Source: The Conversation – (in Spanish) – By Clara Macarena Ponce Romero, Profesora del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidade de Santiago de Compostela
“No vocaliza”, “Habla mal”, “Habla raro”, “Habla poco”… ¿Quién no se ha preocupado alguna vez de si todo está yendo como debe cuando un niño o una niña pequeña empiezan a formar sus primeras frases?
A menudo, los adultos escuchamos con atención (y, en muchas ocasiones, con preocupación) cada una de sus palabras. No es raro que madres y padres busquen una segunda opinión, ya sea en las aulas de educación infantil o en gabinetes de logopedia. Sin embargo, lo que con frecuencia se interpreta como un problema es, en realidad, una parte normal y necesaria del aprendizaje del lenguaje.
Hablar diferente no es hablar peor
Cuando un niño dice “tete agua”, “perro grande ahí” o pronuncia una palabra de forma que a los adultos les suena extraña, es fácil fijarse solo en lo que le falta, en lo que consideramos “erróneo”. Sin embargo, desde el punto de vista del desarrollo del lenguaje, lo importante no es que esas formas se parezcan a las del habla adulta, sino que cumplan su función principal: comunicar.
La investigación en lenguaje infantil lleva tiempo mostrando que los niños pueden comunicarse con eficacia, porque el aprendizaje del lenguaje se construye primero sobre el uso y la interacción, y solo más tarde sobre las reglas.
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Pensemos, por ejemplo, en las interacciones entre madres, padres y bebés de apenas seis meses. A partir de gestos, miradas, sonidos o expresiones faciales, los adultos suelen identificar la causa del llanto y responder adecuadamente a sus necesidades. Incluso a edades muy tempranas, muchos niños muestran ya preferencias claras, formas propias de reaccionar y una personalidad incipiente.
Comunicación eficaz sin normas
A continuación presentamos el ejemplo de Nerea y César, dos hermanos de tres años. Esta grabación procede del corpus Koiné de habla infantil, un repositorio accesible en línea que reúne miles de interacciones espontáneas de niños de entre 18 y 53 meses, grabadas en escuelas infantiles de Galicia. Fragmentos como este permiten observar cómo la comunicación funciona incluso cuando el lenguaje aún no se ajusta a las formas adultas.
Corpus Koiné de habla infantil, grupo Koiné, Universidade de Santiago de Compostela. Datos accesibles a través de TalkBank (muestra Mil2_01)887 KB (download)
En esta breve interacción, Nerea y César apenas producen enunciados complejos. Sin embargo, la comunicación funciona perfectamente. Cuando César le ofrece el libro a su hermana para irse a jugar y Nerea se lo devuelve, ambos están expresando con claridad su intención: no quieren “jugar a los cuentos” en ese momento. El abandono de la escena por parte de César y el gesto de negación de Nerea refuerzan ese mensaje sin necesidad de palabras elaboradas. La interacción entre niños también es clave para el aprendizaje.
Qué ocurre en la mente de los niños
Desde los primeros meses de vida, los bebés son participantes activos en la comunicación, sensibles a las intenciones de quienes los rodean. Antes incluso de dominar el vocabulario o la gramática, aprenden a interpretar miradas, gestos y tonos de voz, y a usarlos para dirigir la atención, pedir algo, rechazar una propuesta o compartir una experiencia. En pocas palabras: transmiten lo que quieren a través de la interacción con el otro.
A medida que avanzan en el aprendizaje, los niños empiezan a detectar regularidades en lo que oyen. Generalizan patrones, los ponen a prueba y los ajustan poco a poco. Por eso es habitual que digan formas que no coinciden con las adultas. Cuando una forma no da resultado, la reformulan; cuando funciona, la mantienen.
Este proceso no es solo lingüístico, también es intrínsecamente cognitivo. Aprender a hablar implica coordinar memoria, atención, percepción y control de la acción. Por eso, muchas veces los niños saben perfectamente lo que quieren decir, pero todavía no disponen de los recursos formales para expresarlo como un adulto.
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Menos correcciones, más comprensión
Los niños no aprenden a hablar porque alguien les diga una y otra vez lo que hacen mal. Aprender a hablar es, ante todo, una experiencia compartida. Por eso, cuando nos dirigimos a niños pequeños, los adultos tendemos a ajustar de forma natural nuestra manera de expresarnos, por ejemplo, usando frases más simples, repitiendo palabras importantes y cambiando la entonación para hacernos entender mejor.
Este modo de hablar no empobrece el lenguaje: al contrario, lo hace más accesible y facilita que los niños comprendan y participen en la conversación sin sentirse evaluados. Por ejemplo, cuando un bebé llama a su mantita “maca”, muchos padres empiezan a utilizar esa expresión: “¿Quieres la “maca”?
Tenemos que comprender que los niños están inmersos en un proceso de aprendizaje. Esta expresión (“maca”) no es un error, es un proceso que paulatinamente les ayudará a consolidar el lenguaje adulto (manta).
Una manera de fomentar el aprendizaje lingüístico es integrarse en el mundo comunicativo infantil: “Sí, tu manta, la ‘maca’, está en la cama”. De esta forma, el niño escucha la forma convencional sin sentirse corregido ni examinado.
Otro ejemplo muy habitual ocurre cuando el niño dice “ete” señalando un juguete. En vez de exigir (“Coche, coche, se llama coche”), el adulto puede responder: “Sí, es un coche rojo. El coche hace brum brum”. Está validando la intención comunicativa y, al mismo tiempo, ofreciendo un modelo más completo y rico.
Acompañar el aprendizaje del lenguaje implica escuchar qué quieren decir los niños y responder a ello, más que centrarse en cómo lo dicen. Entender este proceso ayuda a reducir preocupaciones innecesarias y a recordar que hablar diferente no es hablar peor, sino parte del camino para aprender a comunicarse.
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Clara Macarena Ponce Romero forma parte del grupo Koiné de la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente, participa en el proyecto financiado por FEDER / Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades – Agencia Estatal de Investigación, Corpus y densidad de datos. Versión robusta del ‘corpus Koiné’ de habla infantil (PID2024-158897NB-100).
– ref. ‘No se dice tete, se dice chupete’: ¿hay que corregir a los niños cuando están aprendiendo a hablar? – https://theconversation.com/no-se-dice-tete-se-dice-chupete-hay-que-corregir-a-los-ninos-cuando-estan-aprendiendo-a-hablar-273054

