Source: The Conversation – (in Spanish) – By Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University
¿Alguna vez ha tenido que sustituir a un líder admirado y reconocido? ¿Ha sentido el peso, y a la vez el honor, de tomar el relevo de alguien que ha dejado una huella profunda en su equipo de trabajo?
Pocos desafíos en la vida profesional ponen tan a prueba el carácter como ocupar el lugar de una figura admirada. La manera en que asumimos ese relevo dice mucho de nosotros como personas.
En la bahía de Sídney
Voy a poner un ejemplo del que es protagonista la Ópera de Sídney, una de las construcciones más icónicas de la arquitectura moderna. Con sus blancas conchas en forma de vela que se alzan sobre las aguas del puerto de la ciudad de Sídney, el edificio se alza como un símbolo global de diseño audaz y ambición cultural.
Su historia es de genialidad, ruptura y redención, y ofrece lecciones intemporales sobre la sucesión, el legado y la ética del liderazgo.
En 1957, el arquitecto danés Jørn Utzon ganó el concurso internacional para elegir al arquitecto encargado de diseñar el edificio de la ópera. Su propuesta, una serie de bocetos minimalistas y llamativos, carecía de planos técnicos completos o cálculos estructurales. Pero su visión audaz –una constelación de conchas escultóricas sobre Bennelong Point– capturó la imaginación de los jueces y la construcción comenzó con entusiasmo y optimismo.
Sin embargo, a mediados de la década de 1960, la política y los sobrecostes oscurecieron el proyecto. Un nuevo ministro del Gobierno de Nueva Gales del Sur criticó los retrasos y el aumento descontrolado de gastos y suspendió los pagos a Utzon. Frustrado y reacio a comprometer su visión, Utzon dimitió en 1966 y abandonó Australia, sin regresar jamás para supervisar la finalización de su obra más emblemática.
En este clima tenso entró Peter Hall, un joven arquitecto australiano. Hall afrontó la difícil tarea de traducir el concepto etéreo de Utzon en un edificio terminado. Diseñó las fachadas acristaladas que aportan ligereza a la estructura y completó los interiores de la Sala de Conciertos y del Teatro Joan Sutherland. Según se cuenta, aceptó el cargo solo después de confirmar que Utzon no regresaría, en una designación necesaria pero controvertida, ya que muchos en el mundo de la arquitectura creían que solo su autor original debía concluir la obra.
Hoy, los visitantes disfrutan del legado de ambos: la silueta inolvidable de Utzon y los interiores bellos y funcionales de Hall. Sin embargo, el nombre de este último apenas es conocido fuera de los círculos profesionales, mientras que Utzon se convirtió en un icono global y recibió el Premio Pritzker en 2003. Este desequilibrio en el reconocimiento plantea una cuestión mayor: ¿cómo se puede ocupar el lugar de otro, especialmente cuando ese lugar pertenece a un gigante?
Carrera de relevos
La historia muestra que la sucesión es la norma, no la excepción. Si Bramante trazó el primer plano de la romana basílica de San Pedro, luego Miguel Ángel reimaginó radicalmente su cúpula.
La catedral de Notre Dame, en París, ha ido evolucionando a lo largo de siglos, con generaciones de constructores que la modificaron y restauraron según el gusto y la tecnología de cada época.
Incluso en el cine se han dado situaciones similares: la película Lo que el viento se llevó (1939) fue moldeada por cuatro directores distintos –George Cukor, Sam Wood, William Cameron Menzies y Victor Fleming– y sin embargo es una obra maestra coherente y perdurable.
Confianza y respeto
Rendir homenaje a nuestros predecesores –en arquitectura, en gestión, en cine o en cualquier otro campo– es más que un gesto de cortesía. La disposición a reconocer la obra de otro, sin temor a que pueda disminuir la propia, es una muestra de nobleza y madurez emocional. Los líderes que honran públicamente a quienes sustituyen transmiten confianza, autenticidad y respeto. Son indicadores sutiles, pero poderosos, de credibilidad.
Por el contrario, apropiarse de méritos ajenos, o no reconocerlos, genera sospecha y erosiona silenciosamente la confianza. Los líderes que desprecian las contribuciones pasadas suelen ser recordados menos por lo que construyeron que por los puentes que quemaron.
Un error frecuente es caer en el síndrome del Mesías por el que algunos líderes recién llegados se definen rechazando todo lo anterior. Descartan logros previos, ignoran la continuidad y se presentan como salvadores de un pasado defectuoso. Aunque pueda parecer audaz, este enfoque nace a menudo de la inseguridad y, salvo en casos de crisis total, un inicio de tierra quemada rara vez es la opción de inicio más sabia.
Esto no significa que un nuevo líder deba evitar el cambio. Recibir una hoja en blanco puede ser estimulante. Cuestionar el statu quo, repensar procesos e introducir perspectivas frescas es esencial para el progreso. Pero hay una delgada línea entre la innovación y la arrogancia. En las grandes organizaciones, los giros radicales son pocas veces sostenibles. Más dañino aún es el golpe de Estado cultural, en el que el nuevo liderazgo no busca tanto mejorar como borrar lo que estuvo antes.
La tradición no siempre es un lastre que hunde; a menudo es un lastre que estabiliza. El líder perspicaz distingue entre el peso que frena y el peso que sostiene.
El valor del sucesor
En el mundo corporativo, es habitual que los directivos entrantes se distancien simbólicamente de sus predecesores: cambiando logotipos, reescribiendo la misión, reestructurando equipos. A veces estas medidas son necesarias, otras, meramente performativas. Los observadores suelen percibir la diferencia.
Y aquí reside una verdad crucial, a menudo pasada por alto: los sucesores también merecen reconocimiento. Completar una visión fundacional puede ser tan exigente como concebirla, y a veces más. Requiere una combinación de dominio técnico, habilidad diplomática y humildad para trabajar dentro de parámetros fijados por otro, dejando al mismo tiempo una huella propia. Las competencias necesarias para finalizar, consolidar y custodiar una misión heredada no son menores que las del fundador: son simplemente diferentes.
Mantenerse en la órbita
Lo hemos visto en el arte, donde intérpretes posteriores dan vida a obras de formas que sus creadores quizá nunca imaginaron, y en los negocios, donde la continuidad puede ser tan vital como la innovación. Sin el liderazgo de Tim Cook, por ejemplo, quizá Apple no habría alcanzado el éxito global y sostenido que comenzó a construir Steve Jobs. A menudo, los sucesores complementan a los fundadores: uno lanza el cohete, el otro asegura que alcance la órbita y se mantenga allí.
Este equilibrio entre respeto y renovación es la esencia de la sucesión con gracia. El liderazgo no es un acto en solitario sino una carrera de relevos. Sostenemos el testigo durante un tiempo, corremos nuestro tramo con propósito y lo pasamos.
Honrar a quienes nos precedieron no es pasividad; es nobleza. Y honrar a quienes nos suceden es igualmente vital, pues serán ellos quienes mantengan viva la llama. Como escribió Esopo, “la gratitud es la señal de las almas nobles”. La gratitud pública y sincera –tanto hacia predecesores como hacia sucesores– amplifica la credibilidad de un líder, denota autoconciencia, profundidad emocional y la comprensión de que el liderazgo no consiste en eclipsar a otros, sino en contribuir a un continuo más amplio.
La elegancia en la sucesión no es un protocolo, es una mentalidad. Es la convicción de que la mayor expresión del liderazgo no radica en demostrar ser superior a un predecesor, sino en honrar el pasado, empoderar el futuro y conocer el propio lugar en el largo arco de un esfuerzo compartido.
En una época obsesionada con la disrupción, esta forma de liderazgo tranquila y elegante puede ser el acto más radical de todos.
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Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. El arte de tomar el relevo – https://theconversation.com/el-arte-de-tomar-el-relevo-275532

