Source: The Conversation – (in Spanish) – By Iraide Ibarretxe-Antuñano, Catedrática de Lingüística General, Universidad de Zaragoza

Las palabras parecen sencillas hasta que intentamos averiguar a quién se aplican realmente. Estos días han vuelto al debate público dos de ellas: prioridad nacional. Todos creemos entender qué significan, pero basta una pregunta para que las cosas empiecen a complicarse: ¿a quién o a qué se refiere exactamente esa “prioridad nacional”?
Hace más de un siglo, Gottlob Frege, filósofo del lenguaje alemán, propuso una distinción fundamental para entender el significado. Por un lado, está el “sentido” –la información que nos permite comprender una palabra– y, por otro, la “referencia” –las personas, los objetos o las situaciones concretas a las que se aplica–.
Pensemos en expresiones como los españoles, la gente de aquí o los nuestros. Todas nos resultan familiares. Ahora bien, si tuviéramos que enumerar quiénes forman parte de esos grupos, las respuestas no serían tan claras ni tan coincidentes.
Algo parecido ocurre con prioridad nacional. La cuestión no es qué significa la palabra nacional, sino quién queda incluido o excluido en ella.
Jurídicamente, la respuesta no deja margen de duda: quien posea esa nacionalidad. Pero los casos concretos sí plantean preguntas: ¿personas nacionalizadas?, ¿personas con doble nacionalidad?, ¿minorías históricas? Si la categoría se define jurídicamente, todos sus miembros tienen el mismo estatus, derechos y obligaciones. Lo malo es que nuestras categorías mentales rara vez siguen los códigos legales. Nos guiamos más bien por experiencias, vínculos emocionales y relaciones sociales.
La fruta y la identidad del aguacate
La psicóloga estadounidense Eleanor Rosch mostró que nuestras categorías mentales se organizan alrededor de los ejemplos más representativos: los prototipos. Si pensamos en una fruta, probablemente imaginemos antes una manzana que un limón, y un limón antes que un aguacate. Aunque todos cumplan la definición botánica de fruta, no ocupan el mismo lugar en nuestra mente. Consideramos que las manzanas son más “fruta” porque identificamos lo dulce con lo definitorio de la categoría.
Algo similar sucede con etiquetas como ciudadano, español o nacional. Sus límites jurídicos parecen claros, pero nuestros criterios son experienciales, emocionales y culturales. Cada cual construye su propia “escala de prototipicidad”.
Para la ley, una persona nacionalizada es tan “nacional” como alguien cuyos antepasados llevan generaciones en el país. Sin embargo, para algunas personas, ese individuo es el “aguacate” de la categoría: está dentro de la frontera legal, pero lejos de su prototipo mental. De ahí expresiones como el español de bien, el auténtico español, el español de verdad… Su poder no reside en lo que dicen explícitamente, sino en lo que implican y en lo que dejan sin especificar: su referencia.
“Naciobolengos” o el arte de tasar el arraigo
Pero las referencias no existen en el vacío. Para entenderlas necesitamos otra pieza indispensable: el contexto. Como propuso Dell Hymes en su modelo SPEAKING, las palabras no viajan solas: su significado depende de quién las dice, para qué y en qué situación.
Prioridad nacional siempre tiene referentes concretos; lo que cambia es su SPEAKING. No significa lo mismo en boca de una organización humanitaria que en el discurso de determinados partidos políticos.
En el marco humanitario, la prioridad nacional gira alrededor del bienestar y la vulnerabilidad. Busca alinear recursos con las necesidades de un país y se interpreta de forma inclusiva: “nacional” abarca a cualquiera que habite ese territorio.
En cambio, cuando entra en el debate parlamentario, los fines se desplazan hacia la rentabilidad electoral y la delimitación identitaria. Su interpretación se vuelve más restrictiva y favorece una lectura de autoprotección frente a una supuesta amenaza exterior. La prioridad deja de depender de la nacionalidad legal para acercarse al prototipo de “los de casa”. Es decir, quienes ostentan una nacionalidad de abolengo –los “naciobolengos”– o quienes superan el examen discrecional de arraigo.
Ahí reside la fuerza de la expresión prioridad nacional: presenta como natural una frontera cuyos límites nunca están del todo fijados. Y cuando la referencia se mueve, la exclusión se vuelve elástica.
El borrado de la memoria léxica
Cuando un término aparece por primera vez en la arena pública llama la atención. Se discute, se cuestiona e incluso genera rechazo. Sin embargo, a medida que otros actores políticos lo incorporan a su discurso y los medios lo reproducen, la ciudadanía acaba acostumbrándose a él.
La lingüística denomina este proceso “convencionalización”. Los usos se extienden y las expresiones terminan pareciendo tan naturales que olvidamos que en algún momento nos resultaban extrañas o chirriantes. Es uno de los motores que mantiene vivas a las lenguas, pero aplicado al debate político tiene un efecto secundario anestésico: borra nuestra memoria léxica.
Cada expresión arrastra usos anteriores, asociaciones ideológicas y contextos concretos. Las palabras tienen memoria, aunque a veces olvidemos escucharla. Y cuando eso ocurre, dejamos de preguntarnos quién trazó sus fronteras.
Las consecuencias de ese borrado léxico no siempre son evidentes. Un ejemplo reciente lo encontramos en la propuesta de la Comunidad de Madrid de vincular determinadas ayudas al transporte público al empadronamiento. Parece lógico: priorizar a quienes mantienen una relación administrativa más estrecha con la comunidad, a “los de casa”. No lo parece tanto si miramos quién queda al otro lado: estudiantes, trabajadores no empadronados (por diferentes causas) y personas que viven fuera, pero desarrollan buena parte de su vida en Madrid.
Es lo que tienen las fronteras elásticas; a veces se encogen tanto que, sin darnos cuenta, hay alguien que descubre que ya no está donde creía estar.
La verdadera pregunta
Las expresiones de moda en el laboratorio político cambian constantemente. Hubo un tiempo en que el debate giraba alrededor de los brotes verdes o del acrónimo MENA. Hoy la etiqueta que ocupa tertulias y discursos institucionales es prioridad nacional.
En unos meses será otra. Las modas léxicas pasan; las categorías mentales que construyeron se quedan. Por eso, como ciudadanos, conviene prestar atención no solo a lo que una expresión significa, sino a quién incluye, a quién excluye y, sobre todo, quién tiene el poder de mover sus fronteras.
Cuando se acepta que determinadas personas merecen prioridad por pertenecer a una categoría fija, la discusión acaba centrándose en decidir quién puede ser miembro legítimo de ese club de los prioritarios. Y esa respuesta, como muestran la historia y las ciencias del lenguaje, rara vez permanece estable.
Pero el verdadero reto democrático no consiste en decidir quién merece prioridad, sino en construir sociedades donde los derechos y las oportunidades no dependan de la cercanía a un prototipo tan cambiante como arbitrario. Porque la pregunta urgente nunca es solo quién está hoy dentro de la prioridad nacional. La pregunta crucial es quién tendrá el poder de decidir mañana que usted se ha quedado fuera.
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Iraide Ibarretxe-Antuñano es Investigadora Principal en el proyecto “Motivación, iconicidad y arbitrariedad en el procesamiento del lenguaje multimodal (MOTIV)” (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, PID2021-123302NB-I00). Coordina el Grupo de Acción ICON del Campus Íberus, el grupo de innovación Innolingua+ y la iniciativa Lingüística para Tí. Dirige la plataforma de divulgación Zaragoza Lingüística a la Carta (Grupo Psylex, H-11-17R).
– ref. ¿Qué queremos decir cuando decimos ‘prioridad nacional’? – https://theconversation.com/que-queremos-decir-cuando-decimos-prioridad-nacional-284798
