Las máquinas (aún) no pueden leer la mente, pero sí qué palabras queremos decir

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Andrés González López, Profesor Titular del Departamento de Teoría de la Señal, Telemática y Comunicaciones, Universidad de Granada

Ya se han desarrollado implantes cerebrales que permiten hablar a personas que sufren parálisis. Ole.CNX/Shutterstock

El pasado mes de septiembre, un equipo de la Universidad de California en San Francisco presentó un implante cerebral que permite a personas con parálisis hablar y gesticular al mismo tiempo a través de un avatar virtual. Es el último de una serie de avances que han devuelto la palabra a pacientes que la habían perdido.

Los titulares suelen decir que estas máquinas “leen la mente”, pero no es exactamente así: lo que descifran es la intención de mover los músculos con los que hablamos.

Ficción e industria

En la saga de Harry Potter, el Sombrero Seleccionador escucha los pensamientos de cada alumno para decidir a qué casa debe ir. Es una idea que ha alimentado durante décadas la ciencia ficción y hoy atrae también a la industria.

El sombrero que lee la mente, en la película Harry Potter y la piedra filosofal.
Heyday Films.

En 2017, Facebook anunció que trabajaba en un sistema para escribir con el pensamiento a 100 palabras por minuto. Proponía que unos sensores sobre la cabeza leyeran la actividad cerebral, sin cirugía. Cuatro años después abandonó el proyecto y optó por una pulsera que capta las señales de los músculos del antebrazo.

Otras empresas apuestan por implantes dentro del cráneo. Neuralink, la compañía de Elon Musk, captó en 2025 otros 650 millones de dólares para llevar su implante a más pacientes y desarrollar dispositivos que, según la empresa, “profundicen la conexión entre la inteligencia biológica y la artificial”.

Avances reales

Los laboratorios universitarios, por su parte, han logrado avances más modestos, pero reales. Su objetivo es devolver la comunicación a quienes la han perdido, como le ocurrió al físico Stephen Hawking por culpa de la ELA, una enfermedad que paraliza poco a poco los músculos.

En 2015, el equipo de Christian Herff, neurocientífico de la Universidad de Maastricht (Países Bajos), logró reconstruir frases a partir de la actividad cerebral de pacientes con epilepsia. En 2021, el grupo del neurocirujano Edward Chang, de la Universidad de California en San Francisco, permitió a un hombre con parálisis comunicarse con un vocabulario de 50 palabras. Dos años después, su sistema alcanzaba las 78 palabras por minuto. En 2024, otro equipo demostró que bastaba con media hora de datos cerebrales de un paciente con ELA para reconocer esas 50 palabras con un 99,6 % de acierto.

En la Universidad de Granada, trabajamos en esta línea con la Unidad de Cirugía de la Epilepsia del Hospital Universitario Virgen de las Nieves. Algunos pacientes con epilepsia llevan electrodos en el cerebro durante unos días para localizar el origen de sus crisis. En ese tiempo, varios se ofrecen a leer o nombrar palabras mientras registramos su actividad cerebral. Nuestro objetivo es reconstruir qué zonas del cerebro se activan con la intención de pronunciar cada palabra.

Implantes cerebrales para restaurar el habla.
José Andrés González López.

Qué leen estos sensores

Para hablar, primero decidimos qué queremos decir. Después, elegimos las palabras y construimos la frase. Por último, el cerebro planifica los movimientos de la lengua, los labios y la laringe. Los implantes actuales leen, sobre todo, esta última etapa: la más cercana a los músculos y la más alejada del pensamiento. Por eso, funcionan mejor cuando el paciente intenta hablar, aunque no pueda emitir sonidos.

En 2025, un equipo de Stanford fue un paso más allá y logró descifrar el habla interior, las palabras que nos decimos mentalmente, aunque con menos acierto: un 74 %. Aun así, lo que capta son términos concretos, no ideas. Bastó, eso sí, para que los investigadores añadieran una contraseña mental que impide al sistema captar frases no deseadas.

Los límites

La mayoría de estos estudios incluye a uno o muy pocos pacientes. Cada cerebro es distinto, y el sistema debe entrenarse desde cero para cada persona. Mientras Siri o Alexa funcionan con millones de usuarios sin entrenamiento previo, cada implante, en cambio, es un traje a medida.

Por otro lado, implantar electrodos en el cerebro requiere cirugía invasiva, que tiene riesgos, como infecciones o hemorragias. Además, el cerebro reacciona ante el implante y la señal tiende a empeorar con el tiempo. Por esta razón, hoy solo se justifica en pacientes con discapacidades graves.

Las alternativas sin pasar por el quirófano aún están lejos. Por ahora, Meta ha logrado descifrar frases tecleadas a partir de la actividad cerebral, pero con un escáner del tamaño de una habitación y fallando casi tres de cada diez letras.

El futuro

Varias empresas en todo el mundo realizan ya ensayos clínicos, aunque tienen que enfrentarse a grandes desafíos: que los implantes duren años, que la cirugía sea menos agresiva y que no haga falta entrenar dichos implantes para cada paciente. Los modelos de lenguaje como ChatGPT ya ayudan a completar las frases descifradas, aunque con un riesgo: que pongan en boca del paciente palabras que nunca quiso decir.

A más largo plazo, el reto es descifrar significados y no solo movimientos. Así, se podría ayudar a pacientes que ya no son capaces de planificar el habla. Ese salto es también el que plantea más dudas éticas que conviene resolver antes de que la tecnología esté lista: quién podrá acceder a estos datos, con qué fin y con qué permiso.

Las máquinas aún no leen el pensamiento, pero se acercan. Cuando lo hagan, tendrán que pedir permiso, algo que el Sombrero Seleccionador nunca hizo.

The Conversation

José Andrés González López recibe fondos de los proyectos DeepRESTORE (PID2022-141378OB-C22) y brAIn2lang (AIA2025-163317-C32), financiados por MICIU/AEI/10.13039/501100011033; el primero, también por FEDER, UE.

Marc Ouellet recibe fondos de los proyectos DeepRESTORE (PID2022-141378OB-C22) y brAIn2lang (AIA2025-163317-C32), financiados por MICIU/AEI/10.13039/501100011033; el primero, también por FEDER, UE.

Gonzalo Olivares Granados no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las máquinas (aún) no pueden leer la mente, pero sí qué palabras queremos decir – https://theconversation.com/las-maquinas-aun-no-pueden-leer-la-mente-pero-si-que-palabras-queremos-decir-294636