¿Qué eran las piedras bezoares, el antídoto ‘más admirable contra todo género de veneno’?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco López-Muñoz, Catedrático de Farmacología y Vicerrector de Investigación y Ciencia, Universidad Camilo José Cela

Dos piedras bezoares procedentes de animales sin identificar. Wikimedia Commons, CC BY

El “arte del envenenamiento” adquirió una enorme trascendencia durante el Renacimiento, tanto por su utilidad criminal como política y, consecuentemente, también el conocimiento de los antídotos generales o panaceas. Aunque se utilizaban muchos remedios –sobre todo de naturaleza mineral, como la tierra de Lemnos, el marfil, el jacinto, las perlas o las esmeraldas–, los dos antídotos universales considerados como los mejores y más insuperables entre la Edad Media y la Edad Moderna fueron el cuerno de unicornio y las piedras bezoares.

Estas piedras aparecen mencionadas en los escritos hebreos clásicos, con el nombre de Bel Zaard, y sus propiedades antivenenosas son recogidas en la literatura médica árabe desde el siglo VIII, como en la obra de Juan Damasceno o Serapion y posteriormente en la del médico sevillano Ibn Zuhr (Avenzoar). En Oriente, los bezoares recibieron diferentes nombres, como hager, bezar, belzaar o bezahar, mientras en griego se denominó alexipharmacum y en latín contravenenum.

Grabado ilustrativo de la obra A Compleat History of Drugs de Pierre Pomet (Printed for R. Bonwicke et al., Londres, 1712), publicada inicialmente en francés en 1684 (Histoire generale des drogues, Jean-Baptiste Loyson et Augustin Pillon, Paris, 1684). En él se muestra una cabra bezoar (Capra aegagrus) y un corte sagital de una piedra bezoar.

De hecho, la palabra “bezoar” deriva del término persa padzahar, que viene a significar “expelente de venenos” (bad significa “viento” y zahr “veneno”). Al conjunto de agentes alexifármacos se les denominaba también medicinas bezaárticas.

¿Qué son realmente los bezoares?

Inicialmente se pensó que estas piedras procedentes de la India, cuyo tamaño podría alcanzar incluso el de una castaña, eran minerales. Sin embargo, luego se confirmó que se trataba de un cálculo engendrado en cierta zona del estómago o en la vesícula biliar de algunas especies de animales, y con más frecuencia en puercoespines, venados y cabras, como la Capra aegagrus, vulgarmente llamada cabra bezoar.

Hoy en día conocemos que estas concreciones se originan a partir de un núcleo de cuerpos extraños, como fibras vegetales o pelos, generándose capas a su alrededor gracias a los movimientos peristálticos del intestino de los animales, lo que les da también su aspecto redondeado. Desde un punto de vista técnico, están compuestas de carbonato, fosfato de calcio, colesterina, materias vegetales descompuestas y algunos minerales como brushita y estruvita. Posiblemente, su principio activo esencial fuese el calcio, que una vez absorbido puede neutralizar algunas sustancias tóxicas.

Bezoar poroso por sus características vegetales. De 8 cm de longitud y 7,4 cm de anchura, está compuesto por dos fragmentos que encajan perfectamente uno en el otro, observándose una almendra en el interior (Catálogo de las Piedras Bezoares, de D. Pedro Franco Dávila, 1767).

Los bezoares como monopolio comercial del Imperio portugués

Estas piedras, de aspecto aceitunado, se denominaron bezoares orientales, y el monopolio de su riquísimo comercio estuvo en manos portuguesas hasta 1580. De hecho, su gran popularidad en la Edad Moderna y la difusión de sus propiedades se deben al médico judío portugués Garcia da Orta (Coloquios dos simples, 1563). En sus comentarios al Dioscórides (1554), el tratado de terapéutica más influyente de su época, el médico segoviano Andrés Laguna describe de esta manera la piedra oriental:

“La bezahar que ahora traen de Levante los portugueses tiene el color olivastro, y como de berenjena: y toda en sí es escamosa, quiero decir compuesta de varias costras, como cáscaras de bellotas, las cuales vienen unas sobre otras: empero la primera de ellas es muy lisa y lustrosa”.

La administración de este remedio a los sujetos que habían ingerido veneno podía hacerse diluyendo el polvo obtenido de la molienda o raspadura de esta en agua o vino, o bien sumergiendo la piedra entera durante un tiempo en agua que posteriormente se hacía beber al envenenado. Explica Laguna que es “admirable contra todo género de veneno, contra la mordedura de fieras emponzoñadas y finalmente contra la pestilencia […] dado a beber el vino en que se hubiese hervido”.

Muchos fracasos terapéuticos se achacaban a las falsificaciones, debido a la escasez de estas piedras y su elevado valor. Así, en Goa (India) y Malaca (Malasia) se fabricaban piedras falsas al por mayor. Estaban hechas a base de una pasta arcillosa elaborada con polvos conquídeos, resina y algunas hierbas, amasadas con laminillas de oro, decoradas después con escrituras indígenas y comercializadas en Europa en preciosos estuches de madera u otros materiales. En Calcuta se vendían hasta por 50 escudos la unidad.

Piedra de Goa (India), del siglo XVII-XVIII, conservada en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Se decía que sólo el 10 % de las piedras bezoares orientales eran verdaderas. De hecho, muchos galenos y boticarios, antes de adquirirlas, comprobaban su hipotética autenticidad administrándola a animales previamente envenenados.

Las piedras del Nuevo Mundo como nuevo tesoro del Imperio español

El descubrimiento de estas piedras en la fauna del Nuevo Mundo (bezoares occidentales), concretamente en la vicuña –aunque también en la llama o el guanaco–, supuso un nuevo estímulo para su uso durante el Renacimiento. De hecho, la medicina indígena americana también las usaba. Los incas, por ejemplo, fabricaban una bebida elaborada con ralladura de ellas, conocida como “jaintilla”, para tratar a mujeres embarazadas o para curar el susto.

De la importancia de este hecho da cuenta el médico sevillano Nicolás Monardes (1493-1588) en una epístola al rey de España:

“Se han descubierto las piedras Bezaares en el Perú, que con tanta estimación traen de la India de Portugal… Que una cosa que tan maravillosa es, y de tanto precio, se haya hallado en las Indias de vuestra Majestad, y sean tan fáciles de haber, y tan ciertas y verdaderas, que no tengamos dudas de sus efectos y virtudes. Lo cual no es así en las que traen de la India Oriental: que si vienen diez verdaderas, vienen ciento falsas”.

Aunque nunca viajó a las Indias Occidentales, Monardes escribió en 1565 un famosísimo tratado titulado Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina, en el que se ocupó de los bezoares y defendió ardientemente sus “propiedades”, afirmando:

“En todo género de veneno, es el más principal remedio que ahora sabemos… Los efectos que hacen son admirables, porque es potentísima su virtud contra veneno, y fiebres pestíferas, y humores venenosos…”. También indicaba que los nobles de la Indias Orientales se purgaban con piedra bezoar dos veces al año “y dicen que esto les conserva la mocedad… y los preserva de enfermedad”.

Monardes describió también su forma y aspecto: “en lo superficial son leonadas, oscuras, lucidas: debajo de dos camisas o capas tienen una cosa blanca que gustada y tratada entre los dientes, es pura tierra, no tiene sabor ni gusto”. Y también experimentó los efectos de estas piedras, que le habían hecho llegar desde Lima en 1568, en diversos enfermos, habiendo “remediado a muchos, con maravillosos sucesos”.

Monardes administraba los polvos de piedra bezoar en diferentes vehículos, según la patología del enfermo: si había fiebre, en agua rosada, pero si no, en agua de azahar. También en caso de pestilencias, lepra, infecciones cutáneas, fiebres cuartanas y otros trastornos, en forma de cordial.

De remedio terapéutico a talismanes y piezas de alta orfebrería y coleccionismo

Al igual que el cuerno de unicornio, las piedras bezoares eran consideradas un bien de lujo y su precio era muy elevado, al tratarse de un producto exótico, llegando a valer hasta 10 veces su peso en oro. Incluso se alquilaban por días en épocas de epidemias cuando su precio de compra no se podía pagar. Un ejemplo puede dar testimonio del alto valor que alcanzaron estas piedras: un manuscrito del Archivo del Hospital de San Roque (Córdoba, Argentina) fechado en 1653 recoge una reclamación ante el obispo para que forzara con censura eclesiástica al cumplimiento de un trueque de 24 mulas por una piedra bezoar.

Otro ejemplo se extrae del tesoro rescatado del galeón español Nuestra Señora de las Maravillas, que naufragó en 1656 a 70 kilómetros de la costa de Bahamas. Entre exquisitas piezas de oro y plata, además de esmeraldas y otras gemas, también se encontraban piedras bezoares. De hecho, dado su carácter pseudomágico, incluso constituían un objeto de arte, al engarzarse, pulidas, en piezas de joyería de oro y plata, a modo de amuletos y talismanes, cuyos portadores experimentarían una felicidad continua.

También se convirtieron en deseados objetos de colección para lucir en los denominados “gabinetes de curiosidades” o “cámaras de las maravillas” de la nobleza y de los potentados europeos. Poseían piedras bezoares en sus colecciones privadas monarcas europeos como el emperador Carlos V, Felipe II, Margarita y Catalina de Austria, Felipe IV, el archiduque Fernando II y Rodolfo II de Austria, o Fernando I de Médici, entre otros.

El declive de su empleo médico

Debido a la gran cantidad de falsificaciones y al desarrollo de la medicina experimental, el declive terapéutico de su uso comenzó a partir del siglo XVII.

El primer científico que mostró públicamente sus críticas a este agente alexifármaco fue el gran cirujano Ambroise Paré, quien realizó un cruel experimento en 1575: tras descubrirse el robo de un recipiente de plata por parte de un cocinero del rey Carlos IX de Francia, Paré acordó conmutar la pena de muerte si consumía acónito, un potente veneno vegetal, y luego ingería polvos de piedra bezoar. Paré observó la ineficiencia del antídoto, pues el sujeto falleció, aunque el rey pensó que el bezoar era falso y continuó confiando en ellos. Experimentos similares fueron realizados en 1631 por el médico francés Philebert Guybert con dos criminales convictos y con similares resultados.

En el siglo XVIII, el padre Benito Jerónimo Feijoo escribía que “la virtud de la piedra bezoar, que entra en casi todas las recetas cardiacas, es pura fábula”. A partir de aquí, cada vez fue creciendo el componente crítico y supersticioso de este remedio, que dejó de emplearse definitivamente como panacea a finales del siglo XVIII.

No obstante, las piedras bezoares se mantuvieron en las farmacopeas europeas hasta el siglo XIX, con el nombre técnico de Lapis bezoardicus off. Su uso ha perdurado hasta hoy en el imaginario literario, como puede verse en la novela Harry Potter y la piedra filosofal (1997) de Joanne K. Rowling, donde Potter le administra un bezoar de cabra a su amigo Weasley cuando es equivocadamente envenenado con hidromiel… Porque la verdad nunca debe estropear una buena historia.

The Conversation

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