Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

Los cuatro Evangelios y la primera carta de san Pablo a los corintios coinciden en narrar una última comida de Jesús con sus discípulos antes de ser crucificado, celebrada en los días de Pascua y con pormenores muy similares. Es algo inusual en otros episodios evangélicos de su vida, donde los relatos divergen más en detalles y énfasis.
Pero la Última Cena no solo es posiblemente la comida más famosa de la historia, sino también una de las peor imaginadas. Durante siglos la hemos visto a través de un filtro renacentista: una mesa larga, trece hombres en fila y una escena solemne que poco tiene que ver con la Judea del siglo I. La realidad debió de ser otra, tanto en la forma de sentarse como en el menú.
Preguntarse qué comieron Jesús y sus discípulos no es un detalle menor: permite volver a los Evangelios, la Pascua judía y la arqueología para entender cómo una comida real, en un contexto histórico concreto, se convirtió en símbolo central del cristianismo.
Una cena entre la Pascua y la controversia
Lo único seguro es también lo más conocido: en la Última Cena habría habido pan y vino. Son los únicos alimentos mencionados explícitamente por los Evangelios, y sobre ellos recae el gesto decisivo de Jesús: partir el pan, ofrecer la copa y darles un significado nuevo. De ahí nace la eucaristía cristiana.
Sin embargo, en cuanto se intenta ir más allá del pan y el vino, aparece la gran discusión: ¿fue una auténtica cena de Pascua? Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas dicen que sí. Marcos, concretamente, la sitúa en “el primer día de los Ácimos”, es decir, en el marco de la Pascua judía.
El Evangelio de Juan, en cambio, sugiere que la cena ocurrió la noche anterior, de modo que Jesús murió antes de que comenzara formalmente la comida pascual. Ese desacuerdo ha sido uno de los grandes debates de la exégesis bíblica moderna.
El investigador Joel Marcus, de la Universidad de Boston, propone una salida intermedia que resulta especialmente útil. En su análisis sostiene que la comida histórica probablemente ocurrió la noche anterior a la Pascua, como sugiere Juan, pero que eso no impide reconocer que estuvo muy marcada por elementos del seder y de la haggadah judíos, es decir, por una comida ritual en la que ciertos alimentos eran explicados y vinculados a la memoria del éxodo.
En otras palabras: quizá no fue una cena pascual en sentido estricto, pero sí una cena modelada por la lógica de la Pascua.
Ese detalle cambia mucho la lectura. Marcus explica que los alimentos rituales eran objeto de explicación. El pan, por tanto, no era solo pan: era un alimento capaz de condensar memoria, liberación y pertenencia. Y lo mismo ocurría, aunque con una historia litúrgica más compleja, con el vino.
Lo que pudo haber en la mesa: del pan ácimo al cordero
Si se acepta que la Última Cena estuvo vinculada a la Pascua, aunque sea de modo flexible, las posibilidades del menú se amplían. El primer candidato es el pan sin levadura, o matzá, que simbolizaba la partida apresurada de los israelitas de Egipto, sin tiempo para que la masa subiera.
También el cordero asado aparece enseguida como posibilidad, ya que la Pascua judía del período del Segundo Templo estaba ligada al sacrificio del cordero en Jerusalén, y su consumo asado en el hogar. A eso se sumarían las hierbas amargas, otra pieza clásica de la memoria pascual.
La investigación arqueológica y la historia de la alimentación añaden más matices. En 2016, dos arqueólogos italianos publicaron un estudio sobre lo que se pudo haber comido en la Última Cena que incluía un menú reconstruido, a partir de versículos bíblicos, textos judíos, literatura romana antigua y datos arqueológicos, durante el siglo I. La mesa que propusieron para esa noche los investigadores incluye pan ácimo, cordero, estofado de lentejas o legumbres, aceitunas con hisopo (una hierba con sabor a menta), dátiles, frutos secos, alguna salsa de pescado similar al garum romano y vino aromatizado o diluido.
No es un menú comprobado plato por plato, pero sí una hipótesis históricamente razonable respaldada por la arqueología y la etnografía, puesto que los hallazgos realizados en yacimientos como Qumrán, Masada y el Barrio Herodiano de Jerusalén apuntan a la presencia de trigo, lentejas, aceite de oliva, frutas secas y hierbas en las dietas judías de la época.
En tiempos de Jesús, la base alimentaria era el pan, las aceitunas, el aceite, las legumbres, las frutas secas y, en algunos contextos, el pescado. La carne existía, pero se consumía sobre todo en circunstancias festivas o ceremoniales. Por eso el cordero resulta plausible en una cena solemne, pero no en una comida ordinaria.
Una comida lenta, ritualizada y conversada
Tampoco la forma de comer se parecía a la imagen popular. Los comensales probablemente no estaban sentados erguidos en sillas altas, sino reclinados sobre cojines o divanes bajos, al modo mediterráneo. Esta postura era una característica definitoria de las comidas formales en el mundo grecorromano y helenístico de la época.
La Última Cena, así imaginada, se parece menos a una pintura congelada y más a una comida lenta, ritualizada y conversada. Los participantes compartían cuencos y platos mientras se reclinaban en cojines, participando en un ceremonial profundamente enraizado en la tradición judía antigua.
La ingesta energética en tiempos de Jesús
Hay una dimensión menos obvia, pero muy reveladora, en todo este asunto: la nutrición. Sabemos más o menos qué alimentos podían circular por una mesa judía del siglo I, pero sabemos mucho menos sobre cuánta energía aportaba realmente la dieta de aquella época. Un estudio realizado en 2018 aplicó modelos matemáticos para estimar la ingesta energética probable en tiempos de la Última Cena.
Su punto de partida es muy sencillo: los registros antiguos de alimentos son útiles, pero incompletos. Los autores compararon descripciones históricas de dieta con estimaciones de altura de reclutas romanos, esperanza de vida, peso corporal probable y niveles de actividad física similares a los de sociedades agrarias modernas. El resultado fue llamativo: mientras ciertos registros de la Mishná (ley oral judía) apenas permitían calcular unas 1 176 kilocalorías diarias, los modelos fisiológicos elevan la ingesta probable a una franja de entre 2 319 y 3 973 kilocalorías al día. Mientras que hoy en día se establece que los requerimientos energéticos medidos en adultos modernos son unas 2 266 kcal/día mujeres y 2 850 kcal/día hombres, con variaciones por sexo, edad y actividad física,
La conclusión no resuelve el menú exacto, pero sí obliga a corregir una intuición frecuente: la de imaginar las comidas antiguas como mesas casi vacías, puramente simbólicas.
La Última Cena fue una cena sagrada, sí, pero también una cena humana. Y quizá siga fascinando precisamente por eso: porque en ella se cruzan la fe, la historia y algo tan humano como sentarse a la mesa.
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José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Qué comieron Jesús y sus apóstoles en la Última Cena? Lo que revelan los Evangelios y la ciencia – https://theconversation.com/que-comieron-jesus-y-sus-apostoles-en-la-ultima-cena-lo-que-revelan-los-evangelios-y-la-ciencia-278573
