¿Por qué nos tatuamos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida

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Un tatuaje parece una contradicción: en una época marcada por la inmediatez y por modas efímeras que desaparecen con rapidez, decidimos fijar algo “para siempre” en la piel.

Esta tensión no es un detalle estético: es una pista. Para entender por qué nos tatuamos hoy hay que mirar más allá de la tinta y preguntarnos qué hay detrás.

De “práctica marginal” a lenguaje cotidiano

Durante décadas, en Occidente, los tatuajes estuvieron socialmente estigmatizados
y se vinculaban casi exclusivamente a presos, marineros, entornos delictivos o personas situadas en los márgenes de la sociedad. En otros contextos culturales (especialmente en diversas sociedades de Asia, África y Oceanía), el tatuaje tradicionalmente se ha aceptado e integrado en la vida social: no solo era una práctica normalizada, sino también funcional, ya que indicaba estatus, profesión, pertenencia o marcaba ritos de paso. Pero la tradición filosófica y religiosa occidental (con la idea del cuerpo como “intocable” y el recelo a alterarlo) tendía a desaconsejar esta práctica.

A partir de los años ochenta, el tatuaje empieza a aparecer entre adolescentes y jóvenes, al principio de manera minoritaria y a menudo vinculado a determinados entornos. Y es con el inicio del siglo XXI cuando el fenómeno estalla: deportistas, cantantes y personajes públicos lo normalizan; y, al mismo tiempo, personas “anónimas” de todo tipo (docentes, abogados…) lo llevan sin ocultarlo.

Un mundo líquido y una piel que quiere ser un mapa

Vivimos en un contexto que a menudo se ha descrito como “líquido”: vínculos más frágiles, trayectorias vitales menos lineales, referentes filosóficos y religiosos más diluidos, y una sensación de incertidumbre que se ha vuelto casi estructural. La vida (trabajo, pareja, amistades, identidad…) se construye cada vez más como un puzle personal, sin manual de instrucciones y con piezas que cambian de forma.

En este escenario, el tatuaje puede funcionar como una respuesta posmoderna a una crisis de sentido. No porque sea “la solución”, sino porque ofrece algo muy concreto: una forma de fijar, en un mundo transitorio, un recuerdo, un valor, una pertenencia o un compromiso con uno mismo. El cuerpo es el territorio que habitamos siempre. Y el tatuaje lo convierte en un mapa: un mapa biográfico, simbólico y emocional.

Identidad: “Esto es lo que soy” (o lo que quiero ser)

Muchas personas se tatúan para construir y reforzar su identidad. A veces, es una identidad colectiva: en las Tierras del Ebro, por ejemplo, algunos jóvenes explican la práctica de tatuarse un toro. No es solo un dibujo; es una señal socialmente legible: “ahora ya soy adulto” y “ahora ya pertenezco”. El tatuaje actúa como distintivo y como mecanismo de reconocimiento comunitario: es legible por los iguales y también por los adultos, y contribuye a legitimar socialmente el cambio de estatus. Sobre todo, el propio joven lo experimenta como la confirmación simbólica de haber cruzado un umbral vital.

Otras veces, el tatuaje es una declaración íntima que también quiere ser pública. Una joven se tatuaba una cabra como símbolo de su vegetarianismo: no bastaba con “pensarlo” o “hacerlo”.

Y después está el tatuaje como biografía: adultos que acumulan piezas a lo largo de los años, combinando diseños más superficiales con otros que son “núcleo duro”: nombres de hijos, parejas, animales asociados a fuerza o lucha, símbolos de miedos o aspiraciones. La piel, en estos casos, se convierte en archivo. No un archivo neutral, sino selectivo: lo que hay que recordar, preservar y mantener.

Pertenencia y amistad: el tatuaje como pacto

La identidad no es solo individual. También es vínculo. Y aquí el tatuaje actúa como un sello. Algunos jóvenes explican tatuajes compartidos tras un viaje: tres amigos que se hacen el mismo trébol como recuerdo de Irlanda. Es una escena sencilla y, a la vez, potente: la vida adulta a menudo dispersa, fragmenta y reordena prioridades. Pero el tatuaje queda como una promesa: “hicimos esto”, “nos unió” y “no desaparece”.

En grupos de amigas ocurre algo similar: una mariposa común, con variaciones personales (tamaño y lugar del cuerpo), para representar una amistad “para siempre”.

Cuando los vínculos sociales son más volátiles, las personas tienden a buscar maneras de darles consistencia y visibilidad. Hoy, el tatuaje es una forma tangible y socialmente aceptada de hacerlo.

Rito de paso: cuando la vida no tiene ceremonias, nos las inventamos

En muchas sociedades tradicionales, el paso de una etapa a otra estaba ritualizado: había un antes y un después, y la comunidad lo reconocía. Hoy, muchos de estos ritos se han debilitado o han desaparecido. Y eso deja a mucha gente (especialmente jóvenes) en una especie de “umbral” permanente: ya no son niños, pero tampoco se sienten plenamente adultos. Aquí el tatuaje puede actuar como ritual contemporáneo de autoafirmación. Una chica que se tatúa justo al cumplir 18 años lo expresa así: “ahora ya soy mayor de edad y sobre mi cuerpo mando yo”.

También puede marcar rupturas y renacimientos: un hombre que se tatúa tras una separación porque ya no tiene que “pedir permiso”; o alguien que, después de un accidente grave, se graba un carpe diem como recordatorio físico de una nueva filosofía de vida. No es que el tatuaje cure el trauma, pero puede ayudar a darle forma: “esto me ha pasado” y “construyo mi futuro a partir de lo que he vivido”.

El “subidón”: tinta, adrenalina y calma existencial

Un elemento que sorprende al escuchar relatos de personas tatuadas es la descripción de un “subidón”: la anticipación, la ilusión, la adrenalina, la sensación de energía que culmina durante la sesión y continúa después. Algunos lo explican casi como una necesidad: una vez tienes uno, quieres más. No siempre por vanidad, sino por el efecto emocional: evadir problemas, animarse en momentos bajos y sentirse “más vivo”.

En un mundo saturado de estímulos rápidos, el tatuaje es un estímulo intenso pero diferente: no es solo consumible, es transformador. El cuerpo sale cambiado. Y eso da una sensación de control que, en tiempos de incertidumbre, puede ser valiosa.

Estética: comportarse como una obra (y como armadura)

Mucha gente se tatúa por una razón aparentemente más simple: porque le gusta. Pero incluso aquí hay capas. Algunas personas tatuadas hablan del cuerpo como de un proyecto estético coherente: piezas que “enlazan” entre sí, colores pensados y ropa elegida para lucirlos. Hay quien dice que con los tatuajes se siente “vestido” o “protegido”, como si la piel fuera una armadura simbólica.

Otros eligen diseños que quieren ser “bonitos” (flores, animales y formas diversas) pero luego les añaden una función: motivarse, recordar cosas esenciales y reforzar el estado de ánimo. Y también hay estéticas identitarias muy marcadas, como la gótica (cruces, calaveras y rosas oscuras), que no solo decoran: declaran una manera de estar en el mundo, una relación particular con la muerte, el misterio o el “más allá”.

El dolor: “si no cuesta, no vale”

Por último, el gran tema: el dolor. Podríamos pensar que, en una sociedad que evita el sufrimiento, el tatuaje sería una anomalía. Pero es precisamente aquí donde se vuelve interesante: mucha gente atribuye al dolor un valor simbólico. Como una forma de sacrificio voluntario, un coste necesario que dota de valor a la experiencia. “Si no doliera, no tendría sentido”, dicen algunos. “Las cosas se valoran más cuanto más cuestan”.

El dolor convierte el tatuaje en experiencia, no solo en resultado. Hace que el significado no sea únicamente visual, sino también corporal, porque el propio proceso de hacerlo, con su dolor e intensidad, queda asociado a lo que representa.

Una respuesta imperfecta (pero comprensible) a la necesidad de sentido

Nos tatuamos por muchas razones a la vez: identidad, pertenencia, ritual, estética, emoción, dolor… y, a menudo, por una combinación de todo ello. En una sociedad compleja y cambiante, el tatuaje puede funcionar como un “calmante existencial”: da sensación de orden, de control y de continuidad. No sustituye filosofías ni comunidades sólidas, pero puede servir de apoyo, recordatorio y faro personal.

Y quizá esa sea la idea clave: el tatuaje no es solo una moda. Es un intento (a veces lúdico, a veces desesperado y a veces profundo) de decir: “esto importa”, “me sostiene” y “quiero que perdure”.

The Conversation

Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué nos tatuamos? – https://theconversation.com/por-que-nos-tatuamos-276409