Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Durán Eusebio, Ayudante Doctor en Estudios Ingleses, Universidad San Jorge

En los últimos años –marcados por el auge de las redes sociales y la conocida como cultura de la cancelación– hemos visto cómo distintas figuras del mundo cultural han sido cuestionadas por sus declaraciones o decisiones personales.
Algunos casos recientes que han suscitado controvertidos debates han sido los comentarios de J. K. Rowling sobre las teorías de género y la comunidad trans, antiguos mensajes de Karla Sofía Gascón sobre el islam o la comunidad afrodescendiente en la por entonces red social Twitter, la reciente maternidad por gestación subrogada de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie o las declaraciones sobre el posicionamiento feminista –o la ausencia de este– en torno a la cantante Rosalía.
Estas mujeres, a menudo descritas como voces generacionales o símbolos culturales, se han convertido –en parte gracias a su exposición en redes sociales– en figuras cuyas opiniones no pasan desapercibidas. Cuando sus posicionamientos generan polémica, surge un dilema para el público en su papel de consumidor cultural: ¿somos capaces de separar al autor de su obra cuando conocemos la vida personal o las opiniones del artista?
Las preguntas que surgen a partir de este dilema son numerosas. ¿Leer Harry Potter y ser fan de la saga audiovisual está asociado a validar las opiniones de Rowling? ¿Ver una película interpretada por Gascón nos convierte en cómplices de mensajes escritos por la misma en el pasado? ¿Celebrar la obra de Adichie y su alegato feminista con Todos deberíamos ser feministas implica apoyar una práctica que es ilegal en el marco jurídico español? ¿Escuchar a Rosalía supone ignorar debates contemporáneos sobre feminismo y la importancia de este? Estas cuestiones, lejos de ofrecer respuestas binarias, suelen activar tensiones éticas, políticas y afectivas.
¿Separar?
Lo primero que conviene reconocer es que toda experiencia cultural implica una relación. Leer un libro genera un vínculo con la historia narrada y, de algún modo, con quien la escribió. Ver una película establece una conexión con los personajes y con quienes les dan vida en la pantalla. Escuchar una canción puede aproximarnos tanto a la letra como a la figura pública que la interpreta.
Estas asociaciones afectivas reflejan que, en la mayoría de las ocasiones, el arte –en todas sus vertientes– se ve influenciado por cómo las personas que lo consumen perciben a quien lo ha creado. Sin embargo, cabe destacar que esto suele ocurrir más a menudo con artistas contemporáneos, siendo menos probable que nos veamos influidas por la calidad humana que tenían Lope o Quevedo si los leemos en la actualidad. En definitiva, tiende a resultarnos más sencillo separar al autor de su obra cuando existe una distancia temporal.
A pesar de estas dificultades, existe una tradición crítica que defiende la posibilidad y conveniencia de separar ambas esferas. Un texto fundamental en este debate es el célebre ensayo La muerte del autor, del teórico y crítico literario francés Roland Barthes. En él, Barthes razona que la interpretación de una obra no debería depender de las intenciones de quien la creó.
Según su argumento, una vez que la obra abandona la esfera privada y es publicada, deja de pertenecer exclusivamente a su autor y pasa a formar parte de un espacio cultural compartido. El significado, entonces, deja de estar determinado por la supuesta intención original y entra en acción el poder de resignificación que los distintos públicos hacen de la obra en contextos históricos y sociales específicos. Desde esta perspectiva, esta adquiere cierta autonomía respecto a la biografía de quien la produce.
¿No separar?
Aplicar el marco de Barthes no elimina, sin embargo, todas las tensiones generadas en torno a este debate. En un contexto mediático caracterizado por la hiperexposición de las figuras públicas, la vida personal de las artistas es cada vez más visible y, consecuentemente, más difícil de ignorar. Como afirmó la feminista estadounidense Carol Hanisch, lo personal es político y lo que se expresa en el espacio público también.
Desde esta perspectiva, separar completamente la obra de su autor puede resultar erróneo, especialmente cuando las posiciones públicas del artista afectan a colectivos concretos o se insertan en debates sociales con un fuerte calado en la sociedad. La escritora y ensayista Claire Dededer aborda esta cuestión en su libro Monstruos: ¿se puede separar al autor de su obra?. En él indica que la biografía y la obra no puede desligarse completamente, pero tampoco deben conducir a la cancelación automática ni del artista ni de aquella creación que este haya generado.
Según su planteamiento, reconocer las contradicciones implica también desmitificar a los artistas. En este proceso, estos últimas dejan de ser idealizados y pasan a ser entendidos como personas mortales con luces y sombras. Este proceso de desmitificación puede abrir la puerta a una relación más crítica con la cultura, dando la posibilidad al público de desarrollar una posición intermedia que combina la apreciación estética y la conciencia ética.
¿Qué hacer entonces como consumidores culturales? No existe una respuesta única. Tal vez lo más honesto sea reconocer que la experiencia cultural se desarrolla en un terreno lleno de tensiones y contradicciones. Navegarla implica aceptar esa complejidad: pensar críticamente, cuestionar lo que consumimos y, al mismo tiempo, seguir encontrando en el arte un espacio de reflexión, emoción y diálogo.
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María Durán Eusebio no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. De J. K. Rowling a Rosalía: ¿debemos (y podemos) separar al autor de la obra si conocemos su vida personal? – https://theconversation.com/de-j-k-rowling-a-rosalia-debemos-y-podemos-separar-al-autor-de-la-obra-si-conocemos-su-vida-personal-277445
