Casas cada vez más inteligentes, ¿hogares cada vez menos humanos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nadia Vasileva, Arquitecta. Directora del Máster en Diseño de Interiores de UDIT, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Andrew Angelov/Shutterstock

“Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…”, repite incansable el sistema automático de la casa protagonista del cuento Vendrán lluvias suaves, mientras todo a su alrededor es consumido por un apocalipsis nuclear. De los antiguos dueños, solo queda su silueta plasmada en las paredes.

Adaptación a ccmic del relato de Ray Bradbury Vendrán lluvias suaves.
Ray Bradbury.

Así imaginó Ray Bradbury, uno de los grandes visionarios de la ciencia ficción, la vivienda inteligente del futuro. En su relato, escrito en 1950, nos la presenta perfectamente equipada para servirnos el desayuno, recordarnos las fechas y acontecimientos clave, advertirnos sobre las inclemencias del tiempo, reconocer la voz del perro o, incluso, leer poesía. Es capaz de hacerlo prácticamente todo por sus habitantes; hasta que, en último término, termina sustituyendo aquellas actividades propias de los humanos.

Hoy, 76 años después, hemos llegado a ese 2026 y la escena resulta inquietantemente familiar. Nunca habíamos tenido hogares tan inteligentes: persianas que se bajan solas, asistentes de voz capaces de responder a nuestras preguntas, frigoríficos que gestionan la compra o aspiradores que limpian mientras estamos fuera.

Una casa que analiza hasta nuestra orina

Existen ya prototipos que llevan esta idea mucho más lejos, como la CyberHut, una vivienda de unos 50 metros cuadrados desarrollada por la compañía aeroespacial española Astroland a partir de su investigación sobre hábitats extremos como Marte. Su asistente virtual, Cybi, se encargada de personalizar la experiencia de sus habitantes. Pero no solo eso: la casa incorpora más de 600 sensores y dispositivos que miden hasta 16 parámetros de salud sin necesidad de extraer sangre –incluidos un sensor en el cuarto de baño que podría hacer análisis de orina y, en el espejo, sensores antropométricos capaces de anticipar algún problema a partir de una simple imagen de nuestro rostro–.

Sin embargo, mientras la tecnología promete hacernos la vida más cómoda, merece la pena preguntarse si también está cambiando algo mucho más profundo: nuestra forma de entender el hogar. ¿Qué ocurre cuando cada vez más cosas están diseñadas para funcionar sin nuestra intervención?

Cyberhut, una vivienda inteligente, transportable y flexible.

La casa como máquina para vivir

La preocupación no nació con Alexa ni con ChatGPT. A mediados del siglo XX, arquitectos, escritores y cineastas ya cuestionaban qué podía perderse cuando la vivienda se entendía principalmente como una máquina perfectamente organizada para satisfacer necesidades funcionales.

La idea de Le Corbusier (1887-1956) sobre la casa como “máquina para vivir”, asociada a la modernización de la arquitectura, aportó indudables beneficios. Sin embargo, conviene llevar en mente la advertencia de Motono Seigo, miembro de la Asociación de Arquitectos de Kansai (Japón): durante aquella época de transición, observaba que los humanos somos máquinas, pero unas máquinas elaboradas con mucha delicadeza.

La crítica aparecía, con distintos matices, en los escritos de Sigfried Giedion (1948) y Philip Johnson (1954), en películas como Mon Oncle (1958), de Jacques Tati, o en relatos de ciencia ficción como el citado Vendrán lluvias suaves.

Décadas después, la película El hombre del año (2006), protagonizada por Robin Williams, recurría al humor para parodiar la vivienda inteligente y su creciente capacidad para automatizar las tareas cotidianas. En el cuento de Bradbury, sin embargo, la automatización alcanza su extremo: la casa continúa ejecutando su programa diario cuando sus habitantes ya han desaparecido.

La intimidad del hogar no puede automatizarse

Y es que la tecnología puede hacer que una vivienda funcione mejor, sin duda alguna, pero eso no necesariamente significa que sea un hogar mejor.

Porque habitar es mucho más que ocupar un espacio. Es apropiarnos de él a través de nuestras rutinas, llenarlo de los objetos que hemos ido coleccionando como pequeños tesoros a lo largo de nuestro recorrido vital, construir un lugar de recuerdos y vínculos que sentimos explícitamente nuestro, íntimo, irrepetible. Tomar una copa de vino en esa terraza bañada por la luz del atardecer, disfrutar de la sobremesa con los nuestros un domingo cualquiera, bailar en el salón a las cuatro de la mañana…

Esta dimensión humana de la domesticidad adquiere especial importancia a medida que los hogares incorporan sistemas capaces de anticiparse a nuestros deseos. Si una casa puede aprender nuestros horarios, regular la temperatura, controlar la iluminación o hacer determinadas tareas sin que se lo pidamos, quizá la pregunta más importante no sea qué más pueden hacer esos sistemas de inteligencia artificial, sino qué queremos seguir haciendo nosotros.

Privacidad, seguridad y otros escollos

La investigación sobre tecnología doméstica muestra, por otra parte, que la relación entre personas y dispositivos no es únicamente funcional: también intervienen cuestiones como la privacidad, la autonomía, la confianza y la percepción de control. Por ello, cuestiones como la seguridad, la protección de los datos personales y el grado de control que conservamos sobre los dispositivos conectados forman parte cada vez más del debate sobre el hogar inteligente.

Quizá aquellos escritores, arquitectos y cineastas que anticiparon lo que ya tenemos hoy no fueran tanto profetas como observadores atentos de su tiempo. Supieron imaginar que cada avance tecnológico transforma también nuestra relación con los lugares que habitamos.

Ahora nos corresponde a nosotros delinear el paso siguiente: no solo casas cada vez más inteligentes, sino hogares capaces de incorporar la tecnología sin convertirse en máquinas automatizadas y sin dejar de ser refugios de intimidad donde vivir, relacionarnos y, sencillamente, sentirnos en casa.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Casas cada vez más inteligentes, ¿hogares cada vez menos humanos? – https://theconversation.com/casas-cada-vez-mas-inteligentes-hogares-cada-vez-menos-humanos-289243