Source: The Conversation – (in Spanish) – By Álex Aguilar, Profesor de Biología Animal, Universitat de Barcelona

Los testimonios documentales más antiguos que acreditan la existencia de una pesca ballenera organizada se remontan al siglo XI en el País Vasco. Desde allí, la actividad se expandió rápidamente por los puertos del Cantábrico, desde Galicia hasta el Laborde francés, y después por el Atlántico hasta llegar a países como Brasil e Islandia.
Aunque hoy se trata de una actividad casi abandonada, llegó a constituir un negocio altamente rentable. Tanto que el alto volumen de capturas y su mala gestión obligaron a prohibirla para proteger a los cetáceos.
Los inicios de la pesca ballenera
En el País Vasco, la pesca se realizaba desde pequeñas embarcaciones a remo que zarpaban al ser avistada una ballena y, cuando el cetáceo era alcanzado, se inmovilizaba con arpones lanzados a mano y se lo remataba con lanzas. Después se remolcaba el cadáver a la playa para su aprovechamiento.
Por otra parte, los balleneros buscaban con ahínco a las crías, pues sabían que si se hacían con ellas la madre los seguiría hasta aguas protegidas, facilitando así su caza posterior.

Grabado de la Histoire générale des drogues, de Pierre Pomet, París 1694
Durante siglos, el principal producto que se obtenía de las ballenas era el saín, o aceite, que era utilizado en iluminación y en la fabricación de jabón, esencial para la industria lanera.
Aunque la captura del cetáceo comportaba riesgos pues, por pacífico que sea, un animal herido siempre se revuelve contra su atacante, los beneficios sostenían economías locales enteras. Y ello hizo que una cincuentena de puertos del Cantábrico se llegara a involucrar en esta pesca.
Expansión de la actividad por el mundo
A partir del siglo XVI, los vascos expandieron la actividad por el Atlántico hasta alcanzar Islandia, Groenlandia, Terranova e incluso Brasil. Aquella expansión no pasó inadvertida y, a partir del siglo XVI, otras potencias como Francia, Reino Unido y Países Bajos se incorporaron a la caza de ballenas, con lo que las cifras globales de capturas se dispararon.
Ya en la primera mitad del siglo XIX se pescaba ballenas en todos los océanos del mundo y la rentabilidad de la actividad alcanzaba niveles extraordinarios: las tasas de beneficio anual se situaban habitualmente entre el 25 % y el 50 %, lo que permitía amortizar rápidamente la inversión que requería una expedición.
El barco conocido como Lagoda, un bricbarca de New Bedford, en sólo doce años proporcionó a sus armadores una suma ciento veinte veces superior a la invertida, arrojando en algunos años un dividendo del 361 %.
Ya en el siglo XX, la modernización comportó el empleo de barcos de hierro con motores a vapor y cañones que disparaban arpones de 80 kilos equipados con granadas explosivas, lo que intensificó aún más la letalidad y los beneficios de la pesca.
La rentabilidad solía superar el 100 % anual, aunque con el tiempo comenzó a moderarse por el progresivo agotamiento de las poblaciones de cetáceos.
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El gran negocio que nunca buscó la sostenibilidad
Mientras esto sucedía, la experiencia acumulada por generaciones de balleneros hizo evidente que el extraordinario rendimiento de las ballenas estaba limitado por su lenta reproducción. Aunque lo lógico habría sido adaptar las capturas a la capacidad de recuperación de las poblaciones, la industria optó por
maximizar beneficios, lo que implicaba agotar rápidamente los recursos de una zona y desplazarse a otra cuando el contingente local se desmoronara.
Para permitir esta estrategia, se desarrollaron factorías balleneras desmontables y trasladables, adaptadas a una explotación intensiva y móvil.
La saga noruega de los Herlofson, que trajo la pesca ballenera moderna a las costas españolas, es un buen ejemplo. El patriarca, llamado Peter, inició sus actividades en Noruega en la década de 1880. En 1896 estableció una factoría en Islandia. La cerró al cabo de cinco años, trasladándola en 1902 a la isla de Harris, en Escocia.
Allí fue sustituido por su hijo, Carl, que en 1921 movió primero el centro de operaciones al golfo de Cádiz y, en 1925, a Galicia. En 1928 lo desplazó a Terranova y en 1932 ya trabajaba en Namibia, para acabar finalmente su carrera profesional en un barco factoría en la Antártida. Entre padre e hijo, a lo largo de 50 años explotaron ocho caladeros balleneros distintos, es decir, en promedio uno cada seis años.
En una carta, Carl dejaba bien clara su política empresarial: había que extraer rápidamente “la crema” de cada caladero para, una vez vaciado, desplazarse al siguiente.

Alex Aguilar
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La regulación y la Comisión Ballenera Internacional
Estos abusos transformaron profundamente la percepción pública. La ballena pasó de ser vista como una criatura temible –piénsese en Moby Dick– a convertirse en símbolo de conservación.
En 1946 se creó la Comisión Ballenera Internacional (CBI) con el fin de regular la actividad. En los años setenta, la CBI ya había protegido muchas poblaciones y gestionaba la explotación de las restantes mediante estrictas cuotas. La pesca estaba por fin bajo control.
Sin embargo, el pasado tenía demasiada inercia y la presión ecologista, muy activa en la década de 1980, llevó a aprobar una moratoria sobre la caza comercial que entró en vigor en 1986 y que debía durar cinco años. Fue una medida que se aprobó por una ínfima mayoría, en la que España fue decisiva, pues decantó con su papeleta la votación.
Aunque estaba previsto que la moratoria finalizara en 1991, la medida se prolongó indefinidamente por su carga simbólica. Para muchos resultaba inaceptable la idea de reiniciar la pesca ballenera. Japón, Noruega e Islandia, países con fuertes intereses balleneros, cuestionaron esta decisión alegando que las poblaciones
de esos animales que ellos explotaban se hallaban en buen estado –algo respaldado por estudios científicos–, y abandonaron la CBI reemprendiendo la caza a través de cuotas nacionales. Hoy, dos tercios de las capturas de ballenas se hacen ignorando a la organización, bajo criterios fijados por cada país.
Como buena parte de sus ingresos provenían de las cuotas que los países miembros realizaban, y que dependían de su actividad ballenera, la CBI se ha visto obligada a vender su sede y a espaciar reuniones. Paradójicamente, la organización, pionera en la regulación internacional de un recurso pesquero, atraviesa hoy una profunda crisis como consecuencia de su éxito. Su eficaz labor de regulación se vio desbordada por la inercia de una percepción social forjada en épocas anteriores, cuando la explotación ballenera estaba desregulada y era un abuso.
La CBI se ha reinventado abordando temas como el turismo ballenero o el efecto de la contaminación.
Alex Aguilar
Casi mil años de historia de pesca ballenera han dejado en el litoral cantábrico una huella profunda y bien visible. Los pequeños puertos del norte de la península ibérica atesoran museos, monumentos, restos de atalayas y de antiguas factorías, escudos nobiliarios con armas balleneras, así como dinteles, sepulcros y
lápidas decorados con arpones y escenas de caza de cetáceos. Un legado histórico de primer orden que perdura como testimonio de una pesca hoy abandonada.
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Álex Aguilar recibe fondos del Plan Nacional de Investigación no Orientada.
– ref. Cómo la pesca de ballenas se extendió desde el País Vasco al resto del mundo hasta acabar prohibida – https://theconversation.com/como-la-pesca-de-ballenas-se-extendio-desde-el-pais-vasco-al-resto-del-mundo-hasta-acabar-prohibida-279514
