Source: The Conversation – (in Spanish) – By Silvia Díaz Fernández, Investigadora Ramón y Cajal, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC)

Comentarios irónicos que normalizan estereotipos, bromas reiteradas sobre colectivos concretos, referencias constantes a “lo políticamente correcto” o uso de jerga específica que denota familiarización con entornos de potencial radicalización (por ejemplo, uso de palabras como simp)… ¿qué podemos hacer los adultos, en casa y en la escuela, ante estos posicionamientos por parte de los adolescentes?
Nuestra reacción puede marcar la diferencia. Si respondemos señalando, culpabilizando o prohibiendo, reforzamos el marco que este perfil de usuario ya maneja: la idea de que existe una élite moral que silencia a quienes “dicen la verdad”. La estigmatización puede convertirse en combustible identitario.
¿Piensan eso realmente?
Cuando escuchemos una expresión, una frase o un discurso claramente radicalizado o que incita al odio por determinados colectivos, debemos ser conscientes de que esas ideas no suelen partir del adolescente que las dice, sino de lo que las redes han querido enseñarles. Eso no quiere decir que haya que pasarlo por alto.
Plataformas como TikTok, YouTube o Instagram no son simples espacios de sociabilidad; son entornos diseñados bajo una lógica empresarial muy concreta. Su modelo económico depende de capturar y retener atención, por lo que siempre priorizan contenido controvertido y que genere tráfico.
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Por eso, los mensajes antifeministas, racistas o contra la libertad de identidad sexual no deben entenderse como un fenómeno aislado o meramente ideológico. Muchos chicos que consumen este contenido no lo hacen, al menos de entrada, porque “odien el feminismo” o el progresismo social en general. Lo hacen porque se lo encuentran más, porque lo potencian los algoritmos para activar emociones potentes –agravio, frustración, sensación de injusticia– y se articulan en formatos breves, virales y fácilmente compartibles.
Un malestar con base real
Por ejemplo, en el caso del antifeminismo, nos encontramos ante la siguiente situación. Muchos adolescentes crecen en un contexto de transformación acelerada de los roles de género sin que necesariamente dispongan de herramientas simbólicas para interpretar esos cambios.
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Al mismo tiempo que el discurso público plantea –con razón y urgencia– la necesidad de masculinidades más igualitarias, corresponsables y no violentas, los procesos de socialización masculina siguen anclados, en buena medida, en lógicas tradicionales de éxito asociadas a la competencia, la acumulación y la validación a través del estatus. Es decir, reciben constantemente, y por diferentes vías, planteamientos contradictorios.
Empatizar y escuchar
Desde una perspectiva preventiva, el primer movimiento debería ser empático. Empatía no significa legitimar posiciones reaccionarias, sino reconocer que detrás de ciertos discursos hay experiencias de desorientación o pérdida de referencias.
Escucharles, entender sus necesidades y deseos desde su perspectiva, es la mejor manera de prevenir y contrarrestar esos mensajes.
Es importante abrir espacios de conversación, tanto en casa como en los centros educativos, en los que se puedan discutir tensiones y conflictos sin reducirlos a consignas.
Y también trabajar la alfabetización mediática desde una perspectiva crítica: comprender cómo operan los algoritmos, por qué ciertos contenidos se recomiendan de forma recurrente, qué significa que una plataforma priorice la interacción por encima de la deliberación. Existen experiencias muy interesantes al respecto.
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Gobernanza tecnológica
Y, sobre todo, implica asumir que esto no va sólo de adolescentes. El ecosistema digital responde a intereses económicos y decisiones políticas. Si las plataformas premian el conflicto porque genera clics, estamos ante una cuestión de gobernanza tecnológica y regulación del mercado, no ante un déficit moral juvenil. Desplazar la responsabilidad exclusivamente hacia las familias o hacia los propios chicos es una forma de invisibilizar esa dimensión estructural.
Hablar, explicar y escuchar no es ingenuidad; es estrategia. La radicalización no se desactiva mediante el silencio ni mediante el castigo automático, sino generando condiciones para que otras formas de pertenencia y de masculinidad sean pensables y vivibles.
Diálogo para elaborar pensamiento
En lugar de plantear la confrontación como “corregir”, es más útil crear condiciones en las que adolescentes puedan hablar de lo que han visto o escuchado en redes y sentir que se les toma en serio. Mantener conversaciones en las que los adolescentes puedan expresarse favorece que elaboren sus propias ideas en lugar de limitarse a reproducir consignas.
Desde ese punto, se puede trabajar el pensamiento crítico de forma gradual y contextualizada, animando a explorar distintas fuentes por curiosidad, no por obligación. Fomentar que compartan su perspectiva y escuchar sin juzgar mejora la comunicación y genera oportunidades para que miren más allá de lo que les “enseñan” los algoritmos sin que sientan que su identidad está siendo atacada.
Desde nuestra acción individual no podemos cambiar la estructura del capitalismo digital, que explota malestares sociales específicos en edades tempranas con fines económicos. Pero lo que sí está en nuestras manos es reflexionar sobre nuestra participación en las redes sociales, el contenido que recibimos y ser conscientes de que ningún mensaje radical suele ser fortuito y espontáneo, sino que está meditado y medido. Hagamos al menos lo mismo, reflexionemos antes de escribir, compartir o comentar.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. ¿Qué hacer ante el discurso radical de un adolescente? – https://theconversation.com/que-hacer-ante-el-discurso-radical-de-un-adolescente-275707
