Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nazaret Ruiz Marín, Profesora del Departamento de Máquinas y Motores Térmicos, Universidad de Cádiz
En las últimas semanas, familias y docentes han vuelto a denunciar temperaturas difíciles de soportar en centros educativos españoles. Algunas aulas superan ampliamente los 30 grados y, en los casos más extremos, se han registrado clases por encima de los 40. Asociaciones de madres y padres han reclamado medidas urgentes: más sombra, climatización y reformas estructurales para que los centros puedan funcionar durante episodios de calor extremo.
La situación es fácil de entender: niños intentando concentrarse en aulas convertidas en invernaderos, profesores dando clase con ventanas abiertas por las que solo entra aire caliente y familias preguntándose si estudiar en esas condiciones es razonable. Pero el problema no se limita a instalar o no aire acondicionado. La pregunta de fondo es cómo adaptar colegios diseñados para otra realidad climática a un escenario de olas de calor más frecuentes, intensas y tempranas.
Aprender en un aula caliente cuesta más
El calor en las aulas no es solo una molestia. Cuando la temperatura sube demasiado, mantener la atención, resolver problemas o seguir una explicación exige más esfuerzo.
Las últimas investigaciones al respecto apuntan en la misma dirección. Un estudio realizado en Estados Unidos, con más de 3 000 estudiantes de quinto curso repartidos en 140 aulas, observó mejores resultados en matemáticas en las clases donde el aire se renovaba con mayor frecuencia. El mismo trabajo encontró que, dentro del rango analizado de 20 a 25 °C, cada grado menos de temperatura se relacionaba con mejores puntuaciones académicas. Otro trabajo basada en 18 estudios previos, concluyó que el rendimiento en pruebas cognitivas y tareas escolares podía mejorar de forma apreciable cuando la temperatura del aula bajaba de 30 °C a 20 °C.
Estos datos no deben leerse como una receta universal, pero sí como una advertencia clara. Un aula sobrecalentada puede convertirse en una barrera silenciosa para la concentración, el bienestar y la igualdad de oportunidades.
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El límite del aire acondicionado
El aire acondicionado puede ser necesario en determinados momentos, especialmente durante episodios extremos o en espacios vulnerables. Sin embargo, convertirlo en la única solución tiene sus inconvenientes. Aumenta el consumo eléctrico, eleva los costes de funcionamiento y desplaza al exterior parte del calor que extrae de las aulas. Además, no todos los colegios tienen la misma capacidad económica o técnica para instalar, usar y mantener estos sistemas.
Este debate llega, además, en un momento clave para la edificación. La actualización del Código Técnico de la Edificación, ligada a la Directiva europea de eficiencia energética, busca avanzar hacia un parque inmobiliario de cero emisiones en 2050 y refuerza una idea básica: antes de climatizar más, hay que reducir la demanda energética de los edificios. En un sector que ya representa alrededor del 40 % del consumo energético mundial, adaptar los colegios al calor no puede consistir simplemente en consumir más electricidad.
Primero, evitar que el aula se recaliente
Una estrategia eficaz frente al calor empieza por una idea sencilla: impedir que el aula se sobrecaliente desde el principio. Esto se consigue con decisiones de diseño pasivo: orientar bien el edificio, proteger las ventanas del sol, mejorar la ventilación, incorporar sombra y vegetación, y usar cubiertas o fachadas que absorban menos radiación. Estos factores pueden marcar una gran diferencia.
Un estudio sobre escuelas primarias en Inglaterra estimó que las aulas orientadas al sureste podían acumular entre cuatro y seis veces más horas de sobrecalentamiento que las orientadas al norte. En una escuela de Chennai, India, el uso de cubiertas reflectantes redujo la temperatura interior entre 3 y 4 °C. Y otro trabajo realizado en patios educativos encontró que la vegetación podía disminuir entre 5 y 7 °C el calor que perciben las personas por la radiación del entorno.
Por eso, toldos, persianas exteriores, aleros, cubiertas ventiladas, patios con sombra, árboles, ventilación cruzada, fachadas claras o materiales reflectantes no son simples mejoras estéticas. Son formas de reducir la radiación solar directa, limitar la entrada de calor y facilitar que el edificio se enfríe cuando la temperatura exterior lo permite.
La lógica es sencilla. Cuanto menos calor recibe el aula desde el exterior, menos energía hará falta después para recuperar unas condiciones confortables.
Aislar es clave, pero no suficiente
Tradicionalmente, la construcción ha respondido al frío y al calor mejorando el aislamiento de cubiertas, fachadas y ventanas para limitar el intercambio de calor entre interior y exterior. Pero esa protección no siempre basta. Incluso en un edificio bien aislado, el aula puede acumular calor durante la jornada escolar por la radiación solar, la presencia de estudiantes y docentes, la iluminación y los equipos.
En ese contexto, los materiales de cambio de fase pueden desempeñar un papel decisivo. No generan frío como un aire acondicionado, sino que almacenan temporalmente parte del calor acumulado para retrasar la subida de temperatura. Integrados en techos, paneles, placas de yeso o morteros, absorben calor durante las horas críticas y lo liberan más tarde, cuando el aula está vacía o puede ventilarse mejor.
Esta capacidad permite retrasar y suavizar los picos de temperatura interior. Algunos estudios muestran reducciones de varios grados y, en ciertos casos, descensos de hasta 6 °C, aunque el resultado depende del clima, del edificio, de la cantidad de material y de su combinación con ventilación, aislamiento y protección solar. La clave no es solo aislar mejor, sino hacer que el edificio responda mejor al calor.
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Colegios preparados para el clima que viene
Adaptar las aulas al calor extremo no es solo una cuestión de comodidad: tiene que ver con salud, igualdad y calidad educativa. Un colegio preparado para el clima que viene no debería limitarse a corregir el calor cuando ya ha invadido el aula, sino anticiparse a él desde el diseño del edificio.
En esa transformación, los materiales de cambio de fase, aquellos capaces de almacenar o ceder energía en forma de calor latente cuanto alcanza el cambio de estado solido-líquido o viceversa, pueden desempeñar un papel silencioso pero decisivo. No siempre veremos cómo funcionan, porque pueden integrarse en paredes, techos o paneles. Pero precisamente ahí está su interés, ayudan a estabilizar la temperatura interior durante las horas críticas y reducen la dependencia de soluciones que consumen más energía.
La verdadera innovación no consiste solo en enfriar más, sino en diseñar aulas que protejan mejor a quienes aprenden y enseñan dentro de ellas. Porque una escuela que no puede hacer frente al calor extremo es, además de un edificio incómodo, un espacio que limita el bienestar, la concentración y las oportunidades de quienes lo habitan.
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Nazaret Ruiz Marín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Aulas a 40 grados: luchar contra el calor en los colegios no debería depender solo del aire acondicionado – https://theconversation.com/aulas-a-40-grados-luchar-contra-el-calor-en-los-colegios-no-deberia-depender-solo-del-aire-acondicionado-285322

