Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation
“El amor eterno dura aproximadamente tres meses”, dijo en una ocasión la novelista y dramaturga Françoise Sagan, símbolo de la juventud hedonista y desinhibida de la posguerra francesa. Hace años ya de eso, pero lo cierto es que la frase ha envejecido más que bien.
Se acerca el 14 de febrero. Otro San Valentín más para regalar flores y peluches y para reflexionar sobre las nuevas formas de amar, ya sea entre personas del mismo o de distinto sexo.
En pleno siglo XXI, con la libido tan globalizada como las aplicaciones de citas, San Valentín puede ser un festival de amor romántico, poliamor, celos, infidelidad y notificaciones de Tinder a medianoche. Y la ciencia social nos lo confirma: no todo es monogamia ni chocolates con forma de corazón.
Pero empecemos por lo básico: ¿qué es ese amor idealizado que nos enseñan desde las películas hasta los álbumes de baladas que escuchamos? En el artículo “Qué es el amor romántico y por qué existe (de momento)” los autores exploran cómo la idea de un amor totalizante –una única alma gemela– no es una ley natural, sino una construcción social con raíces históricas profundas.
60 genes de amor romántico
Este modelo ha configurado nuestras expectativas del amor como algo que debe ser eterno, exclusivo y perfecto –una fórmula que a menudo choca con la realidad de los afectos humanos–. El amor romántico es probablemente la emoción con mayor presencia en nuestra cultura, dicen los autores, y aseguran que se han descrito más de 60 genes asociados a ciertas características del amor romántico: ¡60 genes!
Si el amor romántico es la receta tradicional, entonces llega el poliamor como el topping moderno que divide opiniones: dulce para unos, indigesto para otros. Este artículo de Jorge Barraca, de la UCJC, plantea que incluso en relaciones múltiples consensuadas los sentimientos complejos como los celos o la sensación de traición pueden aparecer si no se respetan los acuerdos.
En otras palabras, aunque una relación abierta tenga reglas explícitas –puede haber sexo, pero sin mensajes ocultos– el manejo de emociones sigue siendo tan complejo como en una relación monógama tradicional.
Claro, puede pensar que esa es una buena excusa para abandonarse a las emociones de las apps de citas y dejar que el algoritmo decida por usted. Pero cuidado: incluso aquí hay terreno pantanoso. Hoy, con las notificaciones de mensajes sobresaltándonos de emoción en mitad de la noche, muchas cosas que antes no contarían como “cuernos” ahora sí entran en la definición social de infidelidad.
Por ejemplo, una encuesta del CIS encontró que más del 60 % de los españoles considera infidelidad tener una conversación subida de tono por mensajes con otra persona, sin necesidad de contacto físico. Así que ese “hola, ¿qué haces?” puede sonar inofensivo hasta que lo lea junto a un emoji de corazón rojo.
Y, hablando de infidelidad, es cierto que no todo el mundo la ve igual. En el artículo “Por qué la infidelidad femenina todavía se condena y de la masculina se presume” se explica cómo la historia ha jugado con dos varas de medir: cuando el infiel es hombre, a menudo se romantiza su “aventura”; cuando es mujer, todavía se carga con estigmas históricos. Desde Helena de Troya hasta Cleopatra, pasando por ejemplos actuales, el debate muestra cómo las normas culturales moldean la manera en que juzgamos el deseo y la traición, incluso en pleno auge de libertades sentimentales.
La montaña rusa de atracción-traición
Pero si piensa que todo esto es pura teoría, basta encender la tele o abrir TikTok para recordar que la cultura popular sigue fascinada con la idea de la tentación. El artículo “Ver ‘La isla de las tentaciones’ es asistir a la enésima recreación del mito de Don Juan” analiza cómo formatos como el del famoso programa perpetúan el mito de que hay siempre una figura capaz de seducir y derribar cualquier pacto de pareja. En otras palabras, el entretenimiento nos ofrece esa montaña rusa de atracción-traición que, vista desde la distancia, puede parecer amor, aunque no es más que un culebrón.
Todo este aparataje emocional viene acompañado de esos compañeros a veces inseparables del amor llamados celos. En “La patologización de los celos” el texto plantea que sentirlos no es necesariamente señal de una relación enferma ni de un amor “menos verdadero”: son emociones humanas que se disparan cuando percibimos amenazas a lo que valoramos. El problema no es sentir, sino cómo gestionarlo sin caer en el espionaje de contraseñas ni en juramentos eternos que nadie puede sostener.
Y ya que hablamos de gestionar expectativas, no podríamos ignorar otra pieza clave del rompecabezas moderno: las apps de ligar. En “Busco, comparo y si me gustas, te amo” se reflexiona sobre cómo los servicios digitales han transformado el mercado del amor en una experiencia casi de consumidor: ver perfiles, comparar atributos y decidir rápido. Esta lógica puede parecer pragmática, pero también puede fomentar relaciones superficiales si no se acompaña de comunicación honesta y transparencia con las personas del otro lado de la pantalla.
Sea con quien sea que vaya a celebrar San Valentín, lo importante es hacerlo de una forma sana y, sobre todo, segura. Y, lo más importante: tenga muy presente, si acaba de conocer a su media naranja y va a acudir a esa cena íntima iluminada con velas llevando consigo un frasco de perfume o un ramo de rosas rojas, que, como decía Françoise Sagan, el amor eterno dura unos tres meses. Si es de las personas que lleva celebrando San Valentín con la misma pareja desde hace años, le felicitamos desde lo más profundo de nuestro corazón. Eso nos demostraría, una vez más, que los intelectuales no siempre están en lo cierto.
Lo celebre como lo celebre, incluso en soledad y delante de la televisión viendo una buena película romántica, disfrute de este día: ¡feliz San Valentín!
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– ref. La selección: un San Valentín que solo durará tres meses – https://theconversation.com/la-seleccion-un-san-valentin-que-solo-durara-tres-meses-275287

