Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Lamo, Profesora e investigadora, Universidad de Cantabria

Durante décadas, imaginábamos que vivir fuera de la Tierra sería algo parecido a lo que mostraba la serie Los Supersónicos: un entorno limpio, automático y maravillosamente cómodo. Casas suspendidas en el aire, coches voladores, botones que lo resolvían todo y una tecnología tan perfecta que parecía no necesitar ni mantenimiento ni electricistas. Allí, el futuro era una mezcla de superficies brillantes y ninguna avería.

Hanna Barbera.
La Luna real, si algún día la habitamos de verdad, se parecerá poco a eso.
Después de Artemis II: colonia más que misión
Después del éxito de Artemis II, la conversación espacial ya no gira solo en torno a volver a la Luna, sino en torno a algo más difícil: cómo quedarse allí. El problema deja de parecerse a serie animada y empieza a asemejarse a algo mucho más terrestre: una infraestructura.
Suena poco glamuroso, pero la primera colonia lunar se parecerá más a una instalación crítica que a una fantasía futurista. En concreto, será algo más cercano a una urbanización con placas solares, baterías, consumos esenciales y miedo a que falle la instalación, que a lo que hemos visto en la ciencia ficción clásica. Porque una colonia no es una misión.
Una misión puede permitirse ser espectacular. Una colonia no. Una misión llega, cumple objetivos y regresa. Una colonia tiene que seguir funcionando mañana, pasado mañana y durante la noche lunar. Tiene que mantener soporte vital, control térmico, comunicaciones, iluminación, movilidad, robots, ordenadores y, con el tiempo, probablemente, también sistemas para extraer recursos y fabricar parte de lo necesario para seguir allí.
¿Electrificaremos la Luna como hemos electrificado la Tierra?
En una casa, un corte de luz fastidia. En la Luna, compromete el oxígeno, el agua o la temperatura. Por eso, el futuro hábitat lunar depende menos de cohetes, cápsulas o trajes, para poner el foco en algo más prosaico y, seguramente, mucho más decisivo: la tecnología energética que llevamos años desarrollando aquí abajo.
Hay una paradoja interesante en todo esto. Parte de lo que puede mantener viva una colonia lunar no se está ensayando solo en la industria aeroespacial. También, se está probando desde hace años en barrios, fábricas, islas y bases remotas, viviendas con autoconsumo, polígonos electrificados o microrredes que han aprendido a vivir con paneles solares, baterías y sin red de respaldo.
No habrá detrás una gran red eléctrica nacional, ni habrá interconexiones, ni posibilidad de importar electricidad cuando falte. Habrá una microrred aislada donde generación, almacenamiento y consumo tendrán que coordinarse con una disciplina casi obsesiva. Y aquí aparece la parte menos intuitiva: el gran problema no será el Sol. Será la noche.
El día, la noche y la cara oculta de la Luna
En gran parte de la superficie lunar, hay aproximadamente dos semanas de luz seguidas de otras dos de oscuridad. Eso cambia por completo la escala del problema. En la Tierra, debido a su diseño en relación a su coste-beneficio, una batería doméstica típica puede servir para ahorrar en la factura o para aguantar sin conexión a la red unas horas o quizás uno o dos días. En la Luna, el almacenamiento no es un complemento, sino una condición de habitabilidad.
Conviene desmontar, además, un malentendido muy persistente: la cara oculta de la Luna no está siempre a oscuras. Es oculta para nosotros, no para el Sol. La Luna siempre nos enseña la misma cara porque gira sobre sí misma al mismo ritmo que orbita la Tierra. Pero eso no la condena a una mitad perpetuamente iluminada y otra en sombra: en promedio, ambas reciben una cantidad muy parecida de luz solar. Desde el punto de vista energético, la diferencia importante no es tanto estar en la cara visible o en la oculta como estar o no cerca del polo sur lunar.
En el polo sur, el Sol se mantiene muy bajo sobre el horizonte, pero ciertas crestas y bordes de cráteres permanecen iluminados durante periodos mucho más largos que el resto de la superficie. Por eso, las agencias espaciales llevan años mirando esa región para reducir al máximo la noche “larga”.
Así, una base en latitudes medias tendría que sobrevivir casi dos semanas sin generación solar directa, mientras que una base bien situada en el polo sur puede acortar mucho ese vacío. Sin embargo, esto exige un diseño bastante más delicado: paneles en elevaciones concretas, sombras larguísimas, cableados entre zonas con distinta iluminación y una microrred calculada casi al milímetro.
Prepararse para los fallos
Ese último detalle importa mucho porque obliga a pensar en arquitecturas híbridas: energía solar, baterías, probablemente, almacenamiento térmico o químico para periodos largos y, si se quiere continuidad real, algún sistema adicional de alta fiabilidad.
Entonces, si ya conocemos la tecnología que vamos a usar, nos queda decidir qué combinación de esas tecnologías se adapta y resiste mejor cuando algo falla. Y en la Luna fallarán cosas.
El regolito lunar es abrasivo, la radiación castiga la electrónica y las temperaturas son extremas. En este escenario, el mantenimiento será complicado y cada kilo de repuesto enviado desde la Tierra convertirá cualquier avería en un problema logístico y económico. En una urbanización, un inversor averiado puede solucionarse con una simple llamada al instalador. En la Luna, puede ser una crisis operativa.
La tecnología no puede permitirse el lujo de fallar
Por eso, el salto de Artemis II a Artemis III y Artemis IV importa tanto. No hablamos solo de un nuevo alunizaje tripulado. Debemos resolver cómo sostener una presencia humana en un lugar donde no existe red de respaldo, donde la noche dura días y donde la tecnología no puede permitirse el lujo de fallar.
Y eso explica también por qué la Luna importa tanto para Marte. No solo porque esté más cerca, ni porque permita ensayar operaciones. Importa porque obliga a aprender algo que Marte exigirá sin perdonar errores: cómo construir una economía energética mínima fuera de la Tierra.
En Marte, la energía tendrá que mantener “encendida” una base y producir agua, oxígeno, calor, movilidad, fabricación local y, probablemente, parte del combustible necesario para regresar. En la Luna, un fallo sería grave, pero en Marte puede ser definitivo.
¿Hito espacial o adaptación tecnológica?
La primera colonia lunar, si llega, no será solo un hito espacial. Será algo más revelador: la primera comunidad energética extraterrestre.
Durante años, pensamos que la conquista del espacio dependería, sobre todo, de motores más potentes y materiales más ligeros. Pero ahora, puede que dependa también de algo mucho menos espectacular y bastante más importante: saber diseñar una instalación eléctrica que no falle.
La ciencia ficción nos enseñó a mirar al cielo. La tecnología, más prosaica y más honesta, nos está enseñando algo bastante más difícil: cómo quedarnos allí sin que salte el automático.
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Este trabajo ha sido apoyado por el Gobierno Regional de Cantabria y financiado por la UE bajo el proyecto de investigación 2023-TCN-008 UETAI. También, fue financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, UE bajo el proyecto de investigación PID2021-128941OB-I00, “Transformación Energética Eficiente en Entornos Industriales”. Además, fue financiado parcialmente por la Consejería de Educación, Formación y Universidades del Gobierno de Cantabria a través del Contrato Programa del Gobierno de Cantabria y la Universidad de Cantabria a través del proyecto 04.50.00.VQ25.541A.646.62, “Habilitando entornos residenciales más sostenibles mediante la transformación inteligente y activa de la energía eléctrica”.
– ref. Después de Artemis II, el gran reto es cómo asegurar la energía para vivir en la Luna – https://theconversation.com/despues-de-artemis-ii-el-gran-reto-es-como-asegurar-la-energia-para-vivir-en-la-luna-280836
