La selección: que llueva, que llueva… pero no tanto

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucía Caballero, Coordinadora internacional / Editora de Medio Ambiente y Energía, The Conversation

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Durante los últimos días, muchas regiones de España, especialmente el norte y el levante peninsular, se han visto afectadas por tormentas que han descargado abundantes precipitaciones en poco tiempo. Tras la lluvia, quienes vivimos en las ciudades sentimos que el aire queda más limpio y respirable. Pero el agua que arrastra la contaminación y la suciedad de las calles no desaparece, sino que penetra en el alcantarillado, donde se une a las aguas residuales procedentes de nuestros hogares para acabar en las depuradoras.

Sin embargo, cuando llueve mucho, las estaciones de tratamiento no pueden asimilar todo el caudal. Deben aliviar la carga a través de puntos situados en ríos y en el mar por donde se vierte agua rica en contaminantes (bacterias fecales, metales pesados, aceites, etc.) que, si bien no supone una amenaza para la salud pública, sí degrada la calidad del agua y puede obligar al cierre de algunas playas.

A pesar de todo, después de las altas temperaturas estivales, las lluvias son, sin duda, bienvenidas. Según la Agencia Española de Meteorología, el verano de 2026 ha sido el más cálido desde que se tienen registros en España (1961). Las precipitaciones recargan los acuíferos, los embalses y el suelo.

En primavera, el agua constituye uno de los ingredientes decisivos para que las plantas florezcan.

No obstante, como suele decirse, no siempre llueve a gusto de todos. Y aunque lo ideal sería que los chubascos fuesen moderados, muchas veces caen en forma de tormentas intensas. Fenómenos que, paradójicamente, se ven potenciados por el calor. En el Mediterráneo, el incremento de la temperatura del mar debido al cambio climático puede aumentar la humedad de la atmósfera y dar lugar así a aguaceros más intensos.

Un gran chaparrón de este tipo puede causar daños en edificios e infraestructuras, y también supone un riesgo para la población. De ahí que se emitan avisos para alertar a los ciudadanos. Sin embargo, aunque estos permiten proteger a las personas, tienen sus limitaciones. No es posible hacer una vivienda más resistente ni cambiar de sitio una carretera en unas pocas horas; las medidas de prevención deben tomarse mucho antes de que caigan las primeras gotas.

Es posible convivir con las lluvias propias de final de verano y comienzos de otoño, pero no de cualquier forma. Algunas medidas para reducir significativamente sus consecuencias consisten, por ejemplo, en instalar sistemas de drenaje sostenibles, que además incluyen soluciones para recoger y aprovechar el agua, como los tanques de tormenta; revisar los planes urbanísticos y formar a la ciudadanía para que sepan cómo actuar.

Todo parece indicar que el cambio climático va a acentuar la intensidad de los fenómenos extremos. Por eso, prepararse para un futuro (y un presente) donde las fuertes tormentas, y con ellas las inundaciones y las riadas, sean más habituales y graves resulta fundamental si queremos evitar que tengan consecuencias trágicas.

The Conversation

– ref. La selección: que llueva, que llueva… pero no tanto – https://theconversation.com/la-seleccion-que-llueva-que-llueva-pero-no-tanto-294065