Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge Romero-Castillo, Profesor de Psicobiología e investigador en Neurociencia Cognitiva, Universidad de Málaga

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com
Pregunta formulada por el curso de 1⁰ Bachillerato del IES África (Madrid)
Abres la mandíbula por completo, inhalas profundamente, luego exhalas brevemente y cierras la mandíbula. ¡Ah! Este es uno de los ritos más antiguos del reino animal.
Sí, del reino animal. Lo que quiere decir que las mascotas también bostezan. Algo que seguro has visto si tienes gatos o perros en casa. Pero eso no es todo. La mayoría de animales con columna vertebral lo hacen: aves, cocodrilos, tortugas… ¡Incluso los peces! Es más, se ha descubierto recientemente que los peces se contagian los bostezos.
Y es que esa es una de las propiedades más notables de este fenómeno: su contagio. Pero resulta que los seres humanos no solo bostezamos al ver a alguien hacerlo, sino que simplemente leer sobre ellos o pensar en ellos puede provocarlos. La cuestión entonces es: ¿por qué se nos “pegan” con tanta facilidad?
Abriendo boca con los primeros bostezos
El verbo «bostezar» deriva del latín oscitāre, que significa abrir la boca (el gesto más característico). Una vez abierta, el bostezo progresa con la inevitabilidad de un estornudo. Es decir, cuando empieza, no se puede frenar.
En el desarrollo humano, surge en el tercer trimestre de gestación. A este lo llamamos bostezo espontáneo y persiste tras el nacimiento. Después, a medida que crecemos, la frecuencia y sus desencadenantes aumentan. Y surge el otro tipo de bostezo: por contagio.
Pero sucede algo curioso: no es posible contagiárselo a una niña o niño menor de 5 años (aproximadamente). Asimismo, leer o escuchar un cuento sobre bostezos tampoco tiene efecto antes de los 6 años. Esto se debe a que las dos capacidades cognitivas más importantes para entender a otros seres maduran más tarde: hablamos de la empatía y la cognición social.
Una señal para facilitar la supervivencia
Efectivamente, la neurociencia apunta a que los bostezos están vinculados a la empatía (comprender los sentimientos y emociones de otra persona) y la cognición social (inferir sus pensamientos e intenciones) porque sincronizan el comportamiento de los grupos. Es decir, han llegado hasta nuestros días porque comunican sin necesidad de palabras un mensaje casi universal. Pero ¿cuál?
Se trata de un mensaje relacionado con estados desagradables: somnolencia, aburrimiento, hambre y estrés.
Especialmente, el bostezo serviría como aviso para facilitar la supervivencia. Esto es, al observar a una persona abrir la boca, instintivamente intuyes que está experimentando uno de esos estados, por lo que se activa en ti una señal automática de aumentar la vigilancia. Y, además, su contagio permitiría sincronizar una mayor vigilancia en todo el grupo, mejorando así la preparación colectiva contra amenazas externas.
También se han ofrecido otras explicaciones para los bostezos: enfriar el cerebro, reestablecer gases pulmonares o igualar la presión auditiva. Pero no tienen consenso entre la comunidad científica. Y, debido a su efecto contagioso, este comportamiento no puede explicarse recurriendo exclusivamente a funciones fisiológicas. Por eso, la hipótesis comunicativa es por el momento la más aceptada.
Desde el punto de vista de quien debe recibir estos avisos, se ha descubierto que el contagio está alterado en personas con trastornos que afectan a la empatía y la cognición social, como el autismo y la esquizofrenia. Y al contrario, las personas más empáticas se contagian más.
Estos resultados indican que el contagio depende de tener buenas aptitudes sociales. Unas aptitudes en las que participan unas células muy especiales del cerebro: las neuronas espejo.
Mecanismos cerebrales del contagio
Las neuronas espejo se activan simplemente cuando observamos a alguien realizar alguna acción. Es como si sus movimientos se recrearan en nuestro cerebro (como si fuera un espejo donde se reflejan), aunque no lleguemos físicamente a hacerlos. Estas neuronas desempeñan un papel fundamental para comprender o imitar las acciones de otras personas.
Al ver una cara de bostezo, las neuronas espejo de una zona del cerebro llamada giro frontal inferior se ponen a trabajar. Y no solo ellas: las técnicas de neuroimagen han identificado otras regiones cerebrales más específicamente relacionadas con el contagio del bostezo. Estas son el cíngulo posterior, el surco temporal superior y la corteza prefrontal ventromedial, todas relacionadas con la empatía y el comportamiento social.
Para cerrar boca
En suma, el bostezo es una forma de comunicación no verbal ancestral, una manera de decir “permanece alerta tú que yo ahora mismo no puedo”. Y su contagio serviría para transmitir ese mensaje al resto de integrantes de un grupo. Además, no hay que olvidar que está presente en multitud de animales, lo que corrobora la enorme antigüedad de este ritual.
Un detalle final, por si te lo habías preguntado: los bostezos también se pueden contagiar entre especies. Puedes comprobarlo por tu cuenta e intentar “pegárselo” a tu gato, tu perro o tu cocodrilo. O contagiarte tú de sus bostezos. La empatía también actúa con otros animales porque el ser humano nunca ha dejado de serlo.

El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.
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Jorge Romero-Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Por qué cuando alguien bosteza nos contagia su bostezo? – https://theconversation.com/por-que-cuando-alguien-bosteza-nos-contagia-su-bostezo-276316
