La proteína del guisante y el último misterio de Mendel: ciencia para comer mejor

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

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En algún momento de la década de 1860, en el huerto de un monasterio, un fraile agustino llamado Gregor Mendel se dedicó a hacer algo que hoy suena casi imposible: cruzar plantas una y otra vez, anotar resultados y contar. No buscaba el “ADN” (ese concepto ni existía), pero sí intentaba encontrar la respuesta a un interrogante enorme: ¿cómo se transmiten los rasgos de una generación a la siguiente?

Su modelo de trabajo fue el guisante de jardín. Observó siete rasgos (como son la forma y color de semillas y vainas) y, tras cruzar unas 28 000 plantas, propuso que las características heredadas dependían de factores discretos que se combinaban de manera predecible. Aquella idea, que hoy resumimos como herencia mendeliana (dominante/recesiva), se convirtió en uno de los relatos fundacionales de la biología moderna.

Lo curioso es que, pese a que la genética ha avanzado a pasos agigantados, la historia de Mendel guardaba una ironía: durante más de 160 años, la ciencia seguía sin poder señalar con total precisión qué genes explicaban tres de esos siete rasgos clásicos en el guisante.

Un alimento humilde que se volvió estratégico

¿Por qué debería importarnos hoy un “misterio” de guisantes? Porque este vegetal no vive solo en los libros de texto. Vive, sobre todo, en la despensa.

En términos de nutrición, las legumbres (incluido el guisante) tienen una presencia estable en muchas culturas por una razón sencilla: aportan proteína vegetal y suelen acompañarse de fibra, lo que las vuelve útiles en dietas que buscan saciedad, variedad y un perfil más equilibrado. Además, en un mundo que intenta reducir el impacto ambiental de lo que come, las proteínas vegetales han ganado protagonismo como complemento –no necesariamente sustituto total– de la proteína animal.

El guisante ha pasado de ser “actor secundario” a ocupar un lugar central. Su proteína se ha convertido en un ingrediente habitual en productos enriquecidos y en alternativas vegetales.

Cuando un cultivo se vuelve estratégico para la alimentación, una pregunta se vuelve inevitable: ¿podemos perfeccionarlo más rápido y mejor? Mejorarlo, aquí, significa aumentar rendimiento, resistir enfermedades, adaptarse a climas cambiantes, mantener calidad… y, potencialmente, optimizar características relacionadas con su valor alimentario.

Y es precisamente ahí donde la historia de Mendel vuelve a entrar por la puerta grande.

El salto del siglo XXI: de contar vainas a leer genomas

El “cierre” del misterio no llegó con más cruces a mano alzada, sino con una revolución tecnológica: la genómica. Un hito clave fue la publicación, en 2019, de un genoma de referencia del guisante, es decir, una especie de “texto base” del ADN contra el que se comparan otros genomas. Con ese mapa, un equipo de investigadores decidió en 2025 retomar la pregunta que llevaba más de un siglo y medio sin respuesta completa.

La investigación plantea, explícitamente, que puede abrir una “nueva era” en los estudios genómicos del guisante. El equipo pensó que la secuenciación y las herramientas computacionales habían avanzado lo suficiente como para abordar “los tres genes finales”.




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Los científicos apostaron por lo que define a la ciencia actual: muchos datos y mucha diversidad. Usando una colección que alberga más de 3 500 variantes de guisante, el grupo secuenció en profundidad casi 700 genomas. En genética, cuantas más variantes comparas, más fácil es encontrar patrones sólidos.

155 millones de “letras” distintas como pistas

Para entender por qué este enfoque funciona, basta una idea sencilla. Entre un guisante y otro puede cambiar una letra del ADN. A esos cambios mínimos se les llama SNP (variantes de una sola letra). En el estudio aparecieron alrededor de 155 millones de SNP al comparar los genomas con el de referencia.

Teniendo esa cantidad de diferencias, se puede aplicar una estrategia estadística muy útil: los estudios de asociación del genoma completo (GWAS). Es como pasar un “escáner” por el ADN para ver qué cambios aparecen una y otra vez en plantas que comparten un mismo rasgo. El equipo combinó GWAS con métodos de mejora selectiva para llegar a los genes responsables.

Y ahí llegó el momento que conecta el huerto de Mendel con el laboratorio moderno: por fin se identificaron los genes detrás de los tres rasgos que faltaban.

Los tres rasgos “perdidos” de Mendel, por fin explicados

Los resultados son un ejemplo perfecto de cómo una característica visible puede explicarse con un mecanismo biológico concreto:

  • Color de la vaina (verde o amarilla). Se relaciona con un gen que interrumpe la biosíntesis de clorofila, lo que conduce a vainas verdes o amarillas.

  • Forma de la vaina. Identificaron dos genes que probablemente influyen en la forma al alterar el engrosamiento de la pared celular de la planta.

  • Disposición de las flores (ramificadas o en racimos). Detectaron una deleción (un fragmento ausente) en otro gen, capaz de cambiar la ramificación o el agrupamiento floral mediante un proceso llamado fasciación.

Son detalles botánicos, sí, pero tienen una lectura más amplia, ya que cuando entiendes el mecanismo, no solo “nombras” un gen: también ganas una herramienta para la mejora vegetal.

¿Qué tiene que ver esto con la nutrición del futuro?

El estudio no se limita a resolver una curiosidad histórica. Además de los tres rasgos de Mendel, el equipo analizó 72 rasgos agrícolas y dejó los datos disponibles públicamente, con la idea de que otros investigadores los usen para crear guisantes más productivos y útiles. Los expertos tienen interés por genes asociados con el tamaño de vaina, el rendimiento de la planta y el contenido proteico de la semilla, además de genes vinculados con resistencia a enfermedades, algo crucial para la estabilidad de cualquier cultivo.

Entender el contenido proteico ayuda a seleccionar variedades mejor adaptadas a usos alimentarios, ya que una mayor resistencia reduce pérdidas y vulnerabilidad del sistema que nos abastece. Y cuando un ingrediente como la proteína de guisante está creciendo tan rápido, ese conocimiento deja de ser académico para convertirse en infraestructura: la que sostiene, por ejemplo, nuevos productos, cambios de hábitos y estrategias de salud pública.

El detalle humano: seis años para cerrar un capítulo de 160 años

Por último, hay que recordar que este tipo de avances no suelen ser un “golpe de suerte”. Integrar métodos, datos y confirmaciones llevó seis años, y el equipo subraya que solo fue posible por su carácter interdisciplinar y colaborativo.

Al final, la escena es bonita por contraste: Mendel, con su cuaderno y su huerto; y, 160 años después, un grupo que cruza botánica, estadística y computación para poner nombre a los genes que faltaban.

A veces, los alimentos más modestos, como el guisante, son los que mejor conectan historia, salud y futuro. Y nos recuerdan que la innovación, muchas veces, consiste en mirar con herramientas nuevas aquello que creíamos ya conocido.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La proteína del guisante y el último misterio de Mendel: ciencia para comer mejor – https://theconversation.com/la-proteina-del-guisante-y-el-ultimo-misterio-de-mendel-ciencia-para-comer-mejor-280605