¿Por qué los colores producen diferentes sentimientos en las personas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Gabriel Rodríguez San Juan, Profesor de Psicología del Aprendizaje, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Asociamos los colores a distintas emociones. Steve Johnson / Unsplash, CC BY-SA

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por el curso de 3º de la ESO de Aranzadi Ikastola. Bergara (Gipuzkoa)


Hay colores que nos acompañan toda la vida. El verde de un jardín que ya no existe, el rojo del traje de aquel superhéroe o el azul oscuro de algo que preferiríamos olvidar. Aprender esas asociaciones no fue una elección: simplemente ocurrieron en el transcurso de nuestra vida. Y cuando volvemos a encontrar esos colores –en una pared, en una camiseta, en un atardecer– algo se mueve por dentro, antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.

Algunas de esas asociaciones no son solo nuestras. Quienes vivieron situaciones similares suelen tender a sentir algo parecido ante los mismos colores. Pero quienes nunca estuvieron en ese jardín o se perdieron esa película posiblemente sentirán cosas distintas.

¿De qué manera los colores pueden llegar a despertar emociones y por qué estas pueden ser tan distintas en una persona u otra? Para responder estas preguntas, necesitamos primero entender bien qué es exactamente un color.

Una cosa es el mundo y otra nuestra experiencia de él

La primera idea que tenemos que considerar es algo contraintuitiva: los colores no están ahí afuera. En el mundo, no hay manzanas “rojas”. El color rojo es una creación de nuestro cerebro. Isaac Newton nos ayudó a entenderlo con uno de sus experimentos más célebres. Hizo pasar un rayo de luz por un prisma y reveló algo sorprendente: la luz se descomponía en tonalidades distintas.

Así empezamos a descubrir varias cosas. Primero, que la luz se compone de ondas de distinta longitud. Y, además, que la manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las longitudes de onda pero refleja las de alrededor de 700 nanómetros. La manzana no es roja. El rojo lo empieza a fabricar nuestro cerebro cuando los fotorreceptores de nuestras retinas reaccionan ante esas longitudes.

Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman esas variables físicas en señales neuronales. Pero eso no basta para entender qué es el color. Para ir más allá, recurriremos a un experimento mental que propuso el filósofo Frank Jackson en la década de 1980.

El rojo que nadie puede explicarle a Mary

Imaginemos a Mary, una científica que sabe absolutamente todo sobre física y neurociencia del color, pero que ha vivido toda su vida en un mundo en blanco y negro. ¿Qué ocurrirá si un día abandona ese mundo de grises y ve una manzana roja por primera vez?

Aunque conozca toda la teoría y cada área cerebral implicada en la percepción del color, experimentará algo completamente nuevo que ningún libro le ha enseñado: cómo se siente el rojo. Esa experiencia subjetiva e intransferible es lo que los filósofos llaman qualia: el “cómo se siente” algo desde dentro.

La ciencia todavía no entiende bien cómo nuestro cerebro genera experiencias tan ricas y subjetivas a partir de meros disparos neuronales. Lo que sí sabemos es que esas vivencias a las que llamamos qualia no están hechas solo de información sensorial. Tienen muchos más ingredientes.

¿De qué están hechos los qualia?

Para entenderlo, pensemos en qué ocurre cuando interactúo con esa manzana roja. Mi cerebro no se limita a registrar las longitudes de onda que refleja su superficie: simultáneamente, procesa su textura, su olor, su sabor al morderla, la temperatura del ambiente, la compañía de quienes me rodean. Y, al mismo tiempo que procesa todo eso, genera una reacción emocional: una evaluación automática, casi instantánea, de si lo que estoy viviendo es agradable, amenazante o neutro.

Mi cerebro tiene además otra capacidad admirable: vincular todo lo que registra. Así, cuando miro la manzana, la muerdo y me doy cuenta de que estoy con mis hijas, todo eso –el color, el sabor, la alegría de ese momento– queda entretejido en una sola experiencia que el cerebro almacena, de manera que, cuando uno de esos elementos reaparece, los demás se reactivan con él.

Por eso, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen mis fotorreceptores –aunque la manzana no esté, aunque mis hijas no estén–, algo de todo aquello regresará. Y, cuantas más experiencias acumule con ese color a lo largo de la vida, más rica, compleja y única se volverá mi experiencia sobre él.

De ahí que el qualia del rojo no sea simplemente el procesamiento de una frecuencia de luz. Es el resultado de fundir, en un instante, información sensorial inmediata, recuerdos almacenados y afectos acumulados. Tres tipos de contenido que el cerebro ensambla tan rápido y tan bien que los vivimos como una sola cosa indivisible. A eso es a lo que llamamos color.

Colores y emociones, un siglo de investigación

Los colores producen respuestas emocionales sistemáticas. Los resultados de un estudio que analizó 132 investigaciones realizadas en 64 países durante 128 años, con más de 42 000 participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se asocia con emociones de alta activación –amor, ira, peligro, pasión–; el azul, con calma y confianza; el amarillo, con alegría; y el negro, con tristeza o poder.

Estos patrones aparecen en culturas muy distintas, algo que apunta a disposiciones innatas o a ciertos aprendizajes omnipresentes: el azul del cielo despejado, el rojo de la sangre, el amarillo del sol son señales ecológicas que compartimos como especie.

Otro hallazgo revelador es que cada color puede evocar emociones muy distintas, y una misma emoción puede ser evocada por colores muy diferentes. Eso no es un reflejo del azar: es la huella de las condiciones particulares de otros muchos aprendizajes.

Los psicólogos Stephen Palmer y Karen Schloss precisaron este mecanismo en su Teoría de Valencia Ecológica: nos gustan los colores asociados a experiencias positivas y rechazamos los vinculados a negativas. Si el amarillo de la infancia de alguien es el de la cocina de su abuela, ese amarillo será reconfortante. Si para otra persona es el del uniforme del colegio que odiaba, evocará exactamente lo contrario.

La misma longitud de onda, distintas emociones

En definitiva, el rojo que tú ves se parece al rojo que yo veo… pero no es exactamente igual. Se parece porque compartimos la física, la biología y algunas experiencias. Pero no es igual porque, a medida que vivimos nuestras vidas, vamos construyendo una experiencia personal e irrepetible. Cada historia tiñe el color de manera distinta. Por eso, los colores no solo nos ayudan a describir el mundo: nos recuerdan también lo que significa ir viviendo una vida y no otra.


La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


The Conversation

Gabriel Rodríguez San Juan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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