Una larga historia de amor entre la moda, el cine… y el ‘marketing’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Isabelle Chaboud, Professeur senior d’analyse financière, d’audit et de risk management – Directrice de Programme pour le MSc Fashion Design & Luxury Management- Responsable de la spécialisation MBA "Brand & Luxury Management", GEM

Meryl Streep y Anne Hathaway en un fotograma de _El diablo viste de Prada 2_. Disney

La secuela de El diablo viste de Prada no solo recupera una historia de hace veinte años para mostrarnos en qué momento vital se encuentran ahora los personajes. También permite que todos ellos utilicen un vestuario compuesto por prendas de diseñadores de renombre que apuntalan su caracterización.

No es nada nuevo. Desde sus inicios, el cine utiliza el vestuario para situar la historia en un contexto histórico-social. Pero a partir de la década de 1960, la indumentaria trasciende su función ilustrativa para convertirse en una herramienta narrativa y simbólica.

El vestido negro de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (1961), diseñado por Hubert de Givenchy, es un ejemplo emblemático del momento en que una prenda adquiere una dimensión totalmente nueva en la gran pantalla. Con el tiempo, se convertiría en uno de los trajes más caros de la historia del cine. El único ejemplar vendido se adjudicó por 608 000 euros en una subasta en 2006.

Y eso sucedió porque esa pieza tubo de satén, con cortes minimalistas en la espalda, encarna la elegancia atemporal y consagra la unión entre la alta costura y el séptimo arte. La escena inmortalizada frente a los escaparates de Tiffany’s eleva a la categoría de icono al “vestidito negro” popularizado por Coco Chanel en la década de 1920, y lo convierte en un símbolo de elegancia sin igual.

Inicio de Desayuno con diamantes y ese vestido.

La edad de oro de las colaboraciones

Los años 80 marcan un punto de inflexión decisivo con la llegada de Giorgio Armani, cuyas siluetas minimalistas y desestructuradas redefinen la elegancia masculina y femenina.

Armani se da a conocer al público estadounidense al crear el vestuario de Richard Gere en American Gigolo. Sus trajes, depurados y sofisticados, se convierten en su sello visual y lanzan una moda que sigue siendo influyente hasta hoy. El modisto milanés multiplica a continuación las colaboraciones destacadas: viste a Kevin Costner, Sean Connery y Robert De Niro en Los intocables de Eliot Ness, a Lauren Bacall en Una estrella por dos y, de nuevo, a Kevin Costner en El guardaespaldas. Estas apariciones contribuyen a forjar la imagen de un estilo Armani que es sinónimo del poder discreto y la elegancia atemporal.

Esta relación privilegiada entre Armani y Hollywood continúa con George Clooney y Brad Pitt en Ocean’s Thirteen, para la que diseñará el vestuario, al igual que el de Tom Cruise en Misión imposible: Protocolo fantasma, y el de Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street, donde el personaje de Jordan Belfort luce trajes de tres piezas que simbolizan su ascenso y desmesura. Estas colaboraciones ilustran cómo la moda puede servir a la narración, reforzar la credibilidad de los personajes y situar al espectador en una época o un entorno social concretos.

Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street.
Allociné

La moda como catalizador de la metamorfosis

En el cine, la ropa es un vector de transformación, como analizó recientemente un grupo de investigadores utilizando el ejemplo de Pretty Woman.

La película retoma de forma moderna el arquetipo de la transformación presente en tres cuentos clásicos: La Cenicienta, Pigmalión y La Bella y la Bestia. Vivian Ward, interpretada por Julia Roberts, es una prostituta ingenua pero encantadora. Gracias a su vestuario, pasa de una imagen marginal a una elegancia sofisticada que le permite conquistar la atención de Edward Lewis, un rico hombre de negocios interpretado por Richard Gere.

Los investigadores destacan que Pretty Woman refleja una sociedad en transformación, en la que la identidad personal está cada vez más determinada por la imagen y el estilo. Los vestidos de lunares, el vestido blanco y el sombrero negro que luce en Rodeo Drive e incluso el vestido de noche rojo en la ópera se convierten en símbolos de esta metamorfosis, popularizando tendencias que marcarán la moda estadounidense de los años 1990.

Cuando la moda moldea la ambición y la identidad profesional

En El diablo viste de Prada, adaptación de la novela de Lauren Weisberger, la moda no es solo un accesorio, sino un instrumento de poder y transformación. Andrea Sachs, una joven periodista recién licenciada interpretada por Anne Hathaway, se convierte en la asistente de Miranda Priestly, la tiránica redactora jefe de la revista Runway (encarnada por Meryl Streep).

Al principio, Andrea es objeto de burlas por su falta de estilo, pero sufre una metamorfosis en su forma de vestir que refuerza su confianza en sí misma. Un abrigo blanco, una chaqueta verde, una falda plisada e incluso unas botas negras de Chanel hasta el muslo se convierten en los marcadores visuales de su evolución. Todos ellos ilustran cómo la adopción de los códigos de la moda puede abrir las puertas a un mundo profesional despiadado.

Veinte años después, el estreno de la segunda entrega plantea una pregunta central: ¿sabrá Andrea imponerse ante Miranda y las demás mujeres ambiciosas del sector, adoptando prendas tomadas del vestuario masculino? ¿Qué nuevas siluetas surgirán como símbolos de esta rivalidad y de esta búsqueda de emancipación?

De la colocación de productos a la creación de tendencias

El cine y las series, al mostrar marcas de lujo, se han convertido en importantes palancas de marketing. La década de los 2000, con el impacto de la serie Sexo en Nueva York, sistematizó esta práctica y transformó las pantallas en escaparates para Manolo Blahnik, Dolce & Gabbana, Prada o Gucci. Después de todo, la colocación de productos en películas es una excelente estrategia para aumentar la notoriedad de una marca y llegar fácilmente a un segmento de la clientela.

En un mercado del lujo estimado en más de 1,5 billones de euros en 2024, con cerca del 25 % de clientes estadounidenses, no es de extrañar que las producciones al otro lado del Atlántico sean tan apreciadas por las marcas.

Sin embargo, el equilibrio sigue siendo frágil: entre la coherencia narrativa y la saturación publicitaria, las marcas deben evitar caer en la caricatura, como en Emily in Paris, donde la repetida exposición de productos de lujo roza a veces la parodia. A pesar de ello, algunas apariciones más discretas, como la de bolsos fabricados por una firma de Isère en la quinta temporada de la serie, han generado una avalancha de pedidos, lo que demuestra el impacto directo de estas colocaciones.

En la serie Emily in Paris, temporada 4, episodio 3, un baile de máscaras de alta costura.
Allociné

Cuando la moda se convierte en protagonista

La serie Love Story (2024), que narra la relación entre Carolyn Bessette y John F. Kennedy Jr. desde los años 90 hasta su trágica desaparición en 1999, ofrece un ejemplo llamativo de la influencia de la moda en la pantalla.

Aunque la ficción explora sobre todo la dimensión psicológica de la pareja, los atuendos de Carolyn Bessette ocupan un lugar central. Su estilo minimalista, depurado y elegante se convierte en un personaje en sí mismo, celebrado bajo el nombre de “Carolyn Bessette Style”. Las redes sociales se han hecho eco del fenómeno, con una explosión de búsquedas de prendas de los años 90 y del hashtag #CBK. Las plataformas de venta de segunda mano ven cómo se disparan sus ventas de ropa vintage, mientras que Calvin Klein, marca emblemática de esa época, disfruta de un resurgimiento sin precedentes.

Tráiler de Love Story.

Este éxito demuestra que la moda, cuando se integra con sutileza y pertinencia, puede trascender su papel accesorio para convertirse en un verdadero vector de identificación y aspiración. La colocación de marcas de lujo solo tiene un efecto persuasivo cuando se inscribe en un contexto narrativo coherente. Love Story es la prueba de ello.

La moda en la pantalla, entre espejo social y palanca de influencia

El vestuario cinematográfico se ha impuesto como un lenguaje universal, reflejando y anticipando los cambios sociales. Ahora trasciende su función narrativa para convertirse en una herramienta de transformación identitaria y una palanca de marketing imprescindible.

En la era digital, donde las fronteras entre ficción y realidad se difuminan, las marcas de lujo y el séptimo arte mantienen una relación simbiótica: una ofrece un escenario, la otra relato. Esta alianza, entre creación artística y estrategia comercial, sigue cautivando el imaginario colectivo, al tiempo que cuestiona los límites de una exposición cada vez más intensa. ¿Siguen viendo los espectadores en estas historias una promesa de metamorfosis personal?


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The Conversation

Isabelle Chaboud no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Una larga historia de amor entre la moda, el cine… y el ‘marketing’ – https://theconversation.com/una-larga-historia-de-amor-entre-la-moda-el-cine-y-el-marketing-281455