Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela

En clase de Ciencias Naturales, la profesora pregunta a Juan: “¿Qué necesitan las plantas para crecer?”. Juan conoce la respuesta, pero necesita unos segundos más para ordenar sus ideas y encontrar las palabras adecuadas. Mientras piensa cómo explicarlo, su profesora ya ha dado paso a otro compañero. La docente empieza a preguntarse si esa tardanza puede indicar alguna dificultad y se plantea hablar con la familia.
En un aula con treinta alumnos, unos pocos segundos pueden marcar la diferencia entre participar o quedarse fuera de la conversación. Para aquellos que necesitan más tiempo para comprender lo que han oído, participar puede convertirse en una carrera difícil de seguir. Responder no depende solo de saber la respuesta: antes hay que entender qué se ha dicho y encontrar la manera de expresarlo. Por eso, cuando un estudiante parece poco participativo, conviene preguntarse qué está ocurriendo de verdad.
Qué significa realmente participar
En las aulas españolas, la participación forma parte de la evaluación continua del alumnado. Junto con los exámenes y la entrega de trabajos, en la mayoría de las asignaturas también se valora la intervención o participación. Sin embargo, ¿qué significa realmente participar?
Tradicionalmente, se ha asociado a conductas visibles: el profesor pregunta, un alumno levanta la mano y responde inmediatamente. Aunque pueda parecer una acción espontánea, en realidad conlleva un proceso previo que a veces damos por sentado. El alumno tiene que comprender qué está ocurriendo (procesamiento del lenguaje) y encontrar la manera de incorporarse a la conversación (planificación y emisión).
Una barrera invisible
Cuando alguna de estas condiciones se complica, el alumno puede quedarse al margen. Si esto ocurre con frecuencia, puede perder la confianza para intervenir o sentir vergüenza al hacerlo delante de sus compañeros. Así, el ritmo de la clase puede convertirse en una barrera invisible para quienes necesitan algo más de tiempo para participar.
Esta dificultad puede aparecer en perfiles muy diferentes. Es frecuente entre alumnado que está aprendiendo la lengua de escolarización o que presenta necesidades relacionadas con el lenguaje y la comunicación, como ocurre con algunos estudiantes con trastorno del desarrollo del lenguaje. También puede surgir sin ningún diagnóstico, por ejemplo cuando un estudiante necesita más tiempo para procesar una pregunta o se bloquea ante la presión de responder delante del grupo.
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No se trata de cantidad sino de calidad
Las instituciones europeas advierten de que compartir espacio no garantiza una participación significativa. Cuando pensamos en incluir en la misma aula a chicos y chicas con diferentes fortalezas y dificultades, no podemos darnos por satisfechos simplemente porque estén ahí físicamente. La inclusión implica el derecho a ser escuchado y ser parte activa de la vida cotidiana del centro.
No basta con contar cuántas veces habla cada estudiante. Dos alumnos pueden intervenir con una frecuencia similar y, sin embargo, necesitar un tiempo diferente para construir una respuesta. La calidad de la participación depende en buena medida de cómo se organiza la interacción y de cuánto espacio deja para respuestas que no sean inmediatas.
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Pensemos en una tarea que se explica una sola vez de forma oral y comienza enseguida. Quien se haya perdido una parte de la explicación necesitará interrumpir para pedir que se repita. Si la información principal permanece visible en la pizarra, la misma actividad exige mucho menos esfuerzo comunicativo. El contenido no cambia, pero sí lo hace el acceso. La misma lógica sirve para las preguntas. En muchas clases, responder bien implica responder rápido. Dejar unos segundos antes de pedir una intervención cambia esa dinámica.
Adaptar la participación a las necesidades
Las investigaciones realizadas en España sobre participación escolar apuntan en esa dirección. Un estudio reciente encontró menor intervención e implicación en distintas actividades entre alumnado con discapacidad o necesidades educativas especiales. Entre los factores que favorecían su participación aparecían el apoyo de los compañeros, las actitudes del personal y la existencia de ajustes adecuados en el entorno.
Este cambio de óptica desplaza parte de la atención hacia las condiciones en las que se desarrolla la actividad, en vez de focalizarse solamente en el alumno. Cuando un estudiante participa poco, puede resultar más útil observar qué exige la situación. ¿La información importante solo se ofrece de forma oral? ¿La respuesta tiene que ser inmediata? ¿Pedir una aclaración supone exponerse delante de toda la clase?
Beneficios de la participación inclusiva
Medidas inclusivas como mantener visible una instrucción, dar tiempo para pensar o incorporar formas distintas de respuesta cambian las dinámicas del grupo. Escuchar las aportaciones de los compañeros favorece el respeto por los diferentes ritmos y formas de expresarse. A su vez, sentirse escuchado por el profesor refuerza la confianza para preguntar, compartir dudas e implicarse en las actividades. Estas experiencias también contribuyen a mejorar la relación con la asignatura y el clima del aula.
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Un entorno que ofrece distintas oportunidades para intervenir permite, además, identificar mejor las dificultades individuales. Si un alumno sigue teniendo problemas para comprender una explicación o expresar sus ideas, incluso cuando dispone de más tiempo y apoyos, el profesorado cuenta con más información para valorar qué necesita y si requiere una atención específica.
Por eso, antes de atribuir la falta de participación a la motivación, conviene revisar cómo está diseñada la comunicación de la actividad. Una explicación que solo se escucha una vez puede convertirse en una barrera sin que nadie la haya diseñado como tal. Si integramos estas recomendaciones en el aula, el alumno “silencioso” puede dejar de parecer desinteresado y el que tenga dificultades individuales, como Juan, tendrá más tiempo para responder y podrá sentir que realmente participa.
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Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, PID2024-158897NB-100
– ref. El paso más importante para la inclusión en el aula: además de estar, hay que poder participar – https://theconversation.com/el-paso-mas-importante-para-la-inclusion-en-el-aula-ademas-de-estar-hay-que-poder-participar-292999
