Cómo hacer mejores propósitos de año nuevo: encontrar lo que nos empuja, no buscar lo que nos falta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

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Cada comienzo de año tiene algo de ritual silencioso. Cambia el calendario, aflojamos un poco el ritmo y, casi sin darnos cuenta, aparece esa pregunta que vuelve siempre: ¿qué quiero ahora?

A veces la formulamos con palabras claras y queda flotando como una sensación difusa, pero está ahí. Se cuela en las listas de propósitos, en las conversaciones de enero, en esa mezcla rara de expectativa y cansancio que traen los comienzos. Y suele vivirse como si el deseo señalara todo lo que falta, como si el año nuevo fuera una oportunidad para corregir déficits acumulados. Más disciplina, más éxito, menos errores, menos malestar.

Sin embargo, esta forma de plantear los propósitos parte de una idea muy extendida, pero poco cuestionada: que deseamos porque carecemos de algo.

¿Deseamos porque nos falta algo?

Durante años he escuchado a personas muy distintas hablar de sus propósitos como si fueran parches. Como si al lograrlos, por fin, algo esencial quedara resuelto. Con el tiempo, y con mucha experiencia formativa, empecé a sospechar que ahí había una confusión de base. El deseo no es solo la expresión de una carencia. No deseamos únicamente porque algo no está, sino porque estamos vivos, porque hay en nosotros una fuerza que empuja, que insiste, que persevera.

Esta idea no es nueva. En la filosofía de Spinoza, el deseo es entendido como la expresión misma de la esencia humana, aquello que nos impulsa a perseverar en nuestro ser y a aumentar nuestra potencia de actuar. Desde esta perspectiva, el deseo no es un defecto que debamos corregir, sino la energía que sostiene nuestra vida activa.

Pensar así el deseo cambia radicalmente la forma en que encaramos los propósitos. Ya no se trata solo de fijar metas externas, sino de orientar una fuerza que ya está en marcha. Cada vez que formulamos un propósito, estamos decidiendo hacia dónde dirigir nuestra motivación.

El ‘querer’ frente al ‘gustar’

Numerosos estudios en psicología han mostrado que las personas solemos sobreestimar el impacto emocional duradero que tendrán ciertos logros o adquisiciones, un fenómeno conocido como “error de predicción afectiva”. Imaginamos que, cuando alcancemos eso que deseamos, llegará una alegría estable. Sin embargo, esa alegría suele ser breve y dependiente del resultado.

Existe una distinción importante entre el “querer” y el “gustar”. Mientras que el sistema dopaminérgico del “querer” nos empuja obsesivamente hacia la meta, no suele darnos satisfacción: la promesa de ese placer, al alcanzarse, hace desaparecer la satisfacción por la “adaptación hedónica”. Este fenómeno fue descrito por los expertos estadounidenses Philip Brickman y Donald T. Campbell en 1971 y se refiere a que los logros, recompensas o mejoras externas generan un aumento momentáneo de satisfacción, pero con el tiempo dejan de producir el mismo efecto emocional.




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Por ejemplo, comprar un teléfono nuevo suele generar entusiasmo y placer en los primeros días o semanas. Sin embargo, a medida que ese objeto se vuelve parte de la rutina cotidiana, la emoción inicial se desvanece y el nivel de satisfacción vuelve a ser similar al anterior, lo que a menudo reactiva el deseo de obtener algo nuevo.

Por esta razón muchos propósitos formulados con entusiasmo a comienzos de año se diluyen con el tiempo: el deseo que los sostenía estaba basado principalmente en la promesa de un placer momentáneo, vulnerable a la adaptación hedónica. Este tipo de metas, denominadas “extrínsecas”, como el dinero, la imagen o el estatus, se asocian con niveles más bajos de bienestar psicológico en comparación con metas intrínsecas vinculadas al crecimiento personal, las relaciones y la contribución al bienestar de otros.

Aunque la adaptación hedónica también se produce en las metas intrínsecas, estas tienden a sostenerse en el tiempo porque no dependen únicamente del placer inmediato, sino del significado, la coherencia personal y el valor del proceso mismo.

Orientar el deseo hacia el sentido

Cuando el deseo se vincula con un propósito más amplio, con algo que sentimos significativo, es decir cuando toma una orientación “eudaimónica” en lugar de hedónica, centrada en el sentido y los valores, no solo logramos mayor bienestar psicológico, sino también mejores indicadores de salud física, menor inflamación y mayor longevidad.

Otros hallazgos muestran que la alineación entre metas personales y valores internos predice mayor persistencia y menor desgaste emocional.

En otras palabras, además de afectar a cómo nos sentimos o cuán motivados estamos, la forma en que orientamos nuestros deseos influye en cómo nuestro cuerpo responde a la adversidad. Aprender a desear mejor aparece así no solo como una tarea ética o psicológica, sino también como una forma concreta de cuidado a largo plazo. No siempre es placentero en el corto plazo, pero es profundamente nutritivo en el largo.

Aumentar nuestra potencia de actuar

Aprender a vivir bien implica desarrollar la capacidad de distinguir entre deseos que aumentan nuestra potencia de actuar y deseos que la disminuyen. En términos motivacionales, se trata de pasar de una regulación externa o impulsiva a una regulación más integrada y autónoma. Este cambio no elimina el esfuerzo, pero lo vuelve más sostenible.

Orientar el deseo no implica reprimirlo ni controlarlo a la fuerza. Tampoco implica renunciar al placer. La tarea es reflexionar sobre nuestros deseos, comprenderlos y transformarlos cuando sea necesario. Cuando lo hacemos, el deseo deja de ser una fuente de frustración recurrente y se convierte en un motor de perseverancia.




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El proceso como objetivo, no el resultado

Por ejemplo, un propósito tradicional como “ir más al gimnasio” o “ponerse en forma” suele estar sostenido por motivaciones externas como la apariencia, la comparación social o la urgencia del cambio rápido. Cuando el entusiasmo inicial disminuye o los resultados no aparecen de inmediato, el esfuerzo se vive como una carga y el hábito tiende a abandonarse.

Transformar este propósito implica desplazar el foco desde el resultado hacia la experiencia: mover el cuerpo de una forma que resulte disfrutable, sentirse con más energía en la vida cotidiana o cuidar la salud para poder participar plenamente en actividades significativas. En este reencuadre, la actividad deja de ser un medio para alcanzar una meta externa y se convierte en una práctica con valor en sí misma.

Algo similar ocurre con “comer más sano”. Cuando el objetivo está centrado exclusivamente en el control, el peso o la restricción, suele generar tensión y fatiga. En cambio, si se reformula como elegir alimentos que mejoran el bienestar, escuchar las señales del cuerpo o cuidar la propia energía, la conducta se apoya en una motivación más integrada. Aunque el esfuerzo siga presente, ya no se experimenta como una imposición, sino como una forma coherente de cuidarse.

Una oportunidad para desear mejor

Un propósito bien orientado no siempre genera entusiasmo inmediato. A veces incluso incomoda. Pero tiene algo distintivo: no se agota rápido. Puede atravesar semanas difíciles sin desaparecer, porque no depende solo del estado de ánimo. Se apoya en un sentido más profundo. Y esto es clave al comenzar un año nuevo. La motivación inicial siempre se diluye. La pregunta importante es qué deseo queda cuando el entusiasmo decae.

Quizás el mejor propósito para un año que empieza no sea hacer más ni tener más, sino aprender a desear mejor. Aprender a escuchar qué hay detrás de nuestros anhelos, a distinguir entre lo que calma por un rato y lo que realmente nos nutre. El deseo, cuando está bien orientado, no promete una felicidad futura idealizada. Ofrece algo más sólido: una sensación de dirección.

Un año nuevo, entonces, no es tanto una oportunidad para corregir lo que falta, sino para orientar mejor esa fuerza que ya está en nosotros. Y eso, aunque no siempre se sienta espectacular, suele ser profundamente transformador.

The Conversation

Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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