Las claves fisiológicas del ‘olor adolescente’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rick Visser, Profesor de Fisiología Animal, Universidad de Málaga

Cliff Booth Pexels CC BY SA, CC BY

¿Alguna vez ha entrado usted en el aula de un instituto en un cálido día de primavera? Si la respuesta es sí, es probable que recibiera el equivalente olfativo a una bofetada. Quizás tratara de disimular una mueca y tornarla en sonrisa, pensando que aquel olor era la manifestación de una revolución hormonal. Y tendría usted cierta razón… aunque solo en parte.

El origen de todo está sobre los riñones

Sobre los 8 o 9 años, la mayoría de los niños y niñas experimentan un proceso interno fascinante, conocido con el nombre de adrenarquia. Este fenómeno suele confundirse con el inicio de la pubertad. Aunque ambos son procesos totalmente independientes, la pubertad sí puede reforzar ciertos eventos iniciados con la adrenarquia.

En unas pequeñas estructuras endocrinas situadas encima de los riñones –las glándulas suprarrenales– madura su región más exterior y esta comienza a verter al torrente sanguíneo una serie de hormonas esteroideas, denominadas andrógenos suprarrenales. Se trata, entre otros, de la deshidroepiandrosterona (DHEA), la DHEA sulfatada y la androstenediona, sintetizadas a partir del colesterol. La actividad biológica propia de estas hormonas es bastante leve, pero pueden ser convertidas en andrógenos más potentes, como la testosterona o la dihidrotestosterona, en otros órganos como, por ejemplo, la piel.

La transición de la piel

Por un lado, los andrógenos promueven la maduración de los folículos pilosos en el pubis, región perigenital y axilas, donde el fino vello infantil es sustituido por otro, más oscuro y recio. Además, se induce la actividad de las glándulas sebáceas, asociadas a los folículos pilosos en gran parte del cuerpo. Estas producen una secreción lipídica, denominada sebo, cuyas funciones primordiales son la lubricación del pelo y la piel, así como la de contribuir a la barrera cutánea. Durante la adolescencia, cuando los niveles de producción de andrógenos son máximos, la hiperactividad de estas glándulas puede contribuir a la aparición del característico acné.




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Por otro lado, se activa un nuevo tipo de glándulas sudoríparas. Durante la infancia, únicamente son funcionales las glándulas ecrinas, responsables de producir un sudor principalmente formado por agua y sales, cuya función es contribuir al enfriamiento corporal mediante la evaporación. Sin embargo, la adrenarquia inicia la actividad de las glándulas apocrinas, concentradas en las axilas, ingles y región perianal, que generan un sudor más complejo y no relacionado con la regulación térmica.




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Un buffet libre para los microorganismos

El sudor apocrino es un líquido turbio y ligeramente viscoso, rico en lípidos y que contiene, además, proteínas, carbohidratos y amonio. Si bien esta secreción es inodora por sí misma, sus moléculas orgánicas actúan de sustrato para diversos microorganismos que habitan en la piel y que las pueden convertir en ácidos grasos volátiles, compuestos azufrados y otras moléculas odorantes, responsables del característico “olor a sudor”.

Se ha comprobado que los eventos dérmicos que ocurren en torno a la adrenarquia y la pubertad provocan un cambio en las poblaciones de microorganismos que viven en nuestra piel. Así, mientras en edades tempranas se puede encontrar una amplia variedad de bacterias, incluyendo géneros como Neisseria, Streptococcus o Moraxella, conforme la persona madura estos son desplazados por bacterias con preferencia por sustratos lipídicos, como Cutibacterium, Corynebacterium y Turicella.

El olor adolescente es multifactorial

Como el sudor apocrino y la actividad de la microbiota sobre él son los principales responsables del olor a sudor, es lógico pensar que habrá diferencias cuantitativas y cualitativas importantes entre personas, dependiendo de la cantidad de sudor que produzcan, de su composición exacta y de qué microorganismos predominen en su piel. Ahora bien, si todos estos factores nos acompañarán durante toda nuestra vida adulta, ¿por qué nos parece que el olor corporal tiende a ser más intenso en los adolescentes?

La respuesta a esta pregunta solo puede surgir de la especulación, ya que no está realmente demostrado que los adolescentes tengan un olor más fuerte que los adultos.

En primer lugar, la producción general de andrógenos es máxima durante este periodo, fomentando la secreción apocrina y sebácea, antes de comenzar a reducirse paulatinamente en torno a los 25 o 30 años.

Además, el sudor apocrino tiene un fuerte componente emocional (ya que es estimulado en gran medida por el neurotransmisor noradrenalina), y la adolescencia es una etapa de la vida marcada por grandes altibajos emocionales.

Por último, los prepúberes y púberes suelen tener una mayor actividad tanto física como metabólica, produciendo gran cantidad de calor corporal y, por tanto, teniendo mayor necesidad de enfriar el cuerpo mediante evaporación. Si bien el sudor ecrino no aporta apenas sustratos para ser convertidos en moléculas olorosas por la microbiota, sí puede contribuir a mantener su microambiente húmedo, favoreciendo así la proliferación de hongos y bacterias.

Finalmente, debe considerarse también el hecho de que, en algunos casos, niños y niñas pueden no tener aún plena consciencia de su propio olor, de las convenciones sociales o del valor de las rutinas de higiene. Es lógico, pues vienen de una etapa en la que asocian la limpieza con la ausencia de suciedad visible, y no con unos olores que, hasta ese momento, no producían.

Es posible que, en algunos casos, los cambios asociados a la adrenarquia marquen el inicio de un proceso de adaptación de sus propios hábitos de higiene corporal. Por supuesto, en esto tiene una gran influencia el entorno en el que se ha desarrollado la infancia y cualquier generalización sería, cuanto menos, imprudente.

En definitiva, el olor adolescente es el resultado de una compleja interacción entre el sistema endocrino, la piel y sus microorganismos. Una demostración de que, incluso cuando nuestro cuerpo empieza a cambiar, nunca trabaja solo. Aunque a veces el resultado se haga notar más de lo que nos gustaría.

The Conversation

Rick Visser no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las claves fisiológicas del ‘olor adolescente’ – https://theconversation.com/las-claves-fisiologicas-del-olor-adolescente-293557