Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ruth Castillo Gualda, Doctora en Psicología, Profesora Titular de la Universidad Camilo José Cela. Consultora Senior del Yale Center for Emotional Intelligence, Universidad Camilo José Cela
Durante años, el debate sobre redes sociales y salud mental se ha resumido a una idea: cuantas más horas, peor. Tradicionalmente las iniciativas se han centrado en activar límites de uso de ciertas plataformas, los sistemas de control de notificaciones, las herramientas de bienestar digital, las iniciativas “detox” digital o, recientemente, en limitar la edad a los 16 años, como si la “madurez digital” apareciera de golpe. Sin embargo, la realidad psicológica parece bastante más compleja.
Imaginemos a Marina. Tiene 17 años y abre su usuario en Instagram con una idea muy simple: “Voy a distraerme un rato, que estoy aburrida”. Empieza a deslizar el dedo. Aparece la influencer que sigue siempre, con la piel perfecta, el cuerpo perfecto, la familia perfecta. Sin darse cuenta, algo se activa dentro de ella. “¿Por qué mi vida no es así?”, se pregunta.
Sigue bajando. Ve a sus compañeros de clase en una cena a la que ella no fue. Entonces aparece otra sensación: “Ellos pasándoselo bien y yo aquí aburrida”, se anticipa. Y luego duda: “¿Me llamarán la próxima vez que salgan?”.
Un poco más abajo, su prima comparte fotos de un viaje espectacular, pero ella en su habitación no sabe cuándo podrá hacer un viaje así. Y lo que iba a ser una distracción empieza a convertirse en fuente de inquietud, en sensación de quedarse atrás. Al rato, piensa voy a subir una foto, a ver si esto me anima, abre la cámara, se pone un filtro y piensa, casi sin palabras: “Mejor lo uso porque no me gusta nada lo que veo”.
Entre publicación y publicación, también busca algo más difícil de nombrar: aprobación para calmar inseguridades, referentes con los que identificarse, etiquetas que le digan quién es y dónde encaja. No ha discutido con nadie, no ha recibido una mala noticia, ni siquiera ha pasado tanto tiempo conectada. Pero al cerrar la aplicación se siente un poco peor. Menos satisfecha, más inquieta, quizá más irritable. Y eso que Marina se supone ya ha alcanzado la “madurez digital” para desenvolverse en las redes sociales.
Efectos psicológicos de las redes sociales
Esta escena, cada vez más habitual, ayuda a entender por qué el debate sobre el uso de las redes sociales y la salud mental no puede reducirse al número de horas frente a una pantalla. Y tampoco limitarse a una cuestión de edad, exclusivamente. A veces, lo que más pesa no es cuánto tiempo pasamos conectados, sino qué procesos psicológicos se activan cuando lo hacemos.
No solo vemos contenidos, sino que a menudo tendemos a usarlos como espejo: comparamos nuestro cuerpo, éxito, relaciones, trabajo, ocio o situaciones con versiones idealizadas de otras personas. Ante la frustración, el desánimo o la preocupación que esto nos provoca, no tenemos habilidades para manejarlo. Y acabamos dándole vueltas una y otra vez a lo mismo, exageramos mentalmente lo negativo o nos quedamos atrapados en pensamientos que solo aumentan el malestar.
No solo importa el tiempo en redes sociales, sino sobre todo cómo interpretamos y regulamos lo que sentimos al usarlas.
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Hiperconectados pero vulnerables
Ese es justamente el mecanismo explicativo que hemos demostrado en nuestra investigación: el vínculo entre el uso de redes sociales y malestar psicológico parece explicarse mejor cuando atendemos a mecanismos como la comparación social y a la manera en que manejamos las emociones que sentimos.
La muestra de nuestro estudio es de 1 707 personas de entre 16 y 75 años, con una edad media de 44,5 años y una distribución equilibrada por género, de todas las comunidades autónomas en España con una amplia diversidad de perfiles educativos y laborales: el 44,1 % tenía estudios universitarios, el 42,9 % estudios secundarios y el 67,6 % estaba trabajando.
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La generación Z, entre 16 y 30 años, es, con diferencia, el grupo más vulnerable. Obtiene las puntuaciones más altas en tiempo de uso, pasan más de 4 horas al día conectados, se comparan más con los demás y cuentan con menos habilidades de regulación emocional.
Además, obtienen puntuaciones más elevadas en síntomas de ansiedad, depresión e ira o agresividad desplazada, lo que confirma que la población joven cuenta con peor salud mental, en comparación con los mayores de 56 años.
También se observaron diferencias de género. Las mujeres pasan más tiempo conectadas, se comparan más y tienen menos herramientas para regular el impacto de esta comparación en su estado emocional.
Más allá de la mayoría de edad digital
El debate público suele centrarse en la edad ¿Cuándo puede un adolescente abrir una cuenta? ¿A partir de qué momento debería tener móvil propio? ¿Cuánto tiempo conviene que pase en redes? Pero nuestros datos apuntan a que la pregunta decisiva no es solo cuándo entra en ese entorno, sino con qué recursos psicológicos cuenta.
Nuestro estudio sugiere que el tiempo de uso, por sí solo, tiene peso, sí. Pero es especialmente dañino cuando la experiencia digital activa un circuito psicológico concreto: compararse más con los demás y manejar peor lo que se siente. Contar con baja regulación emocional fue, de hecho, el predictor más intenso de los síntomas de malestar psicológico.
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Visto así, quizá la conversación social debería ir más allá de la prohibición o del simple control horario. La cuestión no es solo retrasar la entrada a las redes, sino preparar mejor a las nuevas generaciones para habitar ese espacio.
En un ecosistema diseñado para enganchar, captar atención y amplificar emociones, una forma de protección realista y ajustada podría ser trabajar la autoestima desde la infancia y durante la adolescencia, promover una construcción saludable de la identidad y ayudar a desarrollar recursos psicológicos de afrontamiento y regulación de emociones, como la toma de distancia, la forma de interpretar lo que se ve o el autodiálogo. Es decir, esa “conversación” que tenemos con nosotros mismos cuando sentimos emociones desagradables.
Personas como Marina pueden tener una edad cronológica “suficiente” para usar las redes sociales y, sin embargo, no alcanzar una adecuada experiencia digital. Manejar la exposición constante a vidas idealizadas, la necesidad de validación, la frustración, los celos, la sensación de quedarse fuera o la rabia no son logros automáticos que se alcanzan al cumplir 16 años.
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Ruth Castillo Gualda no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Y después de los 16 años, qué? Redes sociales, comparación y salud mental – https://theconversation.com/y-despues-de-los-16-anos-que-redes-sociales-comparacion-y-salud-mental-277885

