Los bancos están preparados para las crisis, pero si todos reaccionan igual la historia puede acabar mal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Bàrbara Llacay Pintat, Profesora agregada, Universitat de Barcelona

Andrii Yalanskyi/Shutterstock

Cuando se inauguró el Puente del Milenio de Londres, en el año 2000, el acontecimiento terminó de una forma totalmente inesperada. Al cruzarlo, los peatones hicieron que el puente empezara a vibrar.

Para no perder el equilibrio, cada persona ajustó su paso de manera instintiva. Pero al hacerlo, todos acabaron moviéndose al mismo ritmo. Esta sincronización amplificó el balanceo y el puente tuvo que cerrarse tan solo dos días después.

Cada peatón actuaba de forma sensata: reaccionaba a la vibración bajo sus pies para no caerse. Pero la suma de esos pequeños movimientos creó un escenario peligroso.
Es lo que los filósofos llaman falacia de la composición. Lo que funciona a nivel individual puede resultar desastroso para el conjunto.

Esta misma situación puede darse en el sistema financiero. Entenderlo importa a cualquiera que tenga una hipoteca, un fondo de pensiones o ahorros en el banco. Porque cuando el sistema financiero se tambalea, las consecuencias llegan a todos.

Los Acuerdos de Basilea

Tras varias crisis bancarias a finales del siglo XX, los reguladores internacionales crearon los Acuerdos de Basilea con el objetivo de fortalecer la estabilidad del sistema bancario mundial. La idea básica es sencilla: los bancos deben guardar reservas de capital según el riesgo que asumen. Cuanto mayor sea el riesgo, más capital deben tener en reserva para absorber posibles pérdidas.

Para medir el riesgo de sus inversiones, los bancos han utilizado durante años el valor en riesgo, conocido como VaR. El VaR calcula la pérdida máxima esperable en un día normal, con un cierto nivel de confianza. Por ejemplo: si el VaR de un banco es de 10 millones de euros al 99 %, solo hay un 1 % de probabilidad de perder más.

El último Acuerdo de Basilea para riesgo de mercado (FRTB) introduce una nueva medida: el Expected Shortfall (ES). Esta herramienta va un paso más allá del VaR y estima cuánto se puede perder en caso de que las cosas se pongan realmente feas y se sufra una pérdida superior al umbral del VaR.

Los reguladores prefieren esta medida porque captura mejor los eventos extremos. Son precisamente esos acontecimientos los que pueden poner en jaque al sistema financiero. Por eso, Basilea ha sustituido el VaR por el Expected Shortfall como referencia.

El círculo vicioso: cuando todos venden al mismo tiempo

El VaR y el ES no solo sirven para calcular las reservas de capital. Los bancos también las usan para controlar de manera interna el riesgo de sus inversiones. Cuando detectan un riesgo excesivo, reducen posiciones para limitar pérdidas. Un comportamiento totalmente prudente desde el punto de vista individual.

El problema aparece cuando todos los bancos usan modelos similares de gestión de riesgo y tienen inversiones parecidas. Imaginemos que la volatilidad del mercado sube por un suceso inesperado. Los modelos de riesgo dan la alerta y muchos bancos se ven obligados a vender activos a la vez. Pero esas ventas simultáneas hunden los precios y disparan aún más la volatilidad. Lo que empezó como una pequeña perturbación se convierte en una bola de nieve.

¿Cuál es el resultado? Más ventas forzadas, más caídas y más inestabilidad. Se genera así un círculo vicioso: los modelos sincronizan a las entidades y las ventas forzadas se retroalimentan.

Igual que los peatones del Puente del Milenio, cada entidad actúa de manera sensata. Pero el efecto colectivo es el opuesto al deseado: amplifica la inestabilidad en lugar de contenerla.

Evidencia académica y precedentes históricos

Académicos y reguladores han estudiado estas dinámicas con modelos analíticos y de simulación. Sus resultados confirman la relación entre el uso generalizado de estos modelos y la aparición de episodios de inestabilidad.

Y no se trata solo de teoría. En el verano de 1998, Rusia dejó de pagar su deuda. Muchos inversores tenían posiciones similares y se vieron obligados a vender al mismo tiempo. La cascada de ventas drenó la liquidez del mercado, amplió las pérdidas y llevó al hedge fund Long-Term Capital Management (LTCM) al borde del colapso. La situación fue tan grave que la Reserva Federal de Estados Unidos tuvo que coordinar un rescate de emergencia.

El Banco de Pagos Internacionales identificó el uso masivo de modelos VaR como un factor clave en la propagación de aquella crisis. Algo parecido se observó durante la crisis de 2007-2008: el VaR contribuyó a sincronizar la respuesta de los bancos, amplificando el shock inicial de las hipotecas subprime hasta convertirlo en una crisis sistémica global.

Moraleja: La gestión del riesgo requiere una visión de conjunto

La conclusión no es que los bancos dejen de usar modelos de gestión de riesgo. Al contrario, es imprescindible que las entidades financieras sean disciplinadas en cuanto al riesgo que asumen. Pero estas herramientas deben complementarse con una visión global.

Un buen ejemplo son las pruebas de estrés. Son ejercicios que simulan escenarios de crisis para ver si un banco puede aguantarlos. Pero hoy en día estos test evalúan a cada banco por separado. No tienen en cuenta que los demás bancos también reaccionarán. Y esa reacción colectiva puede empeorar la situación.

Los reguladores también deberían considerar el efecto sincronizador de sus propias normas. Cuando todos los bancos siguen las mismas reglas, tienden a actuar igual. Si cada banco usara un modelo de riesgo distinto, el sistema probablemente sería más robusto. La diversidad reduciría la probabilidad de que todos vendieran a la vez.

En última instancia, lo que protege a cada banco por separado no necesariamente protege al sistema en su conjunto. Como los peatones del Puente del Milenio, el camino hacia la estabilidad colectiva puede requerir que no todos marchen al mismo paso.

The Conversation

Bàrbara Llacay Pintat no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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