Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gonzalo Martín Pérez Arana, Profesor Titular de Anatomía y Embriología Humanas, Universidad de Cádiz
En las últimas décadas, la frontera entre la actividad física y la lógica de mercado se ha vuelto casi invisible. Lo que antes era una expansión natural del cuerpo, un espacio de recreo, ha sido colonizado por la lógica productiva. Hoy no “hacemos deporte”, sino que más bien “producimos bienestar”. El ejercicio físico se ha transformado en una extensión de la jornada laboral, afectando a la salud física y mental de niños y adultos, y desconectándonos de la esencia misma del movimiento humano: el placer.
La infancia bajo el cronómetro: el fin del juego libre
Un impacto preocupante de esto se observa en la infancia. Tradicionalmente, el juego era un espacio autogestionado, sin más reglas que las que los propios niños establecían y sin más fin que el disfrute. Sin embargo, la obsesión actual por el rendimiento competitivo precoz ha profesionalizado el patio de recreo.
Cada vez más temprano, los niños son inscritos en disciplinas con entrenamientos estructurados y metas rígidas. Esta exigencia no es gratuita. Desde el punto de vista fisiológico, la especialización temprana y el entrenamiento de alta intensidad provocan una epidemia de daños musculoesqueléticos antes exclusivos de atletas olímpicos: fracturas por estrés, tendinitis crónicas y daños en las placas de crecimiento, desoyendo los consejos de sociedades como la American Medical Society for Sports Medicine que recomiendan como norma no entrenar más horas semanales que la edad del niño en años.
Pero el daño más profundo es el simbólico. Al sustituir el juego libre por la competencia reglada, el niño deja de explorar su cuerpo de forma creativa. El movimiento se vuelve una respuesta a una orden externa, no un impulso interno. Cuando el deporte se convierte en “trabajo” antes de los diez años, el riesgo de abandono deportivo –el burnout infantil– es altísimo.
Al llegar a la adolescencia, muchos jóvenes asocian el ejercicio con la presión y el fracaso, alejándose para siempre de una vida activa.
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El adulto y el fitness como “segundo empleo”
En la edad adulta, la distorsión toma otra forma: la cuantificación. Vivimos en la era del self-tracking, la práctica de registrar y analizar datos personales de manera sistemática a través de la tecnología. Relojes inteligentes, aplicaciones de rendimiento y redes sociales han convertido el trote matutino o la sesión de gimnasio en un conjunto de datos que deben ser optimizados. El ejercicio ha pasado de ser un alivio del estrés a ser una de sus fuentes.
Cuando el valor de una actividad física depende exclusivamente de las calorías quemadas, los kilómetros recorridos o la comparación con los estándares de una comunidad digital, el cuerpo deja de ser un sujeto para convertirse en un objeto de gestión. Esta “obligación medible” genera una relación neurótica con la salud. Si el reloj no registra la actividad, parece que esta no ha ocurrido. Si no se superan las marcas del día anterior, el sentimiento es de ineficacia.
Esta presión no solo agota la mente: destruye el cuerpo. La lesión por sobreuso en aficionados es el resultado directo de ignorar las señales propioceptivas del organismo en favor de las métricas.
El adulto moderno, agotado por su jornada laboral, se impone un entrenamiento extenuante bajo la premisa del “no pain, no gain” (sin dolor no hay ganancia), ignorando que el cortisol generado por el estrés competitivo se suma al estrés profesional, lo que desemboca en fatiga crónica y desmotivación.
La desnaturalización del placer
La consecuencia final de todo lo anterior es la pérdida del placer natural. El cuerpo está diseñado para moverse; la dopamina y las endorfinas son los premios evolutivos por el movimiento. Sin embargo, cuando ese movimiento está mediado por la presión del resultado, la gratificación se desplaza del proceso al dato final. Ya no se disfruta el correr, se disfruta el haber terminado y haber cumplido la meta.
Esta desconexión nos vuelve analfabetos corporales. Dejamos de saber cuándo nuestro cuerpo necesita descanso, cuándo necesita un estiramiento suave o cuándo pide un esfuerzo explosivo, porque la planificación externa manda sobre la sensación interna. El ejercicio se despoja de su aura de libertad y se vuelve una tarea pendiente en una lista de deberes.
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Por la recuperación del movimiento lúdico
Para restablecer nuestra salud y equilibrio, es necesario desmantelar la idea del deporte como producción. Volver al movimiento lúdico significa redescubrir la actividad física como fin en sí mismo. No abandonar el esfuerzo, sino de cambiar el motor que lo impulsa.
En la infancia debemos reivindicar el juego, devolviendo a los niños ese tiempo no estructurado, con menos ligas competitivas y más árboles a los que trepar. El juego libre es la base del desarrollo cognitivo y emocional: el espacio donde se aprende a negociar, a imaginar y a amar el movimiento por lo que se siente, no por la medalla que se gana.
En los adultos, el primer paso hacia la salud es, paradójicamente, dejar el reloj en casa de vez en cuando. Escuchar el ritmo de la respiración sin compararlo con un gráfico de frecuencia cardíaca. Permitirse entrenar a una intensidad baja solo por el placer de sentir el aire o la fuerza de los músculos, sin la presión de la “quema calórica” y centrándonos en el propio movimiento lúdico como una invitación a la exploración. Probar una disciplina nueva no para ser el mejor, sino por la curiosidad de aprender un patrón motor diferente. Bailar, nadar sin contar largos, caminar por el monte sin mirar el GPS.
En definitiva, el ejercicio no debería ser un castigo por lo que comimos, ni una competencia contra nosotros mismos para demostrar productividad. Es, fundamentalmente, la celebración de estar vivos y capaces de interactuar con el mundo. Si logramos separar el movimiento de la lógica del beneficio y el rendimiento, no solo reduciremos las lesiones y el agotamiento, sino que recuperaremos un pilar esencial del bienestar humano: la alegría de moverse por el simple y maravilloso hecho de hacerlo. Solo así el ejercicio dejará de ser una carga para volver a ser una medicina no sólo para el cuerpo, sino para el alma.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. La obsesión por el rendimiento puede quitarnos el placer de practicar deporte – https://theconversation.com/la-obsesion-por-el-rendimiento-puede-quitarnos-el-placer-de-practicar-deporte-279707

