Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ricardo Sotaquira-Gutierrez, Profesor Asociado e Investigador de la Facultad de Ingeniería, Universidad de La Sabana

¿Cuántos de nosotros tenemos hoy en día el mismo smartphone que teníamos en el Mundial de fútbol del 2022? Seguramente pocos. La mayoría cambiamos de teléfono mucho antes de que termine su vida útil. Consumimos productos electrónicos de manera cada vez más acelerada y los reemplazamos prematuramente. Esta tendencia se conoce como fast tech, tecnología rápida y desechable, y está acarreando graves daños a nuestro ambiente.
El nombre fast tech se deriva de otro patrón de consumo, la fast fashion o “moda rápida” –la compra continua y compulsiva de prendas–, motivada por las tendencias fugaces y el marketing.
¿Pero cuál es exactamente el impacto del reemplazo acelerado de teléfonos inteligentes? Para hacernos una idea, en la fabricación de un smartphone, se generan entre 50 y 80 kilogramos de CO₂. Eso implica que su producción global anual es responsable de entre 60 y 65 millones de toneladas de CO₂. Estas emisiones equivalen a las producidas en el año por el uso de unos 14 millones de automóviles de gasolina.
La brecha entre lo que podría durar y lo que dura un teléfono
Llamamos “vida útil potencial” al tiempo durante el cual un producto puede funcionar correctamente. Para el caso de un teléfono móvil, algunos de los principales fabricantes establecen que un smartphone nuevo puede recibir actualizaciones de su software durante seis o siete años.
Sin embargo, análisis recientes muestran que los consumidores renovamos nuestro smartphone, en promedio, cada tres años. Menos de la mitad de lo previsto por los diseñadores. ¿Será este drástico acortamiento atribuible solo a debilidades del ecosistema económico y legal?
Por supuesto, hay que tener en cuenta que tanto el hardware como el software de un equipo específico pueden sufrir deterioros que disminuyan su vida útil. En tal caso, los usuarios que busquen extender de nuevo la vida de su dispositivo dependerán de servicios de reparación y de repuestos ofrecidos por el fabricante o el mercado. Así, el grado de desarrollo que tenga la economía circular del sector incide sobre la duración efectiva de nuestros móviles.
Esta duración depende también de la existencia o la ausencia de normas en un país sobre asuntos como el derecho a la reparación o la protección contra la obsolescencia planificada.
Fomentar la circularidad y establecer regulaciones estrictas para el sector ayudaría a conservar nuestros equipos más de tres años. Pero esto no bastaría: hay factores que tienen que ver con los propios consumidores.
Cómo nos damos cuenta de que envejece nuestro teléfono
Tendemos a creer que la decisión de renovar nuestro teléfono inteligente resulta de algún análisis de coste-beneficio que hacemos explícita o implícitamente. Al contrario, investigaciones recientes han mostrado que, a menudo, no seguimos un curso racional para la decisión. Más bien estamos condicionados por un juego de factores sociales, emocionales y de novedad.
Nuestro comportamiento se entiende mejor si imaginamos que cada persona lleva una cuenta del “valor mental” de su teléfono. Cada día, ese valor mental se va erosionando, entre otras razones por aspectos estéticos. Por ejemplo, un nuevo arañazo en la pantalla o un daño en el cuerpo del equipo por una caída, por minúsculos que puedan ser, hacen que se reduzca del valor mental.
La disminución del valor de mercado del teléfono no es la misma que experimenta nuestro valor percibido: la pérdida en la contabilidad mental es más radical. Cada vez que viene a nuestra mente el defecto, baja aún más el valor.
Siempre el mismo teléfono…
Otro mecanismo similar tiene que ver con la saciedad estética y funcional. La sorpresa positiva que despertó en nosotros el teléfono cuando lo compramos pierde fuerza con el paso del tiempo. Nosotros percibimos todos los días el mismo producto, sin cambios en su exterior y funcionalidad. Nos vamos saciando. Y esta saciedad gradual reduce continuamente el valor percibido de nuestro smartphone.
Además, estas formas de deterioro del valor mental se acentúan porque los teléfono inteligentes tienen también un valor simbólico. No son simples herramientas útiles: para muchos usuarios son también símbolos de estatus. Su valor percibido depende del grupo social al que pertenezca la persona. En este contexto, un defecto estético o la pérdida de novedad del equipo hacen que el teléfono se desvalorice más rápidamente.
Finalmente, consideremos el efecto de los nuevos modelos que llegan cada año e inundan vallas y anuncios. Las diferencias entre la nueva versión y el modelo anterior suelen ser menores, incluso resultan difíciles de apreciar en la experiencia del usuario común. Sin embargo, son amplificadas en las estrategias de lanzamiento del producto. Es una ola de novedad, pero la percibimos como un “tsunami” cuando los diques han perdido su altura inicial. Y suma más erosión al valor del producto.
Repensando el reemplazo prematuro de smartphones
El consumo de teléfonos nuevos cada tres años no es una condición irreversible. Se requieren cambios en el diseño de los teléfonos, en las estrategias de negocios de los fabricantes y en las normas de los países. Esto promovería una producción y un consumo más sostenibles. Pero también los consumidores necesitamos cambiar nuestra percepción y nuestros hábitos de reemplazo.
Antes de renovar un equipo, podemos consultar información que nos brinde una imagen más objetiva de su condición actual. Podemos practicar hábitos de cuidado que lo mantengan en buenas condiciones. Y todo ello podría contrarrestar nuestras dinámicas mentales de desvalorización.
Le propongo un reto: si cambia de smartphone este año, no lo haga de nuevo hasta el próximo Mundial de fútbol. Tal vez sea una métrica simple, pero, extendida a millones de consumidores, podría influir en ese sistema sobre el que ningún consumidor tiene control directo. Este reto podría reducir emisiones, ahorrar recursos y disminuir desperdicios electrónicos.
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Ricardo Sotaquira-Gutierrez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. La trampa del ‘fast tech’: por qué reemplazamos nuestro teléfono móvil con tanta frecuencia – https://theconversation.com/la-trampa-del-fast-tech-por-que-reemplazamos-nuestro-telefono-movil-con-tanta-frecuencia-284048
