Source: The Conversation – (in Spanish) – By Moises Garduño García, Profesor de Estudios sobre Oriente Medio, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
La agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán expone un error de cálculo fundamental por parte de quienes pensaban que “dos o tres días de bombardeos eran suficientes para ganar una guerra”. Por una parte, el ataque subestimó la capacidad de respuesta de las fuerzas armadas iraníes y, por la otra, sobrestimó el poderío aéreo de Washington y Tel Aviv como elemento clave del conflicto.
Error de cálculo
El error más grave hasta el momento ha consistido en infravalorar la resiliencia del adversario y su capacidad de adaptación operativa. Irán, consciente de su vulnerabilidad a los ataques de “decapitación”, implementó una versión de la “doctrina mosaico”. A través de ella no sólo descentraliza el mando y control, sino que garantiza la circulación de élites de la segunda generación de la Guardia Revolucionaria. Una estrategia que tiene como objetivo garantizar la supervivencia de su capacidad ofensiva para alargar el conflicto
Creer que el poder aéreo por sí solo es decisivo, significa ignorar las lecciones de la historia y de la teoría clásica estratégica que demuestran que el bombardeo táctico rara vez quiebra la voluntad de un enemigo. Además, en el caso de un país con una enorme profundidad estratégica como lo es Irán, la única forma de tomar el control real del Estado es a través de una invasión terrestre bien planeada y organizada que, en este punto del conflicto, es la más grande y riesgosa de las apuestas militares.
En efecto, los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel fueron un éxito táctico. De acuerdo con el Armed Conflict Location and Event Data Project, a diez días de iniciar el conflicto, “al menos el 30 % de los más de 900 ataques estadounidenses e israelíes golpearon éxitosamente el sistema de control interno de la República Islámica”.
Sin embargo, cuando Irán extendió sus objetivos hacia los países árabes del Golfo, obligó a sus enemigos a confrontar los límites de su poder impulsando el alza de precios de los energéticos y manipulando el comportamiento de los mercados financieros. Sin duda, la estrategia de Irán no era un enfrentamiento convencional, sino un plan de desgaste descentralizado y de presión económica.
2 000 millones de dólares al día
Aunque Estados Unidos e Israel pueden dominar el espacio aéreo iraní en ciertos momentos, no han podido impedir por ahora que Irán condicione el acceso al estrecho de Ormuz, lance misiles y drones desde plataformas móviles o utilice a sus aliados en Líbano e Irak.
Ante la extensión de la campaña militar por más de un mes, Estados Unidos ha comenzado a buscar salidas precipitadas para guardar las apariencias. Los costos de las operaciones han sido cifradas en 2 000 millones de dólares al día, la misma cantidad que Washington dijo recuperar con su política de aranceles recíprocos. Todo ello sin dejar de mencionar la muerte de 13 soldados estadounidenses.
En el caso israelí, Tel Aviv también busca invadir el sur de Líbano y adentrarse en territorios más allá del Río Litani para ampliar sus fronteras bajo la excusa de producir “nuevas zonas de amortiguamiento” contra Hezbollah y sus fuerzas especiales.
Al mismo tiempo, tanto Washington como Tel Aviv acuden al control de medios para informar todos los días que “van ganando la guerra”. Buscan satisfacer el consumo interno de sus bases sociales y fabricar una imagen. Esta no coincide con la realidad en el campo de operaciones, donde sus ataques no obtienen resultados políticos concretos. El mensaje oficial del presidente Trump el pasado 1 de abril de 2026 es una evidencia para este argumento.
La doctrina defensiva
La nueva generación de la Guardia Revolucionaria no sólo está mejor entrenada, sino que también es la heredera del emporio económico fundado por sus predecesores en calidad de veteranos de la guerra Irán-Irak. Las nuevas élites lucharon contra el Estado Islámico o Daesh y ganaron experiencia en Siria, apoyando en su momento a Bashar Al Assad. También se han fajado entrenando milicias en Líbano, Palestina e Irak.
Además, la condición de herederos de la primera generación les obliga a enmarcar este conflicto como una guerra existencial. Al igual que otras fuerzas armadas en el mundo, libran esta batalla mediante una economía de guerra que fortalece a sus empresas productoras de drones y misiles y a sus redes energéticas. Esto determina, por ejemplo, el acceso selectivo al estrecho de Ormuz para que la Marina del enemigo pueda sentirse obligada a actuar ante la presión económica global.
A diferencia del Artesh (el ejército regular), la Guardia Revolucionaria integra un fuerte vínculo con la sociedad iraní, ofreciendo un trato financiero preferente a las personas provenientes de sectores de bajos ingresos. El servicio en los “Guardianes” puede ser visto como un trampolín para una carrera exitosa y como una credencial valiosa.
Los salarios proporcionan un estímulo material sustancial entre los representantes de la clase campesina y urbana popular. Estas constituyen la fuente mayoritaria de reclutamiento de los Basiji, la red de voluntarios movilizados que conforman el cuerpo de infantería asimétrica del Estado. La organización paramilitar cuenta con nueve millones de miembros y está encabezada por el general de la Guardia Revolucionaria.
También cabe mencionar que las fuerzas Basiji tienen batallones de mujeres en su estructura, a diferencia del Ejército Regular, donde su papel es más limitado. Teniendo en cuenta a los familiares y la tradición cultural oriental del parentesco extenso, el número total de personas que se benefician de una u otra manera de la asociación con los “Guardianes” es amplia y, en contexto bélico, suele crecer aún más.
La labor de la segunda generación de la Guardia Revolucionaria no sólo se hace en términos militares, sino también con trabajo y dirección diplomática y operativa. Esto ocurre a través del envío de petróleo iraní a países como China, India y Pakistán, mientras el conflicto entra en la sexta semana de combate.
Independientemente de la oferta temporal por 400 millones de barriles de crudo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), parece factible que los precios internacionales del petróleo no se hayan disparado al máximo debido a que Irán sigue exportando petróleo y no tanto por las declaraciones del presidente Trump, cuyas contradicciones ofrecen todo menos certeza económica.
El fenómeno anterior se relaciona con la información de inteligencia más reciente divulgada en Washington en la que se predice que “no sólo no habrá grietas en el régimen iraní, sino que éste permanecerá intacto y posiblemente incluso se fortalecerá, al creer que se enfrentó a Trump y sobrevivió”.
Al mismo tiempo, el poder económico y político de la Guardia Revolucionaria se extiende hacia Irak con empresas como Mohandis General, de las Fuerzas de Movilización Popular. Estas han seguido el modelo de Khatam al-Anbiya, la empresa estatal más poderosa del Estado iraní, que es uno de los bastiones más sólidos de la Guardia Revolucionaria.
Lo que resta del conflicto
Sin duda alguna, Irán está dictando el curso de la guerra al obligar al eje Washington-Tel Aviv a dotar más recursos para una operación mayor en términos de combustible, armas de precisión, equipos de mantenimiento e interceptores. Incluso, con tropas en el terreno, para mantener una presencia fuerte en el teatro de operaciones. Aunque hay un consenso entre especialistas de que el volumen de lanzamientos de misiles iraníes hacia Israel ha disminuido, también es cierto que su precisión ha aumentado al golpear centros neurálgicos de Tel Aviv, Haifa o Arad. Algo nunca antes visto en la historia.
De seguir el mismo ritmo de combate diseñado para explotar las vulnerabilidades económicas y políticas de sus enemigos, Irán aspira a que sus adversarios carezcan de una salida política óptima. Al momento, ningún país europeo ha tomado la decisión de entrar en una guerra ilegal e ilegítima, que solo es apoyada por la opinión pública israelí. Eso sí, con un respaldo de hasta el 80 %.
Los aliados árabes de Estados Unidos en el golfo Pérsico están enojados y alarmados porque se sienten “aliados de segunda” cuando Trump jerarquiza la defensa de Israel sobre ellos. Así lo apunta Abdulaziz al-Anjeri, fundador del think tank o laboratorio de ideas Reconnaissance Research.
La guerra, lejos de reforzar la hegemonía estadounidense, puede estar acelerando su contracción. En el tablero de Oriente Medio, la fuerza bruta sin una estrategia coherente no solo es inútil, sino contraproducente.
Pase lo que pase, la región ya no será la misma tras la guerra porque se detonarán cambios profundos en toda la arquitectura de seguridad. Desde la asignación de gastos estratégicos hasta una nueva carrera armamentista que debe estarse gestando ya entre otros actores regionales, como Turquía, Egipto o Pakistán. Estos, al tiempo que invierten en los primeros esfuerzos serios de mediación, también observan con preocupación la ejecución sin freno de la política maximalista israelí en todo Oriente Medio.
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Este artículo es financiado por el proyecto PAPIIT de la DGAPA-UNAM IN300226 “La reconfiguración del Medio Oriente tras la crisis de Gaza de 2023”.
– ref. La estrategia defensiva iraní: así está dictando la nueva Guardia Revolucionaria el curso de la guerra – https://theconversation.com/la-estrategia-defensiva-irani-asi-esta-dictando-la-nueva-guardia-revolucionaria-el-curso-de-la-guerra-279866

