Nuestra vida común con los perros comenzó mucho antes de lo que pensábamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Esteban Ruiz, Profesor titular de Biología Celular, Universidad de Jaén

Una cazador con dos perros, representados en las cuevas rupestres de Tadrart Acacus (Libia). Giampaolo Cianella/Shutterstock

Que el perro sea nuestro mejor amigo puede sonar a tópico. Pero no, no lo es, y la relación empezó mucho antes de lo que se pensaba. Hoy se publican en la revista Nature dos estudios que revelan que los perros (Canis lupus familiaris) nos acompañan a los humanos como animales domésticos desde hace más de 15 000 años. O sea, en momentos de la historia de nuestra especie en los que aún no existían ni la agricultura ni las aldeas estables.

Hasta ahora, la evidencia genética situaba la aparición de los perros en un contexto relativamente reciente, entre los 10 000 y los 11 000 años, aunque ya existían algunos indicios basados en la forma de los huesos, principalmente cráneos y dentición, que sugerían fechas anteriores.

Sin embargo, los datos recién publicados apuntan con mucha más seguridad a que la relación entre las dos especies, humanos y perros, comenzó mucho antes, cuando éramos cazadores-recolectores, en plena transición climática al final de la última Edad de Hielo.

El reto de distinguir perros de lobos

Uno de los mayores obstáculos para reconstruir esta historia ha sido, paradójicamente, identificar a sus protagonistas, pues el parecido de los primeros perros con los lobos, sus antepasados, debería de ser tal que sus huesos podían confundirse fácilmente. Y es esta similitud la que, durante décadas, no ha puesto fácil poder establecer con precisión la cronología.

Pero ahora la situación ha cambiado gracias al avance tecnológico en el análisis de ADN antiguo. Se habla de ADN antiguo porque no se trata simplemente de ADN “viejo”, sino de material genético muy fragmentado, dañado y contaminado, que requiere técnicas específicas para poder ser analizado. Esto, sin duda, ha abierto una ventana directa al pasado que va más allá de lo que pueden decir los huesos.

Evidencia genética más antigua

En el primero de los estudios, liderado por William Marsh, del Museo de Historia Natural de Londres, y sus colaboradores, se presenta la evidencia genética relativa a la existencia de perros más antigua confirmada. Los investigadores identificaron restos en Pınarbaşı (actual Turquía) de hace unos 15 800 años, y en la cueva de Gough (Reino Unido) de unos 14 300 años.

Los resultados muestran que estos animales ya estaban distribuidos por distintas regiones europeas y de Anatolia hace más de 14 000 años, lo que implica que encontrarlos en Europa no era una rareza local sino parte de un fenómeno extendido.

Además, los indicios arqueológicos también sugieren una relación estrecha con los humanos.
Por ejemplo, algunos análisis en Pınarbaşı apuntan a que las personas podrían haber alimentado a los perros con pescado. Y hay señales de enterramientos que sugieren una dimensión de relación social o incluso simbólica con nuestras mascotas caninas.

Por otro lado, los análisis genéticos han permitido comparar los ejemplares prehistóricos con los actuales y, curiosamente, aquellos animales son más parecidos a razas europeas y de Oriente Próximo, como el bóxer o el galgo persa, que a razas árticas como los huskies siberianos. Es decir, los perros antiguos se parecen más a los occidentales y de climas templados que a los asociados con regiones árticas.

Una historia de continuidad

El segundo estudio amplía la perspectiva y analiza más de 200 genomas de cánidos europeos de entre 14 000 y 1 000 años de antigüedad para, así, reconstruir la historia genética de los perros en Europa.

Su conclusión principal es que los perros europeos muestran una notable continuidad genética a lo largo del tiempo. Es decir, que muchos canes que vivieron miles de años después, ya en sociedades agrícolas, conservaban una parte importante de la ascendencia de aquellos primeros ejemplares asociados a nuestros antepasados humanos cazadores-recolectores.

Además, durante el Neolítico llegaron nuevos perros desde el suroeste asiático y se mezclaron con los que ya había en Europa, pero sin sustituir a las razas ya existentes. Es lo contrario de lo que ocurrió con los humanos, en los que la expansión de la agricultura sí trajo poblaciones nuevas que cambiaron mucho la composición genética.

¿Para qué servían?

No es fácil saber con certeza qué papel desempeñaban los primeros perros, pues en sociedades con recursos limitados solo tendría sentido mantener animales si aportaban alguna ventaja. Como hipótesis razonable está la de que actuaran como sistema de alarma, ayudaran en la caza o incluso colaboraran en actividades relacionadas con la pesca.

Por hacer un inciso, la película Alpha (2018) ofrece una imagen que puede resultar familiar. Ambientada al final de la última glaciación, cuenta la historia de un joven que establece un vínculo con un lobo (no con un perro todavía) en lo que se presenta como el origen de la domesticación. Aunque es una reconstrucción ficticia y muy simplificada, el fondo no está tan lejos de lo que sugieren estos nuevos datos: una relación de amistad que comienza antes de la agricultura y que se construye poco a poco a partir de la utilidad y de la proximidad.

Un origen más cercano de lo que pensábamos

Aunque durante años se ha situado el origen del perro en Asia oriental, en parte por la alta diversidad genética de los ejemplares actuales en esa región, estos nuevos estudios apuntan a la importancia de la Eurasia occidental en la historia temprana de nuestro amigo fiel.

Todavía no conocemos con exactitud dónde ni cómo se inició ese proceso, ni cuál fue la población concreta de lobos de la que descienden todos los perros actuales. Pero lo que sí sabemos ya es que la relación entre las dos especies, humanos y perros, una de las más duraderas de la historia, no nació en las aldeas ni en los campos cultivados. Empezó antes, en un mundo frío e incierto donde la colaboración podía ser la mejor estrategia para sobrevivir.

The Conversation

Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID-156228NB-I00, y de la Consejería de Salud y Consumo, Junta de Andalucía (PIP-0113-2024).

Marco Antonio Bernal Gómez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Nuestra vida común con los perros comenzó mucho antes de lo que pensábamos – https://theconversation.com/nuestra-vida-comun-con-los-perros-comenzo-mucho-antes-de-lo-que-pensabamos-279240