Lo que pararse a escuchar una canción puede hacer por una clase universitaria

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paloma Bravo-Fuentes, Profesora ayudante doctora del área de Didáctica de la Expresión Musical, Universidad de Málaga

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Hace unos años, probé un microrritual muy simple en mis clases de la universidad: empezar cada sesión con una breve escucha musical elegida por el propio alumnado y comentada en los cinco minutos posteriores. No es “música de fondo”, sino un momento intencional que ordena la atención, otorga voz a quien aprende y genera cohesión de grupo.

Con 255 estudiantes de primer curso de los grados en Educación Infantil y Primaria de la Universidad de Jaén pude observar mejoras en la motivación, la participación, el sentido de pertenencia al grupo y una percepción de menor estrés con un clima relajado en el aula. Los resultados de esta intervención muestran que favorece el ambiente y la concentración; además de no tener ningún coste económico, está al alcance de cualquier docente.

Una bienvenida ritualizada

Al inicio de cada clase, un estudiante distinto compartía una canción con la que se identifica por su estado de ánimo, recuerdos o identidad. Escuchábamos entre minuto y minuto y medio, y después quien la proponía explicaba por qué la había elegido.

Ese gesto, repetido semana a semana, se convirtió en nuestra “bienvenida ritualizada” que marcaba una transición clara entre asignaturas, bajaba el ruido inicial y alineaba a todo el grupo en una misma actividad breve, significativa y cercana a su contexto compartiendo entre iguales.

Impacto emocional y social

La música seleccionada por cada persona regula mejor el estado de ánimo que la impuesta por terceros; además, hay estudios relacionan la escucha musical con la reducción del estrés y la mejora del bienestar general.

En el plano social y cognitivo, compartir una canción propia humaniza, da voz y activa la atención sostenida para iniciar la clase. El resultado es un arranque de sesión más intencional y una clase que “empieza” de verdad para todo el grupo.




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Así, un acto tan breve y tan sencillo como escuchar juntos una canción mejoró la motivación, la participación, la atención durante la explicación y las actividades. Compartir una canción propia y escuchar la de otras personas también ayuda a sentirse reconocido y respetarse mutuo, especialmente útil en grupos de primero que empiezan a conocerse e interactuar.

El clima emocional de la clase mejoró sensiblemente. Estos hallazgos son coherentes con trabajos de la literatura científica que vinculan la música, las emociones y la disposición hacia el aprendizaje.

Salud mental universitaria

Los campus afrontan el doble reto de mejorar el rendimiento y cuidar el bienestar del alumnado. Intervenciones de coste cero y alta aceptabilidad como este ritual musical pueden ofrecer un punto de partida realista para docentes que buscan encender la motivación, reducir el estrés y acercarse a sus estudiantes desde el primer minuto de clase.

No es necesario que sea obligatorio (quien no quiera proponer puede abstenerse sin justificarlo), ni dedicar más de 30 segundos para explicar por qué esa canción. El tiempo de escucha ha de ser en “primer plano”, sin tareas simultáneas. Finalmente, el comentario o debate en grupo sobre qué siente el grupo con esa canción, si les gusta o no, no debe alargarse.




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Si aparecen letras controvertidas, es muy interesante tratarlas como oportunidad para el desarrollo del pensamiento crítico en el alumnado, tal como hacen estudios previos en la etapa de primaria.

En un contexto donde la presión académica y la desconexión emocional son frecuentes, dedicar tres minutos a escuchar y compartir se revela como una inversión poderosa en bienestar y motivación. No requiere recursos ni formación específica: solo la voluntad de escuchar –literal y simbólicamente– a quienes aprenden.

Entender cuándo y cuánto aplicarlos

Ahora bien, como cualquier práctica constante, su eficacia puede no ser indefinida. Es razonable pensar que estos microrrituales funcionan especialmente bien cuando son novedosos y cuando cumplen una función clara de acogida y cohesión; por ejemplo, durante las primeras semanas de clase o hasta que todo el grupo ha tenido ocasión de proponer su canción.

Más adelante, pueden perder parte de su impacto o transformarse en un hábito automático. En ese sentido, su valor no está tanto en mantenerse todo el semestre como en saber cuándo activarlos, pausarlos o variarlos según el momento del grupo.

Afinar la escucha

Esta lógica abre la puerta a otros microrrituales educativos de naturaleza similar: breves, intencionales, de bajo coste y centrados en dar voz al alumnado. Por ejemplo, comenzar la sesión con una imagen significativa comentada en un minuto, con una pregunta personal vinculada al contenido de la asignatura, con una frase elegida por el grupo o con un breve ejercicio de atención conjunta. No es necesario haberlos probado para intuir que participan de un mismo principio: marcar el inicio de la clase como un espacio distinto, cuidado y compartido.

Si la universidad aspira a formar personas y no solo profesionales, quizá el primer paso no sea añadir más contenidos, sino afinar la escucha. A veces, cambiar el clima de un aula no exige grandes reformas, sino pequeños gestos repetidos con sentido.

The Conversation

Paloma Bravo-Fuentes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Lo que pararse a escuchar una canción puede hacer por una clase universitaria – https://theconversation.com/lo-que-pararse-a-escuchar-una-cancion-puede-hacer-por-una-clase-universitaria-269010