El hambre se resuelve con mercados, no con almacenes: los pósitos reales y las crisis de subsistencia del XIX

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo A. Martín-Grande, Profesor de Historia Económica e Historia del Pensamiento Económico, Universidad Rey Juan Carlos

Grabado de 1854 de una vista aérea de Madrid. Las instalaciones del Real Pósito se encuentran a la derecha de la Puerta de Alcalá. Wikimedia Commons, CC BY

Cuando el 21 de octubre de 1805 la flota combinada hispanofrancesa sufrió una gran derrota en Trafalgar, España venía sufriendo más de dos años de hambre. Ni antes ni después de la batalla hubo invasión del territorio ni nada que pudiera dañar el suministro alimentario. Además, el país contaba con la mayor red de almacenes de trigo de Europa, el sistema de pósitos reales, que prestaba grano con condiciones generosas a labradores y vecinos en tiempos de escasez.

La red de pósitos se había levantado en las cinco décadas anteriores precisamente para hacer frente a las hambrunas. Pero a la luz de lo ocurrido en esos años, en los anteriores (crisis de subsistencia de 1789, 1793 y 1798) y en los siguientes (crisis de 1811-1813), parece evidente que el sistema falló de forma estrepitosa.

De hecho, los pósitos no solo no evitaron las crisis alimentarias, sino que las agravaron. Esto sucedió porque se había ido abandonando la solución más obvia: el mercado. A comienzos del siglo XIX, el comercio interior de granos en España estaba severamente restringido. Aunque la Pragmática de 11 de julio de 1765 lo había liberalizado un poco, la Real Cédula del 16 de julio de 1790 había dado un paso atrás al prohibir el comercio de “reventa, estanco y monopolio”.

En resumen, en España se podía comprar y vender grano, pero no almacenarlo. En la práctica, el comercio mayorista de granos, que siempre había enfrentado muchos obstáculos, quedó prohibido.

El auge de los pósitos

Eliminada la competencia de los grandes y pequeños tratantes de grano, los pósitos prosperaron como nunca antes. Hacia 1800 almacenaban 2,5 veces más cereal que en 1750, la cuarta parte del trigo cosechado en todo el país. Pero ese trigo nunca salía del ámbito municipal. Los funcionarios del pósito solo estaban obligados con sus vecinos, a los que prestaban grano o dinero para la siembra o la tahona.

La autoridad superior del sistema, la Superintendencia General de Pósitos del Reino, regulaba y uniformizaba su funcionamiento con meticulosidad. Pero no establecía ninguna directriz sobre compras o préstamos. Por ejemplo, no podía ordenar que los excedentes de un pósito se canalizasen hacia otro con escasez. En realidad, el sistema de pósitos reales nunca fue un sistema.

De ahí que el crecimiento de sus fondos durante esas décadas fuera paralizando el menguante comercio de granos, lo que desembocó en el hambre. En el conjunto del país las oscilaciones de la cosecha nunca eran tan grandes como para generar una verdadera carestía. Pero en una sola región, comarca o localidad sí podían ser importantes, y más cuanto menor era el territorio.

Estas situaciones se resolvían gracias al transporte de grano, que cubría los déficits de unas áreas con los superávits de otras. En el peor de los casos, una carestía universal, pero pequeña, no tenía consecuencias graves. Pero el efecto combinado de prohibir el comercio mayorista y capturar el grano en almacenes que no permitían su salida fuera del municipio condujo al hambre.

Así sucedió en aquellas comarcas que, por la sequía o cualquier otro motivo, perdían una parte considerable de su cosecha. El efecto final era similar al de una guerra. Por ejemplo, en 1803-1805 los precios en Tierra de Campos (Segovia-Medina de Rioseco) doblaron de largo los del Valle medio del Ebro (Zaragoza-Pamplona). Es revelador que en 1811-1813 la guerra de Independencia causó hambrunas solo un poco más graves que las de 1803-1805.

El ocaso

Con la paz, el sistema de pósitos entró en una profunda decadencia. En parte, fue causada por las exacciones de los ejércitos franceses y las guerrillas españolas. En parte, por las deudas impagadas, ya irrecuperables. Al mismo tiempo, el comercio de granos se liberalizó. El 8 de junio de 1813 fue autorizado por las Cortes de Cádiz. Y, tras un complicado vaivén legislativo, el Código del Comercio de 1829 (aun en tiempos del absolutismo) y el Real Decreto de 29 de enero de 1834 (con los liberales) lo validaron definitivamente.

Tras ello, no hubo ninguna crisis relevante hasta [la segunda mitad del siglo XIX],(http://hdl.handle.net/10662/917) y las que hubo no fueron ni remotamente comparables a la de 1803-1805. La crisis de los pósitos no fue la única causa de esta mejora, pero sí fue una causa necesaria. La causa fundamental fue la liberalización del comercio interior. En el resto del siglo XIX se podría haber acabado con el hambre si también se hubiese liberalizado el comercio exterior. Pero lo fundamental estaba hecho: nunca volvió a ocurrir una crisis de la gravedad de aquellas de comienzos de siglo.

Libre comercio contra la carestía

La experiencia histórica de España no es diferente de la de otros países. Todo lo contrario. Las hambrunas en tiempos de paz normalmente ocurren cuando los poderes públicos restringen o prohíben el comercio interior. Esto es lo que sucedió en la China del Gran Salto Adelante (1958-1962), en Etiopía en las décadas de 1970 y 1980 y en Corea del Norte en la década de 1990. Y antes, en la España de la posguerra civil.

La lección es sencilla: si se quiere acabar con el hambre no hay que almacenar trigo. Basta con permitir a la gente comerciar en paz cómo y dónde quiera. Esto es lo que, básicamente, ha sucedido en el último medio siglo en todo el planeta. Es una faceta de la globalización. Por eso cada vez hay menos hambrunas, y ninguna realmente grave desde 2011, aparte de las causadas por la guerra: Yemen y Sudán agonizan en sus infiernos.

The Conversation

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