El estrés, personalizado y con control, puede ser un aliado para ciertas tareas en el aprendizaje

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Andrés García Castro, Profesor de Psicología, Universidad Villanueva

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El estrés forma parte de la vida diaria, especialmente en la universidad. Exámenes, trabajos y exposiciones ponen a prueba la capacidad de los estudiantes para concentrarse y tomar decisiones. Todo ello en un contexto global en el que la salud mental juvenil preocupa cada vez más.

Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertan del aumento del estrés motivado por las condiciones de vida de las sociedades industrializadas y su relación con problemas de salud mental. Pero la ciencia no lo tiene claro en relación con el rendimiento cognitivo: ¿el estrés empeora nuestras funciones mentales o puede mejorarlas?

Una reciente investigación analizó cómo influyen dos tipos de estrés, el objetivo y el subjetivo, en las llamadas funciones ejecutivas. Un rol que condiciona las habilidades mentales que usamos para planificar, concentrarnos, controlar impulsos y adaptarnos a situaciones nuevas.

Resultados contradictorios

En efecto, la relación entre estrés y funciones ejecutivas está lejos de ser clara. Algunos estudios señalan que el estrés, sobre todo cuando es intenso o prolongado, empeora habilidades como la memoria de trabajo, la atención o la flexibilidad mental, al alterar el funcionamiento del córtex prefrontal.

Sin embargo, otras investigaciones han encontrado justo lo contrario. En situaciones de estrés moderado, ciertas personas rinden mejor en tareas que exigen concentración y control cognitivo. Y un tercer grupo de trabajo no detecta ningún efecto significativo.

Estas conclusiones tan dispares sugieren que no basta con preguntar si el estrés es “bueno o malo”, sino que es necesario tener en cuenta factores como la intensidad, la duración, el tipo de tarea y, sobre todo, cómo cada persona percibe y maneja la situación. Solo así se puede interpretar adecuadamente el efecto del estrés sobre la cognición.

Dos formas de experimentar el estrés

La manera en la que percibimos el estrés podría ser clave, más allá del estrés objetivo que estemos experimentando en un momento determinado.

En este sentido, podemos distinguir dos tipos de estrés. El estrés objetivo es el que experimentamos en relación a una situación vital concreta. Por ejemplo, cuando nos subimos a un avión si nos da miedo, cuando tenemos muchas tareas que hacer en poco tiempo o cuando nos sentimos evaluados. Por otro lado, el estrés subjetivo depende de la evaluación que cada persona haga de esas situaciones objetivas.

El estrés subjetivo es más determinante que el objetivo

Al realizar el estudio sobre las dos clases de estrés, objetivo y subjetivo, apareció un dato llamativo. La situación creada para generar presión –hacer las pruebas frente a una cámara generando una situación de evaluación– no cambió apenas el rendimiento de los estudiantes.

En cambio, el rendimiento cognitivo, especialmente el de muy alto nivel, estuvo claramente influenciado por la experiencia subjetiva de estrés de las personas. Quienes reportaron una mayor percepción subjetiva de estrés tendieron a rendir mejor en una tarea que exigía agilidad mental y flexibilidad cognitiva para encontrar palabras con rapidez.

Cuando estos estudiantes ya estresados se enfrentaban a la situación de estrés objetivo (la evaluación mediante una cámara), su rendimiento fue incluso mayor. En conjunto, esto sugiere que no es solo la situación externa lo que influye, sino sobre todo cómo cada persona evalúa y percibe el estrés. El acento recae en la importancia de la vivencia que cada uno hace de la situación vital que está atravesando, más allá de las circunstancias objetivas.

Una posible explicación

¿Cómo se explica que más estrés pueda asociarse a un mejor rendimiento en algunos casos? Una posible respuesta se encuentra en la ley de Yerkes-Dodson, formulada en 1908 por los psicólogos Robert M. Yerkes y John D. Dodson. Según esta propuesta, el rendimiento mejora a medida que aumenta la activación o el nivel de alerta, pero solo hasta cierto punto. Si la activación es demasiado baja –apatía, aburrimiento– o demasiado alta –bloqueo, ansiedad intensa–, el rendimiento empeora.

Implicaciones para la vida académica

Estos resultados cuestionan la idea de que el estrés siempre produce un efecto perjudicial sobre el rendimiento cognitivo. En algunos casos, puede tener un efecto positivo, especialmente en tareas que requieren coordinación de varias habilidades mentales.

Esto no significa que el estrés crónico sea bueno. Sabemos que, mantenido en el tiempo, puede afectar a la salud física y mental. Pero sí sugiere que aprender a gestionar el estrés mediante estrategias psicológicas adecuadas puede ayudar a potenciar nuestro rendimiento cuando se alcanza el punto óptimo de activación.

Estrategias como la planificación, el entrenamiento en control de la atención o el mindfulness podrían ayudar a situar ese nivel de activación en la zona óptima.
Por tanto, el mensaje es claro: no todo el estrés es igual, y nuestra forma de vivirlo puede ser determinante. Entender mejor esa relación podría ayudar a diseñar entornos educativos que no eliminen el estrés por completo, sino que lo conviertan, cuando sea posible, en un aliado del aprendizaje.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El estrés, personalizado y con control, puede ser un aliado para ciertas tareas en el aprendizaje – https://theconversation.com/el-estres-personalizado-y-con-control-puede-ser-un-aliado-para-ciertas-tareas-en-el-aprendizaje-277341