Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pavel Sidorenko Bautista, Profesor Titular de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

Imagine que va caminando con unas gafas de sol puestas. Una notificación brilla en la lente derecha. Sin usar el móvil ni hablar, con un movimiento desde la muñeca o la intención de mover un dedo, las gafas descartan el mensaje o permiten responderlo… quizá, mientras reproducen su canción favorita. El dispositivo entiende la orden solo con que la pensemos, antes de que los músculos terminen de contraerse.
No es ciencia ficción. Estamos pasando de una “internet de las cosas” a una “internet de los cuerpos”.Y en este escenario, las gafas inteligentes ponen sobre la mesa el debate sobre los derechos neurales o neuroderechos. Un ejemplo son las Ray-Ban Meta Display, que han evolucionado de ser simples cámaras en monturas a equipos sofisticados equipados con inteligencia artificial. Cuentan con una pantalla de “visualización cabeza-arriba” (Head Up Display o HUD) – un cristal transparente que presenta información al usuario, de tal forma que este no debe cambiar su punto de vista para verla–. Y su funcionamiento se integra con la Neural Band, una pulsera de Meta que detecta las señales eléctricas de nervios humanos.
Cuando la IA lee los nervios
La banda neuronal de Meta intercepta las señales del cerebro hacia la mano a través del sistema nervioso periférico. Mediante algoritmos de IA, decodifica la intención y la traduce en comandos digitales.
Su atractivo radica en controlar la realidad aumentada sin contacto, lograr productividad fluida o superar barreras de movilidad. Sin embargo, al abrir esta puerta entregamos datos neuronales que pueden revelar nuestras acciones, estados emocionales, niveles de estrés y fatiga, e, incluso, reacciones ante estímulos publicitarios.
¿Qué son los neuroderechos y por qué importan ahora?
Ante estas tecnologías para monitorizar la actividad cerebral, la comunidad científica –liderada por Rafael Yuste– ha propuesto un marco de Derechos Humanos, los neuroderechos, para proteger la privacidad mental y la integridad cerebral.
En este contexto, las gafas con IA y bandas neuronales como las de Meta comprometen los cinco neuroderechos fundamentales propuestos por la fundación NeuroRights Initiative:
-Privacidad mental: proteger los datos neuronales de ser utilizados sin consentimiento. Si la banda detecta reacciones ante anuncios, ¿es privado?
-Identidad personal: evitar que la tecnología altere el “yo”. Al conectar biología con algoritmos predictivos, la línea entre voluntad y sugerencia de IA se difumina.
-Libre albedrío: preservar decisiones sin manipulación. Un sistema que reconozca impulsos nerviosos podría inducir decisiones.
-Acceso equitativo: regular el aumento cognitivo para evitar brechas entre “humanos aumentados” y “naturales”.
-Protección contra sesgos: evitar discriminación por patrones neurobiológicos.
La IA multiplica los riesgos
El problema no reside solo en el equipo, sino en la inteligencia artificial que lo gobierna. Al combinar lo que ven las cámaras de las gafas (el mundo exterior) con lo que siente la persona (su mundo interior), la IA multimodal puede realizar inferencias profundas.
Si, por ejemplo, la IA detecta por la banda neuronal que la atención decae, puede modificar lo visto en las gafas para reenganchar, manipulando la dopamina.
Esto plantea el problema de la “caja negra”: la complejidad de los algoritmos impide que ocasionalmente sus creadores puedan explicar ciertas predicciones, dejando al usuario indefenso ante una eventual manipulación subliminal.
Más allá de Meta
Meta no está sola en esta carrera. El ecosistema tecnológico se divide entre enfoques no invasivos e invasivos, y todos suponen retos para los neuroderechos.
Apple, con sus Vision Pro, apuesta por el seguimiento ocular. Las pupilas son una ventana al sistema nervioso, que delatan interés o carga cognitiva.
Las empresas de interfaces mente-máquina Neuralink y Synchron representan la vertiente invasiva. Neuralink implanta chips en la corteza cerebral mediante cirugía robótica, mientras Synchron usa un “stent” por los vasos sanguíneos. Sus fines iniciales son médicos, pero su objetivo de simbiosis con la IA plantea riesgos éticos.
Por su parte, las compañías Snap y NextMind exploran interfaces que leen la corteza visual desde la nuca para seleccionar objetos digitales. En concreto, Snap desarrolla gafas inteligentes que se integran en su ecosistema de realidad aumentada.
¿Evolución o “mercancía neuronal”?
El futuro de estas tecnologías oscila entre dos escenarios. Uno optimista, donde la neurotecnología erradica enfermedades como alzhéimer, permite a personas con parálisis comunicarse y revoluciona la educación. Y el escenario distópico, donde impulsos nerviosos se convierten en mercancía, creando un “panóptico neuronal” que permite vigilar y penalizar estados internos del individuo.
La diferencia entre ambos futuros dependerá de la regulación. Chile ha sido pionero al reformar su Constitución para proteger la integridad mental. España, mediante su Carta de Derechos Digitales y Spain Neurotech, ha marcado una hoja de ruta ética. La Unión Europea, con su Ley de IA, prohíbe técnicas subliminales que alteren el comportamiento. Pero todo está en etapa incipiente frente al arrollador desarrollo tecnológico.
Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles, también son aquellas que obligan a pagar un precio asociado a la soberanía de de la propia mente. Como sociedad, debemos asegurar que la tecnología siga siendo una herramienta a explotar, y no a la inversa.
En paralelo, urge avanzar en estrategias y acciones que permitan alfabetizar digitalmente a la sociedad de forma más efectiva y rápida, con el fin de concienciar sobre este tipo de tecnología y sus riesgos.
La regulación es clave
El futuro de estas tecnologías parece desenvolverse entre dos escenarios. En uno optimista, donde la neurotecnología erradica enfermedades como el alzhéimer, permite a personas con parálisis comunicarse y revoluciona la educación adaptándose al ritmo de cada alumno. Y el escenario distópico, donde impulsos nerviosos humanos se convierten en una mercancía comercial, creando un “panóptico neuronal” que permite la vigilancia y penaliza eventualmente determinados estados internos del individuo en el trabajo o la escuela.
La diferencia entre ambos futuros dependerá de la regulación. Chile ha sido pionero mundial al reformar su Constitución para proteger la integridad mental. España, a través de su Carta de Derechos Digitales y la creación del Centro Nacional de Neurotecnología (Spain Neurotech), también ha marcado una hoja de ruta ética, aunque no vinculante. Por su parte, la Unión Europea, con su Ley de IA, prohíbe las técnicas subliminales que alteren el comportamiento, un freno directo a los abusos del neuromarketing. Pero todo esto está en etapa incipiente frente a un desarrollo tecnológico vertiginoso.
Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles, también son aquellas que obligan a pagar un precio asociado a la soberanía de de la propia mente. Como sociedad, debemos asegurar que la tecnología siga siendo una herramienta a explotar, y no a la inversa.
En paralelo, urge avanzar en estrategias y acciones que permitan alfabetizar digitalmente a la sociedad de forma más efectiva y rápida, con el fin de concienciar sobre este tipo de procesos.
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Pavel Sidorenko Bautista no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Gafas inteligentes para navegar por internet solo con pensarlo… y nuestros neuroderechos, ¿qué? – https://theconversation.com/gafas-inteligentes-para-navegar-por-internet-solo-con-pensarlo-y-nuestros-neuroderechos-que-275010
