Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Jiménez Herranz, PDI, Medicina de la Educación Física y el Deporte, Universidad Complutense de Madrid
La práctica de ejercicio físico constituye una de las estrategias básicas para mantener un estilo de vida saludable. Sus beneficios para la salud son múltiples cuando se realiza de forma estructurada y planificada, siguiendo las recomendaciones de profesionales especializados.
Además, constituye una herramienta clave de salud pública dada su asociación con una menor mortalidad por todas las causas. Por ello, los casos de parada cardiaca súbita (PCS: interrupción brusca de la actividad cardiaca potencialmente reversible) o de muerte súbita cardiaca (MSC: fallecimiento secundario a una PCS no recuperada) en deportistas aparentemente sanos generan un gran impacto social cuando aparecen en los medios de comunicación.
Estas situaciones pueden producirse tanto en deportistas profesionales como en personas que practican deporte de forma recreativa. En ambos casos, el ejercicio físico puede actuar como desencadenante de una enfermedad cardiovascular previamente no diagnosticada, que puede manifestarse con una PCS o una MSC.
Múltiples factores de riesgo
Son acontecimientos poco frecuentes, pero con una gran repercusión y que obligan a establecer unas medidas preventivas por parte de los organismos responsables de la salud. Esta prevención se fundamenta en las posibles causas que desencadenan los episodios, que son variadas y complejas. Una de las mayores dificultades es identificar con precisión qué deportistas presentan un mayor riesgo, al ser colectivos tan amplios y heterogéneos.
Entre los factores de riesgo asociados a la PCS y la MSC están la edad, el sexo, el origen étnico, el tipo de deporte que se practica, la intensidad del ejercicio físico o la existencia de enfermedades cardiovasculares previas. La evidencia científica muestra que, en mayores de 35 años, la principal causa es la enfermedad coronaria aterosclerótica, mientras que en menores de 35 años predominan las dolencias hereditarias o estructurales del corazón, aunque en algunos casos no llega a identificarse una causa concreta.
No podemos olvidar otros factores relacionados como son las condiciones medioambientales extremas, la commotio cordis –traumatismo directo sobre el tórax que desencadena una arritmia potencialmente mortal– o el dopaje. El conocimiento de estos factores es clave para determinar de forma más específica en qué grupos de población hay que intervenir de forma preventiva y qué medidas son las más adecuadas en cada situación y colectivo.
Además, la práctica deportiva habitual no elimina por completo el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares –algunas de ellas hereditarias o previamente desconocidas–, por lo que la prevención y el reconocimiento precoz de los síntomas siguen siendo fundamentales.
Evaluaciones previas y pruebas adicionales
Entre las medidas de prevención está el reconocimiento médico previo a la práctica deportiva, que, aunque no elimina por completo el riesgo de sufrir una PCS o una MSC, desempeña un papel decisivo. Este tipo de evaluaciones deben ser realizadas preferentemente por profesionales con formación específica en medicina del deporte o cardiología del deporte.
No existe un modelo único estandarizado de reconocimiento y sus características deben estar adaptadas principalmente al riesgo del deportista. Una evaluación básica se debe componer al menos de un historial clínico personal, familiar y deportivo conciso, una exploración física detallada y, en muchos programas de cribado, un electrocardiograma de 12 derivaciones.
La realización de más pruebas vendrá determinada bien por esta valoración inicial, bien por el riesgo inherente del atleta o del deporte que practica. Además, la aparición de síntomas como dolor torácico durante el ejercicio, mareos, pérdida de conocimiento, síncopes inexplicados, palpitaciones intensas o dificultad respiratoria desproporcionada, así como antecedentes familiares de muerte súbita o enfermedades cardiacas hereditarias, debe motivar una valoración médica especializada antes de continuar con la práctica deportiva.
Otras de las medidas preventivas esenciales para mejorar la supervivencia tras una PCS son su reconocimiento precoz, la realización inmediata de maniobras de reanimación cardiopulmonar y la desfibrilación temprana mediante desfibriladores externos automáticos (DEA). Por tanto, la formación en reanimación en la población general, la accesibilidad a un DEA y la implementación de un plan de acción de emergencia deben formar parte de las políticas de salud pública y educación de cualquier administración.
Asimismo, es necesaria una intervención en el ámbito del registro de datos para conocer con precisión las cifras reales de prevalencia e incidencia de PCS y MSC, reforzando los sistemas de notificación obligatoria, creando registros nacionales (que incluyan supervivientes de PCS y no solo de fallecimientos) y estandarizando protocolos de autopsia y diagnóstico molecular.
Finalmente, es importante recordar que, a pesar de estos episodios poco frecuentes, los beneficios del ejercicio físico para la salud superan ampliamente los riesgos asociados a su práctica en la mayoría de la población.
Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
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Elena Jiménez Herranz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Latidos al límite: cómo prevenir la parada cardiaca y la muerte súbita en el deporte – https://theconversation.com/latidos-al-limite-como-prevenir-la-parada-cardiaca-y-la-muerte-subita-en-el-deporte-293007

