Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria
Desde 2025, se puede comprar un ordenador cuyo componente más extraño no es un nuevo procesador, sino un cultivo de neuronas humanas vivas. El CL1, desarrollado por la empresa australiana Cortical Labs, se comercializa como un sistema de computación biológica e integra células neuronales sobre una matriz de electrodos. Esta permite estimularlas y registrar su actividad, mientras las mantiene en condiciones adecuadas mediante un sistema interno de soporte vital.
Eso no significa que haya un pequeño cerebro pensando dentro del ordenador. Hay células vivas, electrodos, electrónica y software formando un único sistema. Y el CL1 no es el único ejemplo.
En abril de 2026, investigadores de Princeton hicieron público su propio diseño de un dispositivo tridimensional que integra aproximadamente 70 000 neuronas con una matriz de microelectrodos. El sistema, que puede estimular y registrar la actividad neuronal de sus componentes, consiguió distinguir patrones espaciales y temporales después de un proceso de entrenamiento. Los investigadores mantuvieron los cultivos funcionando durante más de seis meses.

Cortical Labs.
Cuando una neurona se convierte en componente
Una neurona puede recibir estímulos eléctricos, producir una respuesta y modificar las conexiones con otras neuronas en función de la actividad previa. Desde el punto de vista de un sistema de ingeniería, esto permite cerrar un ciclo relativamente sencillo: estimular, registrar la respuesta, evaluar el resultado y volver a estimular.
La computación biohíbrida intenta aprovechar estas características que comparten células y electrónica. Un trabajo publicado en Nature Computational Science en 2026 sitúa estos sistemas dentro de una evolución que va desde los algoritmos inspirados en el cerebro y las redes neuronales artificiales hasta el hardware neuromórfico –circuitos inspirados en las neuronas– y los sistemas que incorporan directamente estructuras neuronales vivas.
No significa que una neurona se comporte como un transistor, ni que un cultivo neuronal sea equivalente a un procesador. Significa algo más interesante desde el punto de vista de la ingeniería: el tejido biológico deja de ser aquello que medimos y pasa a formar parte funcional del dispositivo. Y eso obliga a replantearse, incluso, cómo construimos la electrónica.
Electrónica que crece con el tejido
Uno de los problemas clásicos de las interfaces bioelectrónicas es bastante elemental: la electrónica y los tejidos vivos no están hechos del mismo material.
Un electrodo convencional es prácticamente rígido. El tejido cerebral es blando, cambia de forma y crece. Mantener una interfaz estable que intermedie entre ambos durante largos periodos de tiempo es un problema de materiales, mecánica y biología.
Una solución especialmente llamativa se publicó en Nature en 2025. Los investigadores incorporaron electrónica flexible durante las primeras fases del desarrollo del tejido neural. A medida que este crecía y se plegaba, la electrónica lo hacía con él hasta quedar integrada tridimensionalmente en la estructura resultante.
El cambio conceptual es enorme. No se implanta el sensor en el órgano: se deja que el órgano crezca alrededor del sensor.
Y electrónica diseñada para desaparecer
Existe también el problema contrario: ¿qué hacer con un dispositivo cuando ya ha terminado su trabajo? La respuesta tradicional de la ingeniería era retirarlo o diseñarlo para que dure el máximo tiempo posible. La electrónica bioabsorbible introduce una tercera posibilidad: que desaparezca.
Estos dispositivos utilizan materiales diseñados para degradarse dentro del organismo una vez terminada su función. Pueden medir durante un periodo determinado variables como presión, temperatura o actividad eléctrica y, después, ser reabsorbidos. Esto evitaría una segunda intervención para retirarlos.
Ya no se trata de fabricar algo para que dure –uno de los principios tradicionales de la ingeniería–. Se trata de conseguir que dure exactamente lo necesario.
Cuando lo vivo deja de ser solo el usuario
El fenómeno tampoco termina en las neuronas. Como los microorganismos electroactivos pueden intercambiar electrones con su entorno, se investigan para construir biosensores, materiales funcionales y sistemas capaces de responder a cambios ambientales. Incluso, se ha analizado su posible utilización en materiales de construcción vivos, capaces de incorporar funciones de detección, respuesta o reparación del propio material. Aquí empieza a dibujarse algo más amplio que un ordenador hecho con neuronas.
Durante décadas, la bioelectrónica ha colocado sensores sobre los seres vivos para observarlos. Ahora empiezan a aparecer sistemas en los que células, microorganismos y tejidos forman parte de la propia arquitectura funcional. Y, cuando el componente está vivo, aparecen preguntas que un ingeniero electrónico tradicional rara vez tenía que formularse.
¿Qué normativa se aplica a un componente vivo?
No existe un vacío regulatorio absoluto. Los dispositivos médicos, la investigación biomédica, la utilización de células humanas y los productos que incorporan componentes biológicos ya están sujetos a distintos marcos regulatorios y éticos. El problema es que los sistemas biohíbridos empiezan a combinar categorías que históricamente se han regulado por separado. ¿Estamos ante un dispositivo electrónico, un producto sanitario, un cultivo celular, un sistema computacional o varias cosas simultáneamente?
La cuestión se vuelve especialmente delicada cuando interviene tejido neuronal humano. En 2021, las Academias Nacionales estadounidenses analizaron las implicaciones científicas, éticas y regulatorias de los organoides neurales humanos, los trasplantes y las quimeras –organismo que contiene células o tejidos de dos o más individuos diferentes de la misma o de diferentes especies–. Su informe propuso diferentes niveles de supervisión dependiendo de las características del experimento y del grado de preocupación ética que planteara.
En 2026, un grupo internacional volvió a reclamar en Science una coordinación global para abordar la investigación con organoides y ensamblajes neurales humanos.
Pero la computación biohíbrida introduce preguntas adicionales: ¿qué consiente exactamente la persona cuyas células terminaron convertidas en neuronas de un dispositivo? ¿Durante cuánto tiempo puede mantenerse ese tejido? ¿Qué obligaciones aparecen si el componente vivo cambia con el aprendizaje o con el tiempo? ¿Y qué criterios deberían utilizarse si estos sistemas pasan del laboratorio a productos comerciales?
No es Black Mirror y, precisamente, por eso importa
Un cultivo de decenas de miles de neuronas que aprende a distinguir determinados patrones no equivale a un cerebro humano reducido, y mucho menos demuestra conciencia, intención o comprensión. Pero, quizá, ésa sea precisamente la razón por la que este es un buen momento para discutir sus límites.
Los sistemas biohíbridos empiezan a borrar la frontera entre máquina y organismo vivo. Tal vez no deberíamos esperar a que resulte inquietante para decidir qué queremos hacer con ella.
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Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI.
– ref. Ya se venden ordenadores con neuronas humanas: ¿dónde termina la máquina y empieza lo vivo? – https://theconversation.com/ya-se-venden-ordenadores-con-neuronas-humanas-donde-termina-la-maquina-y-empieza-lo-vivo-290036

