Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Antonio Rabadán Sánchez, Profesor de Trabajo Social y Servicios Sociales, Universidad de Alicante
Durante estos últimos años he visitado a más de cincuenta personas centenarias en la zona azul de la península de Nicoya y a sus familias. He entrado en sus casas, me he sentado en sus corredores y he conversado largo con ellas. Lo que más llama la atención de esas vidas tan longevas no es lo que comen ni cómo se mueven, sino que siempre disponen de compañía y apoyo. En una mecedora, a la sombra del porche, suele haber un anciano rodeado, un hijo que vuelve del campo, un nieto al que vigilar, una vecina que se acerca al caer la tarde. A los cien años siguen siendo el centro de algo y de alguien.
Las zonas azules son regiones del mundo con una concentración insólita de personas muy longevas. El término, no exento de críticas, lo acuñaron los demógrafos Gianni Pes y Michel Poulain al cartografiar la longevidad de Cerdeña, y el divulgador Dan Buettner las popularizó al describir cinco en el planeta: Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Icaria (Grecia), Loma Linda (Estados Unidos) y la citada península de Nicoya.
En esta última, la longevidad masculina es excepcional. Los estudios demográficos muestran que un varón de sesenta años natural de esta región costarricense tiene siete veces más probabilidades de llegar a centenario que un japonés. Esa cualidad no aparece en quienes emigran, lo que sugiere que tiene más de entorno que de herencia.
El vínculo no se compra
El factor que se repite no se compra ni se hereda. Es la red de personas que rodea a cada anciano y que no se deshace con la edad.
Esa permanencia apunta a algo de fondo. En la península de Nicoya, la edad social y la cronológica se desacoplan. Una persona puede tener cien años y seguir siendo útil, activa y necesaria. En las sociedades desarrolladas perseguimos un desacople distinto: el de la edad biológica y la cronológica; queremos conservar el cuerpo joven aunque el calendario avance. Su expresión más extrema la encarna Bryan Johnson, el millonario estadounidense que invierte una fortuna en revertir su edad biológica y ha reconocido que su régimen le ha costado relaciones. Optimiza el organismo y descuida el vínculo.
La gerontología ofrece un marco para entender ese vínculo. La teoría del convoy, formulada por la psicóloga estadounidense Toni Antonucci, describe a cada persona avanzando por la vida dentro de un convoy de relaciones. Junto al individuo viajan familiares, amigos y vecinos que le acompañan y sostienen en cada etapa. En la mayoría de las sociedades, ese convoy se va vaciando por viudedad, distancia o mudanzas. En la zona azul de la península de Nicoya parece llegar lleno hasta el final. No es raro encontrar a un centenario rodeado de cuatro generaciones, todavía útil, cuidando a un bisnieto o atendiendo a un hijo dependiente. Ese anciano no envejece tan bien a pesar de su comunidad, sino, como todo apunta, gracias a ella.
El aislamiento puede matar
La importancia de esa compañía no es una intuición. Diversos estudios la respaldan. Hace casi cuatro décadas, un trabajo ya clásico en Science concluyó que el aislamiento social constituye un factor de riesgo de muerte de primer orden. Más tarde, un metaanálisis con más de 300 000 personas estimó que la falta de conexión social se asocia a una mortalidad comparable a la del tabaquismo. Los mecanismos son razonables. Quien tiene a alguien suele cuidarse más, detecta antes una caída o una enfermedad y encuentra un motivo para levantarse.
El problema es que las sociedades desarrolladas han ido desguazando pieza a pieza ese convoy. El sociólogo Zygmunt Bauman describió la modernidad líquida como un tiempo en el que los vínculos se atan sin fuerza para poder soltarlos pronto. La familia, durante siglos el principal sostén, se ha individualizado.
El demógrafo David Reher distinguió entre las sociedades de lazos familiares fuertes, incluidas
las mediterráneas, y las de lazos débiles. Estas últimas son características del norte de Europa y Estados Unidos, donde el individuo prima sobre el grupo. España, como otras sociedades occidentales, transita deprisa del primer modelo al segundo. En una generación, muchos hijos han dejado de envejecer junto a sus padres, y el cuidado de las personas mayores se ha trasladado a residencias e instituciones.
Las cifras lo reflejan. En España, cerca de dos millones de personas mayores viven solas. Entre ellas, 850 000 superan los 80 años y casi ocho de cada diez son mujeres. El número de hogares unipersonales se ha disparado en medio siglo. Una de cada cinco personas mayores de 75 años vive ya en soledad. Lo que era excepción se ha vuelto estructura, y no solo aquí.
Kodokushi o muerte en soledad
En su forma más dura, ese aislamiento termina en lo que en Japón llaman kodokushi: la muerte en soledad, el cuerpo que nadie descubre hasta pasadas semanas o meses. No es una rareza oriental. En las últimas semanas, sin ir más lejos, la prensa española ha recogido varios casos. En un pueblo de Zamora encontraron sin vida a un hombre que vivía solo, tras varios días sin dar señales. En Albacete hallaron los cuerpos de una madre y su hijo a los que nadie veía desde hacía semanas.
Conviene ser prudente con las cifras, porque en España no hay registro oficial de estas muertes. Solo trascienden cuando un vecino se alarma y la noticia llega a un periódico. En el futuro, si nada cambia, el barómetro de la soledad estará en los laboratorios forenses. Algunos, incluso, proponen medir la soledad de un país por el grado de descomposición de los cuerpos al llegar a la autopsia. Porque la corrupción orgánica delata cuánto se tardó en echarlos en falta. Cuesta imaginar una distopía más silenciosa.
Una realidad social, una respuesta comunitaria
Por eso, tratar la soledad como un asunto privado, que cada cual resuelve con voluntad o con una aplicación, resulta insuficiente. Un convoy no se reconstruye en solitario, requiere una comunidad que lo sostenga, y eso es una decisión colectiva.
El propio Gobierno lo ha asumido. Al aprobar en febrero de este año el Marco Estratégico Estatal de Soledades, reconoce que la soledad no es un problema individual, sino una realidad social que exige respuesta comunitaria, con entornos de proximidad, iniciativas intergeneracionales y un urbanismo que acerque. El Reino Unido creó un ministerio de la soledad en 2018, y Japón aprobó en 2024 una ley para combatirla. Cuando varios países desarrollados legislan sobre lo mismo, el problema ha dejado de ser individual.
No conocí en la zona azul de la península de Nicoya a nadie con un plan para llegar a los cien. Conocí a gente con gallinas que alimentar, nietos que educar y vecinos con los que conversar. Ninguno llevaba la cuenta de sus años, solo de sus amistades. En aquellas casas de madera, lejos de Macondo, se puede vivir cien años sin soledad.
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José Antonio Rabadán Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Cien años sin soledad: en la zona azul de la península de Nicoya, envejecer bien no es un plan individual – https://theconversation.com/cien-anos-sin-soledad-en-la-zona-azul-de-la-peninsula-de-nicoya-envejecer-bien-no-es-un-plan-individual-285219
