Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea J. Arratibel, Editor, The Conversation

Impulsor del nature writting o de la “liternatura” en México y autor de cinco libros, Andrés Cota Hiriart condensa en su perfil (escritor, zoólogo, naturalista, ensayista, divulgador, documentalista) una versatilidad que le corona como una de las referencias mexicanas más jóvenes de las letras, pero también del panorama científico.

El suyo se considera un perfil híbrido poco común; una rara avis que, sin embargo, él no considera que sea “nada novedoso”. “Así era cualquier naturalista del siglo XIX y del XX”, subraya, y pone como ejemplo a algunos de sus referentes: Oliver Sacks, Frans de Waal, Donna Haraway.

Profesor de literatura en la Escuela Superior de Cine y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su frenética actividad se reparte entre las clases en la universidad, charlas, ferias, presentaciones de libros, festivales culturales, la dirección del pódcast Masaje cerebral y el programa de televisión de la Revista de la Universidad de México.

Es, además, fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que saca la ciencia de su entorno habitual y la pone en contacto con un público general y diverso. “Una especie de terapia para cerebros hambrientos”, la describe él. Inspirada en el concepto de los “cafés filosóficos” de Inglaterra, la idea nació del intento de sacar adelante El Idiografo, una revista científico-cultural que, tras fracasar en ese formato, acabó convirtiéndose en un exitoso “café de ciencia tropicalizado” en la Ciudad de México. Este foro se ha extendido ya a más de 20 ciudades del país.

En una sociedad dividida entre las letras o las ciencias, ¿dónde se origina tu pasión por disciplinas aparentemente tan dispares?

Desde niño era consciente de que en la mayoría de perfiles somos muy híbridos, que lo normal es que todas las personas tengamos diferentes intereses. A lo mejor fue porque a mí nunca se me censuró una u otra vocación. En casa, mi papá y mamá eran científicos. Y buena parte de la labor de alguien que piensa científicamente consiste en contarle a otras personas por qué piensan esas cosas. Tanto ellos como mis abuelos eran muy lectores. Mi abuelo de Sinaloa, un hombre de campo, leía todo lo que podía en el rancho como compulsión lectora, hasta periódicos antiguos de más de un mes.

Cuando uno crece en una casa rodeado de mucha mezcla de perfiles que al sentarse a comer hablan de libros, deduce que en ellos hay algo importante, puntos comunes, coincidencias, discordancias… Creo que leer, supongo que como cualquier otro consumo cultural, se aprende por copiar al otro. Se va pegando por imitación, por emular lo que hacen los primates adultos que te educan.

Te has posicionado como la referencia de la “liternatura” de tu país, aquella que relata la naturaleza y las relaciones humanas con ella. ¿Por qué no es fácil encontrar ese tipo de obras en español?

No entiendo por qué aquí todavía seguimos cultivando a esa idea de que la literatura de naturaleza o de ciencia es de nicho. Aunque cada vez se publica más sobre el tema, en México hay una idea muy arraigada de que la ciencia ocupa un espacio que no necesariamente se trasvasa hacia otras áreas sociales; que no le va a interesar a nadie. Y es una pena, porque luego hay libros de autores como Donna Haraway, Anna King o Robert McFarlane que son superventas. O de Oliver Sacks, que lo conoce mucha gente. Deberíamos asumir la ciencia como parte de la cultura, deberíamos tener una cultura mucho más “cientificada” y una ciencia mucho más humanista.

¿Es una tradición anglosajona que nos falta en el mundo hispanohablante?

Que le pongan un nombre a una corriente de obras dice mucho. Y, como género, el nature writing tiene siglos. Al inglés se traduce todo, y al español, en cambio, muy poquito. De hecho, algunos de mis libros favoritos de literatura de naturaleza, de los que más aprecio y que me encantaría compartir con mis estudiantes y mucha gente, están descatalogados en la versión en español, como Last Chance to See, de Douglas Adams y Mark Carwardine. Se trata de un viaje alrededor del mundo para buscar especies en peligro de extinción. Creo que fue el primer libro o el primer producto cultural (porque también es una serie de radio y televisión) que convirtió el tema de la extinción biológica en superventas.

La desaparición de la biodiversidad es una de tus grandes temáticas. México ocupa uno de los primeros lugares del mundo en cantidad de especies en peligro de extinción. ¿Cómo podemos contribuir a frenar esta crisis?

Una forma de darle la vuelta a la extinción masiva es no ignorarla. En este caso la ignorancia no exime de responsabilidad. Estamos “ahorita” viviendo una crisis de 46 000 especies en peligro de extinción. Pero también hay que darse cuenta que quedan muchas otras por descubrir. Actualmente hay dos millones de especies descritas y potencialmente podrían existir otros ocho millones por describirse. Por eso hay mucho que hacer para conservar, para salvar lo que queda. Y también hay que cambiar la narrativa actual.

¿Hacia dónde enfocarla?

Creo que la narrativa que tiene sentido es la narrativa de la naturaleza local. La mayoría de los niños y niñas no conocen las especies que les rodean, por eso luego no las ubicamos ni valoramos. Entiendo que hay que usar las especies icónicas como un gancho para su conservación, pero habrá que hacer un esfuerzo por todas las demás. No nos preocupan porque ni las conocemos. Para darle la vuelta al barco es importante fomentar la narrativa local y, en este caso, la narrativa del Sur Global. Por otro lado, hay que contar la vida de las plantas, los hongos o las bacterias por su propio valor, por lo que nos puedan decir del mundo.

¿Debe la comunicación sobre la biodiversidad escapar del antropocentrismo?

Hay que quitar al humano del centro y que tenga como protagonistas a otros organismos, pero también a los ambientes. Vamos por el mundo asumiendo que las plantas están ahí como un decorado, dándolas por sentado, sin tener idea de si ese árbol que vemos es nativo, sin saber de dónde viene: no conocemos su historia. En cuanto se entiende que “comen atmósfera” y controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma. ¡Te vuela la cabeza!

¿Por eso escribiste El ajolote?

Hay toda una escuela de escritores y escritoras, que inició Cortázar, que le buscan rasgos humanoides al ajolote porque quieren reflejarse en él. Para mí es posiblemente el vertebrado terrestre con la vida más diferente a un humano, y creo que eso es justo lo valioso, lo que puede contarnos sobre el mundo, no sobre uno mismo.

La paradoja es que, a pesar de que el ajolote de Xochimilco aparece representado en todos lados, no han encontrado ninguno en el último censo. Esta especie, uno de los animales más simbólicos y queridos de México, es un gran ejemplo de lo que pasa con tantos programas de conservación, como el del cóndor mexicano, que salen adelante por unas pocas personas interesadas haciendo todo el trabajo y que logran cerrar la voluntad política.

¿Falta más compromiso gubernamental?

A nivel gobierno existe completa indiferencia. Yo siempre digo, ¿cómo puede ser que si hay dos o tres personas que pueden cambiar la historia de una especie, los gobiernos no lo vean? Por eso a veces pienso que, más que hacer divulgación de la ciencia para la gran sociedad, debemos pensar en hacerla específicamente para los que gobiernan.

¿Hay entonces esperanza para el ajolote?

Existe el conocimiento científico para su conservación. Está la iniciativa, incluso la prueba experimental de la recuperación de sus poblaciones con la chinampa refugio, que yo creo que es la última trinchera realista, la última oportunidad para que esté en vida libre. Si se mitigan las causas que derivaron en su colapso poblacional, a lo mejor en 10 años tenemos una población enorme de ajolotes. Pero hay que mitigar esas causas, que en este caso están muy bien identificadas. Así que sí, todavía habría chance de darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la conservación en vez de en uno de la extinción.

Necesitamos crear más símbolos esperanzadores. Si no, nuestras nuevas generaciones van a crecer con la idea de que si ni siquiera podemos salvar de nuestros propios tropiezos a una criatura como el ajolote. Y si es así, ¿qué esperanza tiene el resto?

De adolescente compartiste habitación con una boa de tres metros de largo y criaste a Lupe, una cocodrila. Vivencias de tener un zoológico en tu propia casa que cuentas en tu libro Fieras familiares. ¿Cómo fue la experiencia de llegar a crear una Unidad de Conservación de Vida Silvestre (UMA) para la reproducción de reptiles?

Como a muchas otras cosas en mi vida llegué por accidente, igual que terminar escribiendo. ¡Un accidente que agradezco! Fue el resultado de una pasión infantil y juvenil que se fue profesionalizando, que se convirtió en una especie de museo o colección viviente. De manera improvisada, aquella pasión se fue volviendo cada vez más seria hasta volverse una UMA. Mi primera aventura laboral: me autoempleaba, pero no ganaba dinero.

Entre los temas sobre los que divulgas destacan las cuestiones neurológicas y las patologías mentales. En el 2025 lanzaste Fieras Interiores, un libro que desvela la relación entre organismos y patologías, ¿de qué tratará tu próxima obra?

En algún momento me gustaría publicar algo de insectos y estoy en un proyecto sobre cómo alimentar a 8 000 millones de personas sin extinguirnos en el intento. La idea es empezar a buscar soluciones y no solo pintar problemáticas. Pero mi gran interés ahora es el mar, las profundidades marinas.

¿Por qué el mar?

Creo que ahí hay más de una saga de descubrimiento humano para con la naturaleza, y desde una visión no colonialista. Porque, lo que es seguro, es que las especies que se encuentren bajo los 2 000 metros de profundidad sí son nuevas para la humanidad, no sólo para la gente occidental que las describe. Además, hay mejores mapas de la Luna que del fondo marino, del que sólo el 5 % está explorado.

¿Qué puede desvelarnos del mundo?

Todos los descubrimientos que se están haciendo sobre las profundidades van rompiendo paradigmas. Antes se pensaba que el agua profunda del mar estaba prácticamente deshabitada. Ahora se sabe que la mayor parte de la biodiversidad marina se encuentra oculta por debajo de los 800 metros de profundidad, o sea, en la oscuridad. ¡Eso es una locura!

The Conversation

ref. Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma” – https://theconversation.com/andres-cota-biologo-y-escritor-en-cuanto-se-entiende-que-controlan-el-clima-no-se-vuelven-a-ver-los-arboles-de-la-misma-forma-273979