pareciendo una cifra razonable.

La cara más visible de este coste son las indemnizaciones, reclamaciones y expedientes sancionadores que todavía no han terminado de concretarse pero que sumarán, en cualquier caso, varios cientos de millones de euros. A ese coste cuantificable en procesos administrativos y judiciales hay que sumar otros, como los aproximadamente 50 millones que costó reestablecer el servicio, y los cerca de 666 millones de la operación reforzada, que implica tener disponibles más centrales convencionales (ciclos combinados, nucleares o hidráulicas) para poder utilizarlas ante cualquier desequilibrio del sistema. Esto ha encarecido el precio de la factura eléctrica de los consumidores españoles.

Además, los costes siguen creciendo, ya que se mantiene el incremento de la aportación de las centrales de ciclo combinado en el mix eléctrico español.

Los precios

Recurrir más a las centrales de ciclo combinado para reducir los riesgos de un nuevo apagón tiene un coste. La propia Redeia lo cuantifica en un 4,7 % sobre un precio medio de 77,07 €/MWh, que es de donde se obtiene el coste global anterior de 666 millones. Quizás más relevante que ese efecto directo sea la perspectiva a más largo plazo de la evolución de los precios de la electricidad, que en los últimos tiempos ha estado marcada por la guerra de Ucrania y las respuestas que generó en cada país, los que ha llevado a una amplia dispersión en los precios de las cuatro mayores economías de la Unión Europea.

La interconexión

Estas diferencias responden tanto a diferencias en marcos regulatorios como a las barreras al flujo de energía entre países. Las interconexiones, que deberían contribuir a una producción más eficiente y una distribución más robusta, han avanzado poco este último año. ¿La razones? Estas inversiones requieren mucho más tiempo para diseñarse, aprobarse e implementarse, y, si nos referimos a la conexión con Francia desde el sistema ibérico, la parte que sufrió el apagón es la que ya tenía más interés en impulsar la conexión.

Dentro de ese marco hay que considerar como positivo el avance de la conexión por mar en el golfo de Bizkaia y los proyectos de conexión con Italia.




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Los riesgos

La crisis de Oriente Medio ha afectado por múltiples vías a los mercados energéticos globales. Para entender su efecto sobre los mercados de electricidad hay que partir de que los combustibles fósiles son materia prima para la producción de electricidad y, a la vez, un sustituto final de la misma.

Como insumo, el aumento del precio del gas y el petróleo ha impactado más donde son más relevantes en la producción de electricidad y donde esa subida tiene mecanismos adicionales de contagio, como pueden ser los mercados marginalistas, en los que la fuente de energía más cara marca el precio del resto.

Un efecto secundario no desdeñable de ese aumento es el impulso que da a la instalación de fuentes renovables. En 2025 han superado, por primera vez en un siglo a nivel global, a la producción de electricidad con carbón. La generación de electricidad con fuentes limpias ya no es solo una cuestión de ecología, ni siquiera de economía, ahora es también una cuestión de soberanía y de seguridad nacional.

Esta crisis no solo afecta al coste de la electricidad según su origen, también afecta a la demanda de electricidad al ser, cada vez más, una energía sustituta de las energías fósiles, por ejemplo, en la movilidad. El crecimiento del mercado de vehículos eléctricos, los centros de datos y el propio crecimiento de la economía mundial incrementan la demanda global de energía eléctrica.




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La eficiencia

Un elemento central en todo este proceso es el aumento en la eficiencia de los sistemas de almacenamiento eléctrico. Si las baterías de coche brindan más autonomía y son más baratas y fáciles de recargar, la mejora en las baterías estacionarias (instalaciones fijas diseñadas para soportar procesos profundos y reiterados de carga y descarga) son un espaldarazo al cambio a las energías renovables.

El gran problema al que se enfrenta el crecimiento de las energías renovables –en particular la eólica y la fotovoltaica– es el de una oferta no gestionable, que implica que cuanta más energía limpia generan menos vale, lo que las atrapa en un bucle que limita su cuota en el conjunto del sistema.

Las baterías estacionarias, junto con otros sistemas de almacenamiento como las centrales reversibles, permiten acumular energía cuando el sistema ofrece precios cercanos a cero para luego verterla. Incluso dos veces al día, porque con frecuencia los precios diarios tienen dos valles: uno por exceso de oferta a plena luz y otro (menor y más aleatorio) por falta de demanda en la noche.

Un último elemento a considerar es la enorme capacidad inversora china en el sector de la energía eléctrica. Sus empresas han acumulado un importante exceso de capacidad (en plantas de producción de células fotovoltaicas, baterías y coches), lo que ayuda a la transición energética global sin graves tensiones en los precios ni el suministro.

La lección

Aunque la experiencia del apagón eléctrico de hace un año ha tenido un precio en la factura eléctrica de los españoles –el 5 % de sobrecoste asociado a la producción reforzada y el 0,1 % del PIB asociado directamente al apagón– ha quedado ensombrecido por la crisis energética actual. No obstante, todos estos eventos reiteran la necesidad de contar con un suministro eléctrico seguro.

The Conversation

Diego Peñarrubia es miembro de Greenpeace, PSOE y UGT, sin ocupar ni haber ocupado ningún puesto en la dirección de ninguna de estas organizaciones.

ref. El mercado eléctrico español doce meses después del apagón – https://theconversation.com/el-mercado-electrico-espanol-doce-meses-despues-del-apagon-281405

Apagón ibérico, año 1: de la caída del sistema eléctrico a su costoso refuerzo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando De Llano Paz, Profesor Titular de Universidad en Departamento de Empresa. Línea de investigación: Economía de la Energía, Universidade da Coruña

Hasta el 28 de abril de 2025, los habitantes de la península ibérica daban por seguro el acceso a la electricidad en cualquier momento del día y todos los días del año. Pero ese día se quebró la confianza en un sistema percibido hasta entonces como seguro.

Todo se apagó y dejó de funcionar, excepto aquellos servicios y edificios que contaban con equipos generadores de energía autónomos, alternativos al sistema eléctrico nacional. Hablamos de aquellos que contaban con sistemas de respaldo como grupos electrógenos y sistemas de alimentación ininterrumpida: hospitales que mantuvieron quirófanos, unidades de cuidados intensivos y sistemas para el soporte vital, de centros críticos de control y de seguridad, de centros de coordinación de emergencias, de tráfico aéreo y de ferrocarril, o de centros de datos críticos.

Desde ese día, posiblemente en cada domicilio se dispone de un aparato de radio a pilas y en muchas de las comunidades de vecinos se planteó la posibilidad de instalar y disponer de algún tipo de almacenaje de energía que permita mantener de forma autónoma la actividad de los servicios comunes del edificio en caso de apagón.




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La isla energética tuvo un mal día

Hasta ese momento las referencias internacionales sobre el sistema eléctrico español resaltaban su capacidad para integrar la generación renovable, caracterizada por la difícil gestionabilidad e intermitencia (REF), dentro de las caracteristicas propias peninsulares que la definen, junto a Portugal, como una isla energética.

Esta consideración se debe tanto al carácter geográfico periférico en relación con el resto de la Unión Europea como al hecho de que la conexión eléctrica terrestre con el centro de Europa sea únicamente vía Francia. De hecho, la capacidad de interconexión eléctrica entre ambos países alcanza valores que están muy por debajo de las recomendaciones de la UE: actualmente se dispone tan sólo de un 5 %, mientras que la Comisión recomienda valores mínimos de en torno al 10-15 % de la capacidad de generación de los países.

El informe de ENTSO-e (la Red Europea de Gestores de Redes de Transporte de Electricidad) publicado a mediados de marzo de 2026 señala que fue una sucesión de acontecimientos lo que precipitó el cero energético en el sistema eléctrico de la península ibérica.




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El culpable: de las renovables a la multicausalidad

El informe final de los gestores europeos de redes eléctricas señala a un fenómeno de sobretensión en cascada como la causa real del apagón. Así, las energías renovables no sólo dejan de ser las culpables, como se indicó inicialmente, sino que incluso se indica que se les privó de poder ser parte de la solución.

España se fue a un cero energético debido a una inestabilidad de tensión por oscilación de baja frecuencia. Se produjeron una serie de oscilaciones de potencia (entre 0,21 Hz y 0,63 Hz) que no se pudieron compensar a tiempo. Para protegerse, el sistema –interconectado con Francia y Portugal– activó desconexiones automáticas de generadores y líneas de alta tensión entre España y Francia. A continuación, y en cuestión de segundos, se produjo el colapso total y la península ibérica quedó aislada como lo que es: una isla energética.

El informe recoge como elemento clave el hecho de que los mecanismos de control de tensión vigentes en ese momento no fueron capaces de gestionar las variaciones. Precisamente en este punto las energías renovables hubieran podido ser parte de la solución, si hubiese estado permitido que las plantas de generación renovable participaran activamente en el control dinámico de la tensión. Tras el apagón, se modificaron las leyes para que, ahora, esas plantas puedan ayudar a la estabilización de la red.

Y es que, según el informe, el problema no fue que un exceso de renovables en el sistema provocase la falta de inercia (la capacidad de los generadores rotativos para sobrellevar los cambios bruscos de frecuencia). Más bien unos límites de protección demasiado rígidos dejaron sin margen de manejabilidad al propio sistema para ajustar las variaciones de tensión.

Evitar una nueva ‘ida a negro’

Tras el apagón, las recomendaciones del informe para evitar que esto se repita incorporan, entre otras, la actualización de protocolos para que todas las tecnologías, incluyendo baterías y plantas renovables, participen activamente en el control de tensión dinámico.

Se recomienda que las plantas renovables cuenten con tecnología Grid Forming para poder dar estabilidad al sistema de forma inmediata, inyectando o absorbiendo potencia reactiva. Así mismo, señala la necesidad de incrementar los dispositivos electrónicos (baterías, por ejemplo) que puedan absorber o soltar energía reactiva de forma instantánea y con autonomía.

A nivel interno, el informe aconseja una mayor coordinación entre los distintos actores de la red para monitorizar oscilaciones en tiempo real. Y a nivel externo, propone revisar los protocolos de actuación ante oscilaciones de baja frecuencia, entre las empresas que operan y gestionan las redes de transporte de energía eléctrica de alta tensión de España, Portugal y Francia (REE, REN y RTE).

Asegurar la estabilidad del sistema

Para evitar una nueva caída del sistema, Red Eléctrica de España ha endurecido de los protocolos a través de su operación reforzada. Ha habido un cambio sustancial en la definición y disponibilidad de los servicios de ajuste, esto es, mecanismos que equilibran la oferta y la demanda en tiempo real para asegurar la estabilidad, frecuencia y tensión de la red.

Entre algunas de las medidas técnicas relativas a los servicios de ajuste estarían el aumento de la reserva de potencia, obligando a mantener más centrales (principalmente ciclos combinados y grandes hidroeléctricas) encendidas y durmientes (acopladas a la red) aunque no se necesite su energía. Con ello se consigue inercia síncrona con la que solventar oscilaciones de tensión similares a la que causó el apagón.

Además, se redujo el flujo de electricidad con Francia, exportando e importando menos energía de la que técnicamente sería posible. Y se obliga a ciertas plantas locales a que entren en generación, aunque impliquen mayores costes de producción, para lograr el mantenimiento del voltaje en niveles de seguridad.

A mayor seguridad mayores costes

Según informes de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) y datos de Red Eléctrica de España (REE)], el coste de los servicios de ajuste del sistema ha subido un 50 % si se comparan los datos de 2024 y 2025.

El operador del sistema ha pasado de desembolsar 2 668 millones de euros en 2024 a más de 3 800 millones en 2025 para asegurar la estabilidad de la red. Así, el impacto final en la factura ha pasado de los 10 €/Mwh a a más de 15 €/MWh. Se puede afirmar, pues, que el incremento en seguridad del sistema para evitar futuros apagones tiene un coste de en torno a unos 5 €/MWh. Además, posiblemente este coste continúe incrementándose, atendiendo a las mejoras técnicas acometidas en el sistema, que no han hecho más que empezar tras el cero energético de hace un año.

Atendiendo a los datos de Eurostat, los precios ibéricos mayoristas antes del apagón estaban por debajo de la media europea. Sin embargo, a partir de mayo de 2025 pasaron situarse en valores similares a los de los socios europeos.

Para ello, la CNMC ha introducido una serie de modificaciones en la normativa de subastas de generación que evita que se alcancen precios cercanos a cero o negativos y, por tanto, la desconexión de aquellas plantas que aportan inercia al sistema (como los ciclos combinados o las de energía nuclear). Con ello se intenta garantizar la presencia de este tipo de generadoras de respaldo, que aportan robustez en la operativa y evitan posibles inestabilidades técnicas provocadas por las plantas renovables.




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Este hecho ha repercutido al alza en los precios. En abril de 2025, el precio medio del mercado de electricidad estaba en torno a 27 €/MWh, mientras que la media en los cinco meses siguientes (mayo-septiembre) alcanzó los 38,50 €/MWh, cifra que se incrementó aún más entre octubre 2025 y marzo 2026 para llegar a los 45 €/MWh y situarse en este mes de abril en torno a los 41 €/MWh. Se trata de una subida de precios mayoristas cercana al 50 %, que viene a reflejar el esfuerzo por garantizar la disponibilidad del sistema.

Reconfigurar el sistema

El impacto más importante tras el apagón estuvo en la reconfiguración del funcionamiento del sistema eléctrico. La decisión de REE de mantener una reserva de potencia mayor a la habitual para evitar oscilaciones de frecuencia ha incrementado los costes y el precio de la factura. Además, las expectativas apuntan a que en los próximos años las inversiones para mejorar la seguridad del sistema eléctrico se irán incrementando.

Por otra parte, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico
(MITECO) ha anunciado inversiones hasta 2030 para el mantenimiento de los sistemas de transporte y distribución que superan los 13 000 millones de euros.

Repensar el diseño del sistema eléctrico

Quizás haya que pensar si lo más eficiente a nivel económico y técnico es seguir alimentando el sistema eléctrico actual, diseñado a mediados del siglo pasado y basado en transportar la electricidad largas distancias, desde las grandes regiones productoras a las consumidoras. O si, por el contrario, ha llegado el momento de pensar en un gran conjunto de subsistemas eléctricos regionales interconectados.

Con ello se conseguiría proteger al sistema eléctrico en su conjunto ya que, en caso de fallos, se desconectarían sólo los subsistemas afectados. No habría un cero energético total porque se activarían los cortafuegos regionales. Sería más fácil la recuperación de un subsistema regional que la del total actual. En defintiva, se trataría de replicar en la península el modelo europeo y los insulares (Baleares y Canarias).

Está en juego no sólo la eficiencia técnica de un sistema eléctrico que ha de continuar incorporando renovables, sino la viabilidad económica de un sistema que debe completar el proceso de transición energética.

The Conversation

Fernando De Llano Paz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Apagón ibérico, año 1: de la caída del sistema eléctrico a su costoso refuerzo – https://theconversation.com/apagon-iberico-ano-1-de-la-caida-del-sistema-electrico-a-su-costoso-refuerzo-280976

No es soledad, es el síntoma de vivir sin comunidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esteban Sánchez Moreno, Catedrático de Sociología (en excedencia), Universidad Complutense de Madrid

fengdr2020/Shutterstock

Seamos sinceros: no encontrará usted consenso a la hora de definir la soledad. Una perspectiva bastante extendida señala que es la evaluación (por tanto, un juicio, un proceso subjetivo) que hacen las personas de la diferencia que existe entre las relaciones sociales que tiene y la que desearía tener. Cuando la persona siente que tiene menos relaciones sociales de las que le gustaría y esta percepción viene acompañada de sufrimiento y malestar, entonces aparece la soledad (a veces, etiquetada con un “no deseada”).

Ese elemento subjetivo significa que se puede mantener contacto y conexión con pocas personas, pero no sentir soledad. A la inversa, se puede estar solo en medio de una agenda pantagruélica de contactos. De hecho, solemos diferenciar soledad (sensación negativa y subjetiva) de aislamiento (una condición objetiva de escasez radical de relaciones sociales).

Algunos autores distinguen entre soledad social (la que se deriva de la insatisfacción con las relaciones sociales que se mantienen) y soledad emocional (la que ocurre al carecer de confidentes, de una relación de intimidad, de máxima confianza).

Por otro lado, la soledad puede ser deseada, buscada, reconfortante: es la solitud que permite el disfrute de la ausencia de otras personas. También puede identificar un sentido trágico del ser humano y, por tanto, definir nuestra existencia. Es, por tanto, compleja.

Y acecha a cualquiera, porque es muy probable que experimentemos la soledad en primera persona en algún momento de la vida. En efecto, sabemos que soledad y edad tienen una relación en forma de U, ya que es frecuente entre las personas jóvenes (incluyendo adolescentes) y entre las personas que superan los 75 años. Pero la forma de esa relación es imperfecta.

En el estudio Redes para la Vida, realizado por la plataforma de ayuda y asesoramiento a mayores Emancipatic y la Universidad Complutense de Madrid, se halló que el porcentaje de personas que experimentan soledad en la antesala de la jubilación era superior al de las personas que ya habían cumplido los 65. En estas últimas, el porcentaje era del 9 %, mientras que para las personas entre 60 y 64 años era de 16.6 % y para las personas entre 55 y 59 era de casi el 24 %.

No es algo nuevo ni una enfermedad

“La soledad es la nueva pandemia”. Seguro que usted ha escuchado y leído esa expresión (o su variante, en forma de epidemia) en numerosas ocasiones, en la televisión, en las noticias, en la radio, en las redes, en las conversaciones con sus amigos y vecinos. Sentimos ir a contracorriente: no es cierto.

Es verdad que la soledad se ha convertido en un problema de salud pública. Como indica la estimación de la Organización Mundial de la Salud (2025), una de cada seis personas en el mundo se ve afectada por ella. En España, el Observatorio de la Soledad no Deseada señala que afecta a una de cada cinco.

Además, la soledad se relaciona con una mayor probabilidad de sufrir diferentes enfermedades, incluidas por supuesto las enfermedades mentales. Por ejemplo, un informe del Joint Research Centre de la Unión Europea señala que las personas mayores que sufren carencias sociales enfrentan un incremento de los riesgos para su salud, incluyendo el riesgo de mortalidad prematura, equivalente a fumar o a la obesidad.

Pero, a pesar de todo ello, insistimos: la soledad no es una nueva pandemia. Y no lo es, al menos, por dos importantes motivos.

En primer lugar, tenga en cuenta que la soledad no es algo nuevo. De hecho, se puede mencionar la obra de Robert S. Weiss titulada Loneliness, publicada en 1973, como el inicio del estudio sistemático de la soledad. Por cierto, ni siquiera tenemos evidencia empírica concluyente de que afecte hoy a más población que hace veinte o treinta años, aunque sospechamos que va a más.

En segundo lugar, le sugerimos que no piense en la soledad como una enfermedad, tampoco como una enfermedad mental. No lo es. No se trata solo de una cuestión de precisión terminológica, sino de evitar desenfocar el análisis, ya que medicalizar el lenguaje de la soledad supone perder de vista su origen y naturaleza: lo social.

Hablamos de un problema social, y entre sus efectos encontramos importantes consecuencias en la salud de las personas que lo experimentan. Buena prueba de ello es que el boom de la soledad es impulsado por una pandemia, esta sí, la de la covid-19. Recuerde que cuando comenzó la pandemia, la única forma de controlarla no fue un fármaco o una tecnología: fueron medidas sociales. Mejor dicho, el fomento de la (a)socialidad, del distanciamiento, de la contención (incluso negación) de las relaciones con los demás. El encierro, la distancia de seguridad, la máscara, el grupo burbuja.

Y fue entonces cuando quebró nuestra sociabilidad, cuando nos percatamos –como individuos y como sociedades– de lo importante que es la soledad en nuestras vidas. Una conclusión se deriva de ello, y no es otra que la convicción de que el reciente descubrimiento de la soledad pone de manifiesto su naturaleza patentemente social.

Un proceso social colectivo

Entonces, la soledad no es una enfermedad, no es una pandemia. Entonces, ¿qué es?
Defendemos que se trata de un proceso social, colectivo. Emerge de las grietas que se están extendiendo en el edificio de la comunidad. Consiste en el truncamiento de las interacciones sociales, el debilitamiento de la conexión social. Es la erosión de lo cotidiano y la dificultad para encontrar a quién recurrir en momentos inesperados.

La soledad se deriva de las dificultades crecientes que encontramos para incorporarnos a actividades que cohesionan en torno a un propósito compartido. Este propósito no es necesariamente una empresa de gran vigor, sino que puede ser sencillamente el sentido del día a día.

Si entendemos así la soledad, cobra sentido el debate en torno a si las redes sociales vinculan o aislan, a la perplejidad ante la creciente desaparición de las relaciones en torno al pequeño comercio en los barrios de las ciudades o la participación en entidades vecinales, ONG, asociaciones, etc.

En el estudio Redes para la Vida, antes mencionado, preguntamos si las personas participaban en alguna entidad vecinal, cultural, social (a través de voluntariado, por ejemplo), de gente mayor o parroquial, y analizamos la asociación de esta participación con la soledad: el 12.7 % de las personas que participaban sentía soledad, significativamente por debajo del 17.1 % de individuos que no participaban en ninguna entidad. Compartir espacios y actividades con un significado común nos aleja de la soledad.

La importancia de los amigos

Solo podemos comprender la experiencia subjetiva de la soledad de manera plena si pensamos en las condiciones sociales en las que vivimos. En nuestra línea de investigación en la Universidad Complutense tratamos de identificar los marcadores sociales de la soledad.

Hemos encontrado que el apoyo que los hijos y las hijas dan a sus progenitores que han superado los 65 años puede estar en el origen de la soledad porque las diferencias generacionales incluyen diferentes visiones sobre lo que deben ser las relaciones sociales. Por ello, las relaciones de amistad pueden llegar a ser más importantes que las relaciones paternofiliales durante el proceso de envejecimiento.

También parece bastante claro que el estatus socioeconómico modela la experiencia de la soledad, incrementándola entre aquellas personas con menores ingresos y nivel educativo. Lo mismo cabe decir de las personas con discapacidad y de las personas LGBTIQ+. Un último ejemplo: las personas migrantes, sobre todo las extranjeras, se ven afectadas en mayor proporción por la soledad.

Por todo ello, le invitamos a pensar la soledad como la expresión de la fragmentación social. Por necesidad, la experiencia de las personas nos indica su existencia, pero lo cierto es que su origen está íntimamente ligado al modelo de sociedad en el que nos encontramos y su incapacidad para ofrecer experiencias compartidas.

The Conversation

Esteban Sánchez Moreno recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través del proyecto de investigación TÍTULO: Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España: redes de apoyo, recursos psicosociales y bienestar en personas mayores de origen latinoamericano (EnDiversidad60+), con referencia PID2023-151042OB-I00
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Lorena Patricia Gallardo Peralta recibe fondos de el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través del proyecto de investigación TÍTULO: Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España: redes de apoyo, recursos psicosociales y bienestar en personas mayores de origen latinoamericano (EnDiversidad60+), con referencia PID2023-151042OB-I00 .

ref. No es soledad, es el síntoma de vivir sin comunidad – https://theconversation.com/no-es-soledad-es-el-sintoma-de-vivir-sin-comunidad-270542

Un año después del apagón: ¿por qué millones de personas se quedaron también sin agua corriente?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Molinos Senante, Investigadora Instituto de Procesos Sostenibles, Universidad de Valladolid

Sergei Gorin/Shutterstock

El 28 de abril de 2025, a las 12:33 horas, se produjo el mayor apagón eléctrico en Europa en más de dos décadas, que afectó a más de 58 millones de personas en España, Portugal y Andorra. Además de la ausencia de luz, muchos de estos ciudadanos se encontraron con otro problema que, en principio, podríamos no relacionar con el primero: al abrir el grifo, no salía agua.

Sin electricidad, el agua dejó de llegar a las viviendas. Esto revela una dependencia invisible que rara vez aparece en el debate público: el suministro de agua no puede existir sin electricidad.




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Cada gota consume kilovatios de energía

En España, el consumo energético medio del ciclo integral del agua (captación, potabilización, distribución, alcantarillado y depuración) se sitúa en torno a 1 kilovatio hora (kWh) por metro cúbico de agua. Para una familia de cuatro personas donde cada uno consume 150 litros de agua al día, eso representa un consumo energético mensual de 18 kWh. Esto equivale aproximadamente al consumo eléctrico mensual de un televisor encendido cuatro horas al día o a realizar una carga de lavadora al día durante todo el mes.

Sin generadores de respaldo o sistemas autónomos, un corte eléctrico paraliza todo el sistema urbano del agua en minutos. El apagón puso a prueba esta vulnerabilidad a escala peninsular. Afortunadamente, el sector superó el problema: los principales operadores urbanos activaron planes de contingencia que permitieron mantener el servicio mediante grupos electrógenos y operación manual cuando los sistemas digitales perdieron conectividad. Una lección doble: la resiliencia es posible, pero depende de haberla planificado antes del fallo.

Instalaciones de agua que también generan electricidad

Lejos de ser un problema sin solución, el sector del agua en España acumula experiencias que muestran el camino en el largo plazo. La clave está en transformar las instalaciones del ciclo urbano del agua de simples consumidoras de energía en productoras netas.

Dos líneas de actuación tienen ya evidencia sólida en este sentido:




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  • Digitalización y detección de pérdidas. El PERTE de Digitalización del Ciclo Urbano del Agua, financiado por la Unión Europea, ha movilizado más de 550 millones de euros en subvenciones para la digitalización de redes, implementación de sensores de detección de fugas y monitorización del ciclo del agua en tiempo real.

    Reducir las pérdidas en red no solo ahorra agua, sino también la energía que se consume para bombearla. Y esa energía ahorrada es exactamente la que hace falta cuando la red eléctrica falla.

Un apagón que para otros es cotidiano

El Día Mundial del Agua de este año, celebrado el 22 de marzo bajo el lema “Donde fluye el agua, crece la igualdad”, puso sobre la mesa una cifra que conviene no perder de vista: 2 100 millones de personas siguen sin acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Para ellas, lo que en la península ibérica duró unas horas es una realidad permanente.




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El apagón ibérico demostró que incluso en países con infraestructura avanzada el agua puede dejar de fluir en minutos cuando falla la energía. Para más de una quinta parte de la humanidad, esa interrupción no es una emergencia puntual: es la norma. España tiene las herramientas y la experiencia para construir un ciclo urbano del agua más resiliente. Aplicarlas no es solo una cuestión de eficiencia técnica. Es una condición para garantizar un derecho humano básico, aquí y en cualquier parte del mundo.

The Conversation

María Molinos Senante recibe fondos de Agencia Española de Investigación y Unión Europea

ref. Un año después del apagón: ¿por qué millones de personas se quedaron también sin agua corriente? – https://theconversation.com/un-ano-despues-del-apagon-por-que-millones-de-personas-se-quedaron-tambien-sin-agua-corriente-280079

El mercado eléctrico español 12 meses después del apagón

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Peñarrubia, Profesor Titular, Universidad de Murcia

Calles desiertas de Málaga durante el apagón. Eduardo Frederiksen/Shutterstock

El 28 de abril de 2025, la España peninsular sufrió un apagón eléctrico total. Se inició a las 12:32 horas y también afectó a Portugal, Andorra y el sur de Francia. El restablecimiento del servicio tardó un número variable de horas, dependiendo de las zonas pero, en su conjunto, el suceso tuvo un fuerte impacto económico.

Sobre las causas, el reciente informe de la Red Europea de Gestores de Redes de Transporte de Electricidad (ENTSO-e) ha acotado mucho (que no cerrado) el debate. Pero sobre las consecuencias es incluso más difícil establecer un consenso: primero, porque se miden y mezclan conceptos distintos, y segundo, porque el año transcurrido ha estado tan repleto de otros eventos con fuerte impacto en el sector energético que resulta complejo separar causalidades.




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Los costes

En lo referente al coste del apagón, las primeras estimaciones, como las de la CEOE o Caixabank lo situaron en el entorno de los 1 600 millones de euros, un 0,1 % del PIB anual de España. Un año después, esa sigue pareciendo una cifra razonable.

La cara más visible de este coste son las indemnizaciones, reclamaciones y expedientes sancionadores que todavía no han terminado de concretarse pero que sumarán, en cualquier caso, varios cientos de millones de euros. A ese coste cuantificable en procesos administrativos y judiciales hay que sumar otros, como los aproximadamente 50 millones que costó reestablecer el servicio, y los cerca de 666 millones de la operación reforzada, que implica tener disponibles más centrales convencionales (ciclos combinados, nucleares o hidráulicas) para poder utilizarlas ante cualquier desequilibrio del sistema. Esto ha encarecido el precio de la factura eléctrica de los consumidores españoles.

Además, los costes siguen creciendo, ya que se mantiene el incremento de la aportación de las centrales de ciclo combinado en el mix eléctrico español.

Los precios

Recurrir más a las centrales de ciclo combinado para reducir los riesgos de un nuevo apagón tiene un coste. La propia Redeia lo cuantifica en un 4,7 % sobre un precio medio de 77,07 €/MWh, que es de donde se obtiene el coste global anterior de 666 millones. Quizás más relevante que ese efecto directo sea la perspectiva a más largo plazo de la evolución de los precios de la electricidad, que en los últimos tiempos ha estado marcada por la guerra de Ucrania y las respuestas que generó en cada país, los que ha llevado a una amplia dispersión en los precios de las cuatro mayores economías de la Unión Europea.

La interconexión

Estas diferencias responden tanto a diferencias en marcos regulatorios como a las barreras al flujo de energía entre países. Las interconexiones, que deberían contribuir a una producción más eficiente y una distribución más robusta, han avanzado poco este último año. ¿La razones? Estas inversiones requieren mucho más tiempo para diseñarse, aprobarse e implementarse, y, si nos referimos a la conexión con Francia desde el sistema ibérico, la parte que sufrió el apagón es la que ya tenía más interés en impulsar la conexión.

Dentro de ese marco hay que considerar como positivo el avance de la conexión por mar en el golfo de Bizkaia y los proyectos de conexión con Italia.




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Los riesgos

La crisis de Oriente Medio ha afectado por múltiples vías a los mercados energéticos globales. Para entender su efecto sobre los mercados de electricidad hay que partir de que los combustibles fósiles son materia prima para la producción de electricidad y, a la vez, un sustituto final de la misma.

Como insumo, el aumento del precio del gas y el petróleo ha impactado más donde son más relevantes en la producción de electricidad y donde esa subida tiene mecanismos adicionales de contagio, como pueden ser los mercados marginalistas, en los que la fuente de energía más cara marca el precio del resto.

Un efecto secundario no desdeñable de ese aumento es el impulso que da a la instalación de fuentes renovables. En 2025 han superado, por primera vez en un siglo a nivel global, a la producción de electricidad con carbón. La generación de electricidad con fuentes limpias ya no es solo una cuestión de ecología, ni siquiera de economía, ahora es también una cuestión de soberanía y de seguridad nacional.

Esta crisis no solo afecta al coste de la electricidad según su origen, también afecta a la demanda de electricidad al ser, cada vez más, una energía sustituta de las energías fósiles, por ejemplo, en la movilidad. El crecimiento del mercado de vehículos eléctricos, los centros de datos y el propio crecimiento de la economía mundial incrementan la demanda global de energía eléctrica.




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La eficiencia

Un elemento central en todo este proceso es el aumento en la eficiencia de los sistemas de almacenamiento eléctrico. Si las baterías de coche brindan más autonomía y son más baratas y fáciles de recargar, la mejora en las baterías estacionarias (instalaciones fijas diseñadas para soportar procesos profundos y reiterados de carga y descarga) son un espaldarazo al cambio a las energías renovables.

El gran problema al que se enfrenta el crecimiento de las energías renovables –en particular la eólica y la fotovoltaica– es el de una oferta no gestionable, que implica que cuanta más energía limpia generan menos vale, lo que las atrapa en un bucle que limita su cuota en el conjunto del sistema.

Las baterías estacionarias, junto con otros sistemas de almacenamiento como las centrales reversibles, permiten acumular energía cuando el sistema ofrece precios cercanos a cero para luego verterla. Incluso dos veces al día, porque con frecuencia los precios diarios tienen dos valles: uno por exceso de oferta a plena luz y otro (menor y más aleatorio) por falta de demanda en la noche.

Un último elemento a considerar es la enorme capacidad inversora china en el sector de la energía eléctrica. Sus empresas han acumulado un importante exceso de capacidad (en plantas de producción de células fotovoltaicas, baterías y coches), lo que ayuda a la transición energética global sin graves tensiones en los precios ni el suministro.

La lección

Aunque la experiencia del apagón eléctrico de hace un año ha tenido un precio en la factura eléctrica de los españoles –el 5 % de sobrecoste asociado a la producción reforzada y el 0,1 % del PIB asociado directamente al apagón– ha quedado ensombrecido por la crisis energética actual. No obstante, todos estos eventos reiteran la necesidad de contar con un suministro eléctrico seguro.

The Conversation

Diego Peñarrubia es miembro de Greenpeace, PSOE y UGT, sin ocupar ni haber ocupado ningún puesto en la dirección de ninguna de estas organizaciones.

ref. El mercado eléctrico español 12 meses después del apagón – https://theconversation.com/el-mercado-electrico-espanol-12-meses-despues-del-apagon-281405

Ahora que el mundo se enfrenta a otra crisis, ¿por qué las empresas e instituciones siguen resistiéndose al teletrabajo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Aloisi, Associate Professor of European and comparative Labour Law, IE University

Chay_Tee/Shutterstock

A las 21:00 h, las tiendas, los restaurantes y las cafeterías cierran sus puertas en toda la ciudad de El Cairo, donde se ha impuesto un toque de queda estricto para mitigar la crisis energética desencadenada por el conflicto en el golfo Pérsico. La medida puede resultar difícil de aplicar entre una población acostumbrada a veladas largas y animadas, pero las perspectivas distan mucho de ser tranquilizadoras. Los informes indican que las gasolineras se están quedando sin combustible, lo que hace temer que la emergencia se prolongue más de lo previsto.

Algunas zonas de África y Asia parecen ir por delante de Europa a la hora de hacer frente a la escasez de recursos. Ya se han adoptado muchas medidas decisivas: un día obligatorio de teletrabajo en Egipto, un día libre semanal adicional en Sri Lanka, una semana laboral de cuatro días para los trabajadores del sector público en Filipinas, el cierre de los campus universitarios en Bangladés, controles del consumo de combustible en Myanmar y apagones periódicos en Sudán del Sur.

Aunque las restricciones de suministro pueden ser menos graves en Europa, esto no significa que esté a salvo. El responsable de energía de la UE, Dan Jørgensen, lo ha reconocido y ha advertido de que Europa se enfrenta a una “situación muy grave” sin un final claro a la vista.

Ha señalado las recomendaciones de la Agencia Internacional de la Energía. Entre ellas se incluyen trabajar desde casa siempre que sea posible, reducir los límites de velocidad en las autopistas, fomentar el uso del transporte público y evitar los desplazamientos innecesarios.

La UE se dispone ahora a presentar una iniciativa no vinculante para promover el teletrabajo como forma de aliviar la crisis energética mediante la reducción de los desplazamientos al trabajo y del consumo energético en las oficinas.

A pesar de las firmes recomendaciones y restricciones, la retórica predominante es que estos tiempos drásticos exigen medidas drásticas –aunque temporales– y que, una vez que la crisis actual pase, todo volverá a la normalidad. Si esto nos resulta demasiado familiar, es porque ya hemos pasado por ello antes.

Déjà vu en la respuesta a la crisis

Los paralelismos con las medidas adoptadas para combatir la pandemia de covid-19 son sorprendentes, pero hay un elemento que destaca: el teletrabajo.

El teletrabajo se está movilizando una vez más como respuesta a la crisis, lo que refuerza la idea de que solo circunstancias excepcionales pueden justificar cambios en los patrones de trabajo.

En 2020, el objetivo era “aplanar la curva de contagios”, mientras que hoy en día los edificios de oficinas se dejan infrautilizados para reducir el consumo energético. Sin embargo, la actual confusión de medidas desiguales recuerda bastante a los años de la pandemia. Los líderes institucionales, empresariales, sindicales y políticos parecen haber sido tomados por sorpresa una vez más.




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Mientras tanto, los efectos de la guerra se están materializando en forma de estanflación (inflación sin crecimiento), junto con una contracción del comercio mundial en un contexto de creciente presión ecológica. Estas presiones convergentes nos obligan a replantearnos la organización del trabajo, al tiempo que hacen que la inversión estructural en sostenibilidad sea más viable políticamente.

En resumen, cada vez es más difícil justificar la resistencia a métodos de trabajo “menos ortodoxos” que podrían reducir la dependencia de la energía procedente de combustibles fósiles.

Igualmente preocupante es el riesgo de que las experiencias de los trabajadores con condiciones más flexibles se vean condicionadas por este enfoque errático e impulsado por la emergencia: se les envía de vuelta a casa cuando los gobiernos o las empresas se enfrentan a una presión creciente, y se les llama inmediatamente para que regresen a la oficina una vez que esta termina.

Al inicio de la pandemia, gobiernos, empresas y ciudadanos de a pie se vieron sumidos en la incertidumbre. Los padres se vieron repentinamente obligados a compaginar el trabajo con el cuidado de los hijos y la educación, mientras que los nuevos empleados improvisaban escritorios provisionales en ruidosos pisos compartidos.

Con la actual crisis del petróleo, el patrón se repite. Pero el éxodo de las sedes centrales está impulsado menos por la protección de la salud pública o el compromiso con mejores condiciones laborales, y más por consideraciones de reducción de costes a corto plazo.




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Obligación de volver a la oficina

En el debate público, la cuestión del teletrabajo se ha polarizado profundamente, en gran parte debido a la postura adoptada por algunos directores ejecutivos –entre ellos, los líderes de Amazon, X y Goldman Sachs–, que han impuesto estrictas obligaciones de vuelta a la oficina. En algunos casos, estas obligaciones se han utilizado incluso como mecanismo para fomentar las dimisiones voluntarias, reduciendo de hecho la plantilla sin recurrir a despidos formales.

Una mujer con una camiseta verde habla durante una reunión en línea desde su casa
Algunas empresas permiten el teletrabajo, pero solo bajo ciertas condiciones.
LightField Studios/Shutterstock

Cada vez más se empuja a los trabajadores a volver a la oficina, o se les concede el teletrabajo solo bajo condiciones cuidadosamente calibradas –muchos acuerdos excluyen el teletrabajo los lunes y viernes, por ejemplo– para garantizar que la flexibilidad no se traduzca en libertad de movimiento.

Además, solo un número limitado de empresas ha invertido el tiempo y los recursos necesarios para crear entornos de trabajo que estén verdaderamente equipados para el trabajo fuera de las instalaciones. Las investigaciones apuntan a una profunda y persistente desconfianza hacia la autonomía de los trabajadores sin supervisión, que se refleja cada vez más en el uso de tecnologías de vigilancia como el seguimiento de las pulsaciones de teclas, las capturas de pantalla periódicas y el escaneo de correos electrónicos.

Cuando se permite, el teletrabajo se ha convertido en un caldo de cultivo para estas herramientas de monitoreo remoto de empleados, lo que refuerza la percepción de que el trabajo a distancia no es más que una concesión a regañadientes.




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El teletrabajo beneficia a todos

Las pruebas cuestionan este enfoque anticuado. El economista de Stanford Nick Bloom demuestra que el trabajo a distancia híbrido se ha consolidado como una “nueva normalidad”. En Estados Unidos, se ha estabilizado en torno al 28 % de los días laborables remunerados a partir de 2025-2026 –un aumento espectacular respecto al nivel prepandémico de apenas el 5 %– sin repercusiones económicas negativas.

En Europa también abundan los experimentos con visión de futuro. Los empleadores de todos los sectores están probando modalidades más flexibles –desde políticas ilimitadas de trabajo desde cualquier lugar hasta semanas laborales más cortas– para atraer y retener el talento.

Lograr un modelo de trabajo verdaderamente funcional y beneficioso más allá de las instalaciones de la empresa requiere un grado significativo de inventiva de abajo arriba. Pero la promesa estancada de una revolución en la gestión también podría hacerse realidad mediante un marco jurídico más favorable.

A nivel de la UE, ese proceso ya se ha puesto en marcha tras el llamamiento a la acción del Parlamento Europeo en 2021. Hasta ahora se han organizado dos rondas de consulta con los interlocutores sociales, con el objetivo de introducir el derecho de los trabajadores a desconectarse y garantizar un teletrabajo “justo”.

La visión que sustenta la consulta parece estar marcada por una combinación de preocupaciones legítimas, aunque a menudo exageradas. El trabajo a distancia se considera un catalizador de la disponibilidad permanente en línea y una amenaza para la seguridad y la salud. Sin embargo, lo que falta en gran medida es un intento más ambicioso de aprovechar este momento político como una oportunidad para replantearse la organización del tiempo de trabajo.

Los marcos normativos actuales siguen anclados en un modelo lineal, rígido, jerárquico y sesgado hacia los hombres. Lo que la realidad exige, en cambio, es una transición hacia formas más asincrónicas, sostenibles, colaborativas y empoderadoras de organizar el tiempo y el espacio.




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Dejar de improvisar, empezar a anticipar

Las instituciones a todos los niveles podrían ir más allá de las buenas intenciones y empezar a practicar lo que predican. Según la encuesta de la OCDE y la UE de 2024 sobre los funcionarios públicos, aproximadamente dos de cada cinco (37,2 %) nunca trabajan a distancia, mientras que solo uno de cada cinco (22,6 %) lo hace entre uno y dos días a la semana.

Frecuencia del teletrabajo por país, según los resultados de la Encuesta de la UE/OCDE de 2024 a los funcionarios de la administración central.
Encuesta estándar de la UE/OCDE a los funcionarios de la administración central

Sin embargo, el teletrabajo voluntario –ya sea habitual u ocasional– se asocia con mayores niveles de bienestar. Esto es especialmente relevante para los trabajadores que desempeñan funciones administrativas o prestan servicios al ciudadano por teléfono, para quienes la presencia en la oficina a menudo no es una necesidad.

Si hablar de teletrabajo en tiempos de crisis parece frívolo, también lo es aferrarse a formas obsoletas de organizar el trabajo. Trabajadores que se desplazan a la oficina solo para participar en llamadas de Zoom con clientes, directivos atrapados en el tráfico solo para llegar a un cubículo y enviar correos electrónicos, consultores que llegan en avión para una presentación de diez minutos: todo esto refleja una cultura retrógrada que hace tiempo que debería haber desaparecido. También pone de manifiesto los límites de un modelo que da por sentado que los recursos del mundo son ilimitados.

Las generaciones más jóvenes ya no están dispuestas a cambiar la libertad y el sentido de propósito por la asistencia y la conformidad. Ahora cabe esperar un mayor grado de madurez directiva.

La reconfiguración de los flujos de colaboración, las estructuras de trabajo y los patrones organizativos no debe considerarse una solución temporal, sino una inversión a largo plazo (con efectos positivos en términos de productividad). Dentro de este cambio, replantearse el tiempo de trabajo debe ser el siguiente paso para romper tabúes arraigados.

Hoy en día, mientras los lugares de trabajo se enfrentan a su tercera crisis en seis años, la verdadera pregunta no es si el teletrabajo debería ser la norma, sino por qué hace falta otro desastre más para transformar la forma en que organizamos nuestra vida laboral.

The Conversation

Antonio Aloisi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ahora que el mundo se enfrenta a otra crisis, ¿por qué las empresas e instituciones siguen resistiéndose al teletrabajo? – https://theconversation.com/ahora-que-el-mundo-se-enfrenta-a-otra-crisis-por-que-las-empresas-e-instituciones-siguen-resistiendose-al-teletrabajo-281200

Enseñar la medicina a través del arte: la escultura anatómica en la universidad española

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Chloe Sharpe, Profesora e investigadora en Historia del Arte., UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Modelo que pertenece a una serie de cuatro piezas que muestran un parto. Escayola policromada, c.1863-78, de Juan Samsó. Museo de la Historia de la Medicina de Cataluña.

Imagine una persona que siente que le ha salido un bulto en el costado. Va al médico, angustiada, y este, al palpar, dice: “Eso no es un bulto, es una costilla flotante”. La anécdota es simpática para contar en la sobremesa (y bromear sobre la posible hipocondría del aludido) porque ha sido fácil para el especialista detectar el problema y tranquilizar al paciente. Sin embargo, esta sabiduría, que damos por hecha, se ha adquirido con el tiempo. Después de todo, esperamos que los médicos que nos diagnostican, tratan y operan hayan adquirido un profundo conocimiento del cuerpo humano y sus enfermedades.

Pero no siempre ha sido fácil acceder a ese aprendizaje. Antes de internet, del vídeo e incluso de la fotografía en color, ¿cómo se formaba esa experiencia? En cierto sentido… con arte.

Escultores para formar a médicos

Junto a las disecciones, los modelos anatómicos desempeñaron un papel fundamental en la enseñanza de la medicina: reproducían con gran fidelidad –en tres dimensiones, en color y a escala natural– el cuerpo humano y sus patologías.

Anfiteatro y colección de modelos anatómicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid
Anfiteatro y colección de modelos anatómicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid, postal, fotografía de Hauser y Menet, c. 1916.
Fundación Joaquín Díaz/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Durante los siglos XVIII y XIX fue habitual que las instituciones médicas reunieran colecciones anatómicas destinadas a museos didácticos. En España, esta práctica se formalizó mediante un Real Decreto de 1862, que obligó a las siete universidades –ocho a partir de 1876– a crear plazas públicas de escultores anatómicos y sus asistentes, encargados de producir estas piezas.

Sin embargo, pese a ser durante más de un siglo los únicos escultores con puesto estable en la universidad, su trabajo fue poco valorado y hoy permanece casi olvidado.

Los museos anatómicos creados en España en el siglo XVIII, vinculados a los reales colegios de cirugía, se inspiraron en modelos italianos como La Specola de Florencia, con sus célebres figuras en cera de Clemente Susini. Estas piezas privilegiaban la anatomía de un cuerpo a menudo idealizado y, en el caso de las venus anatómicas, con una dimensión erótica dirigida al espectador masculino.

Venus anatómica.
Venus anatómica hecha por Clemente Susini, cera, 1780-1782.
Museo di Palazzo Poggi, Bologna/Wikimedia Commons, CC BY

Con el fortalecimiento de las facultades de Medicina y sus museos, este enfoque cambió ligeramente. A mediados del siglo XIX, se consolidaron los conceptos binarios de subjetividad y objetividad y este último se convirtió en el ideal de la práctica médica; el realismo pasó a ser su principal aliado. En ese contexto, la escultura anatómica se orientó hacia la representación directa de la enfermedad, abarcando desde las patologías más comunes hasta las más excepcionales. Paralelamente, la cera fue sustituida progresivamente por la escayola, más económica y resistente.

Profesionales entre arte y medicina

El acceso a una plaza de escultor anatómico exigía una doble formación, artística y anatómica, y tribunales mixtos de Bellas Artes y Medicina. Era un perfil difícil de sostener en un puesto poco reconocido y mal remunerado. Como lamentaba el doctor Ángel Pulido en 1883, quien lo ocupaba “renuncia a ser pintor, escultor y médico, para convertirse en un ser híbrido, mezcla de todo a la vez” sin el prestigio ni de unos ni de otros.

Aun así, la precariedad del mundo artístico llevó a numerosos escultores a trabajar en facultades de Medicina. Muchos de ellos llegaron a destacar en el ámbito artístico, con premios en las exposiciones nacionales de Bellas Artes, obra adquirida por el Estado y presencia en museos como el Prado o el Museo Nacional de Arte de Cataluña, además de encargos para monumentos públicos. Sus nombres aparecen en archivos universitarios y, ocasionalmente, en las firmas de las piezas conservadas.

Así, el archivo de la Universidad Complutense de Madrid revela la presencia en la facultad madrileña de reconocidos escultores como Maximino Sala, Miguel de la Cruz, José Ortells o José Pérez (“Peresejo”). A ellos se suman artistas vinculados a Santiago de Compostela, como Juan Sanmartín y Francisco Asorey, o a Granada, con Francisco Morales. El caso más destacado es Barcelona, donde trabajaron Juan Samsó, Rosendo Nobas, Torquato Tasso, Dionisio Renart y Enric Monjo.

Sin embargo, esta faceta anatómica apenas figura en sus biografías, al considerarse marginal respecto al “verdadero” arte. Es el caso de Samsó, activo en la Facultad de Barcelona entre 1863 y 1878, que compaginó la producción de modelos anatómicos –tumores, malformaciones y partos– con una exitosa participación en exposiciones nacionales.

Nobas, su sucesor, creó La Cuádriga de la Aurora, un gran monumento publico bañado en oro, mientras fabricaba series en yeso pintado que mostraban el antes, durante y después de operaciones quirúrgicas. También dejó un singular testimonio del cruce entre arte y medicina en la sepultura de mármol del anatomista Jaime Farreras Framis. En ella, un esqueleto envuelto en un sudario aparece con un realismo sobrecogedor.

Escultura de un esqueleto cubierto con una tela.
Escultura de la tumba del doctor Jaime Farreras Framis realizada por Rosendo Nobas en mármol en torno a 1887.
Cementerio de Montjuïc, Barcelona/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Patrimonio olvidado

Basta con ojear los inventarios de los museos anatómicos del siglo XIX para comprobar que la mayor parte de las piezas se ha perdido, por extravío, deterioro o destrucción. Aunque el patrimonio conservado ha quedado, en general, en manos de las universidades, la mayoría de estos museos han sido desmantelados. Entre todos ellos, destaca el Museo de Anatomía Javier Puerta como un caso excepcional de supervivencia.

En Barcelona, las piezas conservadas acabaron en el Museo de la Historia de la Medicina de Cataluña, donde permanecen casi inaccesibles al público. El cierre inminente del Museo Olavide de modelos dermatológicos pone de manifiesto la fragilidad de este patrimonio.

Se trata, sin embargo, de un legado esencial para comprender cómo se concebían el cuerpo y la enfermedad en el siglo XIX. Y también, y no es menos importante, para completar la historia de la escultura en España.


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The Conversation

Chloe Sharpe no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Enseñar la medicina a través del arte: la escultura anatómica en la universidad española – https://theconversation.com/ensenar-la-medicina-a-traves-del-arte-la-escultura-anatomica-en-la-universidad-espanola-277109