Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina de Juana Ortín, Personal docente e investigador, miembro del grupo de investigación ART-QUEO, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Hay un momento en nuestra vida que normalmente no recordamos, en el que cualquier complicación pudo impedir que estuviéramos aquí: nuestro nacimiento. Llegar al mundo no es una tarea fácil. Cambiamos de medio, de espacio, de ambiente y, muchas veces, necesitamos ayuda.
Un nuevo estudio demuestra que eso es así desde los primeros humanos. El hallazgo relata la historia del parto asistido de un bebé del Neolítico final –entre 3932 y 3653 a. C.–, hallado en el yacimiento arqueológico de Ripari Alti, en el valle de Lamen (en las Dolomitas italianas).
Los embarazos casi nunca dejan rastro
Identificar un embarazo que ocurrió en la prehistoria es arqueológicamente muy difícil. Algunas alteraciones pélvicas se han relacionado con embarazos, pero también pueden deberse a la edad, a la actividad o a variaciones anatómicas. La pelvis puede darnos pistas, aunque no permite conocer con certeza cuántos partos tuvo una mujer.
Estudios recientes han analizado molares fosilizados y fragmentos de cráneo de restos de mujeres prehistóricas para obtener información de sus embarazos. Sin embargo, las líneas del cemento dental no permiten todavía reconocer cada gestación con seguridad, como han señalado investigadores de la Universidad de Basilea. La razón es que no todos los embarazos afectan a la dentición.
Por esto, los casos más claros suelen ser extraordinarios. Una oportunidad única es el caso de una mujer embarazada enterrada hace unos 27 000 años, en Ostuni (Italia). El análisis mediante microtomografía permitió estudiar dos coronas dentales del feto, que al morir se estima tendría una edad de 31-33 semanas gestacionales. En comparación con el estándar actual, se comprobó que tenía un desarrollo esquelético avanzado. Sus dientes registraron tres episodios graves de estrés fisiológico durante los últimos meses de gestación, que pudieron estar relacionados con la muerte de madre e hijo, aunque no permiten establecer una causa definitiva.
Por tanto, los huesos, los dientes, la pelvis y la aplicación de las nuevas tecnologías todavía pueden guardar vestigios de aquellas maternidades en condiciones de supervivencia extrema.
Una fractura diminuta que conserva un gesto de ayuda
En el citado estudio, publicado esta semana en Journal of Archeological Science Reports,, los restos de un bebé neolítico hallado en Ripari Alti muestran que había alcanzado el término de la gestación. Su húmero derecho presentaba una fractura oblicua y espiral producida cuando el hueso aún estaba fresco. Sus características indican una lesión perimortem, no una rotura causada posteriormente por el enterramiento.
Los autores han considerado que es muy probable que se debiera a un parto complicado, en el que alguien intentó girar o extraer manualmente al bebé. Así, se ha convertido posiblemente en una de las evidencias arqueológicas más antiguas de asistencia obstétrica directa.
También se identificaron alteraciones porosas en las tibias y la mandíbula, que podrían reflejar estrés metabólico o nutricional durante la gestación. Entre las causas consideradas, figuran ciertas carencias vitamínicas, aunque los huesos no permiten establecer un diagnóstico definitivo, igual que no es posible identificar el déficit de una vitamina concreta solo midiendo la porosidad ósea.
Como el bebé todavía dependía fisiológicamente de su madre, estas alteraciones también ofrecen información indirecta sobre la salud materna.
El parto humano probablemente nunca fue un acto solitario
Algunas representaciones rupestres del Neolítico nos han traído recuerdos visuales del nacimiento. En el arte levantino peninsular se han identificado tres posibles escenas de parto. Dos proceden del abrigo de Centelles, en Castellón, y otra del Torcal de las Bojadillas, en Albacete. En esta última, una secuencia pictórica se ha interpretado como distintas fases del alumbramiento. La mujer aparece sentada, con las piernas flexionadas, y utiliza posibles elementos de apoyo. Estas interpretaciones continúan abiertas al debate, pero permiten considerar el parto como una experiencia acompañada y culturalmente compartida.
En cualquier caso, frente al carácter necesariamente ambiguo de estas imágenes, la lesión del bebé de Ripari Alti aporta algo excepcional: una posible huella física de esa intervención.
De momento no contamos con razones suficientes para pensar que las mujeres prehistóricas tuvieran gestaciones muy diferentes a las actuales. Del mismo modo, el nacimiento humano suele exigir varias rotaciones del feto para atravesar el canal del parto. Como resultado, el bebé normalmente emerge mirando en dirección contraria a la madre, aunque existen variaciones anatómicas.
Esto dificulta que la propia mujer controle completamente la salida. Por ello, distintos investigadores han propuesto que la asistencia durante el parto tiene raíces evolutivas muy antiguas. No sabemos si existía una especialización reconocida dentro de los miembros del grupo. Pero es razonable hablar de experiencia compartida, aprendizaje y cooperación.
Por otra parte, numerosos esqueletos prehistóricos presentan lesiones graves que cicatrizaron durante la vida. Su supervivencia sugiere cuidados prolongados proporcionados por otras personas. En ese contexto cooperativo, resulta razonable pensar que el parto también movilizara conocimientos y ayuda dentro del grupo. Y la fractura de Ripari Alti podría ser una excepcional huella material de esa asistencia.
Neolítico, de la teta a la papilla
Cabe pensar que, en el Neolítico, con el sedentarismo y la disponibilidad de cereales y leche animal, algunas comunidades neolíticas pudieron introducir antes alimentos distintos de la leche materna. Así, los análisis isotópicos muestran que algunos niños neolíticos fueron destetados antes que sus predecesores, los mesolíticos. También se han identificado cucharas de hueso utilizadas para alimentar bebés con papillas de leche o cereales
Sin embargo, parece que el feto de Ripari Alti pudo verse sometido a estrés fisiológico por problemas nutricionales, maternos o placentarios. Y estas carencias no chocan necesariamente con su cronología.
La agricultura hizo posible alimentar poblaciones mayores. Pero también redujo frecuentemente la diversidad alimentaria, aumentó la dependencia de cereales y la exposición a alergias o infecciones. Más producción no significó automáticamente mejor alimentación.
Un final trágico, pero también de cuidados y esperanza
El bebé de Ripari Alti no murió en vano. Ha venido a contarnos, casi seis mil años después, que su madre sufrió una emergencia de parto, en la que no estaba sola. Alguien, ya en aquellos tiempos, entendió la gravedad de lo que ocurría y que el tiempo apremiaba. Ante la desesperación, optó por tirar y girar al bebé, para intentar salvar dos vidas, sin ecógrafos, sin monitores, sin ciencia. Pero acompañando.
A veces, solo podemos acompañarnos entre humanos y ganar esa experiencia. Porque acompañarnos ha sido una de nuestras principales formas de sobrevivir.
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Cristina de Juana Ortín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Un nuevo hallazgo nos habla de asistencia al parto en la prehistoria – https://theconversation.com/un-nuevo-hallazgo-nos-habla-de-asistencia-al-parto-en-la-prehistoria-289367
