Orcos, rugidos y música élfica: el fonosimbolismo en acción

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Celia Martínez Tomás, Investigadora predoctoral FPU en el Departamento de Psicología Experimental, Procesos Cognitivos y Logopedia, Universidad Complutense de Madrid, Universidad Complutense de Madrid

El río Anduin, uno de los lugares fantásticos de la novela _El señor de los anillos_, cuyo sonido nos transporta a un lugar hermoso e idílico. Tolkienpedia-Fandom., CC BY-SA

En los senderos sombríos de Mordor, las palabras no solo cuentan lo que ocurre, sino que nos hacen sentir el lugar como amenazante. Este es uno de los lugares que se describen en la novela El señor de los anillos, en la que J. R. R. Tolkien describe de forma magistral a los orcos gruñendo o al viento feroz silbando entre las ruinas de Minas Morgul, donde el propio sonido de las palabras parece ajustarse a la dureza y oscuridad del paisaje. ¿Por qué, solo por cómo suenan, algunos términos nos generan más inquietud que otros?

En la comarca de las palabras

Durante mucho tiempo, la lingüística asumió que la relación entre la forma de las palabras y su significado era, en esencia, arbitraria. Nada en el sonido de mesa nos conduce a imaginar un mueble con cuatro patas y un tablero. Sin embargo, esta idea empezó a cuestionarse al observarse que tendemos a asociar de forma sistemática ciertos fonemas con conceptos relacionados con tamaños, texturas, movimientos e, incluso, estados emocionales.

Esta relación entre cómo suenan las palabras y su significado se conoce como fonosimbolismo.

Experimentos que ponen a prueba nuestra intuición

Si todo esto fuera solo una intuición literaria, bastaría atribuirlo al talento de Tolkien. Pero, la ciencia ha mostrado que estas asociaciones no son solo una impresión subjetiva.

Algunos experimentos han revelado que la mayoría de las personas asocian sonidos suaves y redondeados, como en la palabra inventada bouba, con figuras que muestran formas curvas, mientras que los sonidos agudos y cortantes de una palabra nueva, como kiki, se asocian con mayor facilidad a formas puntiagudas.

Las vocales y consonantes también exhiben patrones similares. La vocal /i/, cerrada y frontal, se asocia sistemáticamente con palabras que expresan conceptos referidos a objetos pequeños, ligeros o con una connotación afectiva positiva. En muchas lenguas, términos relacionados con diminutivos, delicadeza o cercanía contienen este sonido: desde el mini y chiquito del español, hasta palabras como little o tiny en inglés. Esto no es casual: al pronunciar la /i/, los labios se estiran y se activa el músculo cigomático, el mismo que participa en la sonrisa, reforzando así su asociación con emociones agradables. Además, existe una similitud entre el sonido agudo de la /i/ y las vocalizaciones producidas por animales pequeños y sus crías –más altas en frecuencia y menos intensas–, que los seres humanos tendemos a percibir como no amenazantes o, incluso, como adorables.

Rivendell, hogar de Frodo, es uno de los nombres fantásticos creados por Tolkien para El señor de los anillos. Su sonido evoca sentimientos de belleza y serenidad.
El señor de los anillos / New Line Cinema.

Alerta: animales peligrosos

Las consonantes tampoco se quedan atrás. El fonema /r/, vibrante y áspero, aparece con frecuencia en palabras que se refieren a animales peligrosos, acciones violentas o sonidos intimidantes. Esto ocurre en idiomas muy distintos como el inglés (growl, roar), el español (rugir) o el japonés (グルル, gururu), donde ciertos sonidos vibrantes se asocian igualmente con fuerza o agresividad.

¿Por qué tantos rugidos, gruñidos y criaturas temibles “suenan” parecido? Algunos investigadores sugieren que ciertos rasgos acústicos activan respuestas de alerta profundamente arraigadas en nuestro pasado evolutivo. En esta misma línea, las consonantes sibilantes, como /s/ o /ʃ/, se caracterizan por una fricción continua que recuerda al siseo que emiten algunos animales peligrosos para los seres humanos, como las serpientes.

¿A qué huele una palabra?

Pero las asociaciones no se limitan a la vista o al oído. ¿A qué te sonaría un olor agradable? ¿Y uno repulsivo? Cuando se pide a los participantes que emparejen palabras inventadas con olores, emergen patrones consistentes: ciertos sonidos se juzgan más compatibles con aromas suaves o dulces, mientras que otros se asocian con olores intensos o desagradables. Algo similar ocurre con el tacto, donde sonidos suaves se asocian con superficies lisas o blandas, mientras que sonidos abruptos se vinculan con texturas rugosas o duras.

A pesar de que la arbitrariedad sigue siendo la propiedad dominante en el lenguaje, el fonosimbolismo no es una rareza de un idioma ni una curiosidad cultural aislada. Es una pista de que algunos aspectos del significado, pese a su diversidad, se apoyan en experiencias perceptivas y corporales compartidas.

Mientras, ¿qué ocurre en el cerebro?

¿Qué sucede cuando escuchamos o leemos una palabra que “suena” a lo que significa? Los estudios con técnicas de neuroimagen muestran que, cuando leemos palabras positivas, se activan tanto regiones implicadas en el lenguaje –el giro temporal superior o el giro frontal inferior– como áreas relacionadas con el procesamiento emocional, incluyendo la amígdala.

Lo más interesante es que estas redes no funcionan de manera aislada. Cuando palabras que expresan emociones agradables contienen la vocal /i/, como victoria, aumenta la comunicación entre las áreas lingüísticas y emocionales. Sin embargo, este incremento no se observa en palabras positivas que contienen vocales como la o, como en el caso de sexo. Esto es debido a que esta letra aparece con mayor frecuencia en palabras que expresan significados negativos.

Así, nuestro cerebro también tiene en cuenta cómo suenan las palabras a la hora de acceder a su significado, lo que amplifica o atenúa la emoción que experimentamos al leerla.

Los sonidos de la Tierra Media

Después de todo, no resulta tan sorprendente que Tolkien cuidara con tanto esmero la sonoridad de sus mundos. Así, basta con leer “¡Ob, globûrz krâsh snaga!” para imaginarnos orcos gruñendo o la sombría atmósfera de Mordor cargada de amenaza y peligro. En cambio, “A Elbereth Gilthoniel o menel palan diriel” nos evoca a los elfos y lugares llenos de calma, cercanía y belleza, como Rivendell o Lothlórien. Quizá, es por eso que, al adentrarnos en la Tierra Media, entendemos muchas cosas antes de que el texto nos las explique.

The Conversation

Celia Martínez Tomás recibe fondos de Ministerio de Universidades con una ayuda para la Formación de Profesorado Universitario (FPU)

José Antonio Hinojosa Poveda recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Rocío Calvillo Torres no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Orcos, rugidos y música élfica: el fonosimbolismo en acción – https://theconversation.com/orcos-rugidos-y-musica-elfica-el-fonosimbolismo-en-accion-275479