Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim, Universidad de Navarra
Después de una campaña con un récord histórico de 35 candidatos presidenciales y tras meses discutiendo sobre fragmentación política, volatilidad electoral y crisis de representación, el país dio un giro de 360 grados y llegó en la segunda vuelta exactamente al mismo lugar donde estuvo hace cinco años: una contienda entre Keiko Fujimori y el heredero político de Pedro Castillo, Roberto Sánchez.
“¿Por quién va a votar, señor?”, preguntábamos a los taxistas con los que nos topábamos. “Por el menos malo”, solía ser la respuesta.
Aunque en la primera vuelta de 2021 competían 18 candidatos y esta vez fueron 35, el desenlace es extraordinariamente parecido. En ambos casos, siete de cada diez peruanos votaron en primera vuelta por opciones distintas de las que finalmente llegaron al balotaje.
Tras la votación, las encuestas a pie de urna daban ganadora a Keiko, mientras el conteo rápido otorgaba la victoria a Sánchez. La Oficina Nacional de Procesos Electorales ONPE señalaba en la mañana del lunes, al 93 % escrutado, que Keiko obtenía un 50.091 % y Sánchez un 49.909 %.
Empate virtual
Las informaciones disponibles antes de la jornada electoral apuntaban ya a ese empate virtual. Las encuestas simuladas, que suelen hacerse en vísperas de una elección, circulaban pródigamente por canales de WhatsApp, pese a la veda electoral. Las plataformas digitales y los mensajes de persona a persona amplificaron la difusión.
El silencio electoral y la etiqueta de “confidencial, no difundir” no hacía sino incrementar la capacidad viral de los mensajes. Recibimos seis encuestas distintas simuladas que daban el mismo resultado: una ínfima ventaja para Keiko. La diferencia entre ambos candidatos era mínima, y siempre dentro de los márgenes técnicos de error.
Keiko aventajaría a su rival en Lima, mientras Roberto Sánchez encontraría sus principales apoyos en las zonas rurales e indígenas. Era, nuevamente, un mapa electoral reconocible.
Al día siguiente el vaticinio se hizo resultado: en las encuestas de salida o exit polls, que comenzaron a circular al cerrar las mesas, Keiko ganaba por un punto; mientras que, en el conteo rápido, unas horas después, la diferencia se invertía a favor de Sánchez. La ventaja de los 0,5 puntos porcentuales se hacía realidad, todo dentro de la posibilidad del error estadístico.
Lima es de Keiko, las zonas rurales de Sánchez
La geografía política peruana parece mucho más estable que sus candidaturas. Keiko ha obtenido el 66 % de los votos en Lima, que concentra un tercio de los electores del país, mientras Sánchez ha mantenido el dominio en el sur del país, especialmente en las zonas rurales, donde el 56 % ha votado por él.
La experiencia es un grado y Keiko salió la noche electoral a decir que esperaría el recuento final. Sánchez fue por el mismo camino. Ambas sedes de fin de campaña albergaban a unos pocos seguidores, desencajados en la sede de Fuerza Popular (Fujimori) y poco convencidos en la sede de Juntos por el Perú (Sánchez). No era una noche de fiesta electoral, era la confirmación de que el Perú se había partido en dos nuevamente y se volvía a debatir entre la incertidumbre y la ingobernabilidad.
Más opciones, mayor polarización
Cuantas más alternativas ofrece el sistema, más termina reduciendo la decisión final a una confrontación entre polos. La hiperfragmentación no está produciendo mayor pluralismo. Al contrario, está produciendo polarización.
Durante la campaña de abril, describíamos al sistema político peruano como un entorno caótico, donde pequeñas variaciones podían alterar significativamente los resultados finales.
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La extrema cercanía entre los candidatos que disputaban el segundo lugar confirmó esa intuición. Entre varios aspirantes apenas existían diferencias marginales. Entre el segundo y el quinto hubo apenas dos puntos de diferencia, un cuádruple empate entre quienes aspiraban al segundo lugar.
La segunda vuelta vuelve a simplificar el abanico de la realidad política peruana en un dilema binario. Como en 2021, Perú no es una sociedad particularmente polarizada cuando se observa el posicionamiento ideológico de sus ciudadanos. Como ocurre en buena parte de América Latina, la mayoría de los electores se ubica cerca del centro. Sin embargo, las reglas de competencia terminan empujando la elección hacia opciones que muchos ciudadanos perciben como extremas.
La polarización no surge desde abajo, sino que se incentiva por la propia dinámica institucional. Por ello, la campaña de segunda vuelta parece organizada principalmente alrededor de los rechazos. Los apoyos de los candidatos eliminados importan, pero difícilmente se transfieren de manera automática. Los votos pertenecen a los ciudadanos y no a los dirigentes políticos.
Lo decisivo parece ser otra cosa: el miedo. Quienes perciben en Sánchez la continuidad del “castillismo” encontrarán incentivos para votar por Keiko Fujimori. Quienes identifican en el “fujimorismo” una amenaza para la calidad democrática harán el recorrido contrario.
Votar al mal menor
Antes del debate electoral las encuestas mostraban un 26 % de voto indeciso. Después del debate, ante una imagen de un Roberto Sánchez crecido y ganador, había bajado al 13 %, según la empresa de estudios de mercado y opinión pública CPI. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, ese voto no iba a favor de Sánchez. El miedo había movilizado a los indecisos para que se inclinaran por Keiko: era mejor una candidata por la que no sentían simpatía, que una reedición de un Gobierno de corte populista de izquierdas.
El miedo al discurso de expropiaciones de casas, nacionalizaciones de empresas y a la intervención cambiaria –Perú tiene una de las monedas más estables de la región– dio paso al voto de la resignación: votar a Keiko, votar al mal menor. Así, una vez más, el voto a la contra adquiere más relevancia que el voto a favor.
Tomando el pulso gracias a los taxistas
En Lima, donde un 66 % de electores han votado por Fujimori, hicimos nuestro ejercicio particular de opinión pública, con los receptores de las opiniones de miles de personas que se atreven a atravesar sus caóticas calles: los taxistas.
Durante nuestra semana de observación electoral en el Perú, los taxis, Uber o Cabify se convirtieron en nuestro marco muestral.
Preguntados 14 conductores por su intención de voto, seis dijeron que votarían por Keiko. Aunque los mismos seis coincidían en que no les gustaba, todos ellos señalaban que no había otra opción. Otros cuatro manifestaron que no votaban porque eran de fuera, pero que, si pudieran hacerlo, se inclinarían también por Keiko. La razón: al ser venezolanos, reconocían en Sánchez el discurso de Hugo Chávez al inicio de su régimen. Dos no quisieron decir su voto y dos dijeron claramente que su opción era el partido de Roberto Sánchez.
En resumen, ninguno era apasionado de Keiko como su candidata, pero diez señalaban que había que votarle. Ella ha sido, en Lima, la opción para frenar a Sánchez.
Pérdida de confianza institucional
A la decisión defensiva, que intenta evitar la peor opción, se suma un elemento que diferencia esta elección de la de hace cinco años: la confianza institucional. Las controversias asociadas al desarrollo y escrutinio de la primera vuelta han debilitado la credibilidad del árbitro electoral precisamente cuando la competencia parece más cerrada.
El temor al fraude ha propiciado que los partidos y las instituciones hayan hecho un esfuerzo por la transparencia. A diferencia de las elecciones de 2021, los dos partidos han contado esta vez con un total de 100 000 personeros (testigos electorales de los partidos) para 90 223 mesas de sufragios. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) ha situado a 28 771 fiscalizadores para que estén presentes en las mesas y reporten las incidencia. También se han desplegado voceros en medios de comunicación y se ha presentado una web abierta a toda la ciudadanía, con información actualizada cada cinco minutos.
La jornada electoral ha trascendido sin novedades ni incidencias relevantes. El recuento de votos ha sido rápido, por la facilidad que supone la participación de solo dos candidatos. El traslado de actas y cédulas electorales ha resultado seguro. Sin embargo, las autoridades contenían la respiración para que en las elecciones no reapareciera el fantasma del fraude.
La consecuencia inevitable de un proceso polarizado ha sido un escenario de máxima incertidumbre. Una elección extremadamente ajustada, entre candidatos con elevados niveles de rechazo, en un contexto de confianza institucional disminuida.
Déjà vu peruano
El problema, sin embargo, trasciende a los candidatos. Después de 35 postulaciones presidenciales, una campaña hiperfragmentada y varios lustros de crisis política, el sistema vuelve a desembocar en el mismo dilema. La pregunta no es quién ganará la elección, sino por qué las reglas siguen produciendo sistemáticamente resultados similares.
Quizás el verdadero déjà vu peruano no es tanto la presencia recurrente de determinados candidatos, como la persistencia de un sistema que convierte la diversidad de opciones en una elección entre temores.
Y mientras eso ocurra, el país seguirá atrapado entre la fragmentación de la primera vuelta y la polarización de la segunda, reproduciendo, una y otra vez, la misma melodía electoral.
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Las autoras han sido observadoras internacionales de la elección peruana, como parte de la misión del Observatorio Complutense de Desinformación
observadora intrenacional
– ref. Perú se debate entre la polarización y el voto de rechazo: ajustadísimo resultado en las elecciones presidenciales – https://theconversation.com/peru-se-debate-entre-la-polarizacion-y-el-voto-de-rechazo-ajustadisimo-resultado-en-las-elecciones-presidenciales-284687
