Source: The Conversation – (in Spanish) – By César Pablo Domínguez Prieto, Catedrático de Literatura Comparada, Universidade de Santiago de Compostela; University of Glasgow

El 26 de agosto de 2026, una enorme masa de roca y hielo se desprendió a unos 5 200 metros de altitud en el Himalaya. En cuestión de minutos se convirtió en una avalancha de escombros y agua que descendió hacia la frontera entre Nepal y el Tíbet. Su violencia fue tal que las señales sísmicas se confundieron inicialmente con las de un terremoto. En realidad, era la montaña la que estaba haciendo temblar la tierra.
Todavía se investiga qué factores desencadenaron el colapso. No podemos atribuir un acontecimiento concreto al cambio climático sin demostrarlo. Pero los glaciares de esta región están retrocediendo y el calentamiento y la degradación del permafrost pueden contribuir a desestabilizar estas laderas. El episodio de Nepal muestra, sobre todo, algo que cada vez nos resultará más familiar: lugares aparentemente estables pueden transformarse con extraordinaria rapidez.
Además de en las vidas de las personas que habitan en estos entornos, estos fenómenos también dejan su huella en un ámbito menos evidente: la literatura.
Paisajes que desaparecen
En 1951, la bióloga y escritora Rachel Carson recordaba en El mar que nos rodea que la frontera entre tierra y océano nunca ha sido estable. Los mares han avanzado y retrocedido durante la larguísima historia del planeta. Lo excepcional de nuestra situación es la velocidad de una transformación a la que contribuye decisivamente la actividad humana.
La subida del nivel del mar es una de sus manifestaciones más visibles. Desde 1993, el nivel medio global ha aumentado unos diez centímetros. La causa principal es doble: el deshielo continental añade agua a los océanos y, al calentarse, el agua marina se expande.

Ático de los libros
Y, cuando cambia un paisaje, cambia también algo menos evidente: el mundo representado en los libros. En La mitad del reino (2013), de Lore Segal, una escena transcurre en una playa de Brooklyn que un lector futuro podría encontrar ya sumergida. En El mar interior (2013), Philip Hoare recorre espacios costeros desde Inglaterra hasta Sri Lanka que los lectores podrían tener que imaginar ya bajo el agua. Y los bancos de arena de los mares del Sur en los que Joseph Conrad ambientó Freya, la de las Siete Islas (1912) podrían haber dejado de existir debido a la subida del nivel del mar. Ninguna de esas obras cambia cuando cambia el paisaje. Cambiamos nosotros como lectores.
Leer desde el futuro
La literatura comparada lleva mucho tiempo preguntándose cómo las obras adquieren nuevos significados cuando circulan entre épocas y culturas. El cambio climático añade una dimensión inesperada a ese problema: también el futuro puede intervenir en la historia de una obra.
En 1888, Theodor Storm publicó El jinete del caballo blanco. Su protagonista, Hauke Haien, estudia geometría y aplica sus conocimientos a la construcción de un nuevo dique en la costa del mar del Norte. Está convencido de que resistirá durante siglos. Una gran inundación acaba poniendo a prueba tanto su obra de ingeniería como la confianza humana en nuestra capacidad para dominar el mar.
Storm, evidentemente, no escribía sobre el calentamiento global. Atribuírselo sería un anacronismo. Pero nosotros poseemos conocimientos que ni él ni sus primeros lectores podían tener. Sabemos que las condiciones que determinan el comportamiento de las costas están cambiando. Por eso podemos leer hoy su relato de una manera diferente. No porque hayamos descubierto lo que Storm “realmente quería decir”, sino porque leemos desde otro futuro.
Un atlas inesperado
Algo todavía más extraño puede ocurrir con los lugares literarios. Textos que considerábamos realistas podrían empezar a parecernos fantásticos porque describen paisajes que han dejado de existir. Y algunas ficciones fantásticas podrían recorrer el camino contrario.
Edgar Allan Poe imaginó en su única novela, La narración de Arthur Gordon Pym (1838), una región templada en la Antártida. ¿Cómo leerá esa descripción alguien dentro de cien años?
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NASA/James Yungel, CC BY-SA
Una parte de nuestra biblioteca podría convertirse así, sin que cambie una sola palabra, en un atlas involuntario de lugares desaparecidos. Esta paradoja está en el origen de mi investigación sobre literatura, océanos y cambio climático publicada recientemente en la revista Paragraph.
Los libros no predicen el futuro. Tampoco sustituyen a la climatología, la glaciología o la oceanografía. Hacen algo diferente: conservan experiencias de los lugares y ponen en contacto tiempos que ninguna vida individual puede abarcar. Cuando el mundo cambia, por tanto, los paisajes no desaparecen necesariamente de la literatura. Permanecen allí. Lo que cambia es nuestra manera de leerlos.
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César Pablo Domínguez Prieto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. La huella literaria del cambio climático: cuando el mundo se transforma, los libros también – https://theconversation.com/la-huella-literaria-del-cambio-climatico-cuando-el-mundo-se-transforma-los-libros-tambien-292315
