Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ivette Caldelas, Investigadora Senior, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Sabemos que la leche materna es el alimento ideal para los neonatos por su delicado equilibrio de componentes: cuenta con micro y macronutritentes, factores inmunológicos y de crecimiento y hormonas indispensables para el adecuado desarrollo de los lactantes en cada etapa del desarrollo.
Sin embargo, estudios recientes revelan algo mucho más profundo: la leche no solo alimenta, también transmite un ecosistema vivo al bebé. Contiene bacterias, metabolitos y compuestos bioactivos que pueden moldear la salud del recién nacido desde sus primeros días de vida. Estos descubrimientos podrían transformar la forma en que entendemos la pediatría moderna.
La leche no es estéril: es biológicamente activa
Hasta hace poco más de una década, la idea predominante era que la leche materna era un alimento estéril; cualquier presencia bacteriana se consideraba una contaminación. Sin embargo, estudios de secuenciación masiva en muestras de leche de diversas especies han demostrado que contiene comunidades microbianas complejas. Entre ellas caben destacar las bacterias pertenecientes a los géneros Bifidobacterium sp., Lactobacillus sp. y Streptococcus sp., que se encuentran estrechamente relacionadas con la colonización saludable del intestino neonatal.
La transferencia bacteriana ocurre en un momento crítico, cuando el desarrollo del sistema inmunológico del recién nacido depende en gran medida de la modulación inmunológica que proporciona la leche materna. Esta microbiota aportada por la madre juega un papel relevante en la maduración de la barrera intestinal, la regulación de la inflamación y la programación metabólica del neonato.
En otras palabras, la leche materna no solo aporta calorías: contribuye a la construcción del sistema inmunológico.
Un diálogo biológico entre intestino y mama
Evidencias recientes apuntan a un fenómeno fascinante, al que los científicos han bautizado como “ruta entero-mamaria”. Gracias a este mecanismo, ciertas bacterias del intestino materno serían capaces de migrar hacia la glándula mamaria, en donde las células inmunitarias actuarían como transportadoras.
Si logra ser confirmado en su totalidad (los resultados obtenidos en modelos animales y estudios en humanos respaldan cada vez más esta posibilidad), implicaría que el microbioma intestinal materno sería capaz de influir de forma directa sobre el que alberga la leche materna. Y esto abre una pregunta inevitable: ¿qué papel desempeña realmente la alimentación materna?
La dieta como modulador del primer ecosistema del bebé
Sin duda, la composición del microbioma intestinal está estrechamente relacionada con la dieta. Diversos estudios han demostrado que una alimentación rica en fibra, frutas, verduras y legumbres promueve una mayor diversidad microbiana y la producción de ácidos grasos de cadena corta. Estos últimos favorecen la permeabilidad intestinal y tienen efectos antiinflamatorios.
Por el contrario, dietas altas en azúcares refinados o en grasas se asocian con menos diversidad bacteriana, una menor presencia de bacterias benéficas o un incremento de bacterias patógenas. Eso conduce a un desequilibro en la producción de metabolitos, que promueven el desarrollo de inflamación y complicaciones metabólicas.
Algunos reportes científicos indican una correlación entre la calidad de la dieta materna y la composición bacteriana de la leche, así como con la presencia de determinados metabolitos lipídicos e inmunomoduladores. También se ha identificado que el consumo de ácidos grasos omega-3 puede influir en el perfil inflamatorio y, posiblemente, en la comunidad microbiana transferida al lactante.
Efectos a largo plazo
En la actualidad, aún no existen guías clínicas basadas en el microbioma de la leche. Sin embargo, el consenso científico apunta a que la alimentación materna puede tener efectos que van más allá de los aspectos nutricionales, ya que también podría modular el primer ecosistema intestinal del bebé e influir en su desarrollo y salud a lo largo de la vida.
Concretamente, la colonización intestinal temprana se ha asociado con el riesgo posterior de alergias, obesidad, enfermedades metabólicas e incluso alteraciones neuroconductuales.
Estudios longitudinales (a lo largo del tiempo) sugieren que los primeros meses de vida constituyen una ventana crítica de programación biológica. Esto no significa que la lactancia sea el único factor determinante: otros condicionantes como el tipo de parto, el uso de antibióticos, el entorno familiar y los factores sociales de la salud también influyen de manera decisiva. Pero sí implica que estamos ante una faceta de la lactancia que hasta ahora había permanecido claramente subestimada.
De la evidencia científica a las políticas públicas
La pediatría moderna, que tradicionalmente se centraba en considerar solo aspectos como los nutrientes y el crecimiento, comienza a incorporar una perspectiva ecológica. Según este enfoque, el bebé ya no es un organismo aislado: ahora debe ser considerado un metaorganismo que convive con billones de microorganismos. Existe un diálogo bidireccional entre el recién nacido y la microbiota mediante la producción de moléculas específicas que impactan en el desarrollo y el establecimiento de la salud o la enfermedad del bebé, y cuyo mecanismo apenas se ha comenzado a dilucidar.
Estas nuevas evidencias sobre el contenido de microbiota en leche materna no deben convertirse en una nueva fuente de presión sobre las madres: no todas pueden amamantar y no todas tienen acceso a dietas equilibradas. Si la ciencia confirma que la calidad nutricional materna influye directamente en la colonización microbiana del recién nacido, la respuesta no puede ser una responsabilidad individual. Más bien debe traducirse en políticas que faciliten el acceso de las mujeres en edad reproductiva a alimentos saludables, así como apoyo a la lactancia y entornos laborales compatibles con la maternidad.
Indudablemente, invertir en la salud materna también es hacerlo en la salud infantil. Y ahora sabemos que esta inversión debe ser realizada, además, tomando en cuenta la alimentación de la madre. Lo invisible –es decir, las bacterias, los metabolitos y la interacción entre dieta y microbioma– podría estar redefiniendo la medicina del futuro.
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Juan Pablo Ochoa Romo recibe fondos de Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECITHI/México)
Ana María Salazar Martínez, Erika Navarrete Monroy y Ivette Caldelas no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
– ref. La dieta de la madre durante la lactancia podría ser clave para la salud futura de su bebé – https://theconversation.com/la-dieta-de-la-madre-durante-la-lactancia-podria-ser-clave-para-la-salud-futura-de-su-bebe-271111
