Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antoni Aguiló Bonet, Investigador postdoctoral en filosofía contemporánea, Universitat de les Illes Balears
El músico y escritor Abraham Boba ha publicado 163 centímetros, un ensayo autobiográfico sobre lo que significa vivir siendo un hombre con una estatura inferior a la media. A primera vista, podría parecer una cuestión trivial. Sin embargo, la altura (como otros rasgos corporales) no es socialmente neutra.
Durante décadas, la investigación académica sobre la imagen corporal se centró casi exclusivamente en las mujeres. La presión estética sobre ellas (desde la delgadez hasta la juventud) se analizó como un mecanismo de control social y de desigualdad de género.
Sin embargo, las investigaciones muestran que la insatisfacción corporal también está presente entre los hombres. Estudios recientes realizados a nivel europeo señalan que está asociada con la percepción del propio cuerpo, la comparación social y el bienestar psicológico. También con conductas relacionadas con la alimentación o la musculatura. En este sentido, la insatisfacción corporal masculina no es un fenómeno marginal, sino una dimensión de la salud mental en la población en general.
Altura y normas sociales
La altura masculina es un rasgo con implicaciones sociales. Numerosos estudios han documentado la existencia de la llamada “norma del hombre más alto” (male-taller norm): la expectativa cultural de que los hombres midan más que sus parejas femeninas. Estudios recientes confirman que esta preferencia no solo persiste, sino que la altura es valorada como un rasgo más importante por las mujeres que por los hombres en la elección de pareja.
La altura se asocia culturalmente con cualidades como el liderazgo o la protección. Esto ayuda a explicar por qué puede influir en la percepción del atractivo o del estatus social. En este sentido, un rasgo aparentemente trivial (unos centímetros más o menos) puede tener consecuencias en ámbitos tan diversos como las relaciones sentimentales o la autoestima.
El interés de libros como el de Boba radica precisamente en visibilizar cómo características corporales aparentemente banales pueden convertirse en experiencias sociales significativas.
El cuerpo: capital erótico, cultural o social
Para entender por qué el cuerpo adquiere tanta relevancia social, algunos sociólogos han recurrido al concepto de capital erótico. Propuesto por la socióloga británica Catherine Hakim, posteriormente fue discutido por autores como José Luis Moreno Pestaña, en su trabajo sobre cuerpo, estética y desigualdad.
Este concepto describe el conjunto de atributos relacionados con la apariencia física (belleza, estilo, encanto o forma corporal) que pueden traducirse en ventajas sociales o profesionales en determinados ámbitos de la vida social.
En este sentido, el cuerpo puede entenderse como una forma de recurso social que, en determinados contextos, funciona de manera similar a otras formas de capital descritas por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, como el capital cultural. Es decir, las competencias, habilidades y conocimientos que permiten a ciertos grupos obtener reconocimiento y estatus.
Masculinidad y silencio corporal
A pesar de esta presión, existe una diferencia cultural importante entre hombres y mujeres: la forma en que se habla del cuerpo.
Las mujeres han desarrollado en las últimas décadas movimientos sociales y culturales que cuestionan los estándares de belleza, como el body positive. Este tiene raíces en tradiciones feministas e interseccionales, orientadas a promover una mayor aceptación corporal frente a los ideales normativos dominantes.
Dichos movimientos han contribuido a visibilizar el impacto psicológico y social de los cánones corporales. Según investigaciones recientes, la exposición a contenidos body positive se asocia con mejoras en la satisfacción corporal y el bienestar emocional.
En cambio, el malestar corporal masculino suele expresarse de forma más indirecta. Diversos estudios señalan que los varones tienden a abordar su relación con el cuerpo como una trayectoria de cambio y gestión.
Es decir, los hombres describen su relación con el cuerpo a través de prácticas concretas, como el ejercicio, la dieta o los cambios físicos, que organizan su experiencia corporal en términos de acción. El cuerpo masculino se presenta como una realidad que se modifica, se gestiona y se optimiza a lo largo del tiempo, más que como una experiencia centrada en la expresión directa del malestar o la vulnerabilidad estética.
Esta diferencia se ha relacionado con normas tradicionales de masculinidad que valoran el autocontrol y limitan la expresión pública del malestar corporal o emocional. En este sentido, algunas autoras han señalado que la presión estética no opera solo como una exigencia externa, sino como una forma de violencia interiorizada que estructura la relación con el propio cuerpo, tal como plantea Elena Crespi.
Hablar del cuerpo masculino
En este contexto, textos autobiográficos como el de Abraham Boba pueden interpretarse como parte de un cambio cultural más amplio: el inicio de una conversación pública sobre el cuerpo masculino.
Más que inaugurar un tema nuevo, estas narrativas contribuyen a hacer visibles experiencias que durante mucho tiempo han permanecido poco nombradas.
Comprender estas dinámicas es relevante no solo para analizar los cambios culturales en torno a la masculinidad, sino también para abordar sus implicaciones en la salud mental y el bienestar.
Por ello, el creciente interés académico por la imagen corporal masculina refleja un cambio en la forma de entender la relación entre cuerpo, género y bienestar. Y abre nuevas líneas de investigación sobre sus implicaciones sociales y psicológicas.
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Antoni Aguiló Bonet es miembro de Homes Transitant, asociación sin ánimo de lucro dedicada a la reflexión crítica sobre masculinidades.
– ref. ¿La altura importa? El cuerpo masculino y la presión de ser bajo – https://theconversation.com/la-altura-importa-el-cuerpo-masculino-y-la-presion-de-ser-bajo-282322

