¿Un silencio vale más que mil palabras? A menudo mejoramos el debate público si callamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Neftalí Villanueva Fernández, Profesor Titular de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Universidad de Granada

Tero Vesalainen/Shutterstock

El silencio tiene mala prensa. En la vida pública, halagos y reproches suelen asociarse con lo que alguien ha dicho. Cuando el silencio aparece en escena, lo hace a menudo bajo fórmulas de derrota: “lo dejó sin palabras”, “no supo qué responder”, “se quedó sin argumentos”. Estas expresiones caracterizan momentos en los que alguien, frente a la fragilidad de sus razones, es incapaz de articular una respuesta.

Sin embargo, hay ocasiones en que el silencio tiene otros efectos. Especialmente en ámbitos públicos, puede cumplir distintas funciones. Permite romper con las expectativas de quienes nos interpelan o comunicarnos de maneras inesperadas para no caer en el juego polarizador. La filosofía del lenguaje ha estudiado algunos de estos casos en los últimos años.

La trampa del sí o no

En un juicio por violación interrogan a la víctima. El abogado defensor le pide responder “sí” o “no” a las preguntas que le va a hacer. Después, reproduce el vídeo de la agresión delante del jurado. Se ve cómo la víctima comienza resistiéndose furiosamente, cómo el acusado la sujeta con brusquedad, forzándola, hasta que deja de resistirse y se queda inmóvil hasta el final.

El abogado defensor pregunta: “¿acaso no es cierto que, pasados unos minutos, dejó usted de mostrar cualquier signo de resistencia?”. La víctima permanece en silencio. Si contesta “sí”, parece admitir que acabó consintiendo. Si contesta que “no”, después de que el jurado vea el vídeo, queda como una mentirosa. En casos como este, analizados por el filósofo Alex Davies, la víctima solo tiene dos opciones: callar o hablar sabiendo que sus palabras serán usadas en su contra.

Silencios elocuentes y no diálogo

Este es un caso de silenciamiento. Pero hay otros silencios que no operan como reacciones condicionadas ante un intento de dominación, sino elecciones comunicativas deliberadas. Las también filósofas Alessandra Tanesini y Anna Klieber han estudiado estos “silencios elocuentes”, que comunican rechazo, distancia o desaprobación ante, por ejemplo, un comentario de mal gusto.

Ahora bien, quienes guardan silencio no siempre pretenden “decir” algo. A veces el silencio se emplea estratégicamente para evitar que, al responder, determinados temas ganen espacio en la esfera pública.

Un caso tuvo lugar en la Asamblea de Ceuta, cuando varios partidos políticos acordaron una política de no diálogo con una formación que frecuentemente hace declaraciones racistas. Otro ejemplo: La OMS refuerza sus políticas de vacunación con campañas formativas dirigidas al personal sanitario, en lugar de convertir a los grupos antivacunas en interlocutores.

Naturalización de la ideología y politización de la ciencia

En la publicación Strategic silence and politicized speech, mostramos la efectividad del silencio estratégico en dos contextos muy concretos, que representan dos formas de propaganda: la naturalización de la ideología y la politización de la ciencia.

En los casos de naturalización de la ideología, actitudes o prejuicios que antes se percibían como sesgos ideológicos empiezan a presentarse como hechos, explicables a través de la ciencia. Ciertas explicaciones biológicas o evolutivas de las brechas de género en disciplinas académicas, ámbitos profesionales o posiciones de autoridad son ejemplos de este fenómeno. La discriminación por razones de género adquiere así apariencia científica.

En los casos de politización de la ciencia ocurre lo contrario: el trabajo de quienes investigan cuestiones empíricas, sociales o naturales, se presenta como una contribución a una agenda política. Las discusiones sobre el aumento de las temperaturas de la Tierra debido a la acción humana son un ejemplo claro. En lugar de discutir la evidencia, los modelos o las medidas adecuadas, se desplaza el foco hacia supuestos intereses ideológicos.

Al defendernos de la naturalización de la ideología o de la politización de la ciencia incurrimos en “desacuerdos cruzados”: situaciones donde las partes parecen discutir sobre lo mismo, pero dan muestras claras de concebir la disputa en términos distintos. Tú y yo discrepamos sobre algo, pero para ti es una cuestión factual, que se resuelve atendiendo exclusivamente a los hechos, mientras que para mí atañe a qué valores queremos potenciar como sociedad.

Los desacuerdos cruzados favorecen la polarización. Cada intervención añade razones a favor de lo que ya defendemos. Quienes ya nos apoyan refuerzan lo que nos separa de los otros. Y, con el tiempo, los argumentos ajenos dejan de verse como razones que merecen atención: pasan a funcionar como señales de pertenencia.

Cuando el aumento de la polarización no nos favorece, puede merecer la pena permanecer en silencio o, al menos, no responder en los términos esperados. Eso no siempre significa callar por completo. A veces consiste en negarse a discutir la provocación tal como ha sido planteada.

“También trabajamos para ti”

La respuesta de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) tras la dana en su cuenta oficial de X ofrece un ejemplo ilustrativo. Cuando una usuaria acusó a la AEMET de no tener credibilidad y de ser “sicarios del sistema” que defienden la “estafa” del cambio climático antropogénico, la Agencia evitó polemizar, respondiendo simplemente: “Cuando veas un aviso rojo de la AEMET, ponte a salvo. A pesar de todo, también trabajamos para ti”.

El silencio estratégico no sustituye a la crítica ni exonera de responder cuando la respuesta sea necesaria. Pero no estamos obligados a responder siempre. Saber cuándo callarse no supone abandonar la deliberación pública. A menudo es la mejor forma de cuidarla.

The Conversation

Neftalí Villanueva Fernández recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Andrea Rodríguez Gómez recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y de la Universidad de Granada.

José Luis Liñán recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y de la Universidad de Granada.

ref. ¿Un silencio vale más que mil palabras? A menudo mejoramos el debate público si callamos – https://theconversation.com/un-silencio-vale-mas-que-mil-palabras-a-menudo-mejoramos-el-debate-publico-si-callamos-283706