Más allá de las rampas: las 5 claves que convierten una vivienda en inclusiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mª Ángeles Quesada Cubo, Investigadora predoctoral FPU, Universidad Pablo de Olavide

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Cuando pensamos en viviendas accesibles para personas con discapacidad, solemos imaginar rampas, ascensores o baños adaptados. Pero la accesibilidad física es solo una parte de la cuestión. Las personas con discapacidad intelectual necesitan viviendas con otro tipo de apoyos que contribuyan a su bienestar, su autonomía y su participación en la comunidad.

Históricamente, la respuesta habitacional para estas personas ha sido la vida en instituciones, en centros de grandes dimensiones, con atención especializada y, en la mayoría de los casos, orientados en modelos de atención médica. El último cuarto del siglo XX el principio de normalización inicia un proceso de desistitucionalización que, con suerte, por la falta de recursos, programas y servicios de apoyo adecuados, ha quedado en que las personas con discapacidad vivan con sus familias.

Hoy se reconoce con más claridad el derecho de las personas con discapacidad a vivir de forma independiente. Es más, la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2006), en su artículo 19, reconoce el derecho a elegir dónde vivir y con quién hacerlo. También defiende la participación plena en la vida de la comunidad.

Gracias a este marco, muchos países han impulsado políticas y proyectos para transicionar los espacios convivenciales desde las residencias tradicionales hacia modelos de apoyo personalizados y comunitarios. Pero vivir en la comunidad no garantiza por sí solo una vida mejor. Las investigaciones muestran que el tipo de vivienda, el barrio, las relaciones sociales o los apoyos disponibles influyen en el bienestar y la salud.

En un estudio reciente publicado en Journal of Applied Research in Intellectual Disabilities analizamos qué características del lugar donde viven influyen en la vida de las personas con discapacidad intelectual.

Para ello realizamos una revisión de estudios científicos. En total analizamos 73 estudios de distintos países publicados entre 1994 y 2024. El objetivo era claro: reunir y organizar lo que ya sabemos gracias a los estudios previos.

Los resultados muestran que para que una vivienda sea inclusiva hace falta mucho más que hacerla accesible.

A partir de estos estudios, y siguiendo este modelo, se describen y explican cinco aspectos de la vivienda y su entorno que influyen en la calidad de vida, siendo todos importantes y complementarios.

  1. El entorno físico. Incluye el diseño de la vivienda y sus características, tanto dentro como fuera del hogar. Pero no se trata solo de accesibilidad. También ayuda que sean viviendas pequeñas y con ambiente hogareño, que combinen espacios privados con zonas comunes y la cercanía a servicios básicos (salud, alimentación, ocio…), transporte público y actividades comunitarias. Estos elementos, unidos a tecnologías fáciles de usar que faciliten la autonomía, pueden marcar la diferencia.

  2. El entorno social. Las relaciones sociales dentro y fuera del hogar son fundamentales. La convivencia con otras personas, las amistades o el contacto con el vecindario ayudan a sentirse parte del barrio y de la comunidad. Los estudios muestran que estos vínculos reducen el aislamiento y la soledad y mejoran el bienestar emocional.

  3. El entorno natural. El contacto con la naturaleza también importa. Aunque suele recibir poca atención, cada vez más estudios destacan su importancia. La luz natural, los espacios verdes o los animales tienen efectos positivos en la salud mental y el bienestar.

  4. El entorno de apoyos. Los apoyos profesionales y familiares son otro elemento clave. Aquí influyen distintos factores. Por ejemplo, la formación del personal, equipos estables o los apoyos adaptados según las necesidades de cada persona. Sin estos apoyos, incluso una vivienda bien diseñada puede no funcionar como se espera.

  5. El entorno simbólico. La vivienda no es solo un espacio físico. También tiene un significado personal. Poder decorar la casa, tomar decisiones sobre la vida diaria o elegir cómo organizar el hogar es muy importante. Todo esto influye en la identidad, la autoestima y el sentido de pertenencia. En otras palabras, una vivienda inclusiva debe permitir que las personas sientan que ese lugar es realmente su hogar.

Un cambio de perspectiva necesario

En conjunto, esta propuesta apunta hacia una idea clara. La vivienda influye directamente en la salud física, mental y social de las personas. No es solo una cuestión de arquitectura sino de tener en cuenta muchos factores así como distintos aspectos del diseño y cuestiones sociales, organizativas y personales. Se trata de incluir en la agenda de investigación, el análisis de las características que hacen que una vivienda sea viable y amable para las personas con discapacidad intelectual.

Este conocimiento puede ayudar a orientar políticas públicas, tipos de vivienda y proyectos de diseño. La verdadera inclusión aparece cuando las viviendas permiten a las personas vivir con autonomía, participar en la comunidad y construir su propio proyecto de vida.

Y esto solo es posible si tienen la libertad de decidir dónde vivir, cómo hacerlo y con quién compartir su hogar.

The Conversation

Este trabajo forma parte del proyecto de investigación FRI-HOUSING (“Entornos inclusivos y sostenibles para personas con discapacidad intelectual. Diagnóstico y evaluación de elementos para la identificación de viviendas amigables”), (PID2022-140619OB-I00). Está financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España.

ref. Más allá de las rampas: las 5 claves que convierten una vivienda en inclusiva – https://theconversation.com/mas-alla-de-las-rampas-las-5-claves-que-convierten-una-vivienda-en-inclusiva-277937

Salirse de la norma para ejercer un liderazgo diferente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University

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Cuando solicité plaza para mi programa de doctorado, hace ya más de treinta años, pedí a un colega muy respetado que me escribiera una carta de recomendación. Esto fue lo que escribió: «Estoy seguro de que Santiago encajará en su programa; no será un outlier». La intención, supongo, era tranquilizar al comité de admisiones asegurando que me adaptaría, seguiría el mismo patrón y asumiría sin problemas la cultura del programa. Pero, incluso entonces, esa carta me dejó pensativo. ¿Mi principal mérito era no ser un outlier? ¿No es acaso el propósito de los estudios avanzados aportar algo distinto, cuestionar los marcos aceptados, explorar lo inexplorado?

En estadística, un outlier (un valor atípico) es un dato que se aleja de la media. Los analistas suelen mirarlos con recelo, a veces como errores que conviene corregir. Pero un outlier también puede ser una señal de que el modelo está incompleto, de que algo importante ocurre fuera del patrón que creemos conocer. En la vida, como en los datos, lo que queda fuera de la curva es, a menudo, lo que cambia el juego.

Organismos cambiantes y dinámicos

El problema empieza cuando asumimos que el pensamiento estadístico, tan potente en ciertos contextos, se puede aplicar de forma universal. Ahí caemos en lo que yo llamo metodolatría: la adoración del método por el método mismo, la creencia de que la mera presencia de métricas hace más sólido un juicio o más verdadera una idea.

En las ciencias naturales, los modelos estadísticos suelen funcionar bien porque los sistemas que describen están regidos por leyes estables. Pero en las ciencias sociales la cosa es distinta. Las organizaciones humanas son organismos cambiantes, dinámicos, adaptativos e impredecibles, moldeados por valores, cultura, relaciones y poder. Las cifras pueden capturar parte de esa realidad, pero siempre se les escapará su esencia. Y cuando se abusa de ellas, se corre el riesgo de caer en la trampa de la profecía autocumplida, que no solo describe la realidad sino que la moldea, reforzando a veces los mismos patrones que se cuestionan.

A veces, las teorías empresariales confunden patrones con principios. Un análisis de regresión puede mostrar que ciertos rasgos de liderazgo se asocian a un mejor rendimiento en un conjunto de datos, pero, en otro contexto, esos mismos rasgos pueden ser irrelevantes o incluso contraproducentes.

Los sistemas humanos son reflexivos: cuando les aplicamos un modelo, las personas se adaptan, el sistema cambia y las predicciones de la teoría se alteran. Es decir, las organizaciones aprenden y eso es precisamente lo que las hace tan difíciles de modelizar y tan peligrosas de sobremedir.

‘Outliers’ en educación y emprendimiento

Algo similar ocurre en la educación. Los datos pueden ser útiles: podemos seguir la evolución del alumnado, detectar desigualdades sistémicas y evaluar el impacto de distintas intervenciones. Pero educar no es simplemente acumular conocimientos medibles; también se trata de desbloquear el potencial único de cada individuo, y eso no se consigue solo con exámenes estandarizados y normas estadísticas.

Es cierto que los algoritmos pueden analizar grandes bases de datos y señalar resultados probables, pero la trayectoria real de un estudiante depende de cualidades como la curiosidad, la resiliencia o la imaginación, que ningún modelo de regresión puede predecir. La paradoja es que cuanto más nos centramos en desarrollar el potencial singular de cada persona, menos útiles resultan las medias. La buena educación debe tratar a cada estudiante como un outlier.




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Los emprendedores son outliers por naturaleza. No triunfan adaptándose a la media, sino abrazando lo que les hace diferentes, a su capacidad de ver oportunidades que otros no ven, de actuar cuando otros dudan.

Sus grandes aciertos a menudo provienen de ignorar las “mejores prácticas” justo en el momento preciso. Esa misma mentalidad es la que la educación debería fomentar en todos los campos, no solo entre quienes planean crear empresas. Para lograrlo hacen falta sistemas de evaluación diversos, capaces de reconocer distintos tipos de inteligencia, creatividad y capacidad de resolver problemas. Medir a todo el mundo con la misma vara puede ser eficiente, pero es una mala forma de identificar a los líderes y creadores del futuro.

La metodolatría tiene el encanto seductor de la claridad. Si los números son ordenados, la realidad es caótica. Es tentador creer que lo que podemos medir es lo único que importa, o que la media es el objetivo. Pero el potencial humano no es una curva de campana sino un paisaje cambiante, lleno de cumbres, valles y caminos imprevistos. En la gestión y en la educación, los verdaderos avances ocurren en los márgenes, en lugares que los modelos no habían previsto.




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‘Outliers’ literarios

La literatura está llena de recordatorios de que los outliers pueden cambiar el curso de la historia, o al menos la forma de entenderla. Atticus Finch, en “Matar a un ruiseñor”, destaca por su valor moral, enfrentándose con dignidad y firmeza a los prejuicios raciales de su tiempo.

Elizabeth Bennet, en “Orgullo y prejuicio”, se niega a someterse a las expectativas que se le imponen, exigiendo amor y respeto como base para el matrimonio. Ambos son outliers no porque busquen la diferencia por sí misma, sino porque viven fieles a una verdad más profunda, incluso cuando choca con las normas de su entorno.




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Confianza, imaginación y valor para el cambio

Si queremos más figuras así –en los negocios, en la educación, en la sociedad– debemos aprender a ver a los outliers no como anomalías que corregir, sino como señales que amplificar. Esto implica, sobre todo para los educadores, cuestionar nuestro apego a la medición, resistir el impulso de reducir todo esfuerzo humano a métricas y recordar que las cualidades más importantes de las personas son, a menudo, las más difíciles de cuantificar.




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Los datos pueden ayudar a tomar decisiones, pero no conllevan el impulso a la acción. Los modelos pueden sugerir resultados probables, pero no crean la confianza, el valor o la imaginación necesarios para cambiarlos. En última instancia, liderar –ya sea una empresa, un aula o una comunidad– no consiste en producir el perfil estadístico perfecto, sino en crear las condiciones para que el potencial humano, en todas sus formas imprevisibles, pueda prosperar.

El futuro no lo escribirán quienes encajan en el patrón, sino quienes saben cuándo romperlo. Y cuanto antes dejemos de adorar el método y empecemos a cultivar al outlier, mejor preparados estaremos para lo que venga.


Una versión de este artículo se publicó en LinkedIn.

The Conversation

Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Salirse de la norma para ejercer un liderazgo diferente – https://theconversation.com/salirse-de-la-norma-para-ejercer-un-liderazgo-diferente-271358

La IA facilita (pero no garantiza) el aprendizaje en las organizaciones

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jose Luis Alonso Andreano, Diseño de la estrategia, proyectos y programas de educación continua y lifelong learning, Mondragon Unibertsitatea

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La inteligencia artificial, en especial la generativa (IAG), ha entrado con fuerza en el aprendizaje en las organizaciones. Hoy, cualquier persona puede pedir en segundos a un asistente chatbot que explique una normativa, genere un plan de formación, resuma un informe técnico o proponga soluciones a un problema complejo.

Las plataformas de aprendizaje online ya incorporan IA para personalizar itinerarios, recomendar contenidos y adaptar la experiencia formativa a las competencias, los objetivos y el contexto de cada profesional.

Todo esto es real y supone una gran oportunidad. Varios informes y análisis recientes describen una revolución del aprendizaje impulsada por la IA, aunque advierten de que la mayoría de las organizaciones todavía no están preparadas para aprovecharla. El problema no es sobrevalorar la tecnología, sino confundir el acceso al conocimiento con el aprendizaje.

Aun con todas sus capacidades, la IA no está resolviendo la transferencia al trabajo real. Esa transferencia constituye la última milla: pasar de acumular conocimiento a tener un impacto real en las organizaciones.

El problema de las alucinaciones y la falsa experticia

Podríamos dejar al margen el debate sobre las llamadas “alucinaciones” de la IAG si no fuese por una cuestión. En la práctica, la creatividad, la utilidad percibida y la facilidad de uso pesan hoy más que la veracidad estricta de los resultados. La IA suele generar respuestas claras, coherentes y bien redactadas, aunque a veces contengan errores.

El riesgo aparece cuando una persona no domina el tema, porque esas respuestas pueden parecerle tan fiables como las de un experto. Ahí surge la ilusión de comprensión: la persona cree que tiene una buena respuesta y cree, además, que ha aprendido, cuando en realidad solo ha leído una explicación plausible que todavía no ha comprendido ni incorporado.

No estaría demasiado lejos de lo que Daniel Kahneman describió como el falso experto. Se observa, por ejemplo, en la programación asistida por IA (vibe coding), cuando una persona programa con ayuda de la herramienta sin comprender realmente qué hace el código.

El resultado puede ser un aumento aparente de la eficiencia, ya que se reduce el esfuerzo y se avanza más rápido, pero realmente existe un desconocimiento de lo que se está haciendo. Se toman decisiones sobre información que no se ha interiorizado y que difícilmente se podrá transferir a situaciones nuevas o imprevistas.

Desde el punto de vista del aprendizaje, esto es crítico. Porque aprender no es reproducir una respuesta correcta con ayuda externa. Aprender implica comprender, integrar y ser capaz de aplicar ese conocimiento de manera autónoma en contextos distintos. Cuando la IAG acelera el resultado, pero debilita el proceso de reflexión, lo que genera es una falsa sensación de haber aprendido. Este fenómeno empieza ya a denominarse como “descarga cognitiva”.

Pensar que el problema era el acceso al conocimiento

Durante años, muchas organizaciones partieron de una premisa: el problema era el acceso al conocimiento. Las direcciones de formación pensaban que las personas no aprendían porque faltaban recursos adecuados: la formación presencial era cara, interrumpía el trabajo y resultaba casi imposible llegar a toda la plantilla. La solución consistió en ampliar la oferta, digitalizarla y ponerla a disposición en cualquier momento y desde cualquier lugar. Esa lógica impulsó la proliferación de catálogos y plataformas; el problema desde entonces es que la tasa de finalización de cursos online es de en torno al 10 %.

La IA ha llevado este enfoque al máximo. Hoy se pueden recomendar contenidos personalizados y ajustarlos de forma continua. La incorporación de la inteligencia artificial impulsa el consumo, la finalización y la satisfacción en los procesos formativos. Sin embargo, el acceso al conocimiento, por valioso que sea, no garantiza su transferencia efectiva al puesto de trabajo.

Por tanto, el verdadero reto del aprendizaje en las organizaciones no está en saber más, sino en transferir el conocimiento a acciones en el día a día. Las barreras para ello son individuales, sociales y organizativas. Y la motivación, el tiempo y el contexto son los factores que más influyen en la transferencia.

Aprender es cambiar, y cambiar cuesta

Si entendemos el aprendizaje no como una acumulación de conocimiento sino como un cambio de comportamiento, duradero y transferible, el problema es otro. Las organizaciones no tienen tanto un problema de formación como un problema de aprendizaje. El mayor reto ya no es el acceso al conocimiento, sino cómo se gestionan las barreras que dificultan cambiar cómo se decide, cómo se colabora, cómo se lidera o cómo se prioriza, incluso cuando “se sabe” que debería hacerse de otra manera.

La IA generativa puede sugerir opciones, simular escenarios y ayudar a preparar conversaciones difíciles. Sin embargo, el verdadero reto aparece cuando hay que tomar una decisión ambigua y arriesgada, cambiar un proceso o elegir una estrategia frente a otra. En esos momentos, el aprendizaje no lo determina la calidad del prompt ni del agente, sino la capacidad de decidir bajo incertidumbre y de asumir consecuencias. Las culturas que favorecen la experimentación y el aprendizaje facilitan esas decisiones. Las culturas que castigan el error y protegen el statu quo las vuelven casi imposibles.

Rediseñar el contexto

Parece evidente que la IA esta facilitando y acelerando el acceso al conocimiento. Sin embargo, el núcleo del problema no está en la herramienta. El trabajo principal sigue estando en el contexto, en la cultura de aprendizaje, en los incentivos para aprender, en el tiempo disponible, en el margen para experimentar y en la forma en que se toman decisiones. La dirección de las organizaciones no debería limitarse a añadir IA, sino que debería rediseñar las condiciones reales en las que las personas trabajan y aprenden, porque solo ahí se completa la transferencia.

Esto implica pasar de la formación como consumo de contenidos a un aprendizaje ligado a proyectos reales, en los que el conocimiento se adquiere para resolver problemas concretos. Esto implica combinar la IA como asistente con espacios de reflexión compartida, en los que se extraen aprendizajes de las pruebas, aprendiendo de aquello que funciona y de lo que no. Esto implica, además, dejar de medir solo la actividad formativa y empezar a observar cambios en decisiones, comportamientos y resultados.

Si queremos transformar las organizaciones y pasar de la formación al aprendizaje real, resulta imprescindible no solo acercar el conocimiento a las personas, sino cambiar las dinámicas que permitan aplicarlo en la última milla.

The Conversation

Jose Luis Alonso Andreano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La IA facilita (pero no garantiza) el aprendizaje en las organizaciones – https://theconversation.com/la-ia-facilita-pero-no-garantiza-el-aprendizaje-en-las-organizaciones-272632

Por qué he recomendado a mis estudiantes que vean ‘Torrente, presidente’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana María Iglesias Botrán, Profesora especialista en estudios culturales franceses y análisis del discurso, Universidad de Valladolid

Carlos Areces y Santiago Segura en un fotograma de _Torrente, presidente_. Sony Pictures

Si alguien me hubiera dicho que recomendaría una película de Santiago Segura en mis asignaturas sobre análisis del discurso probablemente no me lo habría creído. Pero aquí estamos.

En clase estudiamos las estructuras discursivas de los políticos y, para examinar el discurso populista actual de forma rigurosa, recurrimos a las teorías del politólogo Pascal Perrineau, y los lingüistas Patrick Charaudeau y Teun A. Van Dijk.

He pedido a mis estudiantes que vean la película Torrente, presidente porque ilustra todo lo que explican estos expertos. El personaje de José Luis Torrente no es solo un tipo reprobable y cutre, sino también el ejemplo de cómo se construye un discurso populista. Al desglosar estos conceptos, se desvelarán por tanto momentos esenciales de la película (espóilers).

1. Populismo reaccionario

Torrente y el partido político NOX al que se adhiere encarnarían el populismo reaccionario explicado por Perrineau. Con ello se refiere a aquel que pretende expresar las preocupaciones de lo que se denomina “mayoría silenciosa”, que dice hablar en nombre de la gente común olvidada por los políticos tradicionales, aunque ello implique vehicular sentimientos de xenofobia, racismo y exclusión.

Con su discurso, Torrente anima a mirar a un pasado construido ideológicamente donde las fronteras son claras y la cultura, homogénea.

2. Líder carismático

Según Charaudeau, el líder populista se presenta como un representante del pueblo fuera de lo común, energético y carismático, con una imagen de salvador, mesías o héroe que resolverá todo.

Dos miembros del partido ficticio NOX descubren a Torrente mientras habla en un bar y les fascina su autenticidad, su aparente credibilidad y cómo capta la atención, a pesar de ser, según el propio Santiago Segura, “un compendio de todo lo reprobable, lo más ruin y miserable de nuestra sociedad”.

3. Lenguaje simple y vulgar

El discurso populista es emocional, sencillo, con frases cortas, directas y repetitivas. Simula cercanía y rompe las formas para sorprender y así captar la atención. Por eso se usan también palabras groseras e insultos.

Torrente habla igual en el bar que en un mitin: con tono maleducado, directo, zafio y simple. Utiliza hipérboles y metáforas vulgares y escatológicas. Dice que España es un “váter atascado” y usa expresiones como “la política es la polla”, sin contar con que, una vez que ya es presidente, invita al espectador a hacerse “unas pajillas” con él.

4. Situación de crisis exagerada

Charaudeau y Perrineau explican que el discurso populista se refleja o se construye en una situación de crisis (social, económica, política, etc.) de la que se nutre y que, por ello, se exagera. Se alimentan con arengas la incertidumbre, el miedo o la ira.

Un hombre desastrado en medio de un bar.
Santiago Segura en un fotograma de la película.
Sony Pictures

En este caso, Torrente piensa que España se encuentra al borde del colapso, por eso se autoproclama salvador. Ante esta situación crítica, pretende recuperar la grandeza del país y se compara con Donald Trump y su Make America Great Again (“Hagamos América grande otra vez”), un personaje que incluso le apoya apareciendo en uno de sus mítines.

5. Origen del mal y de la crisis

Se presentan culpables directos como enemigos que hay que vencer y se simplifican problemas complejos.

Para NOX, la crisis viene del presidente del Gobierno, Pedro Vilches, interpretado por el cantante Bertín Osborne. Para Torrente, en cambio, su chivo expiatorio es sobre todo la inmigración. Así, no hace diferenciaciones en el tema ni cuando se trata del personaje al que interpreta Omar Montes, El Moha, un hombre magrebí que tiene un establecimiento de venta de kebabs. Aunque incluso protege a Torrente en su casa cuando le están persiguiendo y muere por ello, los insultos de “moro de mierda” o “putos moros” no cesan.

6. Glorificación nacional

Consiste en la exaltación y representación positiva del propio país, sus principios, historia y tradiciones.

Torrente encarna un patriotismo nostálgico. Idealiza y ensalza una España autoritaria y uniforme. Su identidad nacional se ancla en la tauromaquia, el fútbol, la reina Isabel la Católica y la figura del cantante El Fary, que rechaza al “hombre blandengue” y defiende roles de género convencionales. Torrente sentencia: “¡El pueblo español quiere como representante a un hombre!”.

7. Polarización

Según Van Dijk, se crean dos grupos en un eje “nosotros” contra “ellos”, enfrentados y enemigos.

Aunque se parodia todo el espectro político, el conflicto central de la película enfrenta a NOX y al PSAE. Ambos partidos se presentan como adversarios acérrimos que se deslegitiman mutuamente, compartiendo una profunda ambición personal y falta de valores. Esta división se extiende al plano social, en el que Torrente defiende a la población española contra la inmigrante, especialmente la magrebí.

8. Sin medidas de solución concretas

El populismo plantea y exagera los problemas, pero no presenta propuestas de solución, o lo hace de forma muy general.

Un grupo de gente habla en un despacho.
El comité asesor de la campaña política da consejos a Torrente.
Sony Pictures

Torrente quiere ser el libertador del pueblo sin precisar cómo. Le asegura al taxista que se interesará por los asuntos de su sector cuando llegue al poder, sólo para que no le cobre la carrera. Les dice a unos albañiles que se ocupará de sus problemas si llega ser presidente, para poder llevarse unos restos de la obra.

No dice –ni sabe– qué hará para conseguirlo, pero promete que les salvará. La única medida que anuncia, en un mitin, es que eliminará todos los impuestos. Lo proclama sin calcular realmente la repercusión que ello pueda tener para recibir así el aplauso fácil del público.

9. Élites amenazantes y poderes fácticos

La idea de que existe una mano negra que maneja los hilos de la democracia y las teorías de la conspiración sobre grupos secretos que dominan el mundo son recurrentes en el discurso populista.

Aparecen al final de la película, cuando Torrente es secuestrado y descubre que su raptor es un personaje todopoderoso y sofisticado: el Chef, interpretado por Kevin Spacey. Es el que maneja el mundo y decide quién gobierna, y le lanza un ultimátum al protagonista: si no es presidente bajo sus órdenes, será asesinado inmediatamente.

En Torrente, presidente, la ficción muestra cómo un personaje marginal se convierte en líder mediante un discurso populista. Además de entretener, la película sirve de herramienta pedagógica para entender cómo operan estos discursos en la realidad.


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The Conversation

Ana María Iglesias Botrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Por qué he recomendado a mis estudiantes que vean ‘Torrente, presidente’ – https://theconversation.com/por-que-he-recomendado-a-mis-estudiantes-que-vean-torrente-presidente-280772

Internet mejora nuestro bienestar, pero a la vez aumenta la preocupación por el cambio climático

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Suárez Álvarez, Profesora de Economía Aplicada, Universidad de Oviedo

Bits And Splits/Shutterstock

Consultamos internet varias veces al día para trabajar, informarnos, hablar con amigos y entender qué pasa en el mundo. Pero ¿y si esa misma herramienta que nos conecta también alimenta nuestra preocupación por el cambio climático? ¿Puede internet mejorar nuestro bienestar y, al mismo tiempo, hacerlo más frágil?

Europa avanza hacia una transformación profunda marcada por dos grandes transiciones: la digital y la verde. La Unión Europea insiste en que ambas deben avanzar juntas para construir un futuro sostenible, competitivo y justo. Pero ¿cómo viven los ciudadanos estos cambios? ¿Hasta qué punto el uso de internet y la preocupación por el cambio climático influyen en su bienestar?

En nuestro reciente estudio hemos intentado arrojar luz sobre esta cuestión. Se basa en más de 76 000 entrevistas de la Encuesta Social Europea realizadas en 21 países. Analiza simultáneamente tres elementos que suelen estudiarse por separado: el uso de internet, la preocupación por el cambio climático y la satisfacción vital.

Los resultados revelan un panorama complejo. El uso de internet, la preocupación climática y el bienestar influyen entre sí.

Internet y cambio climático: una relación en dos direcciones

Uno de los hallazgos del estudio es que la relación entre el uso de internet y la preocupación por el cambio climático funciona en ambos sentidos.

Por un lado, las personas que usan internet cada día tienden a estar más preocupadas por el cambio climático. La exposición constante a noticias, informes y alertas ambientales parece aumentar la conciencia sobre los riesgos del calentamiento global.

A su vez, quienes ya están preocupados por el clima usan más internet. Probablemente para informarse, seguir debates y participar en iniciativas ambientales.

En conjunto, este círculo apoya la idea de que la digitalización puede ser una herramienta clave para acelerar la transición verde, aunque con efectos secundarios sobre el bienestar.

Cuando preocuparse por el clima reduce la satisfacción

El estudio también muestra que las personas más preocupadas por el cambio climático tienden a sentirse menos satisfechas con su vida. Este resultado no es sorprendente. Muchos europeos se sienten expuestos a un problema global que amenaza el bienestar presente y futuro.

Entre 2020 y 2022, los resultados muestran que un 44 % de los europeos se declaraba “muy” o “extremadamente” preocupado por el clima. En 2016 esta cifra no llegaba al 29 %.

La preocupación climática puede ser un motor positivo para la acción colectiva, pero también una fuente de ansiedad y estrés, con efectos negativos sobre el bienestar.

¿Internet aumenta nuestro bienestar o lo reduce?

El debate sobre los efectos de internet en el bienestar lleva décadas abierto. Nuestro estudio ofrece una nueva pieza del puzle: usar internet a diario se asocia, en promedio, con una mayor satisfacción vital en Europa.

Este resultado contrasta con estudios previos en China, lo que sugiere que el impacto del mundo digital depende de factores culturales, sociales y de infraestructura.

Pero la relación no es tan simple. Por un lado, internet mejora el bienestar al facilitar la conexión social, el acceso a servicios, la información y la participación. Por otro, aumenta la preocupación climática, que a su vez reduce la satisfacción vital.

De este modo, el efecto total de la vida digital sobre el bienestar es una combinación de fuerzas en direcciones opuestas.

El puzle completo: tres piezas que no se pueden separar

La mayor contribución del estudio es mostrar que internet, la preocupación por el clima y el bienestar no pueden entenderse por separado. Si solo observamos el impacto directo del uso de internet en la satisfacción vital podríamos llegar a conclusiones engañosas. Una parte de ese impacto pasa por las percepciones ambientales y por cómo éstas influyen en nuestro bienestar emocional.

Esto ayuda a explicar por qué estudios anteriores ofrecen resultados contradictorios. El efecto real de internet depende de sus consecuencias en distintos ámbitos de nuestra vida.

Implicaciones para la política pública europea

Por todo ello, la doble transición digital y verde no debe centrarse solo en infraestructuras o tecnología, sino en cómo las personas viven y sienten esos cambios.

Algunas recomendaciones que podemos hacer son:

  1. Fomentar la alfabetización digital y ambiental. Un uso más crítico y responsable de internet puede mejorar tanto la comprensión del cambio climático como el bienestar.

  2. Promover comportamientos digitales sostenibles. Internet es clave en la sensibilización ambiental, pero también consume mucha energía y recursos. Formar a la ciudadanía en comportamientos digitales verdes será cada vez más importante.

  3. Acompañar las políticas climáticas con apoyo social. La ecoansiedad es real y creciente. Las políticas públicas deben reconocer esta dimensión para que la preocupación climática no erosione el bienestar.

  4. Reducir desigualdades digitales. La brecha en el acceso y en las habilidades digitales influye en la conciencia climática y el bienestar.

De esta forma podremos potenciar las facetas de internet que mejoran nuestra vida, mientras se minimizan los aspectos que nos vuelven infelices.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Internet mejora nuestro bienestar, pero a la vez aumenta la preocupación por el cambio climático – https://theconversation.com/internet-mejora-nuestro-bienestar-pero-a-la-vez-aumenta-la-preocupacion-por-el-cambio-climatico-280215

España, el primer laboratorio europeo para experimentar con agentes digitales que compran por nosotros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Almudena Recio Román, Miembro del grupo de investigación SEJ324 “Nuevas Tendencias en Marketing”, Universidad de Almería

Koupei Studio/Shutterstock

La próxima vez que necesite adquirir algún producto, puede que no tenga que buscarlo en Google ni hacer clic en ningún enlace. Un algoritmo ya habrá decidido qué comprar, dónde y a qué precio, actuando como su representante comercial automatizado.

El guardián invisible de nuestras compras

Imagine un asistente que nunca duerme, que conoce sus preferencias mejor que usted mismo y que puede negociar precios en tiempo real con cientos de tiendas. Este “camarlengo digital” –término que evoca al discreto administrador vaticano– ya no es ciencia ficción. El mercado de comercio a través de agentes virtuales moverá entre 3 000 y 5 000 millones de dólares para 2030.

Los agentes autónomos de inteligencia artificial representan un salto cualitativo: de la IA como asistente a la IA como ejecutora independiente de transacciones. Operan en una curva de automatización de cinco niveles, desde la simple recomendación hasta la compra completamente autónoma, sin intervención humana.

El cambio es radical. Por primera vez en la historia del comercio, el “cliente” de una marca puede no ser una persona, sino un código que evalúa productos según algoritmos complejos y toma decisiones de compra en milisegundos.

La revolución del comercio agéntico en España, por Almudena Recio.

España, el laboratorio europeo

España se ha convertido en el laboratorio europeo de esta revolución. Visa ha elegido este país para lanzar su programa “Agentic Ready”, una iniciativa que prepara a bancos y comercios para transacciones gestionadas completamente por IA.

La elección no es casual. España combina una alta adopción de pagos digitales –donde el efectivo ha caído del 49 % al 21 % entre 2018 y 2024–, un ecosistema tecnológico dinámico y un marco regulatorio avanzado.

Banco Santander y Visa han demostrado, mediante una prueba piloto controlada, que los agentes de IA pueden gestionar transacciones reales, como la compra de un libro con una tarjeta Visa Santander España. Santander y Mastercard también completaron el primer pago real ejecutado de principio a fin por un agente de IA en Europa.

La respuesta pionera de la AEPD

La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) se adelanta a Europa, al exigir transparencia en la “cadena de razonamiento” de estos algoritmos para evitar errores compuestos –cuando un fallo menor se amplifica en decisiones masivas de compra–.

Por ejemplo, si un agente interpreta mal tu preferencia por “productos orgánicos” y compra exclusivamente en tiendas premium, la normativa de la AEPD te permitiría detectar este sesgo consultando los registros auditables del agente, revertir las compras problemáticas y ajustar los criterios antes de que tu gasto mensual aumente un 40 %.

Con el 75 % de españoles preocupados por la privacidad en transacciones automatizadas, esta “supervisión humana significativa” que pide la AEPD se materializaría en paneles donde podamos visualizar en tiempo real las decisiones del agente virtual y corregir desviaciones inmediatamente.

Del SEO al AEO: el nuevo marketing para máquinas

Ante este panorama, las empresas españolas enfrentan ahora un desafío inédito: ser descubiertas no por humanos, sino por máquinas. Esto requiere la transición del tradicional SEO (optimización para motores de búsqueda) al AEO (Answer Engine Optimization), donde el éxito depende de que los catálogos sean “legibles” por inteligencias artificiales.

Este cambio obliga a las empresas a repensar completamente sus estrategias comerciales. Tradicionalmente, el marketing se dirigía exclusivamente a humanos: colores atractivos, emociones, storytelling. Ahora emerge lo que podríamos llamar marketing dual: las empresas deben optimizar simultáneamente para dos audiencias completamente diferentes.

Por un lado, deben mantener el atractivo humano tradicional. Por otro, deben organizar la información de forma que los algoritmos puedan procesarla: datos estructurados, descripciones precisas, categorías claras y métricas comparables. Es como diseñar un escaparate que sea visualmente atractivo para peatones y, simultáneamente, legible por robots.

Para que este diálogo entre máquinas sea posible, Google ya despliega protocolos clave: el Universal Commerce Protocol (UCP) unifica el lenguaje de carritos y pagos, mientras que el WebMCP (Web Model Control Protocol) permite que el agente “tome el control” de una web para ejecutar acciones directamente sobre el código.

En esta nueva situación, la conversación se convierte en la interfaz definitiva: ya no navegamos por menús, sino que “encargamos” tareas a nuestro propio agente con órdenes escritas o de viva voz.

Si una tienda online no es legible para estos protocolos, el camerlengo simplemente la ignorará. Ya no se trata de convencer al ojo humano mediante storytelling; sino de para que el administrador digital audite y apruebe nuestra oferta técnica en milisegundos.

El riesgo de la autonomía total

La autonomía de los agentes digitales plantea riesgos significativos. ¿Qué ocurre si un algoritmo desarrolla sesgos hacia ciertas marcas? ¿O si toma decisiones financieras perjudiciales basadas en datos incompletos?

La normativa española responde, como hemos visto, con la exigencia de “supervisión humana significativa”. Esto significa que, aunque el camarlengo digital pueda actuar con autonomía, debe existir siempre un mecanismo para que el usuario comprenda, cuestione y revierta sus decisiones.

Un futuro que ya comienza

Aunque el comercio con estos agentes digitales aún se encuentra en una fase incipiente, ya apunta a una transformación relevante del consumo digital. El fin de la era del clic no significa el fin del control humano, sino su evolución hacia la supervisión inteligente de algoritmos que actúan en nuestro nombre.

España lidera esta transición no solo al adoptar la tecnología, sino con la creación el marco ético que protege al ciudadano. El camarlengo digital promete eficiencia y conveniencia, pero su éxito dependerá de que mantengamos las riendas de nuestras decisiones económicas, mientras delegamos la ejecución.

Funcionamiento del comercio agéntico: desde la intención del usuario hasta la ejecución autónoma por IA, niveles de automatización y su impacto económico previsto para 2030.
Almudena Recio et al.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. España, el primer laboratorio europeo para experimentar con agentes digitales que compran por nosotros – https://theconversation.com/espana-el-primer-laboratorio-europeo-para-experimentar-con-agentes-digitales-que-compran-por-nosotros-279478

Por qué procesamos más rápido la palabra ‘amor’ que la palabra ‘pena’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Haro Rodríguez, Profesor Agregado del Área de Psicología Básica. Departamento de Psicología. Tarragona, Universitat Rovira i Virgili

KinoMasterskaya/Shutterstock

Las lenguas están llenas de palabras con carga emocional. No es de extrañar, ya que hablar y escribir consiste, en gran medida, en expresar lo que pensamos y sentimos. Pero ¿provocan nuestras palabras la misma emoción en todo el mundo?

Nuestros dos estudios recientes, realizados con casi mil participantes y 7 500 palabras en español, muestran que la forma en que comprendemos las palabras emocionales no solo depende de la palabra en sí. También influyen algunas de las características de quien la lee, como la personalidad, la edad y el género.

¿Qué ocurre en nuestra mente?

Una de las técnicas más utilizadas para estudiar cómo procesamos las palabras es la tarea de decisión léxica. En esta prueba, se presentan cadenas de letras que pueden ser palabras reales o secuencias de letras sin sentido (como “juropa”), y los participantes deben decidir lo más rápido posible si se trata de una palabra real o inventada.

El tiempo que tardamos en reconocer cada palabra nos permite entender cómo, a partir de un estímulo visual (una cadena de letras impresas), accedemos casi de forma instantánea al significado de una palabra almacenada en nuestro diccionario mental.

En estos estudios se presentaron palabras positivas, negativas y neutras. Además, muchas de ellas estaban relacionadas con emociones concretas, como miedo, tristeza, asco o alegría. También se recopiló información sobre la personalidad, la edad y el género de los participantes.

Las palabras positivas se reconocen antes

Los resultados confirman algo que ya sabíamos: la emoción influye en el reconocimiento de las palabras. Las palabras positivas, como “amor”, se reconocen más rápido que las neutras, como “mesa”. En cambio, las negativas, como “pena”, suelen tardar más en comprenderse. Aunque hablamos, por supuesto, de milésimas de segundos, es una diferencia estadísticamente significativa.

Una posible explicación es que las palabras negativas captan nuestra atención de manera intensa y automática. Las interpretamos como señales de posible amenaza, aunque aquello a lo que se refieren no esté realmente presente. Eso hace que retengan nuestra atención durante más tiempo, interfiriendo en la lectura y retrasando su reconocimiento.

Las palabras que evocan o indican emociones positivas, en cambio, podrían beneficiarse de una mayor riqueza semántica. Es decir, estarían más conectadas con otros conceptos y mejor integradas en nuestro léxico mental. Eso haría que, al procesarlas, se activase más información relacionada, facilitando así su reconocimiento. Curiosamente, en muchas lenguas parece predominar el léxico con connotaciones positivas, es decir, hay más palabras con connotaciones positivas que negativas entre las más utilizadas.




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No todos procesamos igual

El hallazgo más interesante de estos estudios es que el efecto emotivo no es igual en todo el mundo. Y no solo depende de si la palabra es positiva o negativa, sino también de la emoción concreta con la que está asociada.

El género, por ejemplo, parece desempeñar un papel relevante. En las mujeres se observa un mayor efecto de la carga emocional en el procesamiento de palabras, tanto en positivas como en negativas. Esto concuerda con la observación de que las mujeres valoran las palabras positivas como más positivas y las negativas como más negativas, así como con cierta evidencia que indica que las mujeres son más sensibles a nivel afectivo.




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Ellos, en cambio, muestran una mayor rapidez al reconocer palabras asociadas al miedo, como “bomba” o “disparo”, una ventaja que no se observa en las mujeres. Una posible explicación es que el miedo activaría en los hombres respuestas más rápidas de afrontamiento, relacionadas con una mayor impulsividad o atracción por el riesgo.

Por el contrario, las palabras relacionadas con la tristeza, como “desamor” o “depresión”, resultan más lentas de procesar para los hombres que para las mujeres. Esto podría deberse, entre otras razones, a una menor familiaridad con este tipo de vocabulario. De hecho, algunos trabajos sugieren que los hombres utilizan, de media, menos palabras relacionadas con la tristeza que las mujeres.

El papel de la personalidad

Los rasgos de personalidad también parecen influir en el procesamiento de las palabras emocionales. Las personas más extrovertidas muestran una mayor facilidad para reconocer palabras positivas. Podría deberse a que, a lo largo de la vida, acumulan más experiencias agradables o desarrollan más asociaciones positivas, de modo que este tipo de palabras estaría más asentado e integrado en su léxico mental.

Quienes puntúan alto en responsabilidad tardan más en reconocer palabras negativas. Su menor familiaridad con este tipo de léxico o una mayor sensibilidad al desorden emocional podrían prolongar esa captura atencional.

A las personas con alta apertura a la experiencia, sin embargo, no les sucede. Este rasgo suele asociarse con mayor tendencia a la curiosidad y la innovación, mejor regulación emocional y menor tendencia a la evitación, lo que podría ayudarles a controlar mejor la atención ante estímulos emocionales.




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Por otro lado, tanto las personas altamente responsables como quienes puntúan bajo en amabilidad se muestran especialmente sensibles a las palabras relacionadas con el asco, como “peste” o “sudar”. En el caso de las personas altamente responsables, esta mayor sensibilidad al asco podría relacionarse con una mayor activación de mecanismos de control y precaución. Y en las personas poco amables, podría actuar como freno de la aproximación social en determinados contextos.

Cómo influye la edad

Como hemos explicado al principio, en general solemos procesar más deprisa las palabras que indican emociones positivas. Sin embargo, hay matices en función de la edad. Mientras en los jóvenes la atención hacia las palabras positivas aumenta, en las personas mayores este efecto desaparece.

Una posible interpretación es que, con el paso de los años, el vocabulario de palabras positivas se vuelve tan amplio y diverso que esta emoción deja de ser una característica distintiva dentro de nuestra red léxica.

Significados puros y relativos

En general estos resultados apuntan a una idea importante: el valor emocional de una palabra no reside únicamente en el propio término, sino en la interacción entre esa palabra y la persona que la procesa.

Cuando leemos o escuchamos una palabra cargada de emoción, no solo accedemos a su significado “puro”. También entran en juego nuestra historia personal, nuestra personalidad y nuestra manera de sentir. Por eso, la respuesta a la pregunta inicial (si logramos transmitir la misma emoción con nuestras palabras a todo el mundo) probablemente sea no.

The Conversation

José Antonio Hinojosa Poveda recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Juan Haro Rodríguez y Pilar Ferré Romeu no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Por qué procesamos más rápido la palabra ‘amor’ que la palabra ‘pena’ – https://theconversation.com/por-que-procesamos-mas-rapido-la-palabra-amor-que-la-palabra-pena-278758

¿Qué hacer ante un “¡No quiero ir al cole!”?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carolina Gonzálvez Maciá, Profesora Titular de Universidad en el área de Didáctica y Organización Escolar, Universidad de Alicante

Ludmila Talmazan/Shutterstock

Claudia, de 4 años, se despierta cada mañana con la misma pregunta: “¿Hoy toca cole?”. Cuando la respuesta es sí, llegan las lágrimas. No quiere desayunar, ni vestirse, y se aferra a su madre. Cada despedida se convierte en una pequeña crisis. Lo que desde fuera puede parecer desobediencia es, en realidad, ansiedad por separarse de sus figuras de referencia.

En contraste, Mateo, de 9 años, llega al colegio, pero se queda callado en su pupitre. Evita relacionarse con compañeros y docentes y se muestra inquieto ante actividades que implican exposición o evaluación. Aunque no hay llanto ni protestas, su retraimiento refleja ansiedad social y miedo al juicio de los demás.

Hablamos de problemas de asistencia escolar cuando un estudiante se resiste a acudir o permanecer en clase, ya sea por dificultades emocionales o por otras razones. Es el caso de Martina, de 15 años, que pasó de faltas ocasionales a ausentarse días enteros en casa sin el consentimiento paterno.

Estos ejemplos muestran que tras un rechazo hacia la escuela puede haber múltiples causas, y que no siempre se manifiesta de la misma manera.

¿Por qué mi hijo no quiere ir a la escuela?

Las razones pueden ser muy diversas y cambian con la edad. En los más pequeños, como Claudia, el rechazo suele estar vinculado a la ansiedad por separación. La escuela representa un entorno nuevo, sin sus figuras de seguridad, y eso puede generar miedo y angustia.

En otros casos, como el de Mateo, el problema no es la separación, sino la exposición. El temor a equivocarse, a ser evaluado o a hablar delante de otros puede convertir el aula en un espacio amenazante. Su silencio no es falta de interés, sino una forma de protegerse.

En la adolescencia, el rechazo puede tener otras raíces. Algunos estudiantes, como Martina, encuentran fuera de la escuela estímulos más atractivos o manejables que las exigencias académicas. A veces se suman dificultades previas, conflictos familiares o una sensación de desconexión con el entorno escolar.

Por eso, no todas las ausencias son iguales ni pueden abordarse del mismo modo. Sin embargo, con frecuencia se tratan como si lo fueran, aplicando medidas generales que no siempre llegan al origen del problema.

Del control de faltas a la comprensión

Durante años, la respuesta habitual ante la inasistencia ha sido el control: avisos, sanciones o medidas dirigidas a las familias. Aunque estas acciones buscan garantizar la escolarización obligatoria, a menudo se quedan en la superficie.

Cuando un estudiante deja de ir a clase de forma continuada, rara vez es una simple cuestión de voluntad. Detrás suele haber malestar emocional, dificultades académicas, problemas familiares o experiencias negativas en el propio centro educativo.




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Por ello, cada vez más profesionales apuestan por un enfoque diferente: prevenir en lugar de reaccionar. Detectar a tiempo las señales de alerta, como cambios de comportamiento, quejas físicas antes de ir al colegio, retraimiento o ausencias parciales, permite intervenir antes de que el problema se cronifique.

En mi libro ¡No quiero ir al colegio! El niño que rechaza la escuela se recogen diversas estrategias de intervención que deben adaptarse a cada caso. En algunos niños será necesario trabajar la gestión de la ansiedad mediante técnicas de relajación o estrategias cognitivas para afrontar miedos concretos, como hablar en público. En otros, será fundamental reforzar cada pequeño avance con elogios o incluso aplicar un regreso progresivo al aula cuando la ausencia se haya prolongado.

¿Qué ‘pinto’ yo aquí?

Pero el cambio no depende solo del estudiante. La escuela juega un papel fundamental creando entornos seguros, inclusivos y motivadores, donde el alumnado se sienta parte de la comunidad. Y las familias, lejos de ser culpabilizadas, necesitan apoyo para acompañar el proceso, transmitir una visión positiva de la educación y mantener una comunicación fluida con el centro.




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En las primeras etapas educativas, algunos recursos específicos pueden facilitar la adaptación a la escuela. Cuentos sobre este tema y materiales como Guía: Mi primer día de cole + el cuento Miguel y su primer día de cole ayudan a preparar a los niños para ese momento, permitiéndoles anticipar lo que ocurrirá y reducir la ansiedad ante lo desconocido.




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Estrategias concretas

Algunas estrategias incluyen:

  • Fomentar climas escolares inclusivos y seguros.

  • Promover el sentido de pertenencia del alumnado.

  • Identificar de forma temprana señales de desenganche escolar.

  • Diseñar planes de reincorporación escolar progresivos cuando las ausencias ya se han consolidado.

  • Intervenir con especialistas psicopedagogos cuando existen dificultades emocionales significativas.




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En definitiva, se trata de construir escuelas donde los estudiantes no solo deban estar, sino donde realmente quieran estar.

No basta con estar en la escuela

Durante mucho tiempo, el principal indicador de éxito en asistencia escolar ha sido la presencia física en el aula. Pero esta visión resulta reduccionista.

Un estudiante puede estar sentado en su pupitre y, sin embargo, sentirse desconectado del aprendizaje, del profesorado o de sus compañeros. La asistencia, por tanto, no debería de entenderse únicamente como estar físicamente en la escuela, sino como participar activamente en la vida escolar: cognitiva, emocional y socialmente.

Sentirse parte de la comunidad educativa, percibir que es valorado y que su presencia importa, constituye uno de los factores más protectores frente al absentismo y la desvinculación escolar: no solo debemos asegurarnos que el alumnado acude a clase, sino si siente que merece la pena venir.


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Carolina Gonzálvez Maciá no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Qué hacer ante un “¡No quiero ir al cole!”? – https://theconversation.com/que-hacer-ante-un-no-quiero-ir-al-cole-275736

Refugios climáticos: España ya es un referente mundial frente al calor extremo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Terra Amorim-Maia, Investigadora postdoctoral en adaptación y justicia climática, BC3 – Basque Centre for Climate Change

El parque de La Muntanyeta forma parte de la red de refugios climáticos de Barcelona. Área Metropolitana de Barcelona, CC BY-SA

El verano de 2025 fue el más cálido registrado en España y el segundo con mayor mortalidad atribuible al calor: se estimaron 15 711 muertes relacionadas con las altas temperaturas. Ante esa realidad, una biblioteca fresca, un centro cívico con fuentes de agua o una escuela abierta pueden marcar la diferencia. Eso constituyen, en esencia, los refugios climáticos: espacios donde resguardarse del calor extremo sin tener que consumir, pagar una entrada ni justificar la necesidad.

Nuestro trabajo, recién publicado en Nature Climate Change, parte precisamente de esa idea: el calor no es solo una incomodidad estival, sino un desafío creciente que demanda respuestas climáticas, de salud pública y de gobernanza. Y España ha sido uno de los primeros países en convertir esa idea en una política urbana estable.

Barcelona a la cabeza del ejemplo

Barcelona fue la ciudad pionera: en lugar de pensar únicamente en grandes centros de refrigeración de emergencia, empezó a adaptar una red de espacios cotidianos ya existentes, como bibliotecas, centros cívicos, escuelas, mercados, polideportivos y parques, para que también funcionaran como lugares de confort térmico. Así, el refugio climático dejó de ser una respuesta improvisada para convertirse en una infraestructura pública de cuidado.

El resultado ha sido notable. La red barcelonesa pasó de 70 refugios en 2020 a 397 en 2025, o 451 si se incluyen los microrrefugios, espacios que pueden ocupar unos pocos metros cuadrados, como un jardín urbano denso que difiere del entorno de asfalto.

En ese tiempo, la cobertura territorial ha mejorado de forma muy significativa: la población con un refugio a menos de diez minutos a pie ha pasado del 61 % al 99 %, y la que lo tiene a menos de cinco minutos, del 20 % al 74 %. La combinación de una acción rápida y el uso de una infraestructura ya existente explica buena parte del éxito. Pero detrás de ese avance hay una lección importante: adaptar una ciudad al calor requiere voluntad política continua para tratar el calor como una cuestión de salud, proximidad y cuidados.

El modelo, además, está en constante evolución, aprendiendo y mejorando a partir de lo que no funciona como se esperaba. Con el tiempo, por ejemplo, se han detectado problemas de comunicación, de horarios insuficientes y de distribución desigual entre barrios.

La respuesta no ha sido abandonar la idea, sino corregirla: ampliar horarios en algunos equipamientos, mejorar la señalización, reforzar la información en distintos idiomas y abrir la puerta a microrefugios y a espacios gestionados por actores comunitarios o privados. Esa capacidad de aprendizaje es otra pieza clave de su éxito. Precisamente por eso, uno de los retos más importantes en España hoy no es solo ampliar redes de refugios climáticos, sino definir mejor qué puede considerarse realmente como tal.




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Un referente con muchos retos

Para funcionar de verdad, un refugio debe ofrecer unas condiciones mínimas de confort y dignidad: temperatura adecuada, agua potable, posibilidad de sentarse y descansar, accesibilidad y buena información pública. En 2025, la Red Española de Ciudades por el Clima publicó una guía de recomendaciones para ayudar a los municipios a diseñar redes locales, y la Comunitat Valenciana ya cuenta con un decreto específico para crear su propia red de espacios climáticos. Más que un modelo ya plenamente consolidado, el caso español muestra una tendencia cada vez más clara hacia la estandarización y la mejora de la calidad de estos espacios.

Pero conviene no idealizar. España es referente no porque lo tenga todo resuelto, sino porque ha avanzado más que otros lugares y, al mismo tiempo, ha hecho visibles sus carencias. El informe de Greenpeace Ciudades al rojo vivo recordó algo incómodo: en julio de 2025 solo 16 de las 52 capitales españolas contaban con una red de refugios climáticos públicos. Además, seguían pendientes cuestiones fundamentales como los horarios de apertura, la adecuación real de muchos espacios, las barreras de movilidad, la desigualdad territorial y los déficits de comunicación, especialmente para quienes viven solos, trabajan en horarios rígidos o no reciben la información en formatos y lenguas adecuados.

La evidencia también muestra que los espacios exteriores, incluso con sombra y vegetación, no siempre garantizan confort suficiente durante episodios de calor muy intenso. Llamar refugio climático a un lugar sin sombra suficiente, o a un espacio interior sin agua ni posibilidad real de descanso, vacía el concepto de contenido.




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España: modelo para el mundo

Aun así, la experiencia española ya está inspirando a otras ciudades. El intercambio internacional se acelera en redes como la Cool Cities Network de la red C40. París lleva años transformando patios escolares en oasis de bienestar urbano y Bristol está evaluando un programa piloto para consolidar una red de refugios climáticos como parte de su programa Keep Bristol Cool.

Un parque soleado con personas en bici por un camino y sentadas en la hierba
Parque en Bristol.
Bristol City Council

En América Latina, varias ciudades también han mirado de cerca la experiencia española, aunque esa circulación de aprendizajes no siempre haya quedado documentada de forma sistemática. Por ejemplo, en Argentina, Rosario creó su red municipal en el verano de 2023/2024 con 20 espacios que amplió a 78 en 2024/2025, y hoy cuenta con 100 refugios climáticos distribuidos por toda la ciudad.

São Paulo, por su parte, avanza en una línea convergente. La iniciativa SampaAdapta está instalando sensores, cruzando datos de calor y salud y, a partir de ello, mapeando y proponiendo una futura red de espacios de confort térmico. Es una señal de que la conversación ya no gira solo en torno a reaccionar ante una ola de calor, sino también a planificar ciudades más habitables.




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La necesidad de políticas públicas comprometidas

España no solo ha respondido al calor, sino que también ha ayudado a dar forma a cómo otras ciudades empiezan a hacerlo. La principal lección del caso español es sencilla: los refugios climáticos pueden salvar vidas, pero solo si se hacen bien.

Son una medida relativamente rápida y asequible, especialmente comparada con otras transformaciones urbanas más lentas. Pero no sustituyen lo demás: rehabilitar viviendas, reducir la pobreza energética, crear más sombra en las calles, reverdecer los barrios y proteger a quienes están más expuestos.

El calor se ha convertido en un problema crónico. Frente a él, España ha demostrado algo importante: cuidar debe formar parte central en la política urbana. Solo a través de agendas políticas fuertes y duraderas, financiación continuada y mecanismos de participación y creación conjunta, los refugios climáticos podrán consolidarse como infraestructuras de protección, cuidado y resiliencia urbana a largo plazo.

Más allá del calor extremo, los refugios climáticos nos invitan a imaginar algo más ambicioso: el tipo de ciudad que queremos construir ante una realidad climática diversa en sus riesgos, impredecible en sus formas y permanente en su exigencia.

The Conversation

Ana Terra Amorim-Maia recibe fondos de la Unión Europea (ERC, adaptación IMAGINE, 101039429). Su investigación también esta apoyada por la Unidad de Excelencia María de Maeztu 2023-2027 (Ref. CEX2021-001201-M), financiada por el Gobierno español (MICIU/AEI/10.13039/501100011033), y del Gobierno Vasco a través del programa BERC 2022-2025. Ana también esta financiada por el programa Juan de la Cierva (JDC2023-051821-I), financiada por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y el FSE+.

Dominic Royé esta financiado por el programa Ramón y Cajal (RYC2023-042824-I).

Marta Olazabal recibe fondos de la Unión Europea (ERC, adaptación IMAGINE, 101039429). Su investigación también esta apoyada por la Unidad de Excelencia María de Maeztu 2023-2027 (Ref. CEX2021-001201-M), financiada por el Gobierno español (MICIU/AEI/10.13039/501100011033), y del Gobierno Vasco a través del programa BERC 2022-2025. Marta también esta financiada por el programa Ramón y Cajal (RYC2022-037585-I), financiada por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y el FSE+.

ref. Refugios climáticos: España ya es un referente mundial frente al calor extremo – https://theconversation.com/refugios-climaticos-espana-ya-es-un-referente-mundial-frente-al-calor-extremo-279014

What Canada, the U.K. and other G7 nations learned about building resilient education systems during the COVID-19 pandemic

Source: The Conversation – Canada – By Louis Volante, Distinguished Professor, Faculty of Education, Brock University

By a dictionary definition, the word resilient means an ability to recover from or adjust easily to misfortune or change. The key words here? “Recover” and “change.”

The notion that psychological characteristics strongly influence resilience is likely familiar to many of us, influenced through mental health or popular discussion.

But in education, resilience should mean more than simply coping with difficulty. It should describe whether students can keep learning, stay motivated and remain connected to school even when their lives are disrupted by crisis, poverty or uncertainty.

From an education perspective, resilience largely pertains to understanding how well students from economically disadvantaged backgrounds perform in traditional subjects like reading, mathematics and science compared to their more affluent peers.

That definition matters, because it reminds us that resilience is not just an individual trait. It is also shaped by schools, families, public policy and the support systems surrounding children. Some students are asked to overcome or recover from much more than others.

What policies help promote student resilience in education systems?

Our research tackled this question by examining how well students responded to the adversity of the COVID-19 pandemic and how effective government policies were in reducing long-term negative impacts.

We compared Canada, the United Kingdom, France, Germany, Italy, Sweden, the Netherlands, Belgium and Japan — the G10 nations, minus Switzerland and the United States.

Relationship of ‘soft skills’ to achievement?

There appears to be a disconnect between popular and educational notions of resilience, since the former focuses on “non-cognitive” skills — what many might think of as “soft skills” or “socio-emotional skills” — and the latter focuses on achievement.

In practice, however, these two ideas cannot be separated. A student’s confidence, sense of belonging, emotional stability, perseverance and ability to adapt, all influence academic performance. Likewise, repeated academic struggles can weaken well-being and increase disengagement from school.




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Our previous research suggested students with stronger non-cognitive skills perform one full year higher in mathematics, and 1.5 years years higher in reading and science, than students with weaker non-cognitive skills.

Clearly, student achievement and the development of non-cognitive skills should be complementary objectives in education systems. That is an important message for policymakers. Too often, education debates force a false choice between raising test scores and supporting well-being. The evidence suggests that systems that neglect one will ultimately undermine the other.

The pandemic stress test

The pandemic created a real-world stress test for schools. It exposed which systems were able to respond quickly, protect vulnerable learners and adapt to new forms of teaching, and which systems were less prepared.

The lessons remain highly relevant today because the academic and emotional aftershocks of COVID-19 have not fully disappeared.

We want to discuss what we learned about national and provincial education policies that work best. Across the very different systems we examined, one broad conclusion stood out: resilience does not happen by accident. It must be designed into education policy through targeted support, early identification of need and sustained investment in students and teachers.

1) Targeted policies

When students are struggling in school, personalized academic supports such as the U.K.’s National Tutoring Programme, France’s intensive tutoring programs or Germany’s remedial education programs were particularly effective.

The implication is fairly clear: education systems should direct resources where they are needed most and avoid funding models that fail to account for the different needs of students and schools. This is especially true because the pandemic did not affect all children equally.

Students from disadvantaged families, those with fewer digital resources and those already at risk of falling behind often experienced the largest learning losses.

Universal support has value, but targeted interventions are usually more efficient and more equitable. Small-group tutoring, structured catch-up programs and direct outreach to families can make the difference between temporary disruption and permanent educational damage.

2) Mental-health policies

Supporting student mental health must accompany academic support. The latter was clear from differences observed between Belgium and Japan. Belgium demonstrated the value of proactive mental health interventions while Japan recorded an alarming increase in youth suicides. Clearly, Japan’s academic achievement objectives must also be met with an urgent need for comprehensive mental health strategies. This is not a secondary issue.




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Schools are not only places of instruction; they are social environments where children build friendships, establish routines and develop a sense of belonging. When those connections are weakened, learning suffers too.

Education recovery plans should include school-based counselling, teacher training to recognize distress and preventive interventions that strengthen peer relationships and student engagement. A resilient education system is one that protects both minds and futures.

3) Data collection and monitoring policies

Education systems that collect and monitor detailed data on their student population are better positioned to track both cognitive and non-cognitive outcomes and respond accordingly. The Netherlands is one example of a country that maintains robust longitudinal data. Conversely, across Canada’s decentralized education systems, select provinces experienced significant gaps in data collection, particularly for special education student populations.




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Without reliable data, policymakers are often flying blind. They cannot easily identify who has fallen behind, which interventions are working or whether inequalities are widening.

Better data systems do not mean more bureaucracy for its own sake. They mean better tools for timely action, better accountability for public spending and better protection for students who might otherwise be overlooked.

Supporting students today

Collectively, our cross-national research suggests that education policies matter. Organizational structures, supports and governance approaches have the power to help or hinder the development of resilient education systems.

Although the pandemic may seem like a distant memory, many of the long-term impacts remain. These ongoing challenges to cognitive and non-cognitive student development have also been met with new academic integrity concerns related to the proliferation of artificial intelligence (AI) applications in schools. Future research will need to better understand how AI, and associated policies, are shaping both academic achievement and non-cognitive skills.

The challenge for education systems now is not simply to “return to normal,” but to build something stronger than what existed before. Academic resilience should be understood as the capacity of schools to help all students recover, adapt and thrive.

If policymakers take seriously the lessons of the pandemic, they will recognize that resilience requires targeted learning support, investment in mental health, strong data systems and thoughtful digital strategies. These are not temporary fixes. They are the foundations of a fairer and more future-proof education system.

The Conversation

Louis Volante receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada (SSHRC).

Kristof De Witte receives funding from Horizon Europe EFFEct grant (101129146). Views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or the granting authority. Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.

Luca Salmieri and Orazio Giancola do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. What Canada, the U.K. and other G7 nations learned about building resilient education systems during the COVID-19 pandemic – https://theconversation.com/what-canada-the-u-k-and-other-g7-nations-learned-about-building-resilient-education-systems-during-the-covid-19-pandemic-278367