Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Medina Morales, Profesor de Geografía, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Una ambulancia necesita llegar a una vivienda, pero la calle está cortada. A unas manzanas, los bomberos atienden un incendio mientras llegan nuevos avisos. En otro barrio, una persona espera asistencia por un problema de salud ajeno a los disturbios…
Es una escena hipotética, pero plantea una pregunta concreta: ¿cómo garantizar la atención de emergencias cuando una ciudad atraviesa una crisis social?
Los incendios, saqueos y enfrentamientos registrados en Francia durante las movilizaciones del 17 de octubre permiten abordar esa misma necesidad desde un escenario diferente. Una nevada como la que tuvo lugar en Madrid en enero de 2021 (Filomena) y unos disturbios tienen causas y dinámicas distintas, pero pueden plantear un problema operativo común: vías bloqueadas, dificultades de acceso y múltiples necesidades de asistencia al mismo tiempo.
Lo ocurrido en Francia en estos días debería servir para revisar nuestra preparación en España. No podemos dar por hecho que se reproducirán los mismos acontecimientos, pero sí aprovechar la experiencia para identificar dificultades, contrastar nuestros procedimientos y ensayar respuestas adaptadas a nuestras ciudades. La anticipación exige contemplar escenarios posibles antes de que se conviertan en urgencias.
Los confictos sociales son impredecibles
Una manifestación no constituye por sí misma una emergencia. Equiparar protesta y peligro impediría comprender qué necesita protección y cuándo debe intervenir cada servicio. Los conflictos sociales responden a dinámicas que no pueden reducirse a sus posibles consecuencias sobre la seguridad, por lo que resulta necesario distinguir entre las movilizaciones, los episodios violentos y los riesgos que puedan derivarse de ellos.
Un incendio puede amenazar a quienes viven sobre un comercio; una aglomeración puede dificultar la salida de personas; una vía bloqueada puede retrasar un desplazamiento sanitario. Son situaciones diferentes que requieren respuestas específicas.
Además, la población reúne posiciones y necesidades diversas: manifestantes, residentes, trabajadores, transeúntes y personas que necesitan cuidados. Pero también dispone de conocimientos sobre su entorno y de redes de apoyo que pueden resultar útiles durante una emergencia. La investigación reciente sobre resiliencia comunitaria destaca que la confianza, la comunicación y la cooperación favorecen el intercambio de información, el aprendizaje colectivo y la capacidad de respuesta ante situaciones críticas.
Más allá de los fenómenos naturales
Sería incorrecto afirmar que los sistemas de protección civil solo se preparan para fenómenos naturales. En Francia, el dispositivo ORSEC organiza la respuesta de seguridad civil y se articula con la planificación municipal e intermunicipal. La organización de los socorros contempla también acontecimientos de gran magnitud y la coordinación con otros sectores.
La Organización Mundial de la Salud dispone, asimismo, de una herramienta para evaluar distintos peligros en concentraciones multitudinarias: All-Hazards MG RA Tool. Su propósito es identificar riesgos y medidas que permitan reducirlos. No es un protocolo específico para disturbios, pero muestra que la preparación de grandes concentraciones requiere una evaluación que vaya más allá del número de asistentes.
La pregunta relevante es cómo funcionan los recursos y procedimientos cuando las condiciones cambian. Un documento no demuestra, por sí solo, que exista capacidad suficiente. Para valorar la respuesta francesa harían falta datos sobre despliegues, accesos, demanda asistencial y coordinación. Las imágenes de daños no permiten resolver esa evaluación.
El territorio condiciona la respuesta
Una ciudad no es una superficie uniforme. La anchura de las calles, los puentes, la ubicación de hospitales y parques de bomberos o la existencia de rutas alternativas condicionan los desplazamientos.
Además, las características del territorio no son únicamente físicas. Las condiciones de vida de la población, las redes vecinales y la disponibilidad de recursos también pueden influir en la capacidad de respuesta ante una emergencia.
Un corte de tráfico puede obligar a desviar una ambulancia, prolongando su recorrido y reduciendo temporalmente su disponibilidad para atender otros avisos. Las consecuencias dependerán de las rutas alternativas y de las características de cada barrio, por lo que la planificación debe contemplar tanto los focos de peligro como las conexiones necesarias para prestar ayuda.
Esta perspectiva obliga a preguntar qué sectores podrían quedar peor atendidos, dónde conviene situar apoyos y cómo actualizar las rutas cuando aparecen nuevos obstáculos.
Las urgencias cotidianas continúan
Una crisis visible puede concentrar la atención pública, pero siguen produciéndose infartos, accidentes domésticos y otras situaciones urgentes. La respuesta necesita atender los nuevos incidentes y preservar capacidad para esas demandas.
La preparación debería comprobar, mediante ejercicios, cómo solicitar refuerzos, redistribuir recursos y mantener cobertura si varias unidades quedan ocupadas. También debe prever cómo acceder a personas con movilidad reducida o necesidades de asistencia continuada.
Proteger a los equipos de intervención forma parte de esa tarea. Si no pueden acceder con seguridad, será necesario coordinar condiciones de entrada y alternativas asistenciales. Estas decisiones necesitan información compartida y responsabilidades claras.
Informar también es proteger
Durante una crisis urbana, una instrucción genérica puede resultar insuficiente. Quien debe acudir a un hospital necesita conocer los accesos disponibles; quien permanece en una vivienda próxima a un incendio requiere indicaciones ajustadas a ese peligro.
Además, percibir el riesgo no equivale a estar preparado. En un estudio reciente sobre percepción del riesgo, cultura de la autoprotección y preparación ante emergencias que realizamos en la Universidad de Macerata, en Italia, analizamos las respuestas de 174 participantes. Casi la mitad presentaba perfiles en los que la percepción del riesgo y la autoprotección declarada no se correspondían: algunos percibían un riesgo elevado, pero manifestaban menor preparación; otros mostraban la combinación inversa.
Aunque estos resultados proceden de un entorno universitario y no pueden trasladarse directamente a los disturbios urbanos, ilustran por qué conviene distinguir entre reconocer un peligro y disponer de recursos para afrontarlo.
La comunicación de una amenaza debe acompañarse de orientaciones comprensibles y aplicables. Desde esta perspectiva, la educación para la reducción del riesgo puede contribuir a que la población comprenda las recomendaciones, identifique los recursos disponibles y desarrolle capacidades para actuar ante situaciones de emergencia.
Una revisión sistemática reciente señala que las intervenciones educativas y las estrategias de apoyo social pueden favorecer la preparación ciudadana. Sin embargo, conocer los riesgos no siempre se traduce en una respuesta adecuada, ya que también intervienen factores como la confianza de las personas en su capacidad para actuar y el apoyo comunitario.
En un contexto de conflicto, importa distinguir las instrucciones de protección de los mensajes de confrontación política. La colaboración con interlocutores locales, cuando resulte viable, puede ayudar a conocer necesidades y hacer llegar avisos.
Cómo saber si estamos preparados
La preparación puede examinarse con preguntas concretas: ¿se ensayan incidentes simultáneos?, ¿existen alternativas si se bloquean accesos esenciales?, ¿comparten información los servicios?, ¿se contempla a quienes necesitan ayuda para desplazarse?, ¿participa la población en la identificación y preparación del riesgo?, ¿se revisa después lo que funcionó y lo que falló?
La respuesta debe poder adaptarse a una ciudad donde cambian los movimientos, los accesos y las necesidades. La medida más exigente es sencilla de ejecutar: que una persona pueda recibir ayuda cuando la necesita, incluso mientras a unas calles de distancia la ciudad vive una situación excepcional.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Lo que los disturbios de Francia enseñan a España sobre la gestión de emergencias – https://theconversation.com/lo-que-los-disturbios-de-francia-ensenan-a-espana-sobre-la-gestion-de-emergencias-294749
