¿Se comportarían igual los adolescentes de ‘El señor de las moscas’ en la actualidad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida

Fotograma de la serie _El señor de las moscas_. Movistar Plus

La nueva adaptación audiovisual de El señor de las moscas ha devuelto a la conversación pública una pregunta incómoda y fascinante: ¿qué ocurre cuando un grupo de adolescentes queda aislado de la supervisión adulta? La novela de William Golding, publicada en 1954, se convirtió en un clásico precisamente porque obligaba a mirar de frente los conflictos entre civilización y barbarie, cooperación y violencia, pertenencia y exclusión.

Sin embargo, releer hoy esta historia desde la psicología y las ciencias sociales permite ir más allá de la idea simplista de que “el ser humano es malo por naturaleza”. Lo verdaderamente perturbador no es solo la violencia que aparece, sino cómo surge a través de las dinámicas grupales propias de la adolescencia: la necesidad de reconocimiento, la presión de los iguales, la lucha por el estatus y el miedo a quedarse fuera.

La novela incomoda porque no habla únicamente de una isla desierta; habla de cualquier contexto donde el miedo pesa más que la empatía.

La adolescencia: una etapa social antes que individual

Tradicionalmente, la adolescencia se ha interpretado como un periodo de cambios individuales: hormonales, emocionales o cognitivos. Pero hoy sabemos que gran parte de la identidad adolescente se construye socialmente. Los iguales funcionan como un espejo desde el que los jóvenes aprenden quiénes son, qué lugar ocupan y qué conductas les otorgan aceptación.

En El señor de las moscas, el grupo no tarda en organizarse en torno a liderazgos, alianzas y normas implícitas. Ralph representa un modelo de autoridad basado en la cooperación y la deliberación; Jack, en cambio, encarna un liderazgo emocional y tribal, sustentado en el miedo, la excitación colectiva y la promesa de pertenencia.




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Lo inquietante es que estas dinámicas no pertenecen únicamente a una isla ficticia. La psicología social lleva décadas mostrando que los grupos de adolescentes tienden a organizarse rápidamente alrededor de jerarquías de reconocimiento y estatus. En contextos de incertidumbre, los liderazgos más impulsivos o agresivos pueden resultar especialmente atractivos porque ofrecen cohesión, identidad clara y respuestas simples.

Quizá demasiado simples. Pero precisamente por eso, tan seductoras.

El grupo como refugio… y como amenaza

Durante la adolescencia, pertenecer al grupo es casi una necesidad evolutiva. La exclusión social activa en el cerebro regiones similares a las del dolor físico. Por eso muchos adolescentes priorizan la aceptación grupal incluso cuando implica actuar contra sus propios valores.

En la novela, personajes que inicialmente rechazan la violencia terminan participando en dinámicas crueles porque el grupo diluye la responsabilidad individual. El “nosotros” acaba imponiéndose sobre la conciencia personal.




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Este fenómeno sigue siendo muy actual. Aunque hoy las formas de agresión pueden ser diferentes –humillaciones digitales, aislamiento social, difusión de rumores o ciberacoso–, el mecanismo psicológico es parecido: el grupo otorga protección y estatus, pero también puede normalizar conductas dañinas.

La diferencia es que los adolescentes actuales no viven únicamente en espacios físicos. Las redes sociales amplifican la presión de los iguales: el reconocimiento ya no depende solo del aula o del grupo de amigos, sino también de la exposición pública, los me gusta y la visibilidad constante. La isla de Golding, hoy, probablemente estaría hiperconectada: cámaras, exposición constante y espectadores observando en tiempo real.

Masculinidad, competencia y ausencia de chicas

Hay otro elemento fundamental que suele pasar desapercibido: en El señor de las moscas solo aparecen chicos. Y esto condiciona las dinámicas sociales que se desarrollan.

La novela fue escrita en una época en la que la masculinidad se asociaba con la competitividad, la dureza emocional y la conquista del poder. Los personajes reproducen un modelo de relación basado en la rivalidad jerárquica: demostrar fuerza, dominar al grupo y ocultar la vulnerabilidad.




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Sería ingenuo pensar que la presencia de chicas garantizaría un entorno pacífico. Tanto chicos como chicas pueden participar en dinámicas de exclusión o violencia. Pero sí sabemos que la socialización de género influye en la manera de gestionar los conflictos, expresar las emociones y construir liderazgo.

Aunque estas diferencias nunca son absolutas, la socialización masculina sigue premiando con más frecuencia la competitividad, el control emocional y la afirmación jerárquica, mientras que muchas chicas reciben mensajes más orientados al cuidado relacional y la gestión emocional. La presencia de ambos géneros probablemente habría introducido formas distintas de negociación, alianzas y resolución de tensiones.

Además, la ausencia de chicas elimina del relato una cuestión esencial en la adolescencia contemporánea: la diversidad de identidades y modelos relacionales. Los grupos adolescentes actuales son mucho más heterogéneos que los de mediados del siglo XX, tanto en género como en sensibilidad emocional, formas de liderazgo o maneras de entender la autoridad.




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¿Serían iguales los adolescentes actuales?

La respuesta corta es no. Pero tampoco serían completamente diferentes.

Los adolescentes de hoy disponen de más herramientas emocionales y más discursos sobre salud mental, igualdad o convivencia. Hablan con mayor naturalidad de ansiedad, vulnerabilidad o bienestar psicológico. También están más acostumbrados a cuestionar la autoridad y a reconocer distintas identidades. Sin embargo, las necesidades psicológicas básicas siguen siendo muy parecidas: pertenecer, ser reconocidos, encontrar un lugar dentro del grupo y construir una identidad propia.

Por eso El señor de las moscas continúa resultando tan incómodo. No porque describa adolescentes “salvajes”, sino porque muestra algo profundamente humano: cómo el miedo, la incertidumbre y la necesidad de pertenencia pueden transformar la conducta colectiva.

Una versión buena y otra mala

Quizá la pregunta ya no sea si los adolescentes actuarían igual en una isla desierta. La cuestión verdaderamente relevante es otra: ¿qué condiciones sociales favorecen que un grupo saque su mejor versión… o la peor?

Y esa cuestión interpela no solo a los adolescentes, sino también a la sociedad adulta que los observa, los educa y, muchas veces, proyecta sobre ellos sus propios temores. Porque, en el fondo, el miedo al “salvajismo” adolescente también refleja las limitaciones del mundo adulto para comprender qué necesitan realmente los jóvenes y cómo ayudarlos a construir vínculos más sanos.

The Conversation

Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Se comportarían igual los adolescentes de ‘El señor de las moscas’ en la actualidad? – https://theconversation.com/se-comportarian-igual-los-adolescentes-de-el-senor-de-las-moscas-en-la-actualidad-282510