Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Cuando le dije que estábamos haciéndole entrevistas a las grandes mentes académicas de nuestro tiempo, a Estrella de Diego le dio la risa y replicó que me había equivocado. Pero no es así.
De Diego, catedrática de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, es también académica de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 2016. En su discurso de ingreso hacía hincapié en que es “preciso volver la mirada hacia visualidades alternativas, hacia lo olvidado, lo obviado, lo emborronado, lo incierto, la huella. Porque hay que mantener los ojos bien abiertos ante el mundo, aún a sabiendas de que el ojo nunca ve lo que mira”.
Tras encargarse, en la primera mitad de 2025, de la exposición 1924: Otros surrealismos en la Fundación Mapfre de Madrid, e impartir conferencias a propósito de la muestra sobre Maruja Mallo Máscara y compás, entre otras muchas cosas, cierra el año siendo la comisaria de Warhol, Pollock y otros espacios americanos en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, abierta hasta finales de enero de 2026. En ella plantea un diálogo entre el gran exponente del arte abstracto norteamericano y la figura más popular del arte pop, una conversación en la que las posturas no son tan extremas y el diálogo con sus contemporáneos por la nostalgia por la cultura estadounidense está siempre presente.
Apasionada de Andy Warhol desde hace décadas, la exposición ha servido además como excusa para reeditar su ensayo Tristísimo Warhol: Cadillacs, piscinas y otros síndromes modernos, escrito originalmente en 1999. Si en algún momento alguien está falto de energía, leerla o escucharla es un chute de motivación. Porque ante todo Estrella de Diego es, como reitera en la conversación, una entusiasta.

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
¿Qué vio usted cuando se colocó ante un cuadro de Pollock o de Warhol por primera vez?
Primero vi un Warhol, en Londres, creo que era un autorretrato en alguna galería de arte. Y me pareció alucinante. Luego vi un Pollock en Nueva York, y volví a sentir mucha emoción, pensé “¿pero esto qué es?”. Ya me habían parecido dos artistas muy complementarios cuando los vi por separado y me lo siguen pareciendo ahora, cuando los he visto juntos en el Thyssen. Estaba aterrada ante la posibilidad de que la idea no funcionase en la pared, pero funciona. Ambos son unos artistas realmente extraordinarios, cada uno en su estilo, y creo que entre ambos existe un vínculo invisible. A todo el mundo le encaja ahora que Warhol y Pollock estén juntos, así que a lo mejor siempre lo estuvieron, en algún sitio que no vemos.
El día que fui había muchísimos niños.
Yo creo que los niños entienden muy bien las pinturas abstractas o con símbolos figurativos. Esto que estoy diciendo a lo mejor es una cosa manida, pero se relacionan más con lo que es la pintura táctil. Y Warhol es muy táctil.
Pollock decía que Picasso no había dejado nada por hacer y por eso él decidió enfrentarse al lienzo desde arriba: pero pinta en el suelo estudiando cómo quedarán los cuadros en la pared, lo cual, en las pinturas de chorreo, resulta complejo de imaginar.
Nosotros tenemos unas líneas de orientación visual de arriba-abajo y de izquierda a derecha. Si cogemos un cuadro figurativo y le damos la vuelta, se ve claro porque la gente queda boca abajo. Si cogemos a Van der Weyden en el ordenador y lo giramos sobre el eje horizontal, el cuadro se cae para un lado. A Pollock le pasa lo mismo, aunque no sea figurativo. Si le damos la vuelta, nos damos cuenta de que tiene los ejes de una determinada manera. Lo de arriba no podría ir abajo. Y eso es porque, aunque lo pinte en el suelo, está pensando cómo ponerlo en la pared. Cosa que –digo yo– sí que hizo Picasso, aunque sobre una mesa.

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Muchas veces valoramos a Andy Warhol más como persona que supo entender el mundo en el que vivía que como creador.
En la exposición intentamos que se viera un Warhol que no fuese el de las latas de Coca-Cola –aunque haya una lata de Coca-Cola, evidentemente–. Es un pintor muy trágico, que apela mucho a los sentimientos. Entiende como nadie la época contemporánea por ejemplo, en esas fotos idénticas que cose.
Yo creo que Warhol estaba tan abrumado con la cantidad de imágenes que había a su alrededor que trataba de coserlas idénticas para atraparlas, para no dispersarse más en la multiplicación, aunque él añade multiplicación a la multiplicación… Warhol es un personaje muy complejo que tiene, efectivamente, esa parte de apropiación de los medios, pero también una parte muy pictórica, muy abstractizante. La idea era revisar a ese Warhol de cuadros de masas y ver que había otro en la trastienda, que su obra se podía leer de otro modo.
¿Nos hemos quedado mirando al personaje y no hemos sabido entender al artista?
Absolutamente, es un caso muy parecido al de Dalí, otro tipo muy sabio bajo el personaje, o al de Maruja Mallo. Hacen una puesta en escena que sin embargo esconde artistas muy complejos. El gran público ve la puesta en escena –en el caso de Warhol, las latas– pero hay muchísimo más detrás.

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
¿Qué más hay en Warhol?
Algo muy fácil de ver, y que inquieta mucho, es por ejemplo que los botes de sopa están flotando en el espacio, no están apoyados en nada, no hay suelo. Podemos decir que parece que están en un supermercado, tanto los que son individuales como los que se presentan en una especie de bloque. Y creo que es muy inquietante para un público occidental encontrarse con un objeto que no tiene un referente espacial. Si nos damos cuenta, creo que eso nos puede llevar a preguntarnos qué intención artística hay detrás de estas sopas flotantes, ¿no? Además, no hay dos botes iguales. Parece que son el mismo, pero es otra broma que nos hace a los espectadores.
Romper las reglas del espacio es un tema común entre los artistas de esa época. En el libro sugiere que tal vez hemos juntado a demasiada gente bajo el paraguas del “arte pop”.
Los historiadores de arte (o de cine, o de literatura, o lo que sea) somos muy amigos de agrupar. Siempre nos parece mucho más cómodo tener esas grandes categorías, porque de alguna manera hay que contar la historia. Pero la realidad es lo que dice Ernst Gombrich y que yo repito: “cuando hablamos de Barroco sabemos que no hablamos de Renacimiento”. No sabemos de qué hablamos, pero sabemos que si decimos Barroco no hay Renacimiento. En este caso, toda la mirada de Occidente está basada en la ventana de Alberti, que es como un punto de fuga. Después de que Pollock rompiera el espacio de forma tan radical era complicado volver a un espacio tradicional, aunque ellos quisieran recuperar la figuración. Así que todos estos figurativos “popizantes”, vamos a llamarlos así, están asaltando algo que para nosotros es fundamental, que es la noción occidental del espacio, a través de la cual todos miramos desde que se inventó la perspectiva en el Quattrocento.
Hablamos de Warhol y Pollock, dos artistas que “gustan”. ¿Qué lleva a un artista de arte contemporáneo a concitar el acuerdo de la crítica y a otro no?
Eso es una pregunta dificilísima. No lo sé, depende de los artistas. Uno que está en la exposición y que siempre concita la fascinación de una muy buena parte de público es Rothko, tal vez porque su obra nos anima a pensar, a meditar, a la trascendencia. También Pollock gusta hoy en día, porque ya tenemos menos prejuicios frente a los artistas abstractos. Durante una época se decía “esto lo puede hacer mi niño”, pero ahora ya sabemos que no, que su niño no puede pintar un Miró, ojalá. A Warhol, como decíamos, se le ve como un artista demasiado comercial, pero luego le pasa como a Dalí, que se considerará comercial pero la exposición en el Reina Sofía de 2013 estaba siempre llenísima de gente.
Es muy difícil saber qué consigue captar la simpatía o el interés del público. A lo mejor también pensamos que al público le gustan unas cosas y resulta que le gustan otras. Decimos que Dalí o Warhol son artistas muy comerciales, pero luego la gente los visita y, a lo mejor, lo hacen como algo que quieren entender.
Habla usted siempre de mirar, en el arte, más allá de los márgenes. Aunque no siempre en ese más allá haya mujeres, ha aprovechado para incluir en la muestra del Thyssen ejemplos de artistas como Audrey Flack, Perle Fine, Anne Ryan, Marisol, Hedda Sterne… ¿Intenta en las exposiciones incitar a que el público mire más allá?
Sí, sin duda. En este caso están mujeres muy interesantes de la época, además de Lee Krasner, que es la más conocida. Y siempre estamos buscando mujeres, artistas olvidados, etcétera, como creo que debería ser la obligación de todos. Pero yo diría que intentar reunir a Warhol y Pollock con esos otros contemporáneos es también una forma de mirar a los márgenes, de explicar la historia del arte desde otro lado. La idea de colocar a estos personajes en un hilo también revisa la narración de la historia del arte moderno. Cuando escribí el libro, en 1999, y me decían que por qué no escribía sobre mujeres artistas, yo contestaba que este era un tema mucho más radical desde el punto de vista de la escritura, de enfrentarse con un tema sin notas. Y esa forma de pensar, de ir más allá, la aprendí buscando mujeres pintoras en el siglo XIX para mi tesis. Uno tiene que revisar la historia y darse cuenta de que se puede cambiar el modo de verla. Podemos usar los consensos, pero sabiendo que son consensos.

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Parte del cambio también nace de que cada vez hay más miradas diferentes sobre lo que antes estaba establecido.
Y yo creo que eso es interesante y divertido, me da igual que encontremos a una mujer o un gran artista del siglo X en Colmenar Viejo. Son cosas que nos pasan desapercibidas y que pueden resultar superinteresantes. Por ejemplo, lo que está haciendo Noelia García Pérez en el Prado con las patronas [el proyecto “El Prado en femenino” buscar destacar el papel de las mujeres que adquirieron determinadas obras que ahora forman parte de la colección del museo]. Gracias a ella nos damos cuenta del papel esencial de estas mujeres tremendas y poderosas. Siempre nos caen mal las mujeres poderosas, pero estaba muy bien que lo fueran porque eso les permitía hacer cosas que alguien que no tuviera poder en ese momento no podía hacer.
Hablando de quitar o transformar estas denominaciones… Ahora que la muestra sobre Maruja Mallo está teniendo muchísimo éxito en España, quería recuperar una cita suya en un reportaje que hizo hace años en el que decía que a Mallo la llamamos surrealista “porque, en realidad, no supimos cómo llamarla”. ¿Cómo podríamos definirla ahora?
Yo creo que igual que no podemos definir a Picasso con una sola palabra, porque fue un cubista, luego fue el pintor del Guernica, luego fue un estupendo collagista, y también un hombre muy influido por el cine, con Maruja Mallo pasa lo mismo. Nosotros la llamamos surrealista porque no sabíamos cómo llamarla y ella se llamaba surrealista porque era una especie de salvoconducto. En esta sociedad el surrealismo puede caer mal o bien, pero todo el mundo más o menos se lo imagina, está muy lexicalizado. De Maruja se puede decir simplemente que es una gran pintora, muy dúctil, y que pasa, como todos los pintores, por muchísimos periodos, siempre con –otra vez– un control del espacio impresionante. Hay que dedicar la vida entera a descifrar a Maruja. Y aunque siempre ha estado ahí, y ha sido una pintora que una serie de personas han tenido muy en cuenta, a mí me encanta la “marujomanía” actual, o la “mallomanía”. Bienvenida sea. Ahora la vemos como lo que es: un personaje complejo, culto y con un control en sus obras que era todo menos surrealista. Pero era muy importante para ella presentarse como tal, porque era lo que todo el mundo iba a reconocer. Casi parece que la historia del arte en España se paró ahí, en el surrealismo.
En una entrevista que le hicieron a principios de año en la Fundación Juan March decía que vivir en Nueva York le hizo interesarse por el arte contemporáneo porque quería estudiar lo que estaba pasando en el aquí y el ahora. ¿Qué es lo que sucede en el aquí y el ahora?
Francis Tsang/Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Probablemente el aquí y ahora sigue siendo igual de fascinante que en los 80, un momento abierto a todo, pero muchas veces pienso que, a lo mejor, lo que ahora no está abierto a todo son mis ojos. Bretón decía que él solo lamentaba, al hacerse viejo, haber perdido la mirada de la juventud. Yo tengo como sustituto la mirada de mis estudiantes. Sin embargo… aunque no estoy en su contra, creo que deberíamos hacer un uso más racional de los mass media y las redes, porque nos están quitando muchas cosas. La memoria, por ejemplo. El otro día estaba con mi familia y ninguno nos acordábamos de una frase que decía siempre mi madre. Seguimos sin acordarnos. Y eso no lo vamos a encontrar en Google.
Somos una sociedad que se mueve hacia la amnesia. En esa especie de recordar solo lo que se quiere que recordemos, se nos va un poco el pasado, y el pasado es muy importante porque, aunque no construya el futuro, nos da una pista de lo que el futuro, si no puede ser, al menos deberíamos recordar que fue, ¿no? Creo que un problema del aquí y ahora es que hemos perdido el sentido histórico. Si tú no te acuerdas de que eso ya ha pasado, o no lo sabes, piensas que acabas de descubrirlo y a lo mejor no es así. Y no pasa nada porque no lo acabes de descubrir, a lo mejor lo estás releyendo y eso está fenomenal, pero es bueno saberlo.
Además, la inmediatez de la información a veces crea una esclavitud absoluta. Parece que todo está a mano, pero finalmente cuando hacemos una búsqueda está lo que el algoritmo quiere que esté en cada momento. Por eso creo que este aquí y ahora es menos excitante que el de los 80, pero insisto, a lo mejor la menos excitante soy yo.
Está habiendo en redes, y en la vida real, una homogeneización de las estéticas: el algoritmo precisamente premia cuando te pareces a una estética ya creada y hay mucho de lo mismo todo el rato.
Totalmente. Porque en lugar de buscar imágenes en libros que a su vez se habían buscado en museos, pongo por caso, las buscamos en internet. Y si vas a la búsqueda directa de lo que quieres, no hay problema. Pero si pones, yo qué sé, “cuadros de Picasso con un niño”, a todo el mundo le va a salir lo mismo.
Ha dicho usted que “cualquier cosa que uno se pone a estudiar acaba resultando interesantísima”. Desde su perspectiva como docente, ¿cómo se anima a los estudiantes a interesarse por algo que, de entrada, no les apetezca investigar?
Yo intento siempre dinamizarlos. Y como soy una persona muy entusiasta consigo hacer que piensen. Por ejemplo, en los últimos años me he dado cuenta de que, con esta polarización horrible en la que vivimos, uno tiene que ser capaz de polemizar, en el buen sentido. Así que cogemos textos y dividimos la clase entre los que van a defender el texto y quienes van a estar en contra. Estos roles van a llegar a ellos por sorteo, así que uno puede estar defendiendo algo en lo que no cree y tiene que poder hacerlo, porque debe ser capaz de ver cómo el otro llega a pensar algo con lo que no estamos de acuerdo. Cosas como esta son buenas para hacerles pensar, pero tienen que hacerse echándole entusiasmo al tema.
Me pidieron consejo antes de despedirnos este semestre y les dije que intentasen aprender todo lo que pudiesen. Esa idea no debe abandonarnos. Cada día que uno se levanta es una buena noticia, una buena noticia para aprender en general y para aprender para enseñar. A mí no siempre me gustó la historia del arte, a mí me gusta contar historias y que me las cuenten, y resulta que la historia del arte es un lugar fantástico para ello.
También les digo que tienen que tener empuje. Pero son una generación a la que se martillea con el desánimo. Si uno piensa que todo va muy mal y que todo va a seguir yendo muy mal, pues hombre, llegamos a un punto en el que no quieren esforzarse, porque para qué. Antes me enfadaba con las personas equivocadas, con ellos, pero son víctimas de lo que les están diciendo. Conviene tener a una generación joven desesperanzada, porque así el algoritmo lo maneja todo con más facilidad. Eso es algo que entre todos deberíamos intentar revertir, aunque no sé cómo. Yo intento decirles que el futuro es una cosa que uno va construyendo, que no está escrito. Son graciosos, pero me gustaría que además de graciosos fueran felices.
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– ref. Estrella de Diego: ‘En el arte, uno tiene que revisar la historia y darse cuenta de que se puede cambiar el modo de verla’ – https://theconversation.com/estrella-de-diego-en-el-arte-uno-tiene-que-revisar-la-historia-y-darse-cuenta-de-que-se-puede-cambiar-el-modo-de-verla-272530
